lunes, enero 11, 2010

Carta de Nueva York (16) -Año Nuevo

Escena Norteamericana
Crónica publicada en La Opinión Nacional. Caracas, 20 de enero de 1882

Año nuevo.-Jubileo de cortesía.-Knickerbockers y yanquis.
-Casas de ricos y casas de pobres.-Vestidos suntuosos.-
El año nuevo del Presidente, el del orador y el del asesino

Nueva York, Enero 7 de 1882

Señor Director de La Opinión Nacional:

El año nuevo ha nacido coronado de nieve, ha sacudido su manto real, y ha llenado la tierra de copos blanquísimos. ¡Ay, dicen que la nieve es necesaria en estas tierras invernosas, para amparar del frío las semillas y las raíces de las plantas; mas el ánima azorada suele verla con aquel espanto con que ve la gacela al cazador, y como ella de él, huye el alma de la nieve al bosque: al bosque de sí misma! A bien que harto lloró Boabdil, y no sienta bien el llanto en rostro de hombres. Es día de ir y venir el día primero de año; día de jubileo, en que no se cambian deudas, sino las de cortesía; día de anhelo y estreno en las damas, y de peregrinación en los galantes caballeros. Vacíanse de carruajes los vastos establos; calles de Semana Santa en pueblo católico semejan las calles: parece todo el mundo montado a caballo; hay frente a cada puerta un coche; el galán que entra tropieza con el galán que sale; adivínase el plácido rostro de los hombres que vienen de ver damas. No hay cosa que disponga el ánimo, y que remoce y regocije, como hablar con mujer. ¡Así deben volar los céfiros felices, cargados del perfume de las flores!
No es aquí uso, como en Francia, acompañar de presentes los saludos, que esto se hace en las alegres Christmas; ni es día, como en España, de regalar a carteros y porteras; sino que,-al modo de los viejos holandeses que alzaron en torno a esta bahía, siguiendo la caprichosa senda marcada por el ganado vagabundo, las primeras casas, -es costumbre que cada caballero visite en este día a las damas que conoce, las que se juntan luego al día siguiente, y comparan con ojos brillantes de ansia y celos, como Tenorio y Mejía sus conquistas, el número de galanes que les desearon año bueno. Y así como en los solemnes banquetes de la antigua Filadelfia, celebrados al calor de los amables leños, y a la luz de macilentas bujías, era pecado grave que el señor de la casa no bebiese separadamente, cual lo ordenaba la cultura puritana, a la salud de cada uno de sus huéspedes, así se mira en estos tiempos como culpable negligencia, y ofensivo desdén, que deje un caballero de llamar a la puerta hospitalaria de las damas que aguardan ansiosas a cada visitante, cual justador de la palma apetecida, o cual romano centurión la corona de laurel.
Con gozo igual, reciben las damas las visitas y las hacen los caballeros. Ya en los días anteriores publican los periódicos respuestas a las preguntas curiosísimas que jóvenes inexpertos, o visitadores embarazados, les dirigen. Cuál quiere saber si ha de llevar guantes a la visita de año nuevo, y si sentará bien la casaca en visita de día, a lo que le corresponden que lleve guantes y no lleve casaca; y cuál pregunta qué brazo ha de dar a la dama que le toque en suerte acompañar a la mesa y si ha de doblar o no la servilleta después de haber festineado, a lo que le dice el diario que dé a la dama el brazo izquierdo, para que pueda prepararle con el derecho el asiento que a su derecha ha de ocupar, y le aconseja que no doble la servilleta, sino que la deje caer con descuido elegante al lado del plato del festín. Pide una dama a un diario idea de un vestido propio para recibir a sus amigos el día de año nuevo, y otra ruega a otro diario que le indique si le estará mejor llevar joyas en su tocado, o poner una humilde margarita de plata en el cabello, a lo que opina el diarista con buen juicio, que le estará mejor la margarita humilde.
Entran en estos días previos, en las casas pobres, que alardean de adineradas, paquetes vergonzantes, que son de copas, o de los modestos manjares que aderezan para obsequiar a los que, con el alba del año, hayan de favorecerlas; y los hombres de color y las elegantes suizas que aquí hacen los oficios de la casa en las suntuosas viviendas de los acaudalados, repasan y aprontan para la fiesta, los ricos vasos de plata, y las artísticas bandejas en que han de servirse a los atentos huéspedes, los aromosos vinos que guardaban las bodegas de los dueños. Y ponen en lugar fresco los vinos rojos, porque así son mejores, y quitan de él los vinos graves, porque éstos han de servirse un tanto calientes. Si tropiezan con Chateau Iquem del 70, lo dejan a un lado porque es de días comunes, y buscan el del 69, que es vino de fiesta. Ha de ser de Duff y Gordon el buen Jerez, o de Domecq, porque en el Jerez se paga la bondad y la fama. El de Málaga ha de ser del que usan los sacerdotes españoles para sus misas, porque si catador neoyorquino sabe que no es el Málaga sacramental, no bebe Málaga. El Madera es vino muy gustado en esta tierra. Cuenta la leyenda que John Hancock, que era antes de la guerra de Washington, un gran mercader de la próspera Boston, acostumbraba en los días de gran festejo, llenar la fuente pública de vino de Madera, del que bebía libremente el pueblo agradecido: mas no ha de ser este vinillo isleño más viejo que el de la cosecha de 1813 ni más joven que el del 46. Y ron, si se ha de servir, ha de ser de la Antigua, y de 21 años.
Porque de los fundadores de Nueva York viene a sus actuales habitantes el hábito cortés y pintoresco de revolotear de casa en casa, que parecen ramilletes de flores, como mariposas mensajeras de buenos deseos el día de año nuevo; pero no han heredado los neoyorquinos la sencillez de los fundadores. Juntábanse antes, en estos días, los contertulios y relacionados, que se abstenían de bebidas en la presencia de las damas, y no cataban a sus solas más que vinillo de maíz, cebada y trigo, que hacían muy bien los cosecheros del viejo Kentucky y la histórica Marilandia; pedíase gravemente a la severa matrona que rodeada de sus ruborosas hijas recibía la visita, su venia para acudir el año próximo a desearle un feliz año. Y en la familia se hablaba de los elegantes bailes de Filadelfia, que ponía entonces la moda; de los magistrados y pastores de Boston, que era ya entonces centro de cultura; y de los regocijos del otoño, en que era uso que los vecinos se reuniesen en el cortijo del vecino, y se ayudasen por turno a deshojar la cosecha de maíz, lo que era ocasión de risa y gozo, porque el que hallaba una mazorca picada tenía el derecho de golpear el rostro de los varones de la junta, y el que hallaba una mazorca roja, el de besar en la mejilla a cada una de las niñas solteras que hubiese en el cortijo: y si era la niña la que hallaba la mazorca ¡qué susto! ¡qué deseos! ¡qué suplicar con los ojos el de los galanes! Porque la niña besaba entonces al que le pareciera, en la comunidad, más digno de un beso.
Hoy se hacen las visitas a manera de ráfaga brillante. Detiénese en la puerta el carruaje bullicioso: salta de él en traje de día el visitador: tropieza en el umbral con el artesano corpulento o el empleado agradecido que vinieron a dar fe de su cariño al dueño de la casa: y entra a la sala deslumbrante, en donde ricas damas responden con volubilidad e ingenio al saludo de usanza. Y allá, en el fondo, resplandece la mesa de año nuevo, que es mesa que cuesta a veces a sus dueños, dos millares de pesos. Viste el visitador como de viaje; pero las damas se han acicalado grandemente. Van como sobrevestidas estas damas, y no se nota en ellas aquella artística analogía entre la esbeltez que da al cuerpo un espíritu elegante, y las ropas que ciñen el cuerpo, sino una como superabundancia corporal, que da a las damas aires de esposas de mercader, que pasean a los ojos de los compradores las maravillas de los almacenes de su esposo. Era de verse más la seda del alma que la del traje: y aquí es ésta tanta, que no se ve aquélla. Unas llevan sobre traje de seda carmesí, flores de plata: otra ostenta delantal riquísimo, que venden los parisienses a ciento setenta y cinco pesos vara, y está todo bordado a la mano, al modo japonés, de raras aves y grandes rosas sobre fondo crema; y otra lleva bordado en el delantal un gran relámpago de oro, en forma de rama seca, cuyas escasas hojas están hechas de rubíes, cuentas, ámbar y zafiros. No usan ya por bien del arte y de los ojos, aquellos altísimos tocados con que se robaban las damas de los knickerbockers,-que viene a ser aquí como noble de abolengo, descendiente de fundadores y fue realmente el nombre de éstos,-aquella ingenua e infantil belleza de las cabezas femeniles, que ahora se adornan con sus propias galas, y una que otra florecilla púdica: mas reviven las neoyorquinas los viejos brocados, y opulentas flores de relieve ornamentan de nuevo los vestidos, en los que se tiene a gala imitar los colores de la madera húmeda del bosque, y los oscuros matices del bronce y oro.
Tal suma de gastos, que con trajes semejantes y la lujosa mesa, vienen a ser de verdadera monta, van siendo causa de que muchas familias que gozan fama de acaudaladas, y que no quieren perderla, tomen pretexto de la muerte de algún pariente lejano, o la de su deseo, para colgar a su puerta una elegante cesta, atada con una cinta negra, en la que dejan los visitantes sus tarjetas; o cuelguen simplemente la cestilla, adornada de cintas azules, o saquen al umbral un jarrón rico, puestos allí también a recibir tarjetas, en tanto que comentan en lo interior de la casa lo enojoso de obedecer a costumbres que se van haciendo ya vulgares, o disfrutan de este día de fiesta en el abrigado hogar de alguna aldea vecina. ¡Qué rodar de carruajes! ¡No cesa en todo el día! ¡Qué recibir visitantes! Sorprenden en esta faena a las damas las campanas de la media noche. ¡Qué entristecerse el de las niñas casaderas, si no vienen a verlas caballeros numerosos! ¡Qué regocijo el de la casa de los pobres: cuando la campanilla desusada anuncia un visitante! Así es en Nueva York el año nuevo. Y en Brooklyn, dos mil personas, en interminable procesión, saludaron a un anciano de faz roja y blanca y larga cabellera, al orador Beecher. Y en Washington, no recibió a más gantes el Presidente en la Casa del Estado, que el orador recibió en la suya en Brooklyn. Y en su celda, rebosante de júbilo, y de insana soberbia, de pie, como un monarca, junto a la ruin mesilla de los presos, respondía Guiteau con sonrisas afables y frases graciosas, a trescientas personas que fueron a desearle venturoso año nuevo. ¡0 curiosidad, o monstruosidad! Esas visitas no son obra de piedad, sino sanción de un crimen. Y no eran los visitantes personas conspicuas, mas no eran tampoco personas vulgares. Parecía la celda un trono sombrío. Las madres enviaban a sus hijos a que diesen la mano al asesino. Las señoras cambiaban con él apretones de manos. Más de una hubo que le llevó flores. A trescientas subieron también las felicitaciones de año nuevo que recibió por el correo, con hermosas tarjetas alegóricas, y motes bíblicos. De todas partes de la nación le llegaban cartas de saludo y demandas de su autógrafo; en el tribunal ya le ponen en el cepo, como para atajar las censuras que la excesiva libertad del proceso provoca en la prensa extranjera, y él vocea, se desmanda e injuria, como cuando se sentaba entre su hermana y su abogado. Pero en su celda, ¡ved que le llevan flores, cuando ya se han secado las que descansan en la tumba de aquel varón magnánimo que arrebató a la vida! Debe ser ley en los tribunales el ahorro de la vida humana. Debe ser culto en las familias el horror al crimen.

JOSÉ MARTÍ
O. C, Vol. IX, pp. 213-216

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