lunes, marzo 15, 2010

Correspondencia Particular para 'El partido liberal' (4)

SUMARIO.
—EL 4 DE JULIO.
— NEW YORK A MEDIA NOCHE.
—FALTA DE ESPÍRITU PATRIO EN LAS FIESTAS.
—LOS DÍAS PATRIOS .
—OBSERVACIONES SOBRE EL ESPÍRITU PÚBLICO EN LOS ESTADOS UNIDOS.
— CÓMO SE FORMA ESTE PAÍS.
— EFECTOS SOCIALES DE LA INMIGRACIÓN Y EL EXCESIVO AMOR A LA RIQUEZA.
—LAS FIESTAS
—DÍA DE PASEO.
—CONEY ISLAND.
—LA FIESTA DE LOS IRLANDESES.
—LA MADRE DE PARNELL.
—HERMOSA ESCENA EN LA PLAZA DE LA UNIÓN.


New York, 6 de julio de 1886
Señor Director de El Partido Liberal:

Todavía está el aire rojo, y penetrado de olor de los fuegos con que se celebró ayer el 4 de Julio. Anoche, al sonar las doce, cuando a los reflejos carmesíes y violetas de las últimas luces de Bengala pasaban cual fantásticas figuras los paseantes cansados de las playas y pueblos vecinos, parecía New York como un cesto de duendes, que se acostaban entre chispazos y volteretas, saltando por sobre torres y techumbres, a la luz cárdena del cielo encendido. Camino de la eternidad parecían ir los trenes del ferrocarril elevado, como serpientes aéreas por cuya piel agujereada se escapase su espíritu de luz. Las chispas de una rueda de fuego clavada en un poste de esquina, caían sobre un niño en traje de soldado, dormido en la acera sobre su tambor. De una estación de ferrocarril bajaban, entre familias alemanas y jugadores de pelota, trece mozas en uniforme de cantineras, los trece Estados de la Unión, que hace ciento diez años declararon en estos mismos días su voluntad de ser unos y libres. Un veterano llevaba en brazos a su hijita, envuelta en una bandera nacional. Bufando, y como exhalando los últimos suspiros, vaciaban en el muelle su carga sofocada los vapores que volvían de los lugares de paseo, conciertos, baños, pugilatos, juegos y carreras. Como los pueblos se revelan en sus fiestas, y la alegría y la libertad desnudan las almas, es bueno observar las ciudades en los días en que el regocijo, expansivo de naturaleza, saca de ellas lo que tienen de tierno, de indiferente o de bárbaro.

Animadísimo ha sido aquí este 4 de Julio; pero ¡quién lo diría! no hubo fiesta patria sino en un barrio nuevo, allá por las afueras, que quiere llamar la atención sobre sus calles y sus casas, y tener por lo pintoresco y bullanguero los atractivos que le quita la distancia. Allí hubo gran parada, con el coche redondo de Washington; hubo bandera de treinta yardas, que se izó entre vítores en un parque que lleva el nombre de uno de los firmantes de la declaración de la independencia; hubo un general octogenario, que cantó con voz velada, ante la muchedumbre descubierta con respeto, una de las tonadas de guerra del año 1812, cuando Inglaterra mordía las alas del águila que había espantado de su nido. Pero fuera de la procesión de Harlem, y del pabellón que al abrir la aurora iza en la Batería todos los años un nieto del que arrió la bandera británica cuando salían, mosquete a tierra, los ingleses vencidos de New York, ¡ni los nombres se pronunciaron en los discursos de los oradores en teatros y plazas, de aquellos cincuenta y seis patriarcas que en la hora de la necesidad aparecieron sobre su pueblo como hombres de mármol que daban luz!

Los días patrios no han de ser descuidados. Está en ellos el espíritu público. Están en ellos las victorias futuras. Están en ellos las artes y las letras, que levantan a los pueblos por sobre las sombras cuando se han podrido los huesos de sus hijos, y cubierto de capas de tierra sus bronces y sus mármoles. Está en ellos esa arrogante soberanía que hace a los pueblos capaces de defenderse afuera de sus enemigos, y de salvarse adentro de sus tiranos. En esta vida, donde el hombre no vive feliz ni cumple su deber si no en un altar, el día patrio reanima el santo fuego, en las aras manchadas por las pasiones, empolvadas por la indiferencia, o pervertidas por el ocio y el lujo. ¡Se necesita de vez en cuando respirar juntos, al ruido marcial de los tambores y al reflejo de las banderas, ese aire sobrehumano que embriaga, y pone en los que viven, para que anden y triunfen, la voluntad y el brazo de los muertos! De sí debe tener vergüenza el que se avergüence de fortalecer, con estas juntas brillantes de espíritus, esa alma compacta y robusta sin la que, al embote de los avariciosos, caerá como un montón de polvo la patria: o como la estatua de plomo del rey de Inglaterra, que derritieron los neoyorquinos hace ciento diez años, cuando supieron que estaba repicando en Filadelfia la campana sagrada, publicando al mundo que había nacido sobre una tierra nueva un pueblo libre.

Aquí da miedo ver cómo se disgrega el espíritu público. La brega es muy grande por el pan de cada día. Es enorme el trabajo de abrirse paso por entre esta masa arrebatada, desbordante, ciega, que sólo en sí se ocupa, y en quitar su puesto al de adelante, y en cerrar el camino al que llega. Por cada hombre del país, cincuenta extranjeros. El extranjero que desembarcó hace un año con sus botas de cuero, su gabán parduzco, su cachucha y su nariz colorada, mira de reojo como a un enemigo a cada nueva barcada de inmigrantes. Nacidos de estos padres, los nuevos americanos no traen a su patria casual aquella sutil herencia de afectos y orgullos, aquella insensata y adorable pasión por el país donde se viene al mundo, que parece que sujeta con raíces a los que ven la luz sobre él, con raíces que les orean la frente como alas cuando se la enardecen o abaten los infortunios, y que los llaman como brazos angustiosos cuando con un dolor que tuerce las entrañas, se siente resonar sobre la patria un pie extranjero.

En las luchas se acendran e inflaman los elementos que las inspiran, por lo que acá llega a ser señora única del alma el ansia de la fortuna. La nación se ha hecho de inmigrantes. Los inmigrantes se dan prisa frenética por acumular en lo que les queda de vida la riqueza que desearon en vano en la tierra materna. De esta tierra adoptiva sólo les importa lo que puede favorecer o retardar su enriquecimiento o su trabajo. No les estorban para adelantar ni las creencias religiosas, que aquí son libérrimas, ni las opiniones políticas, que caldean el corazón y turban el juicio en el país propio. Acuestan sobre la almohada por la noche la cabeza cargada de ambiciones y cifras. Nace el hijo entre un check y una factura, o en uno de esos goces sin espíritu en que buscan las mentes desasosegadas compensación física y violenta a su fatiga. Ni es el matrimonio aquella mutua y. absoluta entrega que lo hace feliz, porque el ser humano sólo lo es completamente en darse, sino que en él continúa la preocupación abominable del bien de cada cual, sin que el hijo llegue a ser un perfume, porque jamás se unen bien el céfiro y la rosa. En este aire sin generosidad, en esta patria sin raíces, en esta persecución adelantada de la riqueza, en este horror y desdén de la falta de ella, en esta envidia y culto de los que la poseen, en esta deificación de todos los medios que llevan a su logro, en esta regata impía y. nauseabunda, crecen los hombres de las generaciones nuevas sin más cuidado que el de sí, sin los consuelos y fuerzas que trae la simpatía activa con lo humano, y sin más gustos que los que pueden servir para la ostentación del caudal de que se envanecen, o los que apagan los fuegos de la bestia o la fiera que desarrolla en ellos su vida de acometimiento y avaricia. No es el hermoso trabajo, ni la prudente aspiración al bienestar, sin el que no hay honor, ni paz, ni mente seguras: es el apetito seco de acaparar riqueza, afeado por el odio y desdén a los oficios en que se la logra con honradez y lentitud. Lo que admiran es el salto, la precipitación, la habilidad para engañar, el éxito; y se fían en el que ha engañado más. La mujer, criada en el mismo amor de sí, ni siente con ardor la necesidad de darse a otro, ni se presta a darse para la desdicha, ni busca en su compañero más que el modo de asegurarse su holgura y complacencia. Nacen los hijos pálidos y avarientos de este consorcio sórdido. Así, consagrado cada uno al culto de sí propio, se va extinguiendo el de la patria. No endulza acá las vidas la generosidad ni el agradecimiento.

* * *
Y cuando, como en este 4 de Julio, sienten las gentes políticas el deber de celebrar la fiesta patria, se juntan, como se juntaron ayer en Tammany Hall; no para entonar alabanzas a los fundadores y afirmar sus doctrinas, sino para flagelar al Presidente porque no desaloja de sus empleos a los republicanos, y pone en ellos a aquellos
mismos demócratas mercenarios sobre cuya voluntad y traición fue elegido. .

La fiesta era ayer en todas partes: carreras de caballos corredores, carreras de todo paso, apuestas entre caminadores, juegos escoceses, excursiones por los ríos, regatas de remadores, partidas de pelota. Pululaban los alrededores y las playas. La ciudad se iba vaciando desde por la mañana sobre las arboledas y campos vecinos. Sobre cada adoquín estuvo estallando del alba a la media noche un cohete. Caían las muchedumbres sobre los ferrocarriles y vapores, como los potros sobre el portillo abierto en la dehesa. No se abre un brazo en estas multitudes para hacer lugar al niño que se sofoca o al viejo que desfallece. Cada vapor lleva un ejército a las playas serenas de Coney Island, que atrae a las gentes con el fragor de sus hoteles, la algazara y chirridos de los columpios y las ventas, sus cantos de tiroleses y de minstrels, sus orquestas de mujeres descoloridas y huesudas, sus hediondos museos de elefantiacos y de enanos, su elefante de madera, que tiene en el vientre un teatro, y es como símbolo y altar monstruoso de aquella parte glotona y fea de la isla, a cuyo alrededor, como columnas de incienso, se eleva de los ventorrillos que le hormiguean a los pies el humo de las freideras de salchichas. Allá lejos, se tiende la playa, matizada de grupos de familias, reclinadas o sentadas en la arena junto a los restos del festín casero: se salen los trajes de los cuerpos canijos de los judíos; se salen de sus talles morados y pomposos las irlandesas ubérrimas; la vida se sale de algunos ojos apenados, que van allí a hablar con el mar de la honestidad y la grandeza que no se hallan en los hombres; y se observa tristemente el contraste que hacen las caras varoniles y osadas de las niñas con sus vestidos de encaje y con sus cintas de colores. En una tienda fríen maíz: en otra, bajo un toldo, comen ostras frescas en el borde de un bote: allí cerca, alquilan caballos para los niños: van y vienen, arrancando risas con sus trajes de baño, los flacos y los gordos, mostrando esa pobreza y caimiento de las formas consiguientes al ayuntamiento apresurado y huraño de tanta casta diversa y egoísta. Se pavonean entre los grupos, ojeados por damiselas de mala ocupación, los jugadores de oficio que han tenido suerte en las últimas carreras: el pecho es un brillante: llevan el pelo a rape, como los presidiarios: ostentan sombreros blancos: van seguidos y curioseados como héroes. El mar fresco, surcado a lo lejos por botes de paseo llenos de galanes y de hermosas, echa su ola fragante sobre la vasta arena, blanca como la plata sin bruñir. Suena a lo lejos la marcha de Lohengrin.

* * *

Pero no se fue toda la ciudad a estos gozos bullentes. Tienen disciplinada a la gente de dolor los trabajadores del espíritu. El derecho, y toda ocasión de pedirlo, es una fiesta para los que padecen de hambre de él. Esos hombres buenos y graves que están procurando juntar en una asociación incontrastable a todos los obreros, para que vuelquen de un común empuje las leyes de distribución de los productos del trabajo y la tierra pública, llamaron a una gran fiesta en la plaza de la Unión, donde obreros de todas nacionalidades, alemanes y americanos, franceses y bohemios, y los ingleses mismos, mostraran, a la hora en que el sol está en el cenit, su simpatía por los obreros irlandeses, en cuyas bolsas no se acaba nunca el centavo para el cura, ni el peso para ayudar a la faena política de la magnífica cohorte que batalla por obtener la autonomía de Irlanda.

Había más gente que hojas en los árboles. Llegaba por una calle, un gremio de alemanes, con un esplendor de barba rubia, serio el rostro, pesado el paso; y su guía, brillándole los ojos con esa luz misteriosa e inquieta que distingue a los hombres nacidos para conducir, clava la bandera del gremio, entre cohetazos y aplausos, en el balcón de la casilla de madera donde preside rodeada de señoras, la adorable anciana que trajo al mundo a Parnell.

Allí está, con su vestido negro y su cabeza blanca, la madre del reformador irlandés. Ella es en Irlanda propietaria y noble; pero donde están sus irlandeses, allí está ella. Su hijo sienta a Irlanda, del otro lado del mar, sobre la cabeza de los ingleses; y como que se contiene, vence. Ella se muestra erguida y sobria, cada vez que los irlandeses de este lado se reúnen para mostrar simpatía o buscar ayuda a los que luchan en el Parlamento de Londres por sus libertades; y no bien la ve el público, se pone en pie frenético, como si viesen santificada en un altar a su propia madre. No perora, pero dice cosas que abofetean y que queman: parecen sus palabras, deliberadas, profundas, centelleantes, breves, manojos de guantes que echa al rostro inglés. Se eleva el espíritu, y se humedecen los ojos, en la presencia de esta sublime dama que tiene involuntariamente sobre su pueblo el prestigio de las antiguas sacerdotisas.

Pasan, pasan delante de ella, todos los gremios que acuden a tomar parte en la fiesta. Unos clavan su estandarte junto al de los alemanes, y las banderas quedan allí, dando guardia a las mujeres que sufren y trabajan por los hombres. Otros dejan a sus pies ramos de flores. Otro le trae una insignia del color de su patria, para que la ostente en el pecho, y al notar la multitud que la insignia es verde, comienzan a sacudir los árboles, al ruido de las músicas, y se adornan aquellos cincuenta mil hombres los sombreros y las
solapas con las hojas.

Los americanos e irlandeses se agrupan junto al estrado donde están reunidos los consejeros mayores del partido obrero: Henry George, con su cara benigna; Louis Post, con sus aires de pelea; John Swinton, el que trabaja frente a un grabado de John Brown flotando al aire en la horca. Los alemanes y bohemios toman puesto alrededor del estrado donde van a hablar los oradores en su propia lengua: oradores ardientes y excesivos, como son siempre, precipitados sin duda por el dolor perpetuo de no hallarse en su pueblo, aquellos que concentran en los países lentos o duros las condiciones de poesía y palabra de que la comunidad carece, por eso han nacido de los países más recios los reformadores más violentos. En el estrado de las damas, las oradoras se van poniendo en pie, y bendicen, al acabar sus razonamientos elocuentes, a aquel hombre joven de frente de templo y de brazos cruzados que va peleando sin sangre por la libertad de Irlanda. Habla después su propia madre: ¿cómo ha de hablar, sin empieza por decir que cientos de años de los dolores de Irlanda le hierven en el pecho? Ya se imagina lo que fue la fiesta: un hurra que duró tres horas. Los banderines azotaban contentos los altos mástiles del parque, coronados por una bola de oro.

El Partido Liberal, México, 25 de julio de 1886

lunes, marzo 01, 2010

Apuntes*

Después del mar, lo más admirable de la creación es un hombre. El nace como arroyo murmurante, crece airoso y gallardo como abierto río, y luego -a modo de gigante que dilata sus pulmones, se encrespa ciego, y se calma generoso- ¡genio espléndido de veras, que sacude sobre los hombros tan regio manto azul, que hunde los pies monstruosos en rocas transparentes y corales!; ¡genio híbrido y extraño que cuando se mueve se llama tormenta, y cuando reposa, noche de luna en el Océano, lluvia de plata, y plática de estrellas sobre el mar! -Aquí sobre esta arena menudísima, tormento de los pies y blanca muerte de las olas, tapizada de conchas quebradizas, salpicada de bohíos de lindo techo de trenzadas pencas, esmaltada de indígenas robustas, aquí entre estos hombres descuidados, entre estas calles informes, sobre esta arena agradecida que no sofoca con su ardor al extranjero que la pisa, aquí reposa mí alma, señora de su fatiga, contenta con la serenidad de esta grandeza, poblada y consolada en medio de esta muelle soledad.
La buena voluntad es un reflejo que pone en el rostro la suave luz de luna, que ha dado el cielo a cada espíritu de hombre: ¡qué noche tan amarga, cuando, allá en el fondo de nuestra conciencia, la luz serena y permanente descubre alguna sinuosidad! ¡Qué revolverse en el lecho! ¡Qué pedir consuelo en vano a los recuerdos, a las esperanzas, a los paseos, a los versos, a los libros! Parece que la mala acción cometida está escrita en la onda de cada nube, en la quebrada luz de cada estrella, en cada ardiente voz de nuestro espíritu. En cambio ¡qué plácido sueño cuando esta lumbre no ilumina en el corazón más que llanuras! El alma satisfecha acrece las fuerzas, rejuvenece el rostro, desarruga la frente de los viejos, perpetúa la beldad de las mujeres, limpia de ortigas los años, aligera los miembros, aviva la voluntad, acrecienta los caudales. Más joven se levanta cada mañana el hombre bueno: así los viejos suizos, amigos y camaradas de los Alpes, mueren con los ojos azules y con el color sonrosado en las mejillas, ¡porque no han doblado en un siglo el ramo de roble en que se apoyan, ni su conciencia pura, -blanca como sus neveros, -su báculo más fuerte!
Dejé en la Habana las iras de los hombres; y traspuse llegando a Progreso, si bien por tiempo breve, las majestuosas iras de la mar. Mido yo mi grandeza por la de los océanos irritados: cuando viajaba en el potente Celtic, buque de inmigrantes y de príncipes, donde vi -y no en los príncipes,-más héroes respetables, el negro Atlántico reunía todas las fuerzas de su seno, no cabía su cuerpo dilatado en la implacable orilla de sus mares, y se retorcía con sacudimientos montañosos, pidiendo fuerza al cielo, negro también y oscuro, como la frente de sañudo padre, que quiere detener con su ira las impaciencias de un hijo rebelado. Mar vea el cielo, allá en la inmensidad del horizonte. Nunca sentí terror ante tan grandes luchas; antes, las fauces, bien firmes en las órbitas mis ojos, rey también entre tanta majestad, sentía hercúleas mis espaldas. Un religioso espíritu me transportaba; afán de batalla me poseía, hogar mío creía yo a aquel espacio negro y barco hondo, y regocijado como un niño, adoraba aquel peligro, que al fin me conocía y miraba al cielo alto, que es mi manera de pintarme de rodillas. ¡Qué desdén luego en mis ojos para todo lo que no amaba conmigo la tormenta! Verdad que nunca oí manera de rugir más formidable. ¡Pueril lenguaje fuera comparado al de las ondas atlánticas airadas, el de una selva de leones desatada sobre árabes temerosos en impenetrable noche oscura! Duda la mano débil al transportar a los hombres tan hermoso honor. Jamás tuvo cantor la epopeya de la Naturaleza, ni lo ha tenido aún la epopeya del esfuerzo de los hombres. Eran el mar y el buque como masas de espíritus inmensos; placíanse en el combate, y reposaban de sus golpes como generosos enemigos. Allá viene la negra montaña, ladeado el cráter. crecientes las faldas, jadeante y horrible; y hace cresta, se extiende, se yergue, ya se lanza rugiente sobre el buque. Y el gran Celtic se dilata, se encorva, se inclina al lado mismo de la ola con su borde poderoso -el hondo aceroso borde, abre sus brazos férreos como para ahogar mejor a la montaña, y se endereza y se sacude, vencedor gigante; conmueve la onda horrible y la echa fuera. Tal vez adolorido, calla el mar esta labor de abismo, y fatigado de la lucha, se estremece sobre su base colosal, como si se desatara el ruido de bronce a sus miembros. Ruge sordamente, como monarca perturbado; mas otra vez, en cambio, corre de su férrea cabeza a su ligero extremo onda apacible, y parece, al resplandor de la tiniebla, un león satisfecho que lame con su lengua el pelo de oro.
Y luego, tras dos años, ¡qué azulado ese Océano sombrío, qué desarrugado el ceño de ese cielo, qué mezquino guerrero en vez de aquel ferrado batallador! ¡Oh! la nación norteamericana morirá pronto, morirá como las avaricias, como las exuberancias, como las riquezas inmorales. Morirá espantosamente como ha vivido ciegamente. Sólo la moralidad de los individuos conserva el esplendor de las naciones.
Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario. La venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave melancolía que se adueña del espíritu después de estos contactos sobrehumanos, son vestimentos místicos, y apacibles augurios de un tiempo que será todo claridad. ¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido negada al pueblo de la América del Norte! EI tamaño es la única grandeza de esa tierra. ¡Qué mucho, sí nunca mayor nube de ambiciones cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se secarán los ríos, se cerrarán los mercados ¿qué quedará después al mundo de esa colosal grandeza pasajera? El ejemplo de la actividad, que si ha asombrado tanto a la tierra, aplicado a la tierra, debe salvarla y equipararla al cielo, cuando anime con igual empuje las naves veleras de las aguas, y las salvadoras realidades del espíritu.
La América del Norte desconoce ese placer de artista que es una especie de aristocracia celestial. Sólo las almas elevadas gustan toda la íntima belleza de ese mundo extramundano. La admiración universal alimenta el ara no apagada de la Grecia; pasó el pueblo, y quedó su reflejo; se prostituyó su nacionalidad, y la Grecia es aún madre perenne y admirable, no ha perdido sus formas, a pesar de haber amamantado tantos hijos. Inagotable es la fuente de sus senos, inmarchitable la verde palma que sobre ellos abandona con molicie; empapados están sus labios todavía de la sabrosa y eterna miel de Himeto.
Hoy ha dejado el puerto esa redonda nave en que vinimos, vulgar, cómoda, apática: sin gallardía en sus velas, sin elegancia en su atrevimiento, sin atrevimiento siquiera! Al fin la nave sueca imita en forma y marcha el regio andar del cisne; la gran nave de Hamburgo, fresca y gruesa, retrata en sus anchuras la franca cordialidad de sus armadores; la audaz proa británica vuela airosa, velera enamorada de la mar, y murmura la góndola en Venecia las historias de amor de sus canales.

*Estos apuntes de Martí parecen referirse a sus viajes a México en 1875 y 1877

Tomado de O.C., T. 19, pp. 15-17

lunes, febrero 22, 2010

Correspondencia Particular para 'El partido liberal' (3)

Crónica publicada en El Partido Liberal, México, 13 de julio de 1886

SUMARIO.

—SEMANA DE JUNIO.
—EL JUEGO DE PELOTAS.
—EL CULTO DE LA FUERZA EN LOS COLEGIOS.
—LAS FIESTAS DE FIN DE CURSO.
—LA EDUCACIÓN ANTIGUA Y LA NUEVA.
—LO CIENTÍFICO SOBRE LO CLÁSICO.
—PREDOMINIO DEL ESPÍRITU DE LIBRE INVESTIGACIÓN.
— LA EDUCACIÓN EN LOS COLEGIOS COMO MEDIO DE PREPARAR PARA LA VIDA.
—LOS DISCURSOS DE LOS GRADUANDOS.
—LA VIDA NACIONAL ANULA LA EDUCACIÓN.
—EL PROGRAMA DE ESTUDIOS DE HARVARD.
— CONVIENE EDUCARSE EN LA PATRIA.
—El PELEADOR SULLIVAN.
— CÓMO LO ADMIRAN Y MIMAN EN NUEVA YORK.


New York, 26 de junio (de 1886)

Señor Director de El Partido Liberal:

No cabe una cacería del Indostán, con sus príncipes, con sus elefantes, con sus pabellones, con sus bayaderas, con sus brahmanes vestidos de blanco, en la cuenca de una uña: así no cabe en una revista esta semana de fin de junio ardiente, donde con la cercanía mayor del sol crecen el amor, la generosidad, el placer y los crímenes. Todo es regata de yachts, de caballos, de caminadores. Todo es gente que marcha, color que brilla, cinta que flota, fresa madura que convida al diente. Se mezclan las últimas palabras serias del año, dichas de prisa en el Congreso, los Colegios y los Tribunales, con esos cuchicheos de aurora con que renace en estos meses la naturaleza en los árboles, en los nidos y en las almas. Si se mira a las calles por la tarde, no se ven sino mozos robustos que andan a buen paso, para cambiar sus trajes de oficio por el vestido de paseo, con que han de lucir galas a la novia, o el del juego de pelota, que aquí es locura, en la que se congregan por parques y solares grandes muchedumbres.

Los juegos son como los pueblos en que privan: este es golpe, rudeza, ausencia de arte: se enronquecen y embriagan con ese juego burdo, que cría la admiración funesta por los fuertes, tanto (que) en los colegios se mira aquí como a pobre persona el que se nutre, como de estrellas que muerden, de ideas y sueños grandes: acá los prohombres de los colegios, los que se llevan las damas y mantienen corte, son el que mejor rema, el que mejor recibe la pelota, el que más sabe de hinchar ojos y desgoznar narices, el que más bebe o fuma. Niños de nuestras tierras que vienen a estas Universidades con el almita clara y encendida, llena de sombras de héroes y de colores de bandera, se vuelven ¡ay! a los pocos años de estar entre estos boxeadores, mozos hoscos y abruptos, ida toda la flor, sin fe
más que en el dinero y en la fuerza. Mejorar los colegios nativos, que con ser como son ya son mejores, vale más pese a la gente novelera, que sacar a los hijos de bajo de las alas de la patria para venir a donde olvidan la suya, y no adquieren la ajena.

***

Este es uno de los acontecimientos de junio en los Estados Unidos: las fiestas de fin de curso. Toda una página dedica cada periódico día sobre día a las recepciones alegres con que acaban su año las escuelas públicas de niñas, donde estas recitan, cantan, tocan, y entre pabellones y ramilletes reciben a la vez el diploma de maestras de Escuela Normal, y la rosa de los amores de la naturaleza. En las Universidades, en las Escuelas Técnicas, en los Colegios que acá mantienen, para crianza de prosélitos, las grandes sectas religiosas, estos son días de baile y premio, de palabras sabias y de regatas locas. Se cierran los cursos en Harvard y Yale, en Columbia y en Princeton, en Amherst y en Williams.

Ya acabó la bárbara costumbre de llamar con nombres latinos a los estudiantes norteamericanos, lo que hacían traduciendo al latín el nombre inglés, de modo que un John Nose venía llamándose en clase como si en español le dijésemos Juan Narices. Y ya se va acabando, acicateada por los tiempos, aquella preminencia que los estudios meramente literarios, a que tienden sin precisión de espuelas las almas finas que necesitan de ellos, tenían hasta hoy sobre los estudios de mayor cuantía que preparan para los choques menesteres de la vida, en esta época de revuelta donde cada cual tiene que ser padre de sí, y no hay herencia segura, ni se edifican casas para siglos, ni hay fortuna que esté a salvo de los vuelcos sociales y de las catástrofes financieras. La casa, que ha mantenerse tan santa como nuestra masa vil nos lo permita; debe educar el alma en el aseo y horror del fango, de que se hacen hoy generalmente las estatuas. La escuela ha de equipar la mente para faena de la vida.
Si la vida no es una Universidad, sino una casa llena de odios y fatiga ¿a qué educar a los hombres que han de vivir en ella como para vivir en Universidades? Ya estos no son tiempos de toga regalada y chocolate de canónigo. Hoy, se come agonía y se bebe angustia. Por eso hay tanto infeliz que no puede ser honrado, y tanto astro sin alas: porque en nuestros países, donde la cultura se ha acumulado aún en bastante para que el consumo de ella por la masa común corresponda a la fuerza de ella en las almas superiores, no puede existir mercado suficiente para la suma de Literatura y Arte que se enseñan exclusivamente en las Escuelas. Ármese en la escuela al niño con las armas que ha de necesitar para la vida. Otras razas, corpudas y bestiales, corren riesgo de perder con la exageración de ese sistema aquel suave y clemente espíritu femenino que trae a los pueblos la educación artística, para engendrar en el trato con los oficios briosos la gloria que los alegra y perpetúa. Nuestros pueblos, donde las rosas huelen y las mujeres aman, renuevan incesantemente en cada niño la poesía.

***

Esas fiestas de fin de curso, si no acabasen en regatas enconadas y en desafíos celosos de pelota, serían cosa bella, porque siempre se reúnen para cerrar el año en los salones de cada Universidad los oradores de palabra más lujosa, los funcionarios del Estado, las damas literarias, y las jóvenes con sus vestidos de Primavera. En algunos colegios, como las Universidades acá se llaman, señoritas y mancebos se educan a la vez, y suele suceder que los discursos de traje blanco y ramillete al pecho, ahondan y valen más que los discursos de levita cerrada y espejuelos.

Un príncipe de la palabra, un gran sacerdote, un candidato a la presidencia de la República, un educador ilustre, habla solemnemente a los alumnos, que ya están al tomar, en los umbrales del colegio, el fusil y la mochila de la vida. Luego, entre premios y música, van leyendo o recitando los graduandos más distinguidos sus peroraciones, que antes eran sólo sobre Lupercios y Teofrastos, y cosas de antaño que no sirven hogaño; pero ahora, como que la savia nueva ha entrado de fuerza propia en los colegios, ya no hablan solamente de latines y grecias, y de la eternidad y prepotencia de los dogmas de la secta que mantiene la Universidad, sino del buen sentido y armonía consoladora con que fue creado el mundo, de la esencial libertad de investigación que confirma al hombre en su fuerza y nobleza, y le da la majestad interior de que necesita estar poseído para vivir con fruto en marcha a lo alto. Todavía hablan los temas mucho de sequedades antiguas; pero ya se trata en gran número de ellos de la verdadera composición espiritual y material de la tierra en que vivimos, y de la formación, tendencias y vicios de los elementos vivos que batallan sobre ella.

En Harvard y en Yale, colegios venerandos y canosos, tiene ya tanto campo esta manera nueva, que no sólo se deja en amplia libertad de espíritu al alumno en cosas de doctrina religiosa, sino que se han añadido a los cursos literarios usuales, otros cursos exclusivamente científicos, y se ha puesto cátedra doble de los problemas que más afectan hoy a la Nación. Allí puede un alumno escoger, si le place, el estudio de las letras; pero no está forzado a ella, sino que puede arreglar sus asignaturas clásicas con otras de mayor realidad y momento; y oír a la vez la cuestión de la tarifa explicada a una hora por un profesor librecambista, y a la hora siguiente, cátedra sobre cátedra, por un maestro del sistema prohibitivo. Así, es verdad, no ganan fanáticos las iglesias ni los partidos; pero la patria se cimenta sobre un único sostén: los hombres de pensamiento propio.

***

¡Ah! da envidia leer el programa de enseñanza en Harvard, donde no hay asunto digno de la mente que no tenga un buen maestro, y de donde, si se estudia con ahínco, se puede salir hombre “vivo y efectivo”, como dicen las lápidas de los militares de antes en los cementerios españoles: pero ¿qué flor vive sin aire? Todas esas finezas de cátedra, todo ese lujo de materias y maestros, todo ese glorioso empeño de los educadores por ir conformando las casas de enseñanza a los tiempos en que han de vivir los que se crían en ellas, como que se evaporan en este aire pesado para las almas, como que perecen por falta de estímulo en esta loca contienda por la simple riqueza pecuniaria, como que se extinguen en el desprecio en que tienen a las carreras sudorosas, las carreras limpias de producto lento, los hijos adementados de estos hombres de mirada gris e insegura, que sólo veneran sinceramente, por sobre humanidad y sobre patria, la capacidad de acumular súbitamente una masa estupenda de fortuna.

La pujanza los enamora y los domina. Les gusta lo que arremete, lo que violenta, lo que invade. ¡Ved cómo miman los estudiantes durante todo el año, no al poeta de frente grave que les leerá la oda de fin de curso, no al mozo pensador que ya desde las aulas medita la manera de que los problemas sociales se vayan resolviendo sin sangre y en justicia, sino a “los nueve” ágiles que deben vencer a Yale en el juego de pelota, a los “ocho” de brazos alados que han de competir por el premio de remo con los ocho del colegio vecino, al que en las brutales peleas con que en otoño se inauguran las clases arrancó “el bastón” de las manos ensangrentadas al que lo defendía en nombre de las clases rivales! ¡ved con qué saña, mal contenida durante todo el año, se entregan a estas regatas y desafíos, y apuestan sobre ellas, no por aquel sano amor a los ejercicios viriles que hizo hermosos y fuertes a los primeros griegos, sino con aquella mercenaria y rencorosa rivalidad que afeaba las lidias tremendas de los gladiadores de Roma y de Pompeya! ¡ved cómo muchos de ellos, deslumbrados por la paga que aquí se da a los buenos jugadores de pelota, abandonan su carrera casi terminada, y truecan su libro augusto por la camisa azul y el pantalón corto de los histriones, en que los aplaude y venera el populacho! Pudren acá esos vicios de pueblo rudo y ambicioso el aire de los colegios. El aire deshace lo que hace la cátedra. La educación verdadera está en el coadyuvamiento y cambio de almas. Lo sórdido de la vida sofoca acá lo luminoso de la escuela. Se debe vivir entre aquellos con quienes se ha de batallar.

***

Acá es frenesí este amor al gladiador. Se tiene en él una gran vanidad, como si encarnara y representase al país en lo que más se estima. Ahora mismo agita el papel en que esto se escribe, el aire que entra por la ventana, lleno de la música ruidosa con que van a saludar unos mozos entusiastas al púgil Sullivan, rey de los puñetazos, que tiene ya cinco años de vida de triunfo, adorado y mimado por su fuerza. De un golpe abate a un hombre: de dos lo mata. Lleva una vida brutal. El día es para él Champagne; de noche, cerveza; un puñetazo, el cielo. Le deleita quebrar labios y leyes. No tiene una bondad ni arranque de hombre. A su mujer, la tunde. A su hijito, de ojos azules, lo echa escaleras abajo. Goza en magullar. Tiene el gusto burdo, y va todo él colgado de brillantes: lleva un puño de ellos en la pechera de la camisa: un anillo le relampaguea en la mano derecha: otro en la izquierda. Usa un sombrero blanco como la leche. Pero toda esta grosería y brutalidad se le perdonan. La policía lo escuda y lo trata tiernamente. Los tribunales no le son hostiles. Se ve en él todo eso como ornamento y gracia de su majestad. Un cariño real acompaña y protege por todas partes a esta bestia.
Aquí está en un hotel que abre sus balcones sobre el aire aromado del Parque Central, preparándose para la pelea enorme con que va a celebrarse el día 4 de julio, el día santo de la independencia patria!
Diez días faltan, y ya no habla New York de otra cosa. Se olvidan las carreras de caballos, los desafíos de pelota, la noticia de que la hermana del Presidente publica una novela de amores; las sentencias recaídas sobre los obreros coaligados que amenazan a los dueños la demanda de un representante para que el Congreso impida que el gobierno francés tome sobre sí la obra del canal de Panamá. Todo eso se lee como de pasada. De nada de eso se trata en las conversaciones. La primera ojeada de los que leen diarios es para el párrafo de Sullivan. Los diarios informan al público de que sus ojos están claros, vivos, buenos para la pelea. Tiene un cuidador que le amasa la piel dos veces al día, que le lleva al levantarse por las mañanas un vaso de agua, con cuatro yemas de huevo. Todo el día está en el hotel rodeado de gente. El campeón sale dos veces a tomar el aire, en un carruaje pomposo, que él quiere que sea muy grande, y de dos caballos. Si está almorzando adentro, la multitud cuchichea afuera: “Le han servido cuatro costillas”: “no toma más que té y yemas de huevos”: “ya pesa cinco libras menos”. Si se acerca a la puerta para tomar el suntuoso coche, la multitud se arremolina, se siente como una unción, los policías halagüeños limpian el paso para su héroe, el héroe sale, acogido por un clamor de victoria, y cuando vuelve, pleno el pulmón de aire de flores, la gente es más, y de la plazoleta del hotel, que es toda una cabeza, surge un vítor robusto que corean los chicuelos amontonados de todas partes de la ciudad, para respirar siquiera el polvo del carruaje del campeón a quien admiran. Da frío, ver criarse a un pueblo entero en el culto de la fiera.

Tomado de Otras crónicas de Nueva York.
Investigación, introducción e Índice de cartas Ernesto Mejía Sánchez,
Editorial de Ciencias Sociales, 1983.

lunes, febrero 15, 2010

La velada del viernes.

Artículo publicado en El Progreso, 23 de marzo de 1879*


Tenía razón La Patria. Ni más brillantes ni mas selectas, ni a gran distancia en lo profundas, son las discusiones del Ateneo de Madrid. Enérgico Moisés, el presidente del Liceo, ha tocado con su vara mágica una roca llena de mujeres bellas, de ingeniosos poetas y de amigos de la tierra, de enamorados del cielo, de realistas que vuelan como las águilas, de idealistas que razonan como los matemáticos: “¡quién había de pensar -nos decía un disertante, de negro bigote y estrecha y luenga barba, -que había todo esto dentro de la roca!”
Y otro, -nacido en tierras andaluzas- nos decía con emoción y con amor: -¡qué grandes talentos había en esta tierra!
Y la noche le daba razón. Un abogado artista-que no basta el frío de los pergaminos a espantar las mariposas del alma-pronunció un elegante discurso, salpicado de delicadas remembranzas. Habló Miguel Viondi como un orador de guante blanco. Arrancó aplausos no con el tono arrebatado del imaginador fogoso y atrevido, sino con el artístico matiz, correcto giro, acertado pensamiento y limpia forma que supo dar a su buen discurso. Se declaró idealista, por cuanto no halla en la copia de lo que existe ejemplos a que amoldar las excelsas condiciones de lo que en todas las artes bellas, que recorrió en sucinto examen, ha producido el inspirado espíritu. Hay algo en el estilo de Viondi de las empuñaduras de Benvenuto Cellini.
Al tierno sentidor sucedió una legitima esperanza de la tribuna, -un orador que lo es ya, cuando comienza a serlo, -un brioso mantenedor de la doctrina positiva, a cuya explicación y vulgarización -como exclusivo objeto, pareció tender en el curso brillante de su bien modelada peroración. Acción desembarazada, períodos robustos, animada convicción juvenil, ardor de enamorado en la defensa de la doctrina que profesa eran sobrados motivos para que aquel discreto público acogiera con prolongadas salvas de justísimos aplausos el levantado discurso de Dorbercker. Bien es que, más que del tema, trató de la filosofía que ama con pasión, y expuso con serenidad y brillo. ¡Pero bien haya este extravío momentáneo de la discusión, puesto que él nos dio a conocer cómo entre labios húmedos todavía con las mieles de la adolescencia, pueden esconderse raudales de imágenes potentes, que vendrán a ser un día acrecidas con la experiencia, corrientes vigorosas que combatan a este mal revuelo de la patria!
Leyó enseguida el señor Ramiro unas redondillas excelentes, bien inspiradas, bien escritas y bien hechas. Hizo reír con la buena risa. Sacó a plaza a todos los mantenedores del torneo. En filosofía estuvo por lo que queda, después de que todo ha muerto. Devoto del hogar, siente que hay algo más de lo que se ve, y que no es, por tanto, el arte humilde copia. Los fluidos versos fueron justamente interrumpidos y coronados con cariñosos aplausos.
Ocupó después la tribuna -y la ocupó completamente- Rafael Montoro. Limpísima palabra, caudal inagotable, potente raciocinio, vigoroso análisis, notabilísima potencia para examinar, presentar y deducir, he aquí a Montoro. Idealista a lo Hegel, dio rudos golpes de maza a las calurosas afirmaciones de Dorbercker. Sentó su teoría artística, y la aplicó a las diversas artes bellas “que surgen admirables -dijo- después de todas las filosofías que las razonan”. Trajo la teoría a las obras dramáticas; estudió éstas en su formación, en su ejecución, en su objeto. No trató bien a Courbet. No halló razón a los realistas. Dio vida a la clara estética de su maestro. Y concluyó opinando que es el genio, y no la repetición de lo visible, la obra artística. No hubo manos que no aplaudieran aquella improvisación correcta, analizadora, nutrida, siempre levantada, nítida siempre, siempre serena. Bien dijo el literato Canalejas lo que dijo en Madrid del orador cubano.
Habló Dorbercker, el orador reglano, repitiendo en las respuestas a Montoro, con abundosas frases y firme fe, los que él tiene por inquebrantables dogmas del positivismo. En la rectificación confirmó el joven sacerdote la opinión que de su ardiente fe nueva había el público mostrado.
Razonador fácil y oportuno se mostró de nuevo Montoro en la réplica.
Y así fue, a grandes rasgos, la brillantísima velada que puso, a los envidiosos, respeto; a las damas, orgullo de los buenos de la patria; a los buenos, que son los más, generoso contento y legítimo entusiasmo.

X


*Este artículo, que se publicó firmado por X, en El Progreso, órgano de Regla y Guanabacoa, ha sido facilitado e identificado, sin duda alguna, como de Martf, por el doctor Federico Castañeda, pues en una “Gacetilla” de dicho periódico, en el número del 9 de marzo de 1879, dice: “Buena Noticia. Tenemos el gusto de anunciar a los lectores que Pepe Martí se ha encargado de hacer para nuestro periódico las ‘Reseñas de los discursos del Liceo”.

Tomado de O.C. Vol 5, pp. 317-318 (Miscelaneas)

lunes, febrero 08, 2010

Correspondencia Particular para 'El partido liberal' (2)

Crónica publicada en El Partido Liberal, México, 6 de julio de 1886.


SUMARIO.
—RESUMEN DE LOS ÚLTIMOS ACTOS DEL CONGRESO
—ANTECEDENTES Y COMENTARIOS DE LOS ÚLTIMOS PROYECTOS DE LEY
— EL CONGRESO Y EL PAÍS EN JUNIO.—CONVENCIONES DE LAS ASOCIACIONES.
—EXCURSIONES AL INTERIOR.
—PARTIDAS ALEGRES.
—GRANDES REGATAS.
—ARDIDES DE LOS DIPUTADOS.
—INTERIORIDADES DEL CONGRESO.
—MALA SUERTE DEL TRATADO DE MÉXICO EN EL SENADO DE LA CÁMARA DE REPRESENTANTES.
—DERROTA DE SHERMAN Y HEWITT, AMIGOS DEL TRATADO.
—LOS PROTECCIONISTAS DERROTAN EN LA CÁMARA EL PROYECTO DE REFORMA LIBERAL DE LAS TARIFAS.
—ESTUDIO SOBRE LA SITUACIÓN Y PORVENIR DEL PROTECCIONISMO EN LOS ESTADOS UNIDOS.
—LA PLATA, LAS INDUSTRIAS Y LAS COSECHAS.
—LA SITUACIÓN ECONÓMICA.
—VENALIDAD DE LOS REPRESENTANTES.
—LAS GRANDES EMPRESAS TIENEN CORROMPIDO EL SUFRAGIO.
—CÓMO SE AYUDAN Y SIRVEN LAS EMPRESAS Y LOS REPRESENTANTES.
— SE VOTA UNA LEY QUE PROHIBE A LOS REPRESENTANTES SER ABOGADOS DE LAS EMPRESAS QUE REQUIEREN TERRERÍAS PUBLICAS.
—EL PROBLEMA DE LA TIERRA EN LOS ESTADOS UNIDOS.
—ABUSOS DE LAS EMPRESAS Y ASPIRACIONES DE LOS TRABAJADORES, SOBRE LA TIERRA.
—LEYES RECIENTES SOBRE LA CONCESIÓN Y CONTRIBUCIONES DE LOS TERRENOS NACIONALES
—LEY IMPORTANTÍSIMA QUE PROHIBE A LOS EXTRANJEROS POSEER TIERRA EN LOS ESTADOS UNIDOS
—ANTECEDENTES Y GRAVEDAD DE ESTE PROBLEMA
—MANEJOS DE LAS CORPORACIONES EUROPEAS PARA HACERSE DE TIERRAS EN AMÉRICA
—VOZ DE ALARMA A LOS PAÍSES AMERICANOS
—CÓMO SE ESTÁN DESCOMPONIENDO LOS PARTIDOS
— CÓMO ADELANTAN EN POLÍTICA LOS TRABAJADORES
—GEORGE CHILDS CANDIDATO DE LOS TRABAJADORES PARA LA PRESIDENCIA.

New York, 18 de junio de 1886

Señor Director de El Partido Liberal:

Junio es acá mes agitado. La vida cambia de súbito, como los árboles, y se nota una prisa nacional por darse al aire y a la luz. El Congreso acumula sus trabajos. El Presidente se prepara a ir de recreo a las montañas. La milicia se congrega en campamentos improvisados. Los creyentes de cada secta religiosa disponen grandes reuniones de rezo al aire libre. Todas las asociaciones, abogados, sastres, libres pensadores, católicos, velocipedistas, maestros de baile, reformadores, cocineros, celebran en poblaciones pintorescas, sus congresos anuales, donde revisan la obra del año, pintan y explican al público sus argumentos, cambian ideas respecto a sus intereses y mejora, y organizan las tareas del año entrante: el hombre gusta de partir de la luz y de parar en ella: cuenta su vida de acción de julio a julio. Los colegios festejan su principio de trabajos, que en realidad no empiezan hasta octubre. Se crean escuelas ambulantes de ciencias políticas, de ciencias físicas, de idiomas, de instrucción varias, para aprender durante los tres meses de sol, en lo vivo del campo, a la sombra de los árboles. Los jóvenes vi(ri)les improvisan partidas de exploración, y con sus tiendas de campaña al hombro, sus provisiones y su rifle se van a las comarcas despobladas a vencer dificultades, a matar fieras, a buscar aventuras entre los indios, a vivir en lo desconocido, de lo cual vuelven siempre alegres y fuertes. Es una florescencia colosal; de las plantas y de los espíritus. Toda la nación es una rosa. En la bahía, como palomas enormes, tienden las velas blancas para la gran regata próxima los veleros ingleses y norteamericanos que van a disputarse este año la copa apetecida. La ciudad ese día es jubileo, y se va toda al mar, en vapores embanderados, en buques de pasear: se entibian los negocios el día de la gran regata: el champaña llega al cielo.

***
El Congreso parece siempre en está época poseído de esa prisa de fiebre. Las votaciones se suceden. Los asuntos demorados durante el invierno, se precipitan. Cada partido se esfuerza en hacer aceptar a su contrario las medidas que le interesan. Suelen pasar en esta premura medidas que una ojeada basta para reprobar. Algunos representantes hábiles mantienen en reserva hasta estos días sus proyectos de mayor interés, por ver si pueden obtener a la rebatiña un voto favorable del Congreso, poco preparado para ellos. Ambos partidos, republicanos y demócratas, van dilatando hasta el fin de las sesiones los proyectos en que no han podido convenir los bandos opuestos de cada partido,—el de reforma de la tarifa, por ejemplo, en que a pesar de la decidida protección del Presidente y sus Secretarios, acaban de ser vencidos los librecambistas, por aquellos mismos que han estado impidiendo la reglamentación del tratado con México, que en vano trató de reanimar Sherman en el Senado, proponiendo prorrogar el tratado por cinco años. Las industrias agrícolas amenazadas, el azúcar y el tabaco; han podido más que las manufacturas, pletóricas de artículos fabriles que no tienen salida. En la Cámara de Representantes, fue también vana la energía con que Abraham Hewitt, el noble y perspicaz yerno de Cooper, trabajó porque se declarara prácticamente libres de derechos aquellos frutos mexicanos que el tratado señala como tales. Los mismos que batallan contra la reforma de la tarifa en sentido liberal, que vaya preparando con moderación las viciadas industrias nacionales para la competencia en su propio mercado con las europeas, son los que batallan contra la vigencia del tratado mexicano.

Muchos arraigo tiene todavía el proteccionismo en los Estados Unidos, aunque se dan casos tan elocuentes como la última exposición de los cuarenta mil obreros de Pennsylvania que acaban de pedir al Congreso la abolición del derecho de entrada sobre las materias primas de la industria. Pero el proteccionismo que ha traído a la industria norteamericana a una plétora que la tiene en agonía, no podría resistir mucho tiempo el deseo justo de un cambio de sistema, que empieza a apetecer ya imperiosamente la Nación alarmada.

De tres riquezas viven los Estados Unidos: de las minas de plata, de las industrias y de las cosechas. La plata ya se sabe cómo está: si el gobierno no tuviera por la ley obligación de comprar cada mes dos millones del metal a las minas del país, con que luego no sabe qué hacerse, las minas habrían parado ya en una catástrofe. Las industrias, de puro producir a precios altos cantidades enormes de artículos que no pueden vender, están hoy, salvo aquellas muy especiales y necesarias, sin mercado donde colocar lo que van produciendo, y sin manera de dar trabajo a los millones de hombres que vinieron a este país, engañados por la prosperidad transitoria de que gozaron sus industrias, mientras una serie de cosechas pasmosas estuvo trayendo a la República rendimientos tales, que podía entregarse sin pérdida a todo género de tentativas costosas, y pagar sin peligro los precios subidos a que, en virtud del sistema de protección, tenían que comprar los artículos que sin ese sistema, hubieran podido comprar a Europa mejores y más baratos. Con derechos crecidos sobre las materias primas, con los salarios altos que los obreros necesitan en un país donde este sistema de protección a las industrias nacionales hace los productos de todas ellas caros, ¿cómo han de poder producir las industrias americanas a los precios bajos a que producen los países donde las materias primas entran sin derechos, y lo barato de la vida, por la libre entrada de los artículos extranjeros, permite a los operarios vivir con un salario escaso? Resulta, pues, que afuera no, pueden mandar los Estados Unidos sus artículos a competir con los de fábrica europea; y adentro, si de afuera no viene dinero en retorno de las exportaciones, ¿con qué dinero han de comprarlos? Así se llega a estar como Midas, que todo lo que palpaba era oro, pero no tenía que comer ni qué beber. Tal, pues, como están hoy su plata despreciada y su industria recargada, los Estados Unidos no pueden vivir de ellas.

Quedan las cosechas, la riqueza magna, aquella que, como hacían los antiguos, debía celebrarse cada año con fiestas jubilosas y regocijos públicos,—la riqueza de la tierra, que jamás se acaba. Los Estados Unidos venden sus algodones al Asia, y su carne a Europa,—y sus industrias, ya se ve con qué trabajo las venden, y cómo andan locos buscando asociaciones, tratados y congresos para asegurarse tierras que les compren; pero hoy por hoy, su principal fuente de vida está en las cosechas. ¿Cuál será en esto la suerte del proteccionismo? Abandonado el país, como único medio de recurso, a su producción industrial, se comprende que no puede quedar un instante en pie, puesto que con él el país no puede producir lo que necesita vender en las condiciones precisas para la venta; ni puede alimentar siquiera a sus trabajadores. Dos necesidades inmediatas requerían un cambio de sistema, gradual, como todo cambio que ha de ser fructuoso: una es la necesidad de la vida, la necesidad económica de vender, para poder vivir y comprar lo de afuera con los productos de la venta; la otra es la necesidad de dar alimento a tanto millón de hombre con mujer y con hijos, que en el día en que la ira de la miseria lo enardeciese, podía echar abajo de una arremetida toda esta fábrica de fachada, que no tiene tan sólidos los cimientos como suntuosa la apariencia. La suerte del proteccionismo depende aquí de las cosechas, y de los acontecimientos extranjeros que pudieran favorecer su venta. Si hay cosechas grandes, si hay en Europa una guerra que requiera mayor consumo de ellas y paralice las cosechas europeas rivales, entonces vendrá al país en retorno tal suma de rendimientos que se continuarán pagando por algún tiempo sin murmurar los precios altos de los productos nacionales, que así tendrán al menos el mercado propio que hoy les escasea, y la ventaja de que con la prosperidad general del país, no se note el daño que este recibe de mantener a las industrias que han de vivir de la exportación, en condiciones de no poder exportar si no hay grandes cosechas, o sucesos del extranjero que las consuman y levanten sus precios, el país se verá frente a frente del problema industrial, como ya se ve ahora,—frente a dos millones de hombres, que ya son dos millones con casa y sin trabajo,—frente a lo absurdo de un país que tiene que vivir del producto de unas industrias organizadas de tal modo, que sus productos no se puedan vender.

El sol es claro; pero no es más claro que esto. Sin embargo, los proteccionistas de los dos partidos reunidos, demócratas y republicanos, han derrotado hoy en la Cámara de Representantes el proyecto de reforma moderada y preparación juiciosa, que habían compuesto de acuerdo los librecambistas y los proteccionistas conciliadores. La razón es visible, puesto que acá las elecciones a Senador y Representante se sacan a fuerza de dinero, y hay elección de Representante que cuesta a cada candidato ochenta mil pesos, por lo que necesitan del auxilio de los monopolios y empresas, que los ayudan a salir electos con condiciones de ser ayudados después por ellas.—La reforma, por ahora, aunque está en el espíritu público, queda vencida: que acá tiene el sufragio sus llagas, como en otras partes, y suele el país pasar años pidiendo lo que sus Representantes, por intereses personales o de partido, le niegan tenazmente. Por esas causas también sucede que el Senador o Representante, pretenden sacar ventaja a las malas de sus puestos, y en acciones de empresas o en moneda aún más real reciben el pago de su voto en pro de las empresas ricas o de buen porvenir, y de su influencia en el Congreso que ha de legislarlas. Esto es ya tan sabido, que apenas hay Representante o Senador que no ande en estas culpas. Ya se susurra que tendrá al fin que abandonar su puesto el Secretario de Justicia, Garland, en cuyo departamento se accedió a establecer en nombre del gobierno una demanda de nulidad en favor de una patente de teléfonos en que Garland recibió, a cambio de su influjo, acciones por valor de medio millón de pesos, que otros probos legisladores, Hewitt entre ellos, rechazaron secamente. Y este escándalo ha llegado tan a mayores, que el Senado acaba de votar por considerable mayoría un proyecto de ley en que se prohíbe a los miembros del Congreso servir de abogados de las empresas que requieren concesión de tierras públicas.

A seguir como hasta aquí se ha ido, entre los extranjeros que acaparan terrenos, y los Representantes que por esas razones ocultas regalan la tierra de la nación a las corporaciones que les pagan el voto, se hubiera quedado la nación sin tierra.

A esto viene también otro proyecto de ley aprobado por el Senado en estos días: asombra la facilidad y largueza con que el Congreso ha dado terrenos valiosísimos a las compañías de ferrocarriles. Ya se sabe que Blaine mismo, como presidente de la Cámara de Representantes, trabajaba como Agente de una empresa de ferrocarril, que le pagó en acciones. Ahora ha decidido el Senado, para corregir tanta loca franquicia en alguna parte, que las compañías de ferrocarril no podrán por ninguna especie de ley, federal o local, librarse del deber de pagar tributo al Erario por las tierras que el Congreso pueda concederles, sea cualquiera el pretexto en que la exención se envuelva.—A dos objetos se dirige esta medida: uno es mostrar al país que sus Representantes atienden al clamor sostenido que está alzando en la nación esa vergonzosa entrega del caudal de tierra pública por aquellos mismos a quienes ha sido confiada en depósito: otro objeto, el principal acaso, es halagar y templar a la masa trabajadora, que sobre todas sus dificultades y yerros continúa disciplinándose y organizándose conforme al pensamiento de sus filósofos, quienes con Henry George a la cabeza piden, como estado final, que toda la tierra sea del dominio público, y, en preparación de esto, para que el tránsito al nuevo estado sea menos difícil, que se vaya desde ahora reteniendo la mayor extensión de tierra posible por el Estado, en cuyas manos debe llegar a quedar toda. Se quiere cerrar el camino, con actos oportunos de justicia, a esa masa temible, puesta en marcha, que no se detendrá sino donde se detenga su razón.

***

Esas mismas previsiones engendraron otro proyecto de ley que, sin un solo voto en contra, ha aprobado hace pocos días el Senado. En Europa las grandes masas de tierras se van escapando de las manos de los aristócratas ociosos que las poseen en virtud de privilegios de familia, otorgados siglos ha sin más razón que la necesidad ya pasada de fundar un Estado en que predominasen los señores, o el hábito de premiar con títulos y tierras las gracias de las mujeres y la infamia de los hombres. Otros nobles ha creado esta época, que son las grandes empresas, en cuyas manos tampoco están seguras las tierras que han amontonado, y de las que las va echando, con el ímpetu de lo que vive y quiere puesto, la muchedumbre cada vez más apretada de la población, que no permite la acumulación en una mano, o en un pequeño grupo de manos, de una extensión de tierra en que pueden vivir muchos que no tienen hoy por esa distribución injusta los medios de vida necesarios. La organización de Rusia la tiene preparada a ese repartimiento.

Las exageraciones socialistas perderán en Alemania por ese grano de razón que las sazona y preserva. En Francia, ya se sabe que la propiedad es de muchos. Inglaterra no podrá contrastar el brío con que la población pobre está exigiendo la reforma territorial, y ya habla de comprar a los lores la tierra irlandesa, para repartirla de nuevo entre muchos terratenientes, como medio de calmar las cóleras de Irlanda.—Pues toda esa cohorte de grandes propietarios, de aristócratas ociosos, de grandes empresas, ha venido cayendo en sigilo, sobre la tierra norteamericana, como caerá, y en algunos lugares ya ha caído, sobre la tierra de la América española. Y eso sí que hemos de salvar, ahora que vamos siendo pueblos,—nuestra
tierra!

Parece mentira: pero ya casi poseen una nación en los Estados Unidos los ricos europeos. Uno solo, el marqués inglés de Tweeddale, tiene 1 750 000 acres. Una casa de Londres, Phillips, Marshall y Comp., 1 300 000. Una compañía inglesa 1 800 000 acres en Mississipi. Otras también de Inglaterra, 2 000 000 de acres en Florida, y 3000000 en Texas. Una compañía alemana posee 1000000. Y una compañía holandesa tiene ya 4 500 000 en Nuevo México.

Y es preciso estar a la mira contra los ardides de esos compradores, porque, en la conciencia de su culpa, suelen no comprar francamente, y se valen de hábiles recursos. Ya compran en pequeños lotes. Ya hallan norteamericanos que se asocien con ellos, y amparen sus compras con los derechos que les da su nacimiento. Ya se valen de varios compradores, que entregan luego su compra a la persona que les emplea, y llega así a poseer en una sola cabeza una comarca, como el marqués de Tweeddale.

El mal es grave, y la ley votada por unanimidad en el Senado es radical. Prohíbe que, salvo en caso de herencia, cobro de deuda y provisión de tratado, puedan adquirir terrenos en los Territorios o en el Distrito de Columbia, que es en lo que puede legislar en esto el Congreso, ningún extranjero que no haya manifestado su intención de hacerse súbdito americano, ni ninguna compañía que no esté formada en virtud de las leyes federales, de los Estados, o de los Territorios. Tampoco puede adquirir tierras ninguna compañía que tenga entre sus miembros más de una quinta parte de extranjeros.—Y es tan cierto que las razones de esta ley son las mismas de las que ya llevamos apuntadas, que acaba el proyecto prohibiendo que ninguna compañía, aun cuando sea de ferrocarril, canal o calzada, salvo en caso de concesión del Congreso, posea más tierras que las que positivamente necesita para que funcionen sus vías. La Cámara de Representantes está en riña con el Senado, que quiere para sí más autoridad de la que le da la Constitución; pero en este asunto, han obrado, por diversos proyectos, en acuerda absoluto. Y todavía son más rudos con los extranjeros los proyectos de la Cámara que los del Senado. Están para venir tiempos grandes en la política norteamericana. Los partidos políticos actuales, incapaces de afrontar con una .intención unánime los problemas vitales de la tarifa, la moneda pública y el trabajo, se están descomponiendo, y mostrando al país su egoísmo e incompetencia. El carácter personal de Cleveland, venido con pocas trabas de la naturaleza, favorece, y como que prepara el advenimiento de una política viva, que afronte y resuelva los problemas reales, y reconstruya a la nación sobre las bases nuevas que la justicia humana y sus elementos de composición demandan. Ya se habla sin asombro de nombrar candidato para la Presidencia a un hombre de peso y bondad, George Childs, director del Ledger de Philadelphia, que jamás ha sido republicano ni demócrata, sino amigo de los pobres. De su diario vive un pueblo. A cada mujer que va a visitar la casa de su diario, le regala una taza de china. Y cada obrero suyo, tiene en el banco una cuenta; y para vivir y morir una casa. Lo ponen en ridículo porque escribe elegías y regala tazas; pero la verdad es que, como que se ve que el ejército trabajador se aprieta y viene adelantando, nadie ha tomado a burlas la posibilidad de que, cambiando de juicio los partidos políticos, elegirán los trabajadores de los Estados Unidos, con un programa de reforma social moderada a un Presidente de su propio espíritu. No será en la elección próxima. No sería extraño que fuese en la de 1892.

lunes, febrero 01, 2010

Yugo y Estrella

de sus Versos Libres

Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
“Flor de mi seno, Homagno generoso,
De mí y de la Creación suma y reflejo,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Este, es un yugo: quien lo acepta, goza.
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Esta, oh misterio que de mí naciste
Cual la cumbre nació de la montaña,
Esta, que alumbra y mata, es una estrella.
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey torna a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, ¡crece!
¡Cuando al mundo
De su copa el licor vació ya el vivo;
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacó contento y grave
Su propio corazón; cuando a los vientos
De Norte y Sur virtió su voz sagrada,
La estrella como un manto, en luz lo envuelve,
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
Se oye que un paso mas sube en la sombra.”

- Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.

Tomado de O.C., Vol. 16, pp. 161-162

lunes, enero 25, 2010

Correspondencia Particular para 'El partido liberal'

Crónica publicada en El Partido Liberal, México, 29 de mayo de 1886.


SUMARIO.

—EL ALZAMIENTO DE LOS TRABAJADORES EN LOS ESTADOS UNIDOS
—MOTIVOS Y ANTECEDENTES DEL ALZAMIENTO.
—ASPECTOS ORIGINALES DEL PROBLEMA OBRERO EN LOS ESTADOS UNIDOS
— NACIONALES Y EXTRANJEROS.
—PELIGROS DE LA INMIGRACIÓN.
—ANGUSTIA DE LAS INDUSTRIAS-NORTEAMERICANAS.
—LO QUE LOS ALEMANES SE TRAJERON: SCHWAB, SPIES, MOST.
—ESCENA DE LOS MOTINES DE CHICAGO.
—UNA BOMBA DE DINAMITA: CASAS ASALTADAS: TIENDAS DESPEDAZADAS: BATALLAS EN LAS CALLES
—«¡EN FILA, HOMBRES!»
—MÉTODOS DE EUROPA Y MÉTODOS DE NORTEAMÉRICA.
—LOS CABALLEROS DEL TRABAJO CONDENAN A LOS ANARQUISTAS
—ORÍGENES, COMPOSICIÓN Y TENDENCIAS DE LA ORDEN DE LOS CABALLEROS DEL TRABAJO.
—EL ANCIANO URIAH STEVENS
— PROGRAMA Y MEDIOS LEGALES DE LA ORDEN: CÓMO CRECIÓ Y CÓMO LUCHA
—EL FIN DEL SIGLO.

New York, 15 de mayo de 1886

Señor Director de El Partido Liberal:

Poner los acontecimientos de estos días en una correspondencia de periódico, es como recoger la lava de un volcán en una taza de café. Los problemas políticos, la reforma de la tarifa, la colocación de la plata, el establecimiento de un sistema nacional de instrucción, el Congreso de pueblos americanos se empequeñecen de repente ante la aparición sangrienta de la cólera de las masas trabajadoras. La batalla formidable de los dos grandes trágicos, Booth frío y silbante, Salvini tempestuoso; la pintura enérgica y desordenada de los impresionistas de París, que acá tienen ahora en exhibición sus cuadros de figuras bruscas y borrosas, sus campos lilas, sus montes amarillos, sus árboles azules; la indiscreción con que los diarios cuentan cómo va a casarse pronto el presidente Cleveland, ponderoso y de poco cabello, con una arrogante niña, una Miss Folson, de cabellera castaña, que arranca en ondas de la frente limpia, de dos ojos grandes y serenos que parecen dormir sobre sus cuencas como dos huevos de palomas sobre sus nidos, todo, teatros, artes, chismes, juicio público de un general ladrón, prisión y juicio de un Ayuntamiento entero sobornado, todo ante los tremendos acontecimientos de Chicago palidece. La gente trabajadora se ha puesto en pie, ha comprado pañuelos rojos, se ha metido por túneles oscuros a practicar en el blanco el modo de no errar en el tiro, y con toda la variedad de los elementos diversos que la componen, mesurada en los obreros americanos, nacidos y desarrollados en el goce de la libertad, arremetedora y frenética en los obreros europeos que traen del otro continente mucha ira amasada, ha dado esta primavera una súbita muestra de sus ímpetus, que acá contenidos, allá sueltos, se escapan de quien los quiere sujetar, como si las manos del hombre, a semejanza del pobre aprendiz de conjurado de que habla Goethe, no fueran capaces de enfrentar los monstruos que crean.

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Los sucesos tremendos han sido en Chicago; pero el alzamiento es en toda la nación. En los Estados Unidos, culpable de haber traído al país por falsas doctrinas económicas un número mayor de obreros del que sus industrias pueden naturalmente alimentar, se prepara desde hace años, con celeridad y firmeza, la misma contienda justa y espantable que en los demás pueblos de industria disponen los obreros contra los que mantienen un sistema social que han decidido echar abajo. Las razones son las mismas. Las cosas no están bien
cuando un hombre honrado e inteligente que ha trabajado con tesón y humildad toda la vida, no tiene al cabo de ella un pan en que reclinar la cabeza, ni un peso ahorrado, ni el derecho de pasear tranquilo al sol, tan necesario a los viejos! Las cosas no están bien cuando el que en las ciudades "agua las acciones” de los ferrocarriles, que es como aguar el vino, haciendo aparecer más vino del que hay, vive en consideración y holganza que exasperan al minero, al cargador, al guarda-agujas, al maquinista, a tanto mísero que tiene que contentarse con sesenta y cinco centavos al día, en lo crudo del invierno, para que la compañía pueda pagar a sus accionistas dividendos pingües sobre un capital falso, mucho mayor que el que realmente emplearon. Las cosas no están bien cuando, para que una mujer desgreñada y sus chicuelos amarillos puedan vivir en un rincón de casa de vecindad fétida, tienen que salir los hombres antes del alba, con sus vestidos de hule manchados y sus capotes rotos, con su merienda de poco peso en la tinilla de lata, a cavar, a edificar, a levantar
monumentos en los lugares de aire puro y hermosas cercanías, de donde emprenden su viaje al caer la noche a sus casas lejanas, hambrientos, agrios, soñolientos, a comer, a beber, a crear de prisa y en las sombras, entre vapores de cerveza y boqueadas de odio, una generación de anémicos que nace ebria.

Las razones son las mismas. La concentración rápida y visible de la riqueza pública, de tierras, de vías de comunicación, de empresas, en una casta acaudalada que legisla y gobierna, ha provocado la concentración rápida de los trabajadores, quienes sólo apretándose en liga formidable, que a un tiempo deje apagar los fuegos en los hornos y crecer yerba en las ruedas de las máquinas, puede oponer con éxito sus derechos a la altivez y descuido con que los miran los que derivan toda su riqueza de los productos del trabajo que maltratan. Las tierras públicas van cayendo todas en manos de ferrocarriles y magnates, dejando poco espacio para que mañana, cuando estos globos industriales estallen, cuando la producción excesiva de las industrias se reduzca a las necesidades reales, puedan los obreros sin empleo ocupar la tierra, industria sabia que nunca se cansa! Las corporaciones, compuestas de príncipes de la Bolsa, que viven a lo monarca, hallan en su capital acumulado modo cada vez más fácil de compeler a los obreros a trabajar por la pitanza mísera que la empresa requiere, para poder repartir sendos millones a sus caballeros principales. Si eso sigue, pronto no habrá tierras en que refugiarse, ni modo de resistir, a las corporaciones, que por la virtud de sus caudales sacan triunfantes en las contiendas del sufragio a los que hacen las leyes para su provecho, y las aplican en beneficio de los que los encumbran o pagan. Esto avivó en los pensadores de la clase obrera el deseo de remediar sus males.

Pero como en cada país se dan los problemas en consecuencia del carácter propio del país de los elementos que lo forman, este problema de trabajo se da aquí con elementos originales; y por esa magnífica virtud de la Libertad, que retiene siempre al borde del abismo a sus hijos, parece presentarse en los Estados Unidos, a pesar de sus últimos alardes sangrientos, con una mano llena de heridas y otra llena de bálsamos. Pues qué ¿cien años de ejercicio libre del hombre, habían de ser perdidos?

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En el actual problema del trabajo en los Estados Unidos se reflejan todos los elementos que han entrado en la formación de su clase trabajadora. Del propio país fueron naciendo las injusticias y la indignación, que es la sombra de ellas, pero los obreros del país, que las sufrían, y los que han crecido en el ejercicio de los hábitos republicanos, hechos a mudar y hacer mudar cada cuatro años los oficios públicos, y a discutir y ver sucederse en paz las leyes, no pensaron en buscar fuera de ellas sino en ellas, el cambio de1 organización industrial que se requiere para que el obrero tenga en su pueblo la independencia y goce a que le da derecho su utilidad.

De muchas partes a un tiempo fueron surgiendo a la vez las mismas tentativas infantiles. Un maestro o pequeño capitalista, se resistía pagar a los obreros el salario en que estos estimaban su labor: todos los obreros de la fábrica se coaligaban para abandonar a una el trabajo y obligarlo por esta fuerza indirecta a lo que no lo obligaba la justicia: y si aún resistía, como que todos los obreros saben de sufrir y se sienten hermanos, rogaban a los demás obreros que no comprasen los artículos de la fábrica asediada. Así nacieron las huelgas, los gremios, los asedios, que llaman boycott ahora, aunque ya en 1830 hubo aquí boycoteadores, que castigó la ley, por cierto. En cada ciudad se fueron agremiando los obreros de cada ejercicio contra los empresarios y fabricantes rapaces que les trataban mal en su salario o su decoro; y pronto estuvieron llenos los Estados Unidos de estos gremios, de trade-unions. Ellos discutían, trataban daban y oían razones, vencían o eran vencidos. Los de una ciudad se iban uniendo a otra. La unión de fines llevaba a la comunidad de métodos. Se empezó a hacer entre los obreros una cadena de dolor. Los que tenían trabajo se complacían en ayudar a los que no lo tenían a resistir, aunque siendo pobre la condición de todos, y las batallas muchas y frecuentes, las bolsas no llegaban por lo común a donde las voluntades.

En esto se iban acentuando las condiciones más peligrosas hoy del problema. El afán de producir y la necesidad de emplear los caudales que levantaron las cosechas, las minas de oro y plata, y el crédito, habían puesto en pie en los Estados Unidos, protegidos por una tarifa alta de entradas que hace la producción cara, una muchedumbre de industria, que con un pueblo rico y envanecido a la mano, tuvo al principio, mientras fue creciendo, un mercado generoso que, como que poseía caudales de sobra, no se negaba a pagar caros artículos de fábrica americana que sin la tarifa alta de derechos hubiera podido introducir baratos de los países europeos. Con la decadencia de las minas, con la imitación y falsificación en Europa de los artículos útiles de fábrica americana, con el exceso de producción agrícola en todo el universo que trae naturalmente la baja de los precios, con el desarrollo del arte, la vanidad y el lujo, que aumenta la importación de los artículos que los satisfacen, fue poco a poco reduciéndose la industria americana al extremo que está ahora y la sofoca: al extremo de tener que producir caro, en cantidades enormes, productos inferiores o iguales a lo sumo, a los de igual clase que se hacen en los países europeos?

¿Qué hacer con estos pueblos de talleres? ¿Qué hacer con estos ejércitos de inmigrantes? ¿Qué hacer con estas vías de comunicación, creadas para trasportar más productos de los que en las actuales condiciones puede vender el país naturalmente? Lo racional hubiera sido rebajar la tarifa, abaratar la vida del obrero con la introducción libre de los artículos de abrigo y alimento, ir reduciendo sin sacudidas la producción industrial a aquellos artículos y cantidades que de un modo normal y constante puede el país producir con provecho, sacrificar al bienestar nacional y a la conservación de las industrias permanentes, las industrias ficticias, que son aquellas que sólo pueden mantenerse merced a leyes protectoras que imponen a toda la nación, en forma de precio alto, una contribución injusta en provecho de un ramo que al fin, como todo lo violento, tiene que dar en tierra.

Pero eso no se hizo, porque pudieron mucho, como aún pueden, los industriales coaligados. No se restringió la producción. No se procuró abaratar la vida, para poder mermar sin daño el salario del obrero, ni abrir los puertos a las materias primas, para poder producir baratos los artículos de fabricación europea. Empezó la merma de salarios. Empezó la importación de trabajadores baratos. Con muchos trabajadores, habría siempre para reponer a los que se rebelasen. La depresión lenta de las industrias continuaba. Ya las ganancias antiguas no bastaban a afrontar las obligaciones presentes. El consumo no crecía y crecía el pueblo de trabajadores. No se abrían nuevas fábricas, sino que se cerraban muchas o rebajaban sus salarios o el número de sus obreros. Al malestar de los que ya estaban aquí, se venía uniendo el de los que llegaban.

¡Ay, y les que llegaban, alemanes en su mayor parte, polacos infelices, polacos y alemanes criados en miseria y trabajados en su tierra por la necesidad de sacudirla no traían en los bolsillos de sus gabanes blancos, en sus botas de cuero negro, en sus cachuchillas, en sus pipas, aquella costumbre y fe en la libertad, aquel augusto señorío, aquella confianza de legislador que persuade y fortalece al ciudadano de las repúblicas: traían el odio del siervo, el apetito de la fortuna ajena, la furia de rebelión que se desata periódicamente en los pueblos oprimidos, el ansia desordenada de disfrutar de una vez la autoridad de hombres, que en vano les comía el espíritu, buscando salida, en su tierra de gobierno despótico. Lo que allá no estallaba, venía a estallar aquí. Lo que allí se engendró, aquí está procreando. ¡Por eso puede ser que no madure aquí el fruto, porque no es de la tierra!

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Esos trabajadores que venían, en su mayor parte alemanes, se trajeron esa terquedad rubia, esa cabeza cuadrada, esa barba hirsuta y revuelta que no orea el aire y en que las ideas se empastan. Se trajeron a sus anarquistas, que no quieren ley, ni saben qué quieren, ni hacen más que propalar el incendio y muerte de cuanto vive y está en pie; con un desorden de medios y una confusión tal de fines que les priva de aquella consideración y respeto que son de justicia, para toda especie de doctrinas de buena fe encaminadas al mejor servicio del hombre. Se trajeron estos alemanes a Most, a Schwab, a Spies: Spies, parecido a Guiteau, un hombre chupado, un hombre mal hecho, en quien la masa no fue batida a punto para que por entre las fieras naturales saliera con toda la luz de la razón el hombre verdadero.

Most, con una lengua grandaza, como su barba, gordo, fofo, mirada de sargento enamorado, orador que en días pasados habló en New York a su auditorio con un rifle en la mano, invitando a voces a sus oyentes a que hicieran como él, y fueran a sacar de sus guaridas a todos los capitalistas, y a volar sus casas y riquezas con las bombas que él enseña en sus libros a hacer y manejar.—Schwab, persona torva y enfermiza, pelo y barba al descuido, ojos temibles bajo anteojos grandes, largo y seco. Todos hoy están ya presos. Pero estos hombres tienen tras de sí miles de adeptos, y cuando Spies, que ha sido amo de tienda, sube a hablar en un vagón, sacudiendo en la mano un fajo de los Arbeiter Zeitung que publica, doce mil hombres se echan por donde él va, sacan estandartes y fusiles de donde los tienen escondidos, se ponen como flor de sangre en la solapa una cinta roja, asaltan tiendas, despedazan cervecerías enemigas; empeñan batallas mortales con los policías en cuerpo, y echan sobre sus líneas una bomba de dinamita que, al estallar con infernal estruendo, deja en tierra tendidos a sesenta hombres. Es ya una batalla de siete días, que aún no termina. Quieren que el trabajo se reduzca a ocho horas diarias, y es su derecho quererlo, y es justo; pero no es su derecho impedir que los que se ofrecen a trabajar en su lugar, trabajen. No es su derecho apedrear a los fabricantes que cierran sus talleres, porque no pueden continuar produciendo con esta época de precios bajos, en condiciones que requerirían más gastos de producción. No es su derecho perseguir con ese odio bestial de las muchedumbres, a los infelices que se prestan un día a ocupar los lugares de algunos huelguistas: ¡infelices! los llevaban por las calles de vuelta a sus casas, dos cordones de policías: iban lívidos como sin habla: las mujeres, con pañuelos encarnados en la cabeza les enseñaban desde las ventanas sus puños cerrados y les echaban encima agua hirviendo: iban como quien se siente acabar: corría un viento de muerte, que les hacía temblar las rodillas: se escondieron en sus casas, como insectos que se entran en sus agujeros.

Los amotinados no eran ya doce mil, sino veinte mil. Cuarenta mil son los trabajadores en huelga. En Milwaukee, la ciudad de la cerveza; en Cincinatti, el palacio del cerdo, también a miles están amotinados los polacos y los alemanes; también quieren, como todos los obreros de los Estados Unidos, en huelga o no, que se reduzcan a ocho las horas de trabajo. Pero en Milwaukee la policía pudo refrenarlos. En Cincinatti el corregidor no se ha mostrado de paz, y anuncia que el que prive a otro hombre en su ciudad del menor de sus derechos de hombre libre se verá, por la ley o por la fuerza, privado de los suyos. Sólo en Chicago, donde Spies y Schwab escriben, donde incitan en las plazas públicas los oradores al incendio y a las armas, donde una mulata marcha a la cabeza de las procesiones ondeando con gesto de poseída una bandera roja, donde al sol y a la luz eléctrica, flotan día y noche de las ventanas de Spies dos pabellones anarquistas, mientras que en libros y talleres ocultos aprenden sus adeptos a manejar las armas y fabricar bombas, sólo en Chicago, que es desde hace diez días un campo de batalla, se empeña a cada hora, entre la policía mermada y la muchedumbre frenética, una contienda de muerte, en que los cañones de los revólveres se disparan boca a boca, en que las mujeres ayudan desde sus ventanas a sus maridos que pelean, lanzando ladrillos, bancos, piedras, botellas, en que doce policías heroicos hacen frente, sin más cota de malla que sus blusas azules de botones dorados, a veinte mil hombres, que les disparan sin cesar, faz a faz, desde las ventanas y vagones, desde sus emboscadas que se les echan encima y les rodean, que entran en miedo de su fuego certero, que al ver llegar en los carros de patrulla cuadrillas de refuerzo, huyen espantados por las calles vecinas, los veinte mil ante los doce! Se llevan en vagones a sus heridos. Un policía queda en la acera muerto. ¡Otra refriega a pocos pasos! Un policía muere sobre un huelguista: el huelguista le ha vaciado el revólver en el pecho: el policía con el pecho traspasado, con su enemigo por tierra, les dispara en la cabeza dos tiros de revólver. Una ambulancia llega. Está llena de pólvora la calle. Tienden en la ambulancia uno al lado de otro, a los dos desventurados. En el camino, chaqueta junto a blusa azul expiran.

¡Allá van desalados, bajo un fuego graneado de revólver, los vagones de patrulla, cargados de policías! Detienen a uno: los que van en el interior se apilan, con las cabezas bajas, para evitar los tiros, el que va en el estribo, roto un hombro, se ase con una mano de la baranda del vagón y con la otra hasta que cae en brazos de sus compañeros, ya en pie y pistola al aire: dispara sobre los huelguistas que le atacan. Rompe a correr el carro: parece que el caballo entra en la pelea, y que el carro es su ala: los huelguistas se abaten, al verlo venir, ebrio ya el carro todo: las casas se los tragan.

Allá lejos ¿quién muere? Es un huelguista envenenado: otros más han llegado a casas vecinas. Se entraron a una botica a cuyo dueño acusan de haber llamado a la policía por el teléfono. Tiemblan allá en un rincón el boticario y su mujer. La turba rompió a pedradas las ventanas, inundó la tienda, deshizo los mostradores, quebró y majó los pomos, se echó sobre las ropas los perfumes, se bebió cuanto le supo a vino.

Los que mueren del tósigo quedan detrás. Hombres y mujeres, ondeando-al aire los pañuelos, arrebatando consigo a cuantos hallan, poniendo en fuga a un policía que les sale al paso caen sobre una cervecería, que han jurado devastar. En las gorras y en el hueco de las manos se beben la cerveza. Con hachas y a pedradas han abierto los barriles y hasta secarlos tienen en ellos las bocas. Caminan sobre la espuma. Ríen. Despedazan con sus manos las alacenas y anaqueles. Todo es astilla en un minuto. Los policías llegan, y como no se les hace fuego, sólo usan de su porra, una porra que tunde. Los huelguistas huyen. Pero los policías venían de otro encuentro, muchos de ellos manchados de su sangre. “¡En fila, hombres!” les dijo su capitán, al arremeter contra la cervecería. Después de vencer, tres vinieron al suelo.

Y en la noche de la bomba mortal, ¡ni uno solo se hizo atrás, ni huyó la muerte! La explosión los ensordeció; pero no los movió. ¿Qué sabían ellos si les arrojarían más de aquellas máquinas terribles? ¿No vieron venirse a tierra, como si el suelo hubiese cedido bajo sus plantas, todo el centro de su línea? ¿No oían quejidos desgarradores? “¡En fila, hombres!” Unos recogen a los muertos. Los demás, con las pistolas a la altura del pecho, avanzan descerrajándolas. Un fuego cerrado les responde. Guardan los revólveres vacíos y avanzan descerrajando los llenos. La multitud se desbanda aterrada. Sobré el suelo lívido aclarado por la luz eléctrica que fosforea en el silencio mortal, se arrastran los policías heridos, como gigantes rotos; uno cae muerto al quererse erguir sobre un brazo, con el otro vuelto al cielo; le resplandecían sobre el pecho como estrellas los botones dorados.

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La indignación nacional ha sido súbita. De todas partes, de los gremios de trabajadores, de la prensa más liberal-y generosa, se alza un brazo de hierro. No quieren merced para los que no merecen gozar de su libertad, puesto que atentan sin provocación contra la ajena. Esos hombres no son los verdaderos trabajadores americanos que se coaligan, que cometen errores, que ejercen presión violenta sobre las empresas que se niegan a reconocerlos como agremiados; que en las horas de furia allí donde el frío azota más y sus angustias son mayores, vuelcan carros, incendian corrales, rompen las entrañas
a las máquinas; pero no se reúnen en cuevas y agujeros a estudiar, la manera más módica y sencilla de destruir al hombre por el delito de haber creado.

Sólo los que desesperan de llegar a las cumbres, quieren echar las cumbres abajo. Las alturas son buenas y el hombre tiene de divino lo que tiene de capaz para llegar a ellas; pero son propiedad del hombre las alturas, y debe estar abierto a todos, su camino. Ese odio a todo lo encumbrado, cuando no es la locura del dolor, es la rabia de las bestias. Comete un delito, y tiene el alma ruin, el que ve en paz y sin que el alma se le deshaga en piedad, la vida dolorosa del pobre obrero moderno, de la pobre obrera, en estas tierras frías: es deber del hombre levantar al hombre: se es culpable de toda abyección que no se ayuda a remediar: solo son indignos de lástima los que siembran a traición incendio y muerte por odio a la prosperidad ajena.

En Alemania, bien se comprende, la vía secular, privada de válvulas, estalla. Allá no tiene el trabajador el voto franco, la prensa libre, la mano en el pavés: allá no elige el trabajador, como elige acá, al diputado, al senador, al juez, al Presidente: allá no tiene camino natural para reformar las leyes, y contrae el hábito de saltar sobre ellas: allá la violencia es justa, porque no se permite la justicia. Las reacciones serán tremendas, allí donde las presiones han sido sumas. Las justicias se van condensando de padres a hijos, y llegan a ser en las generaciones finales cal de los huesos y vicio de la muerte. Estos burdos obreros de Alemania, azuzados por espíritus de odio, o por aquellos de su casta en quienes el dolor culmina en acción o palabra, vengan siglos, en su oscuro entender, cuando echan una bomba encendida sobre los guardianes de la ley, símbolos para ellos en su tierra del inquebrantable poder que los oprime. De ahí la compasión de todo espíritu justo por los extravíos de esos tristes que vienen a la vida con las manos inquietas y el juicio caldeado.

Pero acá, los obreros no se han levantado como siervos, sino como hombres, puesto que tienen la práctica de serlo. Perderían en un país por largo tiempo los caracteres que lo engendraron; y tal como las rocas ígneas, quebrando las capas menores de la superficie, surgen de las entrañas del globo por entre ellas y se levantan en montes sobre la faz de la tierra, tal aquel espíritu tenaz y apostólico de los puritanos, ferviente, egoísta, armado, astuto, persiste en estos Estados Unidos en todas sus manifestaciones nacionales: él inició en John Brown, aquel loco hecho de estrellas, la guerra de abolición de la esclavitud: él produjo en un sastre de Filadelfia, en Uriah Stevens, el brío evangélico con que dio comienzo, ayudado de unos cuantos cortadores de oficio, a la lucha inspirada que con el fuego y la pureza de una iglesia nueva, entabla para la redención de la gente obrera la Orden Americana de los Caballeros del Trabajo.

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Y esta Orden ha tomado sobre sí la tarea de unir en un solo cuerpo a todos los trabajadores de los Estados Unidos, para pesar con todos ellos en el gobierno y en la ley, y como que son los más, reorganizar la nación de modo que los más puedan vivir en ella libremente, sobre la tierra pública, en la paz de la cultura y en el goce modesto de la majestad del hombre. Abominan la injusticia. Sienten amor frenético por la entereza de la persona humana. Consideran como criminales a los que la merman en sus semejantes y se sientan sobre ellos. Tienen un odio santo a los que acumulan masas enormes de riqueza pública, y a las leyes defectuosas que amparan el estancamiento en unas cuantas manos de la propiedad que debe circular entre todos, y principalmente entre los que las producen, de una manera más equitativa.

Uriah Stevens era de aquellos a quienes devora el alma, iluminándola, el sagrado bochorno de ver que hay hombres humillados y hombres que humillan. Meditó en el silencio, y tenía ya canas cuando comunicó a sus amigos su proyecto para levantar a aquellos, y abolir a estos. Rehágase, dijo, nuestro pueblo, de modo que no pueda descomponerse en castas enemigas, que no pueda envilecerse el hombre, ni siendo siervo, ni siendo señor, que aún envilece más; rehágase nuestro pueblo de manera que sea seguro el bienestar de todos, y no haya hombre que pueda abatir a hombre. Todos juntos, podremos. Es preciso comenzar por convencer a los humildes, a los débiles, a los trabajadores de que nada pueden si no están todos juntos. De una parte están los monopolios que acaparan: de otra parte tienen que estar todos los que sufren de ellos. Estando todos juntos, como que somos más, venceremos; pero no venceremos si no tenemos de nuestro lado la justicia, porque un solo hombre con ella es más fuerte que una muchedumbre sin ella. Para vencer en la realidad a nuestros enemigos, debemos haberlos vencido moralmente. El que convence a su enemigo de que no tiene razón, ya lo tiene vencido. Nada se hace sin el dios de adentro. Seamos inexorables con los que nos nieguen el producto legítimo de nuestro trabajo, y mantengan esta organización social viciosa en que un solo hombre puede tener en exceso lo que hace falta a muchos: pero seamos inexorables con nosotros mismos. El que abuse de los demás, el que negocie en los pleitos de los hombres por oficio, el que trafique con las leyes públicas, el que acumule ganancias inmorales en el cambio de manos de los productos de primera necesidad, la vil criatura que permite que el licor abuse de ella, esos no pueden entrar en nuestra orden. Estudiemos de paso y resolvamos los problemas en que podamos hacer bien a nuestros miembros, pero, por ahora, reunámonos para pensar, para saber lo que tenemos que pedir, para estudiar el problema que hemos de resolver, para enseñar a los trabajadores ignorantes sus necesidades y remedios, para afinar y acumular ideas, para que, cuando salgamos a la luz a batallar, salgamos para vencer y redimir, salgamos como una mole de justicia que se asienta; salgamos como un ejército invencible andando a pasos que resuenen en lo Eterno, salgamos todos juntos! Así pensaba en su mesa de cortador el buen Uriah Stevens, que pudo ser rico y se quedó artesano. Cuando murió se notó que seguía viviendo. Queda
del hombre la luz que infunde y. el bien que hace. Hoy hay quinientos mil hogares de trabajadores donde; en las horas de sosiego, cuando hablan del porvenir de obreros dolientes, con sus hijos sobre las rodillas, vuelven los ojos con ternura al retrato de un anciano de frente espaciosa, ojos profundos, mejillas huecas y barba firme, y dicen a sus hijos: “Mira: ¡ese es nuestro Uriah Stevens!” Hay ya alrededor de él ese nimbo de luz que circunda a los hombres permanentes.

Nació él de padres ricos, y aprendió letras buenas y bellas, porque lo querían sus padres, que lo notaban puro y ardiente, para sacerdote; pero él quiso iglesia mayor, y meditó tanto en los tristes, que decidió pasar la vida entre ellos. Pensó sus hermosuras en Filadelfia, ciudad de casas y almas lisas, y de notable limpieza. En 1869 fundó la Orden con una asamblea primera de los sastres sus amigos, que se reunían con él los domingos a pensar. La virtud de aquellas ideas ganó pronto a otros gremios de la ciudad; pasó a otros pueblos: la aclamaron todos los trabajadores del Estado. Stevens creía en la eficacia del misterio, que retiene a los asociados por el placer de lo maravilloso, y aterra a los enemigos con el poder de lo desconocido. El secreto convida a la iniciación. La Orden fue al principio como una Masonería. Las palabras todas de la Orden tenían ese vigor de látigo que distingue el lenguaje de las grandes reformas. Cada Asamblea era una escuela de la ciencia del trabajo. Eduquémonos, organicémonos, movámonos. Nacieron oradores, escritores, administradores. La Orden tuvo Tesoro, celebró Congresos; se organizó en acuerdo con la organización de la República, se atrajo la voluntad de los cultivadores del Oeste por sus teorías sobre la nacionalización de la tierra, “que ha de ser para todos como la luz y el aire”, y cuando, para evitar conflictos más que para provocarlos, terció en las diferencias de algunos de los gremios con sus empresarios, las razonó con tanta novedad y fuerza que en muchos casos los obreros que entraron en el trato como rebeldes, salían de él como socios de la fábrica.

Los detalles privados y los tratos con las empresas, fueron aconsejando a los cabezas de la Orden; soluciones prácticas nacidas de los mismos problemas y sazonadas con aquel respeto al derecho ajeno que hace sagrado el propio. Estas victorias dieron a la Orden vasta fama. Los gremios parciales se le unían por cientos. Todos creían llegada la hora de una victoria general. La Orden formó su mira en educar para después; los gremios, ofendidos en casi todas partes, la miraban como el medio de acelerar el cobro de sus ofensas. La Orden repudia, puesto que se tiene la razón y el modo legal de influir en la ley, todo recurso violento, los gremios menos inteligentes que la Orden, no bien se sentían miembros de ella se declaraban en huelga, ganosos de mostrar su nuevo poder: las huelgas, peligrosas siempre, solían ser prematuras e injustas. Si las condenaba la Orden por completo, perdía una popularidad que necesita aún para su establecimiento y eficacia. Levantad(os) los ánimos por los triunfos locales, por la fama creciente de la Orden misteriosa, por el influjo visible de sus ideas en los poderes públicos, por la recepción respetuosa que le acordaba la gente de pensamiento, vinieron a fustigar los ánimos sedientos de justicia los preparativos de resistencia de las empresas coaligadas, y las prédicas insidiosas de los socialistas europeos, que olvidan que ningún triunfo se logra definitivamente fuera del buen sentido o el equilibrio de los derechos humanos. Todavía era pequeña la casa de la Orden, una casa pobre de ladrillos que tiene alquilada en Filadelfia, para contener las impaciencias, las miserias, las iras, las demagogias abominables, las exageraciones que de todas partes se entraron con ímpetu por ella: y han amenazado echarla abajo antes de estar bien asentada!


***
Pareció por un momento que se le escapaba su obra de las manos: que tanto gremio nuevo colérico, ansioso como toda persona de poco alcance de soluciones inmediatas, daría de espaldas a la Orden prudentísima que quiere explicar bien su derecho antes de demandarlo, y juntar sus cohortes antes de marchar a su conquista. La prudencia siempre fue un pecado a los ojos del fanatismo. El odio mira como un criminal a la cordura. Pero la Orden no ha vacilado en poner su marchamo de reprobación sobre los que avivan en los espíritus atormentados de los obreros ignorantes los juegos del crimen. Condenan las huelgas y los asedios, salvo cuando toda razón sea desoída. Quiere adelantar propagando. Quiere ir conciliando en su marcha, para que al llegar no sea necesario vencer. Quiere ir deponiendo un consorcio amigable entre los trabajadores que producen y los fabricantes que, con las ganancias acumuladas en trabajos anteriores, contribuyen a la nueva producción. Quiere anonadar con su justicia e inspirar fe por su templaza. Quiere fortalecerse, de manera que no sean posible dentro de la Orden desmanes de extraviados ni desobediencias de fanáticos. Quiere hacer ir gradualmente por los caminos de la ley su ejército temible de quinientos mil hombres. Estos no son los del pañuelo rojo: estos van, pecho a pecho, guiados por un maquinista sin armas, con la palabra fuerte de Uriah Stevens en los labios. Tropiezan, caen, se levantan, han vencido muchas veces; ya tienen Estados suyos: Legislaturas enteras convierten en leyes algunos de sus principios; el Congreso adopta otras; el Presidente mismo acaba de recomendar en un mensaje el medio de paz que enseñó a sus amigos el sastre de Filadelfia. Si la Orden vence en su contienda con los elementos coléricos a que resite con aplauso nacional, el siglo acaso acabará en paz en los Estados Unidos; si el gran maestro trabajador Terencio Powderly es vencido, si predominan en los Consejos de la Orden los que no la quieren fuerte para mañana, sino agresiva para hoy, se echarán de un lado con miedo todos los que tienen qué perder y conservar, y se pondrán a hervir con nueva furia en el otro los elementos de una embestida gigantesca, que volcará sobre la tierra espantada llena de sangre la barba de oro, a este siglo sublime en que vivimos, grandes como una cordillera de montañas, desde cuyas cumbres celebran su persona triunfante los hombres victoriosos.
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