<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651</id><updated>2011-07-29T04:59:59.712+02:00</updated><title type='text'>José Martí</title><subtitle type='html'>Conociendo poco a poco su obra</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>40</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-5994547124287312402</id><published>2010-03-15T22:05:00.001+01:00</published><updated>2010-03-15T22:07:45.644+01:00</updated><title type='text'>Correspondencia Particular para 'El partido liberal' (4)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right; font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;SUMARIO.&lt;br /&gt;—EL 4 DE JULIO.&lt;br /&gt;— NEW YORK A MEDIA NOCHE.&lt;br /&gt;—FALTA DE ESPÍRITU PATRIO EN LAS FIESTAS.&lt;br /&gt;—LOS DÍAS PATRIOS .&lt;br /&gt;—OBSERVACIONES SOBRE EL ESPÍRITU PÚBLICO EN LOS ESTADOS UNIDOS.&lt;br /&gt;— CÓMO SE FORMA ESTE PAÍS.&lt;br /&gt;— EFECTOS SOCIALES DE LA INMIGRACIÓN Y EL EXCESIVO AMOR A LA RIQUEZA.&lt;br /&gt;—LAS FIESTAS&lt;br /&gt;—DÍA DE PASEO.&lt;br /&gt;—CONEY ISLAND.&lt;br /&gt;—LA FIESTA DE LOS IRLANDESES.&lt;br /&gt;—LA MADRE DE PARNELL.&lt;br /&gt;—HERMOSA ESCENA EN LA PLAZA DE LA UNIÓN.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;New York, 6 de julio de 1886&lt;br /&gt;Señor Director de El Partido Liberal:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;   Todavía está el aire rojo, y penetrado de olor de los fuegos con que se celebró ayer el 4 de Julio. Anoche, al sonar las doce, cuando a los reflejos carmesíes y violetas de las últimas luces de Bengala pasaban cual fantásticas figuras los paseantes cansados de las playas y pueblos vecinos, parecía New York como un cesto de duendes, que se acostaban entre chispazos y volteretas, saltando por sobre torres y techumbres, a la luz cárdena del cielo encendido. Camino de la eternidad parecían ir los trenes del ferrocarril elevado, como serpientes aéreas por cuya piel agujereada se escapase su espíritu de luz. Las chispas de una rueda de fuego clavada en un poste de esquina, caían sobre un niño en traje de soldado, dormido en la acera sobre su tambor. De una estación de ferrocarril bajaban, entre familias alemanas y jugadores de pelota, trece mozas en uniforme de cantineras, los trece Estados de la Unión, que hace ciento diez años declararon en estos mismos días su voluntad de ser unos y libres. Un veterano llevaba en brazos a su hijita, envuelta en una bandera nacional. Bufando, y como exhalando los últimos suspiros, vaciaban en el muelle su carga sofocada los vapores que volvían de los lugares de paseo, conciertos, baños, pugilatos, juegos y carreras. Como los pueblos se revelan en sus fiestas, y la alegría y la libertad desnudan las almas, es bueno observar las ciudades en los días en que el regocijo, expansivo de naturaleza, saca de ellas lo que tienen de tierno, de indiferente o de bárbaro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Animadísimo ha sido aquí este 4 de Julio; pero ¡quién lo diría! no hubo fiesta patria sino en un barrio nuevo, allá por las afueras, que quiere llamar la atención sobre sus calles y sus casas, y tener por lo pintoresco y bullanguero los atractivos que le quita la distancia. Allí hubo gran parada, con el coche redondo de Washington; hubo bandera de treinta yardas, que se izó entre vítores en un parque que lleva el nombre de uno de los firmantes de la declaración de la independencia; hubo un general octogenario, que cantó con voz velada, ante la muchedumbre descubierta con respeto, una de las tonadas de guerra del año 1812, cuando Inglaterra mordía las alas del águila que había espantado de su nido. Pero fuera de la procesión de Harlem, y del pabellón que al abrir la aurora iza en la Batería todos los años un nieto del que arrió la bandera británica cuando salían, mosquete a tierra, los ingleses vencidos de New York, ¡ni los nombres se pronunciaron en los discursos de los oradores en teatros y plazas, de aquellos cincuenta y seis patriarcas que en la hora de la necesidad aparecieron sobre su pueblo como hombres de mármol que daban luz!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días patrios no han de ser descuidados. Está en ellos el espíritu público. Están en ellos las victorias futuras. Están en ellos las artes y las letras, que levantan a los pueblos por sobre las sombras cuando se han podrido los huesos de sus hijos, y cubierto de capas de tierra sus bronces y sus mármoles. Está en ellos esa arrogante soberanía que hace a los pueblos capaces de defenderse afuera de sus enemigos, y de salvarse adentro de sus tiranos. En esta vida, donde el hombre no vive feliz ni cumple su deber si no en un altar, el día patrio reanima el santo fuego, en las aras manchadas por las pasiones, empolvadas por la indiferencia, o pervertidas por el ocio y el lujo. ¡Se necesita de vez en cuando respirar juntos, al ruido marcial de los tambores y al reflejo de las banderas, ese aire sobrehumano que embriaga, y pone en los que viven, para que anden y triunfen, la voluntad y el brazo de los muertos! De sí debe tener vergüenza el que se avergüence de fortalecer, con estas juntas brillantes de espíritus, esa alma compacta y robusta sin la que, al embote de los avariciosos, caerá como un montón de polvo la patria: o como la estatua de plomo del rey de Inglaterra, que derritieron los neoyorquinos hace ciento diez años, cuando supieron que estaba repicando en Filadelfia la campana sagrada, publicando al mundo que había nacido sobre una tierra nueva un pueblo libre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquí da miedo ver cómo se disgrega el espíritu público. La brega es muy grande por el pan de cada día. Es enorme el trabajo de abrirse paso por entre esta masa arrebatada, desbordante, ciega, que sólo en sí se ocupa, y en quitar su puesto al de adelante, y en cerrar el camino al que llega. Por cada hombre del país, cincuenta extranjeros. El extranjero que desembarcó hace un año con sus botas de cuero, su gabán parduzco, su cachucha y su nariz colorada, mira de reojo como a un enemigo a cada nueva barcada de inmigrantes. Nacidos de estos padres, los nuevos americanos no traen a su patria casual aquella sutil herencia de afectos y orgullos, aquella insensata y adorable pasión por el país donde se viene al mundo, que parece que sujeta con raíces a los que ven la luz sobre él, con raíces que les orean la frente como alas cuando se la enardecen o abaten los infortunios, y que los llaman como brazos angustiosos cuando con un dolor que tuerce las entrañas, se siente resonar sobre la patria un pie extranjero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En las luchas se acendran e inflaman los elementos que las inspiran, por lo que acá llega a ser señora única del alma el ansia de la fortuna. La nación se ha hecho de inmigrantes. Los inmigrantes se dan prisa frenética por acumular en lo que les queda de vida la riqueza que desearon en vano en la tierra materna. De esta tierra adoptiva sólo les importa lo que puede favorecer o retardar su enriquecimiento o su trabajo. No les estorban para adelantar ni las creencias religiosas, que aquí son libérrimas, ni las opiniones políticas, que caldean el corazón y turban el juicio en el país propio. Acuestan sobre la almohada por la noche la cabeza cargada de ambiciones y cifras. Nace el hijo entre un check y una factura, o en uno de esos goces sin espíritu en que buscan las mentes desasosegadas compensación física y violenta a su fatiga. Ni es el matrimonio aquella mutua y. absoluta entrega que lo hace feliz, porque el ser humano sólo lo es completamente en darse, sino que en él continúa la preocupación abominable del bien de cada cual, sin que el hijo llegue a ser un perfume, porque jamás se unen bien el céfiro y la rosa. En este aire sin generosidad, en esta patria sin raíces, en esta persecución adelantada de la riqueza, en este horror y desdén de la falta de ella, en esta envidia y culto de los que la poseen, en esta deificación de todos los medios que llevan a su logro, en esta regata impía y. nauseabunda, crecen los hombres de las generaciones nuevas sin más cuidado que el de sí, sin los consuelos y fuerzas que trae la simpatía activa con lo humano, y sin más gustos que los que pueden servir para la ostentación del caudal de que se envanecen, o los que apagan los fuegos de la bestia o la fiera que desarrolla en ellos su vida de acometimiento y avaricia. No es el hermoso trabajo, ni la prudente aspiración al bienestar, sin el que no hay honor, ni paz, ni mente seguras: es el apetito seco de acaparar riqueza, afeado por el odio y desdén a los oficios en que se la logra con honradez y lentitud. Lo que admiran es el salto, la precipitación, la habilidad para engañar, el éxito; y se fían en el que ha engañado más. La mujer, criada en el mismo amor de sí, ni siente con ardor la necesidad de darse a otro, ni se presta a darse para la desdicha, ni busca en su compañero más que el modo de asegurarse su holgura y complacencia. Nacen los hijos pálidos y avarientos de este consorcio sórdido. Así, consagrado cada uno al culto de sí propio, se va extinguiendo el de la patria. No endulza acá las vidas la generosidad ni el agradecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;* *    *&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;Y cuando, como en este 4 de Julio, sienten las gentes políticas el deber de celebrar la fiesta patria, se juntan, como se juntaron ayer en Tammany Hall; no para entonar alabanzas a los fundadores y afirmar sus doctrinas, sino para flagelar al Presidente porque no desaloja de sus empleos a los republicanos, y pone en ellos a aquellos&lt;br /&gt;mismos demócratas mercenarios sobre cuya voluntad y traición fue elegido. .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La fiesta era ayer en todas partes: carreras de caballos corredores, carreras de todo paso, apuestas entre caminadores, juegos escoceses, excursiones por los ríos, regatas de remadores, partidas de pelota. Pululaban los alrededores y las playas. La ciudad se iba vaciando desde por la mañana sobre las arboledas y campos vecinos. Sobre cada adoquín estuvo estallando del alba a la media noche un cohete. Caían las muchedumbres sobre los ferrocarriles y vapores, como los potros sobre el portillo abierto en la dehesa. No se abre un brazo en estas multitudes para hacer lugar al niño que se sofoca o al viejo que desfallece. Cada vapor lleva un ejército a las playas serenas de Coney Island, que atrae a las gentes con el fragor de sus hoteles, la algazara y chirridos de los columpios y las ventas, sus cantos de tiroleses y de minstrels, sus orquestas de mujeres descoloridas y huesudas, sus hediondos museos de elefantiacos y de enanos, su elefante de madera, que tiene en el vientre un teatro, y es como símbolo y altar monstruoso de aquella parte glotona y fea de la isla, a cuyo alrededor, como columnas de incienso, se eleva de los ventorrillos que le hormiguean a los pies el humo de las freideras de salchichas. Allá lejos, se tiende la playa, matizada de grupos de familias, reclinadas o sentadas en la arena junto a los restos del festín casero: se salen los trajes de los cuerpos canijos de los judíos; se salen de sus talles morados y pomposos las irlandesas ubérrimas; la vida se sale de algunos ojos apenados, que van allí a hablar con el mar de la honestidad y la grandeza que no se hallan en los hombres; y se observa tristemente el contraste que hacen las caras varoniles y osadas de las niñas con sus vestidos de encaje y con sus cintas de colores. En una tienda fríen maíz: en otra, bajo un toldo, comen ostras frescas en el borde de un bote: allí cerca, alquilan caballos para los niños: van y vienen, arrancando risas con sus trajes de baño, los flacos y los gordos, mostrando esa pobreza y caimiento de las formas consiguientes al ayuntamiento apresurado y huraño de tanta casta diversa y egoísta. Se pavonean entre los grupos, ojeados por damiselas de mala ocupación, los jugadores de oficio que han tenido suerte en las últimas carreras: el pecho es un brillante: llevan el pelo a rape, como los presidiarios: ostentan sombreros blancos: van seguidos y curioseados como héroes. El mar fresco, surcado a lo lejos por botes de paseo llenos de galanes y de hermosas, echa su ola fragante sobre la vasta arena, blanca como la plata sin bruñir. Suena a lo lejos la marcha de Lohengrin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;* *    *&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Pero no se fue toda la ciudad a estos gozos bullentes. Tienen disciplinada a la gente de dolor los trabajadores del espíritu. El derecho, y toda ocasión de pedirlo, es una fiesta para los que padecen de hambre de él. Esos hombres buenos y graves que están procurando juntar en una asociación incontrastable a todos los obreros, para que vuelquen de un común empuje las leyes de distribución de los productos del trabajo y la tierra pública, llamaron a una gran fiesta en la plaza de la Unión, donde obreros de todas nacionalidades, alemanes y americanos, franceses y bohemios, y los ingleses mismos, mostraran, a la hora en que el sol está en el cenit, su simpatía por los obreros irlandeses, en cuyas bolsas no se acaba nunca el centavo para el cura, ni el peso para ayudar a la faena política de la magnífica cohorte que batalla por obtener la autonomía de Irlanda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había más gente que hojas en los árboles. Llegaba por una calle, un gremio de alemanes, con un esplendor de barba rubia, serio el rostro, pesado el paso; y su guía, brillándole los ojos con esa luz misteriosa e inquieta que distingue a los hombres nacidos para conducir, clava la bandera del gremio, entre cohetazos y aplausos, en el balcón de la casilla de madera donde preside rodeada de señoras, la adorable anciana que trajo al mundo a Parnell.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí está, con su vestido negro y su cabeza blanca, la madre del reformador irlandés. Ella es en Irlanda propietaria y noble; pero donde están sus irlandeses, allí está ella. Su hijo sienta a Irlanda, del otro lado del mar, sobre la cabeza de los ingleses; y como que se contiene, vence. Ella se muestra erguida y sobria, cada vez que los irlandeses de este lado se reúnen para mostrar simpatía o buscar ayuda a los que luchan en el Parlamento de Londres por sus libertades; y no bien la ve el público, se pone en pie frenético, como si viesen santificada en un altar a su propia madre. No perora, pero dice cosas que abofetean y que queman: parecen sus palabras, deliberadas, profundas, centelleantes, breves, manojos de guantes que echa al rostro inglés. Se eleva el espíritu, y se humedecen los ojos, en la presencia de esta sublime dama que tiene involuntariamente sobre su pueblo el prestigio de las antiguas sacerdotisas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasan, pasan delante de ella, todos los gremios que acuden a tomar parte en la fiesta. Unos clavan su estandarte junto al de los alemanes, y las banderas quedan allí, dando guardia a las mujeres que sufren y trabajan por los hombres. Otros dejan a sus pies ramos de flores. Otro le trae una insignia del color de su patria, para que la ostente en el pecho, y al notar la multitud que la insignia es verde, comienzan a sacudir los árboles, al ruido de las músicas, y se adornan aquellos cincuenta mil hombres los sombreros y las&lt;br /&gt;solapas con las hojas.   &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los americanos e irlandeses se agrupan junto al estrado donde están reunidos los consejeros mayores del partido obrero: Henry George, con su cara benigna; Louis Post, con sus aires de pelea; John Swinton, el que trabaja frente a un grabado de John Brown flotando al aire en la horca. Los alemanes y bohemios toman puesto alrededor del estrado donde van a hablar los oradores en su propia lengua: oradores ardientes y excesivos, como son siempre, precipitados sin duda por el dolor perpetuo de no hallarse en su pueblo, aquellos que concentran en los países lentos o duros las condiciones de poesía y palabra de que la comunidad carece, por eso han nacido de los países más recios los reformadores más violentos. En el estrado de las damas, las oradoras se van poniendo en pie, y bendicen, al acabar sus razonamientos elocuentes, a aquel hombre joven de frente de templo y de brazos cruzados que va peleando sin sangre por la libertad de Irlanda. Habla después su propia madre: ¿cómo ha de hablar, sin empieza por decir que cientos de años de los dolores de Irlanda le hierven en el pecho? Ya se imagina lo que fue la fiesta: un hurra que duró tres horas. Los banderines azotaban contentos los altos mástiles del parque, coronados por una bola de oro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right; font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;El Partido Liberal, México, 25 de julio de 1886&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-5994547124287312402?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/5994547124287312402/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=5994547124287312402&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/5994547124287312402'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/5994547124287312402'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/03/correspondencia-particular-para-el.html' title='Correspondencia Particular para &apos;El partido liberal&apos; (4)'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-5221641068953437898</id><published>2010-03-01T15:02:00.002+01:00</published><updated>2010-03-01T15:06:56.518+01:00</updated><title type='text'>Apuntes*</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Después del mar, lo más admirable de la creación es un hombre. El nace como arroyo murmurante, crece airoso y gallardo como abierto río, y luego -a modo de gigante que dilata sus pulmones, se encrespa ciego, y se calma generoso- ¡genio espléndido de veras, que sacude sobre los hombros tan regio manto azul, que hunde los pies monstruosos en rocas transparentes y corales!; ¡genio híbrido y extraño que cuando se mueve se llama tormenta, y cuando reposa, noche de luna en el Océano, lluvia de plata, y plática de estrellas sobre el mar! -Aquí sobre esta arena menudísima, tormento de los pies y blanca muerte de las olas, tapizada de conchas quebradizas, salpicada de bohíos de lindo techo de trenzadas pencas, esmaltada de indígenas robustas, aquí entre estos hombres descuidados, entre estas calles informes, sobre esta arena agradecida que no sofoca con su ardor al extranjero que la pisa, aquí reposa mí alma, señora de su fatiga, contenta con la serenidad de esta grandeza, poblada y consolada en medio de esta muelle soledad.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La buena voluntad es un reflejo que pone en el rostro la suave luz de luna, que ha dado el cielo a cada espíritu de hombre: ¡qué noche tan amarga, cuando, allá en el fondo de nuestra conciencia, la luz serena y permanente descubre alguna sinuosidad! ¡Qué revolverse en el lecho! ¡Qué pedir consuelo en vano a los recuerdos, a las esperanzas, a los paseos, a los versos, a los libros! Parece que la mala acción cometida está escrita en la onda de cada nube, en la quebrada luz de cada estrella, en cada ardiente voz de nuestro espíritu. En cambio ¡qué plácido sueño cuando esta lumbre no ilumina en el corazón más que llanuras! El alma satisfecha acrece las fuerzas, rejuvenece el rostro, desarruga la frente de los viejos, perpetúa la beldad de las mujeres, limpia de ortigas los años, aligera los miembros, aviva la voluntad, acrecienta los caudales. Más joven se levanta cada mañana el hombre bueno: así los viejos suizos, amigos y camaradas de los Alpes, mueren con los ojos azules y con el color sonrosado en las mejillas, ¡porque no han doblado en un siglo el ramo de roble en que se apoyan, ni su conciencia pura, -blanca como sus neveros, -su báculo más fuerte!&lt;br /&gt;Dejé en la Habana las iras de los hombres; y traspuse llegando a Progreso, si bien por tiempo breve, las majestuosas iras de la mar. Mido yo mi grandeza por la de los océanos irritados: cuando viajaba en el potente &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Celtic&lt;/span&gt;, buque de inmigrantes y de príncipes, donde vi -y no en los príncipes,-más héroes respetables, el negro Atlántico reunía todas las fuerzas de su seno, no cabía su cuerpo dilatado en la implacable orilla de sus mares, y se retorcía con sacudimientos montañosos, pidiendo fuerza al cielo, negro también y oscuro, como la frente de sañudo padre, que quiere detener con su ira las impaciencias de un hijo rebelado. Mar vea el cielo, allá en la inmensidad del horizonte. Nunca sentí terror ante tan grandes luchas; antes, las fauces, bien firmes en las órbitas mis ojos, rey también entre tanta majestad, sentía hercúleas mis espaldas. Un religioso espíritu me transportaba; afán de batalla me poseía, hogar mío creía yo a aquel espacio negro y barco hondo, y regocijado como un niño, adoraba aquel peligro, que al fin me conocía y miraba al cielo alto, que es mi manera de pintarme de rodillas. ¡Qué desdén luego en mis ojos para todo lo que no amaba conmigo la tormenta! Verdad que nunca oí manera de rugir más formidable. ¡Pueril lenguaje fuera comparado al de las ondas atlánticas airadas, el de una selva de leones desatada sobre árabes temerosos en impenetrable noche oscura! Duda la mano débil al transportar a los hombres tan hermoso honor. Jamás tuvo cantor la epopeya de la Naturaleza, ni lo ha tenido aún la epopeya del esfuerzo de los hombres. Eran el mar y el buque como masas de espíritus inmensos; placíanse en el combate, y reposaban de sus golpes como generosos enemigos. Allá viene la negra montaña, ladeado el cráter. crecientes las faldas, jadeante y horrible; y hace cresta, se extiende, se yergue, ya se lanza rugiente sobre el buque. Y el gran &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Celtic &lt;/span&gt;se dilata, se encorva, se inclina al lado mismo de la ola con su borde poderoso -el hondo aceroso borde, abre sus brazos férreos como para ahogar mejor a la montaña, y se endereza y se sacude, vencedor gigante; conmueve la onda horrible y la echa fuera. Tal vez adolorido, calla el mar esta labor de abismo, y fatigado de la lucha, se estremece sobre su base colosal, como si se desatara el ruido de bronce a sus miembros. Ruge sordamente, como monarca perturbado; mas otra vez, en cambio, corre de su férrea cabeza a su ligero extremo onda apacible, y parece, al resplandor de la tiniebla, un león satisfecho que lame con su lengua el pelo de oro.&lt;br /&gt;Y luego, tras dos años, ¡qué azulado ese Océano sombrío, qué desarrugado el ceño de ese cielo, qué mezquino guerrero en vez de aquel ferrado batallador! ¡Oh! la nación norteamericana morirá pronto, morirá como las avaricias, como las exuberancias, como las riquezas inmorales. Morirá espantosamente como ha vivido ciegamente. Sólo la moralidad de los individuos conserva el esplendor de las naciones.&lt;br /&gt;Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario. La venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave melancolía que se adueña del espíritu después de estos contactos sobrehumanos, son vestimentos místicos, y apacibles augurios de un tiempo que será todo claridad. ¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido negada al pueblo de la América del Norte! EI tamaño es la única grandeza de esa tierra. ¡Qué mucho, sí nunca mayor nube de ambiciones cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se secarán los ríos, se cerrarán los mercados ¿qué quedará después al mundo de esa colosal grandeza pasajera? El ejemplo de la actividad, que si ha asombrado tanto a la tierra, aplicado a la tierra, debe salvarla y equipararla al cielo, cuando anime con igual empuje las naves veleras de las aguas, y las salvadoras realidades del espíritu.&lt;br /&gt;La América del Norte desconoce ese placer de artista que es una especie de aristocracia celestial. Sólo las almas elevadas gustan toda la íntima belleza de ese mundo extramundano. La admiración universal alimenta el ara no apagada de la Grecia; pasó el pueblo, y quedó su reflejo; se prostituyó su nacionalidad, y la Grecia es aún madre perenne y admirable, no ha perdido sus formas, a pesar de haber amamantado tantos hijos. Inagotable es la fuente de sus senos, inmarchitable la verde palma que sobre ellos abandona con molicie; empapados están sus labios todavía de la sabrosa y eterna miel de Himeto.&lt;br /&gt;Hoy ha dejado el puerto esa redonda nave en que vinimos, vulgar, cómoda, apática: sin gallardía en sus velas, sin elegancia en su atrevimiento, sin atrevimiento siquiera! Al fin la nave sueca imita en forma y marcha el regio andar del cisne; la gran nave de Hamburgo, fresca y gruesa, retrata en sus anchuras la franca cordialidad de sus armadores; la audaz proa británica vuela airosa, velera enamorada de la mar, y murmura la góndola en Venecia las historias de amor de sus canales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*Estos apuntes de Martí parecen referirse a sus viajes a México en 1875 y 1877&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;Tomado de O.C., T. 19, pp. 15-17&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-5221641068953437898?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/5221641068953437898/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=5221641068953437898&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/5221641068953437898'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/5221641068953437898'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/03/apuntes.html' title='Apuntes*'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-3730137752271156074</id><published>2010-02-22T16:43:00.003+01:00</published><updated>2010-02-22T16:58:00.540+01:00</updated><title type='text'>Correspondencia Particular para 'El partido liberal' (3)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;Crónica publicada en El Partido  Liberal, México, 13 de julio de 1886&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;&lt;br /&gt;SUMARIO.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—SEMANA DE JUNIO.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—EL JUEGO DE PELOTAS.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—EL CULTO DE LA FUERZA EN LOS COLEGIOS.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—LAS FIESTAS DE FIN DE CURSO.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—LA EDUCACIÓN ANTIGUA Y LA NUEVA.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—LO CIENTÍFICO SOBRE LO CLÁSICO.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—PREDOMINIO DEL ESPÍRITU DE LIBRE INVESTIGACIÓN.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;— LA EDUCACIÓN EN LOS COLEGIOS COMO MEDIO DE PREPARAR PARA LA VIDA.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—LOS DISCURSOS DE LOS GRADUANDOS.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—LA VIDA NACIONAL ANULA LA EDUCACIÓN.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—EL PROGRAMA DE ESTUDIOS DE HARVARD.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;— CONVIENE EDUCARSE EN LA PATRIA.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;—El PELEADOR SULLIVAN.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;— CÓMO LO ADMIRAN Y MIMAN EN NUEVA YORK.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;New York, 26 de junio (de 1886)&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Señor Director de El Partido Liberal:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;     No cabe una cacería del Indostán, con sus príncipes, con sus elefantes, con sus pabellones, con sus bayaderas, con sus brahmanes vestidos de blanco, en la cuenca de una uña: así no cabe en una revista esta semana de fin de junio ardiente, donde con la cercanía mayor del sol crecen el amor, la generosidad, el placer y los crímenes. Todo es regata de yachts, de caballos, de caminadores. Todo es gente que marcha, color que brilla, cinta que flota, fresa madura que convida al diente. Se mezclan las últimas palabras serias del año, dichas de prisa en el Congreso, los Colegios y los Tribunales, con esos cuchicheos de aurora con que renace en estos meses la naturaleza en los árboles, en los nidos y en las almas. Si se mira a las calles por la tarde, no se ven sino mozos robustos que andan a buen paso, para cambiar sus trajes de oficio por el vestido de paseo, con que han de lucir galas a la novia, o el del juego de pelota, que aquí es locura, en la que se congregan por parques y solares grandes muchedumbres.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Los juegos son como los pueblos en que privan: este es golpe, rudeza, ausencia de arte: se enronquecen y embriagan con ese juego burdo, que cría la admiración funesta por los fuertes, tanto (que) en los colegios se mira aquí como a pobre persona el que se nutre, como de estrellas que muerden, de ideas y sueños grandes: acá los prohombres de los colegios, los que se llevan las damas y mantienen corte, son el que mejor rema, el que mejor recibe la pelota, el que más sabe de hinchar ojos y desgoznar narices, el que más bebe o fuma. Niños de nuestras tierras que vienen a estas Universidades con el almita clara y encendida, llena de sombras de héroes y de colores de bandera, se vuelven ¡ay! a los pocos años de estar entre estos boxeadores, mozos hoscos y abruptos, ida toda la flor, sin fe&lt;br /&gt;más que en el dinero y en la fuerza. Mejorar los colegios nativos, que con ser como son ya son mejores, vale más pese a la gente novelera, que sacar a los hijos de bajo de las alas de la patria para venir a donde olvidan la suya, y no adquieren la ajena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Este es uno de los acontecimientos de junio en los Estados Unidos: las fiestas de fin de curso. Toda una página dedica cada periódico día sobre día a las recepciones alegres con que acaban su año las escuelas públicas de niñas, donde estas recitan, cantan, tocan, y entre pabellones y ramilletes reciben a la vez el diploma de maestras de Escuela Normal, y la rosa de los amores de la naturaleza. En las Universidades, en las Escuelas Técnicas, en los Colegios que acá mantienen, para crianza de prosélitos, las grandes sectas religiosas, estos son días de baile y premio, de palabras sabias y de regatas locas. Se cierran los cursos en Harvard y Yale, en Columbia y en Princeton, en Amherst y en Williams.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya acabó la bárbara costumbre de llamar con nombres latinos a los estudiantes norteamericanos, lo que hacían traduciendo al latín el nombre inglés, de modo que un John Nose venía llamándose en clase como si en español le dijésemos Juan Narices. Y ya se va acabando, acicateada por los tiempos, aquella preminencia que los estudios meramente literarios, a que tienden sin precisión de espuelas las almas finas que necesitan de ellos, tenían hasta hoy sobre los estudios de mayor cuantía que preparan para los choques menesteres de la vida, en esta época de revuelta donde cada cual tiene que ser padre de sí, y no hay herencia segura, ni se edifican casas para siglos, ni hay fortuna que esté a salvo de los vuelcos sociales y de las catástrofes financieras. La casa, que ha mantenerse tan santa como nuestra masa vil nos lo permita; debe educar el alma en el aseo y horror del fango, de que se hacen hoy generalmente las estatuas. La escuela ha de equipar la mente para faena de la vida.&lt;br /&gt;Si la vida no es una Universidad, sino una casa llena de odios y fatiga  ¿a qué educar a los hombres que han de vivir en ella como para vivir en Universidades?   Ya estos no son tiempos de toga regalada y chocolate de canónigo.   Hoy, se come agonía y se bebe angustia. Por eso hay tanto infeliz que no puede ser honrado, y tanto astro sin alas: porque en nuestros países, donde la cultura se ha acumulado aún en bastante para que el consumo de ella por la masa común corresponda a la fuerza de ella en las almas superiores, no puede existir mercado suficiente para la suma de Literatura y Arte que se enseñan exclusivamente en las Escuelas. Ármese en la escuela al niño con las armas que ha de necesitar para la vida. Otras razas, corpudas y bestiales, corren riesgo de perder con la exageración de ese sistema aquel suave y clemente espíritu femenino que trae a los pueblos la educación artística, para engendrar en el trato con los oficios briosos la gloria que los alegra y perpetúa. Nuestros pueblos, donde las rosas huelen y las mujeres aman, renuevan incesantemente en cada niño la poesía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Esas fiestas de fin de curso, si no acabasen en regatas enconadas y en desafíos celosos de pelota, serían cosa bella, porque siempre se reúnen para cerrar el año en los salones de cada Universidad los oradores de palabra más lujosa, los funcionarios del Estado, las damas literarias, y las jóvenes con sus vestidos de Primavera. En algunos colegios, como las Universidades acá se llaman, señoritas y mancebos se educan a la vez, y suele suceder que los discursos de traje blanco y ramillete al pecho, ahondan y valen más que los discursos de levita cerrada y espejuelos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un príncipe de la palabra, un gran sacerdote, un candidato a la presidencia de la República, un educador ilustre, habla solemnemente a los alumnos, que ya están al tomar, en los umbrales del colegio, el fusil y la mochila de la vida. Luego, entre premios y música, van leyendo o recitando los graduandos más distinguidos sus peroraciones, que antes eran sólo sobre Lupercios y Teofrastos, y cosas de antaño que no sirven hogaño; pero ahora, como que la savia nueva ha entrado de fuerza propia en los colegios, ya no hablan solamente de latines y grecias, y de la eternidad y prepotencia de los dogmas de la secta que mantiene la Universidad, sino del buen sentido y armonía consoladora con que fue creado el mundo, de la esencial libertad de investigación que confirma al hombre en su fuerza y nobleza, y le da la majestad interior de que necesita estar poseído para vivir con fruto en marcha a lo alto. Todavía hablan los temas mucho de sequedades antiguas; pero ya se trata en gran número de ellos de la verdadera composición espiritual y material de la tierra en que vivimos, y de la formación, tendencias y vicios de los elementos vivos que batallan sobre ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Harvard y en Yale, colegios venerandos y canosos, tiene ya tanto campo esta manera nueva, que no sólo se deja en amplia libertad de espíritu al alumno en cosas de doctrina religiosa, sino que se han añadido a los cursos literarios usuales, otros cursos exclusivamente científicos, y se ha puesto cátedra doble de los problemas que más afectan hoy a la Nación. Allí puede un alumno escoger, si le place, el estudio de las letras; pero no está forzado a ella, sino que puede arreglar sus asignaturas clásicas con otras de mayor realidad y momento; y oír a la vez la cuestión de la tarifa explicada a una hora por un profesor librecambista, y a la hora siguiente, cátedra sobre cátedra, por un maestro del sistema prohibitivo. Así, es verdad, no ganan fanáticos las iglesias ni los partidos; pero la patria se cimenta sobre un único sostén: los hombres de pensamiento propio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;¡Ah! da envidia leer el programa de enseñanza en Harvard, donde no hay asunto digno de la mente que no tenga un buen maestro, y de donde, si se estudia con ahínco, se puede salir hombre “vivo y efectivo”, como dicen las lápidas de los militares de antes en los cementerios españoles: pero ¿qué flor vive sin aire? Todas esas finezas de cátedra, todo ese lujo de materias y maestros, todo ese glorioso empeño de los educadores por ir conformando las casas de enseñanza a los tiempos en que han de vivir los que se crían en ellas, como que se evaporan en este aire pesado para las almas, como que perecen por falta de estímulo en esta loca contienda por la simple riqueza pecuniaria, como que se extinguen en el desprecio en que tienen a las carreras sudorosas, las carreras limpias de producto lento, los hijos adementados de estos hombres de mirada gris e insegura, que sólo veneran sinceramente, por sobre humanidad y sobre patria, la capacidad de acumular súbitamente una masa estupenda de fortuna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La pujanza los enamora y los domina. Les gusta lo que arremete, lo que violenta, lo que invade. ¡Ved cómo miman los estudiantes durante todo el año, no al poeta de frente grave que les leerá la oda de fin de curso, no al mozo pensador que ya desde las aulas medita la manera de que los problemas sociales se vayan resolviendo sin sangre y en justicia, sino a “los nueve” ágiles que deben vencer a Yale en el juego de pelota, a los “ocho” de brazos alados que han de competir por el premio de remo con los ocho del colegio vecino, al que en las brutales peleas con que en otoño se inauguran las clases arrancó “el bastón” de las manos ensangrentadas al que lo defendía en nombre de las clases rivales! ¡ved con qué saña, mal contenida durante todo el año, se entregan a estas regatas y desafíos, y apuestan sobre ellas, no por aquel sano amor a los ejercicios viriles que hizo hermosos y fuertes a los primeros griegos, sino con aquella mercenaria y rencorosa rivalidad que afeaba las lidias tremendas de los gladiadores de Roma y de Pompeya! ¡ved cómo muchos de ellos, deslumbrados por la paga que aquí se da a los buenos jugadores de pelota, abandonan su carrera casi terminada, y truecan su libro augusto por la camisa azul y el pantalón corto de los histriones, en que los aplaude y venera el populacho! Pudren acá esos vicios de pueblo rudo y ambicioso el aire de los colegios. El aire deshace lo que hace la cátedra. La educación verdadera está en el coadyuvamiento y cambio de almas. Lo sórdido de la vida sofoca acá lo luminoso de la escuela. Se debe vivir entre aquellos con quienes se ha de batallar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Acá es frenesí este amor al gladiador. Se tiene en él una gran vanidad, como si encarnara y representase al país en lo que más se estima. Ahora mismo agita el papel en que esto se escribe, el aire que entra por la ventana, lleno de la música ruidosa con que van a saludar unos mozos entusiastas al púgil Sullivan, rey de los puñetazos, que tiene ya cinco años de vida de triunfo, adorado y mimado por su fuerza. De un golpe abate a un hombre: de dos lo mata. Lleva una vida brutal. El día es para él Champagne; de noche, cerveza; un puñetazo, el cielo. Le deleita quebrar labios y leyes. No tiene una bondad ni arranque de hombre. A su mujer, la tunde. A su hijito, de ojos azules, lo echa escaleras abajo. Goza en magullar. Tiene el gusto burdo, y va todo él colgado de brillantes: lleva un puño de ellos en la pechera de la camisa: un anillo le relampaguea en la mano derecha: otro en la izquierda. Usa un sombrero blanco como la leche. Pero toda esta grosería y brutalidad se le perdonan. La policía lo escuda y lo trata tiernamente. Los tribunales no le son hostiles. Se ve en él todo eso como ornamento y gracia de su majestad. Un cariño real acompaña y protege por todas partes a esta bestia.&lt;br /&gt;Aquí está en un hotel que abre sus balcones sobre el aire aromado del Parque Central,  preparándose para la pelea enorme con que va  a celebrarse el día 4  de julio, el día santo de la independencia patria!&lt;br /&gt;Diez días faltan, y ya no habla New York de otra cosa. Se olvidan las carreras de caballos, los desafíos de pelota, la noticia de que la hermana del Presidente publica una novela de amores; las sentencias recaídas sobre los obreros coaligados que amenazan a los dueños la demanda de un representante para que el Congreso impida que el gobierno francés tome sobre sí la obra del canal de Panamá.  Todo eso se lee como de pasada.  De nada de eso se trata  en las conversaciones. La primera ojeada de los que leen diarios es para el párrafo de Sullivan. Los diarios informan al público de que sus ojos están claros, vivos, buenos para la pelea. Tiene un cuidador que le amasa la piel dos veces al día, que le lleva al levantarse por las mañanas un vaso de agua, con cuatro yemas de huevo. Todo el día está en el hotel rodeado de gente. El campeón sale dos veces a tomar el aire, en un carruaje pomposo, que él quiere que sea muy grande, y de dos caballos. Si está almorzando adentro, la multitud cuchichea afuera: “Le han servido cuatro costillas”: “no toma más que té y yemas de huevos”: “ya pesa cinco libras menos”. Si se acerca a la puerta para tomar el suntuoso coche, la multitud se arremolina, se siente como una unción, los policías halagüeños limpian el paso para su héroe, el héroe sale, acogido por un clamor de victoria, y cuando vuelve, pleno el pulmón de aire de flores, la gente es más, y de la plazoleta del hotel, que es toda una cabeza, surge un vítor robusto que corean los chicuelos amontonados de todas partes de la ciudad, para respirar siquiera el polvo del carruaje del campeón a quien admiran. Da frío, ver criarse a un pueblo entero en el culto de la fiera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right; font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;Tomado de Otras crónicas de Nueva York.&lt;br /&gt;Investigación, introducción e Índice de cartas Ernesto Mejía Sánchez,&lt;br /&gt;Editorial de Ciencias Sociales, 1983.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-3730137752271156074?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/3730137752271156074/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=3730137752271156074&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3730137752271156074'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3730137752271156074'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/02/correspondencia-particular-para-el_22.html' title='Correspondencia Particular para &apos;El partido liberal&apos; (3)'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-3466800319139467551</id><published>2010-02-15T19:10:00.000+01:00</published><updated>2010-02-17T19:15:04.576+01:00</updated><title type='text'>La velada del viernes.</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;Artículo publicado en &lt;span style="font-style: italic;"&gt;El Progreso&lt;/span&gt;, 23 de marzo de 1879*&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenía razón &lt;span style="font-style: italic;"&gt;La Patria&lt;/span&gt;.  Ni más brillantes ni mas selectas, ni a gran distancia en lo profundas, son las discusiones del Ateneo de Madrid. Enérgico Moisés, el presidente del Liceo, ha tocado con su vara mágica una roca llena de mujeres bellas, de ingeniosos poetas y de amigos de la tierra, de enamorados del cielo, de realistas que vuelan como las águilas, de idealistas que razonan como los matemáticos: “¡quién había de pensar -nos decía un disertante, de negro bigote y estrecha y luenga barba, -que había todo esto dentro de la roca!”&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Y otro, -nacido en tierras andaluzas- nos decía con emoción y con amor: -¡qué grandes talentos había en esta tierra!&lt;br /&gt;Y la noche le daba razón. Un abogado artista-que no basta el frío de los pergaminos a espantar las mariposas del alma-pronunció un elegante discurso, salpicado de delicadas remembranzas. Habló Miguel Viondi como un orador de guante blanco. Arrancó aplausos no con el tono arrebatado del imaginador fogoso y atrevido, sino con el artístico matiz, correcto giro, acertado pensamiento y limpia forma que supo dar a su buen discurso. Se declaró idealista, por cuanto no halla en la copia de lo que existe ejemplos a que amoldar las excelsas condiciones de lo que en todas las artes bellas, que recorrió en sucinto examen, ha producido el inspirado espíritu. Hay algo en el estilo de Viondi de las empuñaduras de Benvenuto Cellini.&lt;br /&gt;Al tierno sentidor sucedió una legitima esperanza de la tribuna, -un orador que lo es ya, cuando comienza a serlo, -un brioso mantenedor de la doctrina positiva, a cuya explicación y vulgarización -como exclusivo objeto, pareció tender en el curso brillante de su bien modelada peroración. Acción desembarazada, períodos robustos, animada convicción juvenil, ardor de enamorado en la defensa de la doctrina que profesa eran sobrados motivos para que aquel discreto público acogiera con prolongadas salvas de justísimos aplausos el levantado discurso de Dorbercker. Bien es que, más que del tema, trató de la filosofía que ama con pasión, y expuso con serenidad y brillo. ¡Pero bien haya este extravío momentáneo de la discusión, puesto que él nos dio a conocer cómo entre labios húmedos todavía con las mieles de la adolescencia, pueden esconderse raudales de imágenes potentes, que vendrán a ser un día acrecidas con la experiencia, corrientes vigorosas que combatan a este mal revuelo de la patria!&lt;br /&gt;Leyó enseguida el señor Ramiro unas redondillas excelentes, bien inspiradas, bien escritas y bien hechas. Hizo reír con la buena risa. Sacó a plaza a todos los mantenedores del torneo. En filosofía estuvo por lo que queda, después de que todo ha muerto. Devoto del hogar, siente que hay algo más de lo que se ve, y que no es, por tanto, el arte humilde copia. Los fluidos versos fueron justamente interrumpidos y coronados con cariñosos aplausos.&lt;br /&gt;Ocupó después la tribuna -y la ocupó completamente- Rafael Montoro. Limpísima palabra, caudal inagotable, potente raciocinio, vigoroso análisis, notabilísima potencia para examinar, presentar y deducir, he aquí a Montoro. Idealista a lo Hegel, dio rudos golpes de maza a las calurosas afirmaciones de Dorbercker. Sentó su teoría artística, y la aplicó a las diversas artes bellas “que surgen admirables -dijo- después de todas las filosofías que las razonan”. Trajo la teoría a las obras dramáticas; estudió éstas en su formación, en su ejecución, en su objeto. No trató bien a Courbet. No halló razón a los realistas. Dio vida a la clara estética de su maestro. Y concluyó opinando que es el genio, y no la repetición de lo visible, la obra artística. No hubo manos que no aplaudieran aquella improvisación correcta, analizadora, nutrida, siempre levantada, nítida siempre, siempre serena. Bien dijo el literato Canalejas lo que dijo en Madrid del orador cubano.&lt;br /&gt;Habló Dorbercker, el orador reglano, repitiendo en las respuestas a Montoro, con abundosas frases y firme fe, los que él tiene por inquebrantables dogmas del positivismo. En la rectificación confirmó el joven sacerdote la opinión que de su ardiente fe nueva había el público mostrado.&lt;br /&gt;Razonador fácil y oportuno se mostró de nuevo Montoro en la réplica.&lt;br /&gt;Y así fue, a grandes rasgos, la brillantísima velada que puso, a los envidiosos, respeto; a las damas, orgullo de los buenos de la patria; a los buenos, que son los más, generoso contento y legítimo entusiasmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 51, 255);"&gt;*Este artículo, que se publicó firmado por X, en &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 51, 255);"&gt;El Progreso&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 51, 255);"&gt;, órgano de Regla y Guanabacoa, ha sido facilitado e identificado, sin duda alguna, como de Martf, por  el doctor Federico Castañeda, pues en una “Gacetilla” de dicho periódico, en el número del 9 de marzo de 1879, dice: “Buena Noticia. Tenemos el gusto de anunciar a los lectores que Pepe Martí se ha encargado de hacer para nuestro periódico las ‘Reseñas de los discursos del Liceo”.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;Tomado de O.C. Vol 5, pp. 317-318 (Miscelaneas)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-3466800319139467551?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/3466800319139467551/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=3466800319139467551&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3466800319139467551'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3466800319139467551'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/02/la-velada-del-viernes.html' title='La velada del viernes.'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-4154757249460745102</id><published>2010-02-08T17:45:00.004+01:00</published><updated>2010-02-08T17:53:33.514+01:00</updated><title type='text'>Correspondencia Particular para 'El partido liberal' (2)</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;Crónica  publicada en &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);"&gt;El Partido  Liberal&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;, México, 6 de julio de 1886.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;SUMARIO.&lt;br /&gt;—RESUMEN DE LOS ÚLTIMOS ACTOS DEL CONGRESO&lt;br /&gt;—ANTECEDENTES Y COMENTARIOS DE LOS ÚLTIMOS PROYECTOS DE LEY&lt;br /&gt;— EL CONGRESO Y EL PAÍS EN JUNIO.—CONVENCIONES DE LAS ASOCIACIONES.&lt;br /&gt;—EXCURSIONES AL INTERIOR.&lt;br /&gt;—PARTIDAS ALEGRES.&lt;br /&gt;—GRANDES REGATAS.&lt;br /&gt;—ARDIDES DE LOS DIPUTADOS.&lt;br /&gt;—INTERIORIDADES DEL CONGRESO.&lt;br /&gt;—MALA SUERTE DEL TRATADO DE MÉXICO EN EL SENADO DE LA CÁMARA DE REPRESENTANTES.&lt;br /&gt;—DERROTA DE SHERMAN Y HEWITT, AMIGOS DEL TRATADO.&lt;br /&gt;—LOS PROTECCIONISTAS DERROTAN EN LA CÁMARA EL PROYECTO DE REFORMA LIBERAL DE LAS TARIFAS.&lt;br /&gt;—ESTUDIO SOBRE LA SITUACIÓN Y PORVENIR DEL PROTECCIONISMO EN LOS ESTADOS UNIDOS.&lt;br /&gt;—LA PLATA, LAS INDUSTRIAS Y LAS COSECHAS.&lt;br /&gt;—LA SITUACIÓN ECONÓMICA.&lt;br /&gt;—VENALIDAD DE LOS REPRESENTANTES.&lt;br /&gt;—LAS GRANDES EMPRESAS TIENEN CORROMPIDO EL SUFRAGIO.&lt;br /&gt;—CÓMO SE AYUDAN Y SIRVEN LAS EMPRESAS Y LOS REPRESENTANTES.&lt;br /&gt;— SE VOTA UNA LEY QUE PROHIBE A LOS REPRESENTANTES SER ABOGADOS DE LAS EMPRESAS QUE REQUIEREN TERRERÍAS PUBLICAS.&lt;br /&gt;—EL PROBLEMA DE LA TIERRA EN LOS ESTADOS UNIDOS.&lt;br /&gt;—ABUSOS DE LAS EMPRESAS Y ASPIRACIONES DE LOS TRABAJADORES, SOBRE LA TIERRA.&lt;br /&gt;—LEYES RECIENTES SOBRE LA CONCESIÓN Y CONTRIBUCIONES DE LOS TERRENOS NACIONALES&lt;br /&gt;—LEY IMPORTANTÍSIMA QUE PROHIBE A LOS EXTRANJEROS POSEER TIERRA EN LOS ESTADOS UNIDOS&lt;br /&gt;—ANTECEDENTES Y GRAVEDAD DE ESTE PROBLEMA&lt;br /&gt;—MANEJOS DE LAS CORPORACIONES EUROPEAS PARA HACERSE DE TIERRAS EN AMÉRICA&lt;br /&gt;—VOZ DE ALARMA A LOS PAÍSES AMERICANOS&lt;br /&gt;—CÓMO SE ESTÁN DESCOMPONIENDO LOS PARTIDOS&lt;br /&gt;— CÓMO ADELANTAN EN POLÍTICA LOS TRABAJADORES&lt;br /&gt;—GEORGE CHILDS CANDIDATO DE LOS TRABAJADORES PARA LA PRESIDENCIA.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;New York, 18 de junio de 1886&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor Director de El Partido Liberal:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;  Junio es acá mes agitado. La vida cambia de súbito, como los árboles, y se nota una prisa nacional por darse al aire y a la luz. El Congreso acumula sus trabajos. El Presidente se prepara a ir de recreo a las montañas. La milicia se congrega en campamentos improvisados. Los creyentes de cada secta religiosa disponen grandes reuniones de rezo al aire libre. Todas las asociaciones, abogados, sastres, libres pensadores, católicos, velocipedistas, maestros de baile, reformadores, cocineros, celebran en poblaciones pintorescas, sus congresos anuales, donde revisan la obra del año, pintan y explican al público sus argumentos, cambian ideas respecto a sus intereses y mejora, y organizan las tareas del año entrante: el hombre gusta de partir de la luz y de parar en ella: cuenta su vida de acción de julio a julio. Los colegios festejan su principio de trabajos, que en realidad no empiezan hasta octubre. Se crean escuelas ambulantes de ciencias políticas, de ciencias físicas, de idiomas, de instrucción varias, para aprender durante los tres meses de sol, en lo vivo del campo, a la sombra de los árboles. Los jóvenes vi(ri)les improvisan partidas de exploración, y con sus tiendas de campaña al hombro, sus provisiones y su rifle se van a las comarcas despobladas a vencer dificultades, a matar fieras, a buscar aventuras entre los indios, a vivir en lo desconocido, de lo cual vuelven siempre alegres y fuertes. Es una florescencia colosal; de las plantas y de los espíritus. Toda la nación es una rosa. En la bahía, como palomas enormes, tienden las velas blancas para la gran regata próxima los veleros ingleses y norteamericanos que van a disputarse este año la copa apetecida. La ciudad ese día es jubileo, y se va toda al mar, en vapores embanderados, en buques de pasear: se entibian los negocios el día de la gran regata: el champaña llega al cielo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;El Congreso parece siempre en está época poseído de esa prisa de fiebre. Las votaciones se suceden. Los asuntos demorados durante el invierno, se precipitan. Cada partido se esfuerza en hacer aceptar a su contrario las medidas que le interesan. Suelen pasar en esta premura medidas que una ojeada basta para reprobar. Algunos representantes hábiles mantienen en reserva hasta estos días sus proyectos de mayor interés, por ver si pueden obtener a la rebatiña un voto favorable del Congreso, poco preparado para ellos. Ambos partidos, republicanos y demócratas, van dilatando hasta el fin de las sesiones los proyectos en que no han podido convenir los bandos opuestos de cada partido,—el de reforma de la tarifa, por ejemplo, en que a pesar de la decidida protección del Presidente y sus Secretarios, acaban de ser vencidos los librecambistas, por aquellos mismos que han estado impidiendo la reglamentación del tratado con México, que en vano trató de reanimar Sherman en el Senado, proponiendo prorrogar el tratado por cinco años. Las industrias agrícolas amenazadas, el azúcar y el tabaco; han podido más que las manufacturas, pletóricas de artículos fabriles que no tienen salida. En la Cámara de Representantes, fue también vana la energía con que Abraham Hewitt, el noble y perspicaz yerno de Cooper, trabajó porque se declarara prácticamente libres de derechos aquellos frutos mexicanos que el tratado señala como tales. Los mismos que batallan contra la reforma de la tarifa en sentido liberal, que vaya preparando con moderación las viciadas industrias nacionales para la competencia en su propio mercado con las europeas, son los que batallan contra la vigencia del tratado mexicano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Muchos arraigo tiene todavía el proteccionismo en los Estados Unidos, aunque se dan casos tan elocuentes como la última exposición de los cuarenta mil obreros de Pennsylvania que acaban de pedir al Congreso la abolición del derecho de entrada sobre las materias primas de la industria. Pero el proteccionismo que ha traído a la industria norteamericana a una plétora que la tiene en agonía, no podría resistir mucho tiempo el deseo justo de un cambio de sistema, que empieza a apetecer ya imperiosamente la Nación alarmada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De tres riquezas viven los Estados Unidos: de las minas de plata, de las industrias y de las cosechas. La plata ya se sabe cómo está: si el gobierno no tuviera por la ley obligación de comprar cada mes dos millones del metal a las minas del país, con que luego no sabe qué hacerse, las minas habrían parado ya en una catástrofe. Las industrias, de puro producir a precios altos cantidades enormes de artículos que no pueden vender, están hoy, salvo aquellas muy especiales y necesarias, sin mercado donde colocar lo que van produciendo, y sin manera de dar trabajo a los millones de hombres que vinieron a este país, engañados por la prosperidad transitoria de que gozaron sus industrias, mientras una serie de cosechas pasmosas estuvo trayendo a la República rendimientos tales, que podía entregarse sin pérdida a todo género de tentativas costosas, y pagar sin peligro los precios subidos a que, en virtud del sistema de protección, tenían que comprar los artículos que sin ese sistema, hubieran podido comprar a Europa mejores y más baratos. Con derechos crecidos sobre las materias primas, con los salarios altos que los obreros necesitan en un país donde este sistema de protección a las industrias nacionales hace los productos de todas ellas caros, ¿cómo han de poder producir las industrias americanas a los precios bajos a que producen los países donde las materias primas entran sin derechos, y lo barato de la vida, por la libre entrada de los artículos extranjeros, permite a los operarios vivir con un salario escaso? Resulta, pues, que afuera no, pueden mandar los Estados Unidos sus artículos a competir con los de fábrica europea; y adentro, si de afuera no viene dinero en retorno de las exportaciones, ¿con qué dinero han de comprarlos? Así se llega a estar como Midas, que todo lo que palpaba era oro, pero no tenía que comer ni qué beber. Tal, pues, como están hoy su plata despreciada y su industria recargada, los Estados Unidos no pueden vivir de ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedan las cosechas, la riqueza magna, aquella que, como hacían los antiguos, debía celebrarse cada año con fiestas jubilosas y regocijos públicos,—la riqueza de la tierra, que jamás se acaba. Los Estados Unidos venden sus algodones al Asia, y su carne a Europa,—y sus industrias, ya se ve con qué trabajo las venden, y cómo andan locos buscando asociaciones, tratados y congresos para asegurarse tierras que les compren; pero hoy por hoy, su principal fuente de vida está en las cosechas. ¿Cuál será en esto la suerte del proteccionismo? Abandonado el país, como único medio de recurso, a su producción industrial, se comprende que no puede quedar un instante en pie, puesto que con él el país no puede producir lo que necesita vender en las condiciones precisas para la venta; ni puede alimentar siquiera a sus trabajadores. Dos necesidades inmediatas requerían un cambio de sistema, gradual, como todo cambio que ha de ser fructuoso: una es la necesidad de la vida, la necesidad económica de vender, para poder vivir y comprar lo de afuera con los productos de la venta; la otra es la necesidad de dar alimento a tanto millón de hombre con mujer y con hijos, que en el día en que la ira de la miseria lo enardeciese, podía echar abajo de una arremetida toda esta fábrica de fachada, que no tiene tan sólidos los cimientos como suntuosa la apariencia. La suerte del proteccionismo depende aquí de las cosechas, y de los acontecimientos extranjeros que pudieran favorecer su venta. Si hay cosechas grandes, si hay en Europa una guerra que requiera mayor consumo de ellas y paralice las cosechas europeas rivales, entonces vendrá al país en retorno tal suma de rendimientos que se continuarán pagando por algún tiempo sin murmurar los precios altos de los productos nacionales, que así tendrán al menos el mercado propio que hoy les escasea, y la ventaja de que con la prosperidad general del país, no se note el daño que este recibe de mantener a las industrias que han de vivir de la exportación, en condiciones de no poder exportar si no hay grandes cosechas, o sucesos del extranjero que las consuman y levanten sus precios, el país se verá frente a frente del problema industrial, como ya se ve ahora,—frente a dos millones de hombres, que ya son dos millones con casa y sin trabajo,—frente a lo absurdo de un país que tiene que vivir del producto de unas industrias organizadas de tal modo, que sus productos no se puedan vender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sol es claro; pero no es más claro que esto. Sin embargo, los proteccionistas de los dos partidos reunidos, demócratas y republicanos, han derrotado hoy en la Cámara de Representantes el proyecto de reforma moderada y preparación juiciosa, que habían compuesto de acuerdo los librecambistas y los proteccionistas conciliadores. La razón es visible, puesto que acá las elecciones a Senador y Representante se sacan a fuerza de dinero, y hay elección de Representante que cuesta a cada candidato ochenta mil pesos, por lo que necesitan del auxilio de los monopolios y empresas, que los ayudan a salir electos con condiciones de ser ayudados después por ellas.—La reforma, por ahora, aunque está en el espíritu público,   queda vencida: que acá tiene el sufragio sus llagas, como en otras partes, y suele el país pasar años pidiendo lo que sus Representantes, por intereses personales o de partido, le niegan tenazmente. Por esas causas también sucede que el Senador o Representante, pretenden sacar ventaja a las malas de sus puestos, y en acciones de empresas o en moneda aún más real reciben el pago de su voto en pro de las empresas ricas o de buen porvenir, y de su influencia en el Congreso que ha de legislarlas. Esto es ya tan sabido, que apenas hay Representante o Senador que no ande en estas culpas. Ya se susurra que tendrá al fin que abandonar su puesto el Secretario de Justicia, Garland, en cuyo departamento se accedió a establecer en nombre del gobierno una demanda de nulidad en favor de una patente de teléfonos en que Garland recibió, a cambio de su influjo, acciones por valor de medio millón de pesos, que otros probos legisladores, Hewitt entre ellos, rechazaron secamente. Y este escándalo ha llegado tan a mayores, que el Senado acaba de votar por considerable mayoría un proyecto de ley en que se prohíbe a los miembros del Congreso servir de abogados de las empresas que requieren concesión de tierras públicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A seguir como hasta aquí se ha ido, entre los extranjeros que acaparan terrenos, y los Representantes que por esas razones ocultas regalan la tierra de la nación a las corporaciones que les pagan el voto, se hubiera quedado la nación sin tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A esto viene también otro proyecto de ley aprobado por el Senado en estos días: asombra la facilidad y largueza con que el Congreso ha dado terrenos valiosísimos a las compañías de ferrocarriles. Ya se sabe que Blaine mismo, como presidente de la Cámara de Representantes, trabajaba como Agente de una empresa de ferrocarril, que le pagó en acciones. Ahora ha decidido el Senado, para corregir tanta loca franquicia en alguna parte, que las compañías de ferrocarril no podrán por ninguna especie de ley, federal o local, librarse del deber de pagar tributo al Erario por las tierras que el Congreso pueda concederles, sea cualquiera el pretexto en que la exención se envuelva.—A dos objetos se dirige esta medida: uno es mostrar al país que sus Representantes atienden al clamor sostenido que está alzando en la nación esa vergonzosa entrega del caudal de tierra pública por aquellos mismos a quienes ha sido confiada en depósito: otro objeto, el principal acaso, es halagar y templar a la masa trabajadora, que sobre todas sus dificultades y yerros continúa disciplinándose y organizándose conforme al pensamiento de sus filósofos, quienes con Henry George a la cabeza piden, como estado final, que toda la tierra sea del dominio público, y, en preparación de esto, para que el tránsito al nuevo estado sea menos difícil, que se vaya desde ahora reteniendo la mayor extensión de tierra posible por el Estado, en cuyas manos debe llegar a quedar toda. Se quiere cerrar el camino, con actos oportunos de justicia, a esa masa temible, puesta en marcha, que no se detendrá sino donde se detenga su razón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Esas mismas previsiones engendraron otro proyecto de ley que, sin un solo voto en contra, ha aprobado hace pocos días el Senado. En Europa las grandes masas de tierras se van escapando de las manos de los aristócratas ociosos que las poseen en virtud de privilegios de familia, otorgados siglos ha sin más razón que la necesidad ya pasada de fundar un Estado en que predominasen los señores, o el hábito de premiar con títulos y tierras las gracias de las mujeres y la infamia de los hombres. Otros nobles ha creado esta época, que son las grandes empresas, en cuyas manos tampoco están seguras las tierras que han amontonado, y de las que las va echando, con el ímpetu de lo que vive y quiere puesto, la muchedumbre cada vez más apretada de la población, que no permite la acumulación en una mano, o en un pequeño grupo de manos, de una extensión de tierra en que pueden vivir muchos que no tienen hoy por esa distribución injusta los medios de vida necesarios. La organización de Rusia la tiene preparada a ese repartimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las exageraciones socialistas perderán en Alemania por ese grano de razón que las sazona y preserva. En Francia, ya se sabe que la propiedad es de muchos. Inglaterra no podrá contrastar el brío con que la población pobre está exigiendo la reforma territorial, y ya habla de comprar a los lores la tierra irlandesa, para repartirla de nuevo entre muchos terratenientes, como medio de calmar las cóleras de Irlanda.—Pues toda esa cohorte de grandes propietarios, de aristócratas ociosos, de grandes empresas, ha venido cayendo en sigilo, sobre la tierra norteamericana, como caerá, y en algunos lugares ya ha caído, sobre la tierra de la América española. Y eso sí que hemos de salvar, ahora que vamos siendo pueblos,—nuestra&lt;br /&gt;tierra! &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Parece mentira: pero ya casi poseen una nación en los Estados Unidos los ricos europeos. Uno solo, el marqués inglés de Tweeddale, tiene 1 750 000 acres. Una casa de Londres, Phillips, Marshall y Comp., 1 300 000. Una compañía inglesa 1 800 000 acres en Mississipi. Otras también de Inglaterra, 2 000 000 de acres en Florida, y 3000000 en Texas. Una compañía alemana posee 1000000. Y una compañía holandesa tiene ya 4 500 000 en Nuevo México.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es preciso estar a la mira contra los ardides de esos compradores, porque, en la conciencia de su culpa, suelen no comprar francamente, y se valen de hábiles recursos. Ya compran en pequeños lotes. Ya hallan norteamericanos que se asocien con ellos, y amparen sus compras con los derechos que les da su nacimiento. Ya se valen de varios compradores, que entregan luego su compra a la persona que les emplea, y llega así a poseer en una sola cabeza una comarca, como el marqués de Tweeddale.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mal es grave, y la ley votada por unanimidad en el Senado es radical. Prohíbe que, salvo en caso de herencia, cobro de deuda y provisión de tratado, puedan adquirir terrenos en los Territorios o en el Distrito de Columbia, que es en lo que puede legislar en esto el Congreso, ningún extranjero que no haya manifestado su intención de hacerse súbdito americano, ni ninguna compañía que no esté formada en virtud de las leyes federales, de los Estados, o de los Territorios. Tampoco puede adquirir tierras ninguna compañía que tenga entre sus miembros más de una quinta parte de extranjeros.—Y es tan cierto que las razones de esta ley son las mismas de las que ya llevamos apuntadas, que acaba el proyecto prohibiendo que ninguna compañía, aun cuando sea de ferrocarril, canal o calzada, salvo en caso de concesión del Congreso, posea más tierras que las que positivamente necesita para que funcionen sus vías. La Cámara de Representantes está en riña con el Senado, que quiere para sí más autoridad de la que le da la Constitución; pero en este asunto, han obrado, por diversos proyectos, en acuerda absoluto. Y todavía son más rudos con los extranjeros los proyectos de la Cámara que los del Senado. Están para venir tiempos grandes en la política norteamericana. Los partidos políticos actuales, incapaces de afrontar con una .intención unánime los problemas vitales de la tarifa, la moneda pública y el trabajo, se están descomponiendo, y mostrando al país su egoísmo e incompetencia. El carácter personal de Cleveland, venido con pocas trabas de la naturaleza, favorece, y como que prepara el advenimiento de una política viva, que afronte y resuelva los problemas reales, y reconstruya a la nación sobre las bases nuevas que la justicia humana y sus elementos de composición demandan. Ya se habla sin asombro de nombrar candidato para la Presidencia a un hombre de peso y bondad, George Childs, director del Ledger de Philadelphia, que jamás ha sido republicano ni demócrata, sino amigo de los pobres. De su diario vive un pueblo. A cada mujer que va a visitar la casa de su diario, le regala una taza de china. Y cada obrero suyo, tiene en el banco una cuenta; y para vivir y morir una casa. Lo ponen en ridículo porque escribe elegías y regala tazas; pero la verdad es que, como que se ve que el ejército trabajador se aprieta y viene adelantando, nadie ha tomado a burlas la posibilidad de que, cambiando de juicio los partidos políticos, elegirán los trabajadores de los Estados Unidos, con un programa de reforma social moderada a un Presidente de su propio espíritu. No será en la elección próxima. No sería extraño que fuese en la de 1892.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-4154757249460745102?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/4154757249460745102/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=4154757249460745102&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/4154757249460745102'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/4154757249460745102'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/02/correspondencia-particular-para-el.html' title='Correspondencia Particular para &apos;El partido liberal&apos; (2)'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-5832035365398473599</id><published>2010-02-01T19:58:00.000+01:00</published><updated>2010-02-03T20:07:36.808+01:00</updated><title type='text'>Yugo y Estrella</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;de sus Versos Libres&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:&lt;br /&gt;“Flor de mi seno, Homagno generoso,&lt;br /&gt;De mí y de la Creación suma y reflejo,&lt;br /&gt;Pez que en ave y corcel y hombre se torna,&lt;br /&gt;Mira estas dos, que con dolor te brindo,&lt;br /&gt;Insignias de la vida: ve y escoge.&lt;br /&gt;Este, es un yugo: quien lo acepta, goza.&lt;br /&gt;Hace de manso buey, y como presta&lt;br /&gt;Servicio a los señores, duerme en paja&lt;br /&gt;Caliente, y tiene rica y ancha avena.&lt;br /&gt;Esta, oh misterio que de mí naciste&lt;br /&gt;Cual la cumbre nació de la montaña,&lt;br /&gt;Esta, que alumbra y mata, es una estrella.&lt;br /&gt;Como que riega luz, los pecadores&lt;br /&gt;Huyen de quien la lleva, y en la vida,&lt;br /&gt;Cual un monstruo de crímenes cargado,&lt;br /&gt;Todo el que lleva luz se queda solo.&lt;br /&gt;Pero el hombre que al buey sin pena imita,&lt;br /&gt;Buey torna a ser, y en apagado bruto&lt;br /&gt;La escala universal de nuevo empieza.&lt;br /&gt;El que la estrella sin temor se ciñe,&lt;br /&gt;Como que crea, ¡crece!&lt;br /&gt;                                                                           ¡Cuando al mundo&lt;br /&gt;De su copa el licor vació ya el vivo;&lt;br /&gt;Cuando, para manjar de la sangrienta&lt;br /&gt;Fiesta humana, sacó contento y grave&lt;br /&gt;Su propio corazón; cuando a los vientos&lt;br /&gt;De Norte y Sur virtió su voz sagrada,&lt;br /&gt;La estrella como un manto, en luz lo envuelve,&lt;br /&gt;Se enciende, como a fiesta, el aire claro,&lt;br /&gt;Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,&lt;br /&gt;Se oye que un paso mas sube en la sombra.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Dame el yugo, oh mi madre, de manera&lt;br /&gt;Que puesto en él de pie, luzca en mi frente&lt;br /&gt;Mejor la estrella que ilumina y mata.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;Tomado de O.C., Vol. 16, pp. 161-162&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-5832035365398473599?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/5832035365398473599/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=5832035365398473599&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/5832035365398473599'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/5832035365398473599'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/02/yugo-y-estrella.html' title='Yugo y Estrella'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-425556830176915890</id><published>2010-01-25T23:46:00.001+01:00</published><updated>2010-01-26T02:57:21.498+01:00</updated><title type='text'>Correspondencia Particular para 'El partido liberal'</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;Crónica publicada en &lt;/span&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);"&gt;El Partido Liberal&lt;/span&gt;,  &lt;span style="font-style: italic; color: rgb(51, 102, 255);"&gt;México, 29 de mayo de 1886.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;SUMARIO.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—EL ALZAMIENTO DE LOS TRABAJADORES EN LOS ESTADOS UNIDOS&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—MOTIVOS Y ANTECEDENTES DEL ALZAMIENTO.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—ASPECTOS ORIGINALES DEL PROBLEMA OBRERO EN LOS ESTADOS UNIDOS&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;— NACIONALES Y EXTRANJEROS.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—PELIGROS DE LA INMIGRACIÓN.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—ANGUSTIA DE LAS INDUSTRIAS-NORTEAMERICANAS.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—LO QUE LOS ALEMANES SE TRAJERON: SCHWAB, SPIES, MOST.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—ESCENA DE LOS MOTINES DE CHICAGO.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—UNA BOMBA DE DINAMITA: CASAS ASALTADAS: TIENDAS DESPEDAZADAS: BATALLAS EN LAS CALLES&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—«¡EN FILA, HOMBRES!» &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—MÉTODOS DE EUROPA Y MÉTODOS DE NORTEAMÉRICA.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—LOS CABALLEROS DEL TRABAJO CONDENAN A LOS ANARQUISTAS&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—ORÍGENES, COMPOSICIÓN Y TENDENCIAS DE LA ORDEN DE LOS CABALLEROS DEL TRABAJO.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—EL ANCIANO URIAH STEVENS&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;— PROGRAMA Y MEDIOS LEGALES DE LA ORDEN: CÓMO CRECIÓ Y CÓMO LUCHA&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(51, 102, 255);font-size:85%;" &gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;—EL FIN DEL SIGLO.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;New York, 15 de mayo de 1886&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor Director de El Partido Liberal:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poner los acontecimientos de estos días en una correspondencia de periódico, es como recoger la lava de un volcán en una taza de café. Los problemas políticos, la reforma de la tarifa, la colocación de la plata, el establecimiento de un sistema nacional de instrucción, el Congreso de pueblos americanos se empequeñecen de repente ante la aparición sangrienta de la cólera de las masas trabajadoras. La batalla formidable de los dos grandes trágicos, Booth frío y silbante, Salvini tempestuoso; la pintura enérgica y desordenada de los impresionistas de París, que acá tienen ahora en exhibición sus cuadros de figuras bruscas y borrosas, sus campos lilas, sus montes amarillos, sus árboles azules; la indiscreción con que los diarios cuentan cómo va a casarse pronto el presidente Cleveland, ponderoso y de poco cabello, con una arrogante niña, una Miss Folson, de cabellera castaña, que arranca en ondas de la frente limpia, de dos ojos grandes y serenos que parecen dormir sobre sus cuencas como dos huevos de palomas sobre sus nidos, todo, teatros, artes, chismes, juicio público de un general ladrón, prisión y juicio de un Ayuntamiento entero sobornado, todo ante los tremendos acontecimientos de Chicago palidece. La gente trabajadora se ha puesto en pie, ha comprado pañuelos rojos, se ha metido por túneles oscuros a practicar en el blanco el modo de no errar en el tiro, y con toda la variedad de los elementos diversos que la componen, mesurada en los obreros americanos, nacidos y desarrollados en el goce de la libertad, arremetedora y frenética en los obreros europeos que traen del otro continente mucha ira amasada, ha dado esta primavera una súbita muestra de sus ímpetus, que acá contenidos, allá sueltos, se escapan de quien los quiere sujetar, como si las manos del hombre, a semejanza del pobre aprendiz de conjurado de que habla Goethe, no fueran capaces de enfrentar los monstruos que crean.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Los sucesos tremendos han sido en Chicago; pero el alzamiento es en toda la nación. En los Estados Unidos, culpable de haber traído al país por falsas doctrinas económicas un número mayor de obreros del que sus industrias pueden naturalmente alimentar, se prepara desde hace años, con celeridad y firmeza, la misma contienda justa y espantable que en los demás pueblos de industria disponen los obreros contra los que mantienen un sistema social que han decidido echar abajo. Las razones son las mismas. Las cosas no están bien&lt;br /&gt;cuando un hombre honrado e inteligente que ha trabajado con tesón y humildad toda la vida, no tiene al cabo de ella un pan en que reclinar la cabeza, ni un peso ahorrado, ni el derecho de pasear tranquilo al sol, tan necesario a los viejos! Las cosas no están bien cuando el que en las ciudades "agua las acciones” de los ferrocarriles, que es como aguar el vino, haciendo aparecer más vino del que hay, vive en consideración y holganza que exasperan al minero, al cargador, al guarda-agujas, al maquinista, a tanto mísero que tiene que contentarse con sesenta y cinco centavos al día, en lo crudo del invierno, para que la compañía pueda pagar a sus accionistas dividendos pingües sobre un capital falso, mucho mayor que el que realmente emplearon. Las cosas no están bien cuando, para que una mujer desgreñada y sus chicuelos amarillos puedan vivir en un rincón de casa de vecindad fétida, tienen que salir los hombres antes del alba, con sus vestidos de hule manchados y sus capotes rotos, con su merienda de poco peso en la tinilla de lata, a cavar, a edificar, a levantar&lt;br /&gt;monumentos en los lugares de aire puro y hermosas cercanías, de donde emprenden su viaje al caer la noche a sus casas lejanas, hambrientos, agrios, soñolientos, a comer, a beber, a crear de prisa y en las sombras, entre vapores de cerveza y boqueadas de odio, una generación de anémicos que nace ebria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las razones son las mismas. La concentración rápida y visible de la riqueza pública, de tierras, de vías de comunicación, de empresas, en una casta acaudalada que legisla y gobierna, ha provocado la concentración rápida de los trabajadores, quienes sólo apretándose en liga formidable, que a un tiempo deje apagar los fuegos en los hornos y crecer yerba en las ruedas de las máquinas, puede oponer con éxito sus derechos a la altivez y descuido con que los miran los que derivan toda su riqueza de los productos del trabajo que maltratan. Las tierras públicas van cayendo todas en manos de ferrocarriles y magnates, dejando poco espacio para que mañana, cuando estos globos industriales estallen, cuando la producción excesiva de las industrias se reduzca a las necesidades reales, puedan los obreros sin empleo ocupar la tierra, industria sabia que nunca se cansa! Las corporaciones, compuestas de príncipes de la Bolsa, que viven a lo monarca, hallan en su capital acumulado modo cada vez más fácil de compeler a los obreros a trabajar por la pitanza mísera que la empresa requiere, para poder repartir sendos millones a sus caballeros principales. Si eso sigue, pronto no habrá tierras en que refugiarse, ni modo de resistir, a las corporaciones, que por la virtud de sus caudales sacan triunfantes en las contiendas del sufragio a los que hacen las leyes para su provecho, y las aplican en beneficio de los que los encumbran o pagan. Esto avivó en los pensadores de la clase obrera el deseo de remediar sus males.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero como en cada país se dan los problemas en consecuencia del carácter propio del país de los elementos que lo forman, este problema de trabajo se da aquí con elementos originales; y por esa magnífica virtud de la Libertad, que retiene siempre al borde del abismo a sus hijos, parece presentarse en los Estados Unidos, a pesar de sus últimos alardes sangrientos, con una mano llena de heridas y otra llena de bálsamos. Pues qué ¿cien años de ejercicio libre del hombre, habían de ser perdidos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;En el actual problema del trabajo en los Estados Unidos se reflejan todos los elementos que han entrado en la formación de su clase trabajadora. Del propio país fueron naciendo las injusticias y la indignación, que es la sombra de ellas, pero los obreros del país, que las sufrían, y los que han crecido en el ejercicio de los hábitos republicanos, hechos a mudar y hacer mudar cada cuatro años los oficios públicos, y a discutir y ver sucederse en paz las leyes, no pensaron en buscar fuera de ellas sino en ellas, el cambio de1 organización industrial que se requiere para que el obrero tenga en su pueblo la independencia y goce a que le da derecho su utilidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De muchas partes a un tiempo fueron surgiendo a la vez las mismas tentativas infantiles. Un maestro o pequeño capitalista, se resistía pagar a los obreros el salario en que estos estimaban su labor: todos los obreros de la fábrica se coaligaban para abandonar a una el trabajo y obligarlo por esta fuerza indirecta a lo que no lo obligaba la justicia: y si aún resistía, como que todos los obreros saben de sufrir y se sienten hermanos, rogaban a los demás obreros que no comprasen los artículos de la fábrica asediada. Así nacieron las huelgas, los gremios, los asedios, que llaman boycott ahora, aunque ya en 1830 hubo aquí boycoteadores, que castigó la ley, por cierto. En cada ciudad se fueron agremiando los obreros de cada ejercicio contra los empresarios y fabricantes rapaces que les trataban mal en su salario o su decoro; y pronto estuvieron llenos los Estados Unidos de estos gremios, de trade-unions. Ellos discutían, trataban daban y oían razones, vencían o eran vencidos. Los de una ciudad se iban uniendo a otra. La unión de fines llevaba a la comunidad de métodos. Se empezó a hacer entre los obreros una cadena de dolor. Los que tenían trabajo se complacían en ayudar a los que no lo tenían a resistir, aunque siendo pobre la condición de todos, y las batallas muchas y frecuentes, las bolsas no llegaban por lo común a donde las voluntades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esto se iban acentuando las condiciones más peligrosas hoy del problema. El afán de producir y la necesidad de emplear los caudales que levantaron las cosechas, las minas de oro y plata, y el crédito, habían puesto en pie en los Estados Unidos, protegidos por una tarifa alta de entradas que hace la producción cara, una muchedumbre de industria, que con un pueblo rico y envanecido a la mano, tuvo al principio, mientras fue creciendo, un mercado generoso que, como que poseía caudales de sobra, no se negaba a pagar caros artículos de fábrica americana que sin la tarifa alta de derechos hubiera podido  introducir baratos de los países europeos. Con la decadencia de las minas, con la imitación y falsificación en Europa de los artículos útiles de fábrica americana, con el exceso de producción agrícola en todo el universo que trae naturalmente la baja de los precios, con el desarrollo del arte, la vanidad y el lujo, que aumenta la importación de los artículos que los satisfacen, fue poco a poco reduciéndose la industria americana al extremo que está ahora y la sofoca: al extremo de tener que producir caro, en cantidades enormes, productos inferiores o iguales a lo sumo, a los de igual clase que se hacen en los países europeos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué hacer con estos pueblos de talleres? ¿Qué hacer con estos ejércitos de inmigrantes? ¿Qué hacer con estas vías de comunicación, creadas para trasportar más productos de los que en las actuales condiciones puede vender el país naturalmente? Lo racional hubiera sido rebajar la tarifa, abaratar la vida del obrero con la introducción libre de los artículos de abrigo y alimento, ir reduciendo sin sacudidas la producción industrial a aquellos artículos y cantidades que de un modo normal y constante puede el país producir con provecho, sacrificar al bienestar nacional y a la conservación de las industrias permanentes, las industrias ficticias, que son aquellas que sólo pueden mantenerse merced a leyes protectoras que imponen a toda la nación, en forma de precio alto, una contribución injusta en provecho de un ramo que al fin, como todo lo violento, tiene que dar en tierra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero eso no se hizo, porque pudieron mucho, como aún pueden, los industriales coaligados. No se restringió la producción. No se procuró abaratar la vida, para poder mermar sin daño el salario del obrero, ni abrir los puertos a las materias primas, para poder producir baratos los artículos de fabricación europea. Empezó la merma de salarios. Empezó la importación de trabajadores baratos. Con muchos trabajadores, habría siempre para reponer a los que se rebelasen. La depresión lenta de las industrias continuaba. Ya las ganancias antiguas no bastaban a afrontar las obligaciones presentes. El consumo no crecía y crecía el pueblo de trabajadores. No se abrían nuevas fábricas, sino que se cerraban muchas o rebajaban sus salarios o el número de sus obreros. Al malestar de los que ya estaban aquí, se venía uniendo el de los que llegaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Ay, y les que llegaban, alemanes en su mayor parte, polacos infelices, polacos y alemanes criados en miseria y trabajados en su tierra por la necesidad de sacudirla no traían en los bolsillos de sus gabanes blancos, en sus botas de cuero negro, en sus cachuchillas, en sus pipas, aquella costumbre y fe en la libertad, aquel augusto señorío, aquella confianza de legislador que persuade y fortalece al ciudadano de las repúblicas: traían el odio del siervo, el apetito de la fortuna ajena, la furia de rebelión que se desata periódicamente en los pueblos oprimidos, el ansia desordenada de disfrutar de una vez la autoridad de hombres, que en vano les comía el espíritu, buscando salida, en su tierra de gobierno despótico. Lo que allá no estallaba, venía a estallar aquí. Lo que allí se engendró, aquí está procreando. ¡Por eso puede ser que no madure aquí el fruto, porque no es de la tierra!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Esos trabajadores que venían, en su mayor parte alemanes, se trajeron esa terquedad rubia, esa cabeza cuadrada, esa barba hirsuta y revuelta que no orea el aire y en que las ideas se empastan. Se trajeron a sus anarquistas, que no quieren ley, ni saben qué quieren, ni hacen más que propalar el incendio y muerte de cuanto vive y está en pie; con un desorden de medios y una confusión tal de fines que les priva de aquella consideración y respeto que son de justicia, para toda especie de doctrinas de buena fe encaminadas al mejor servicio del hombre. Se trajeron estos alemanes a Most, a Schwab, a Spies: Spies, parecido a Guiteau, un hombre chupado, un hombre mal hecho, en quien la masa no fue batida a punto para que por entre las fieras naturales saliera con toda la luz de la razón el hombre verdadero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Most, con una lengua grandaza, como su barba, gordo, fofo, mirada de sargento enamorado, orador que en días pasados habló en New York a su auditorio con un rifle en la mano, invitando a voces a sus oyentes a que hicieran como él, y fueran a sacar de sus guaridas a todos los capitalistas, y a volar sus casas y riquezas con las bombas que él enseña en sus libros a hacer y manejar.—Schwab, persona torva y enfermiza, pelo y barba al descuido, ojos temibles bajo anteojos grandes, largo y seco. Todos hoy están ya presos. Pero estos hombres tienen tras de sí miles de adeptos, y cuando Spies, que ha sido amo de tienda, sube a hablar en un vagón, sacudiendo en la mano un fajo de los Arbeiter Zeitung que publica, doce mil hombres se echan por donde él va, sacan estandartes y fusiles de donde los tienen escondidos, se ponen como flor de sangre en la solapa una cinta roja, asaltan tiendas, despedazan cervecerías enemigas; empeñan batallas mortales con los policías en cuerpo, y echan sobre sus líneas una bomba de dinamita que, al estallar con infernal estruendo, deja en tierra tendidos a sesenta hombres. Es ya una batalla de siete días, que aún no termina. Quieren que el trabajo se reduzca a ocho horas diarias, y es su derecho quererlo, y es justo; pero no es su derecho impedir que los que se ofrecen a trabajar en su lugar, trabajen. No es su derecho apedrear a los fabricantes que cierran sus talleres, porque no pueden continuar produciendo con esta época de precios bajos, en condiciones que requerirían más gastos de producción. No es su derecho perseguir con ese odio bestial de las muchedumbres, a los infelices que se prestan un día a ocupar los lugares de algunos huelguistas: ¡infelices! los llevaban por las calles de vuelta a sus casas, dos cordones de policías: iban lívidos como sin habla: las mujeres, con pañuelos encarnados en la cabeza les enseñaban desde las ventanas sus puños cerrados y les echaban encima agua hirviendo: iban como quien se siente acabar: corría un viento de muerte, que les hacía temblar las rodillas: se escondieron en sus casas, como insectos que se entran en sus agujeros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los amotinados no eran ya doce mil, sino veinte mil. Cuarenta mil son los trabajadores en huelga. En Milwaukee, la ciudad de la cerveza; en Cincinatti, el palacio del cerdo, también a miles están amotinados los polacos y los alemanes; también quieren, como todos los obreros de los Estados Unidos, en huelga o no, que se reduzcan a ocho las horas de trabajo. Pero en Milwaukee la policía pudo refrenarlos. En Cincinatti el corregidor no se ha mostrado de paz, y anuncia que el que prive a otro hombre en su ciudad del menor de sus derechos de hombre libre se verá, por la ley o por la fuerza, privado de los suyos. Sólo en Chicago, donde Spies y Schwab escriben, donde incitan en las plazas públicas los oradores al incendio y a las armas, donde una mulata marcha a la cabeza de las procesiones ondeando con gesto de poseída una bandera roja, donde al sol y a la luz eléctrica, flotan día y noche de las ventanas de Spies dos pabellones anarquistas, mientras que en libros y talleres ocultos aprenden sus adeptos a manejar las armas y fabricar bombas, sólo en Chicago, que es desde hace diez días un campo de batalla, se empeña a cada hora, entre la policía mermada y la muchedumbre frenética, una contienda de muerte, en que los cañones de los revólveres se disparan boca a boca, en que las mujeres ayudan desde sus ventanas a sus maridos que pelean, lanzando ladrillos, bancos, piedras, botellas, en que doce policías heroicos hacen frente, sin más cota de malla que sus blusas azules de botones dorados, a veinte mil hombres, que les disparan sin cesar, faz a faz, desde las ventanas y vagones, desde sus emboscadas que se les echan encima y les rodean, que entran en miedo de su fuego certero, que al ver llegar en los carros de patrulla cuadrillas de refuerzo, huyen espantados por las calles vecinas, los veinte mil ante los doce! Se llevan en vagones a sus heridos. Un policía queda en la acera muerto. ¡Otra refriega a pocos pasos! Un policía muere sobre un huelguista: el huelguista le ha vaciado el revólver en el pecho: el policía con el pecho traspasado, con su enemigo por tierra, les dispara en la cabeza dos tiros de revólver. Una ambulancia llega. Está llena de pólvora la calle. Tienden en la ambulancia uno al lado de otro, a los dos desventurados. En el camino, chaqueta junto a blusa azul expiran.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Allá van desalados, bajo un fuego graneado de revólver, los vagones de patrulla, cargados de policías! Detienen a uno: los que van en el interior se apilan, con las cabezas bajas, para evitar los tiros, el que va en el estribo, roto un hombro, se ase con una mano de la baranda del vagón y con la otra hasta que cae en brazos de sus compañeros, ya en pie y pistola al aire: dispara sobre los huelguistas que le atacan. Rompe a correr el carro: parece que el caballo entra en la pelea, y que el carro es su ala: los huelguistas se abaten, al verlo venir, ebrio ya el carro todo: las casas se los tragan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allá lejos ¿quién muere? Es un huelguista envenenado: otros más han llegado a casas vecinas. Se entraron a una botica a cuyo dueño acusan de haber llamado a la policía por el teléfono. Tiemblan allá en un rincón el boticario y su mujer. La turba rompió a pedradas las ventanas, inundó la tienda, deshizo los mostradores, quebró y majó los pomos, se echó sobre las ropas los perfumes, se bebió cuanto le supo a vino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los que mueren del tósigo quedan detrás. Hombres y mujeres, ondeando-al aire los pañuelos, arrebatando consigo a cuantos hallan, poniendo en fuga a un policía que les sale al paso caen sobre una cervecería, que han jurado devastar. En las gorras y en el hueco de las manos se beben la cerveza. Con hachas y a pedradas han abierto los barriles y hasta secarlos tienen en ellos las bocas. Caminan sobre la espuma. Ríen. Despedazan con sus manos las alacenas y anaqueles. Todo es astilla en un minuto. Los policías llegan, y como no se les hace fuego, sólo usan de su porra, una porra que tunde. Los huelguistas huyen. Pero los policías venían de otro encuentro, muchos de ellos manchados de su sangre. “¡En fila, hombres!” les dijo su capitán, al arremeter contra la cervecería. Después de vencer, tres vinieron al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en la noche de la bomba mortal, ¡ni uno solo se hizo atrás, ni huyó la muerte! La explosión los ensordeció; pero no los movió. ¿Qué sabían ellos si les arrojarían más de aquellas máquinas terribles? ¿No vieron venirse a tierra, como si el suelo hubiese cedido bajo sus plantas, todo el centro de su línea? ¿No oían quejidos desgarradores? “¡En fila, hombres!” Unos recogen a los muertos. Los demás, con las pistolas a la altura del pecho, avanzan descerrajándolas. Un fuego cerrado les responde. Guardan los revólveres vacíos y avanzan descerrajando los llenos. La multitud se desbanda aterrada. Sobré el suelo lívido aclarado por la luz eléctrica que fosforea en el silencio mortal, se arrastran los policías heridos, como gigantes rotos; uno cae muerto al quererse erguir sobre un brazo, con el otro vuelto al cielo; le resplandecían sobre el pecho como estrellas los botones dorados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;La indignación nacional ha sido súbita. De todas partes, de los gremios de trabajadores, de la prensa más liberal-y generosa, se alza un brazo de hierro. No quieren merced para los que no merecen gozar de su libertad, puesto que atentan sin provocación contra la ajena. Esos hombres no son los verdaderos trabajadores americanos que se coaligan, que cometen errores, que ejercen presión violenta sobre las empresas que se niegan a reconocerlos como agremiados; que en las horas de furia allí donde el frío azota más y sus angustias son mayores, vuelcan carros, incendian corrales, rompen las entrañas&lt;br /&gt;a las máquinas; pero no se reúnen en cuevas y agujeros a estudiar, la manera más módica y sencilla de destruir al hombre por el delito de haber creado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo los que desesperan de llegar a las cumbres, quieren echar las cumbres abajo. Las alturas son buenas y el hombre tiene de divino lo que tiene de capaz para llegar a ellas; pero son propiedad del hombre las alturas, y debe estar abierto a todos, su camino. Ese odio a todo lo encumbrado, cuando no es la locura del dolor, es la rabia de las bestias. Comete un delito, y tiene el alma ruin, el que ve en paz y sin que el alma se le deshaga en piedad, la vida dolorosa del pobre obrero moderno, de la pobre obrera, en estas tierras frías: es deber del hombre levantar al hombre: se es culpable de toda abyección que no se ayuda a remediar: solo son indignos de lástima los que siembran a traición incendio y muerte por odio a la prosperidad ajena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En Alemania, bien se comprende, la vía secular, privada de válvulas, estalla. Allá no tiene el trabajador el voto franco, la prensa libre, la mano en el pavés: allá no elige el trabajador, como elige acá, al diputado, al senador, al juez, al Presidente: allá no tiene camino natural para reformar las leyes, y contrae el hábito de saltar sobre ellas: allá la violencia es justa, porque no se permite la justicia. Las reacciones serán tremendas, allí donde las presiones han sido sumas. Las justicias se van condensando de padres a hijos, y llegan a ser en las generaciones finales cal de los huesos y vicio de la muerte. Estos burdos obreros de Alemania, azuzados por espíritus de odio, o por aquellos de su casta en quienes el dolor culmina en acción o palabra, vengan siglos, en su oscuro entender, cuando echan una bomba encendida sobre los guardianes de la ley, símbolos para ellos en su tierra del inquebrantable poder que los oprime. De ahí la compasión de todo espíritu justo por los extravíos de esos tristes que vienen a la vida con las manos inquietas y el juicio caldeado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero acá, los obreros no se han levantado como siervos, sino como hombres, puesto que tienen la práctica de serlo. Perderían en un país por largo tiempo los caracteres que lo engendraron; y tal como las rocas ígneas, quebrando las capas menores de la superficie, surgen de las entrañas del globo por entre ellas y se levantan en montes sobre la faz de la tierra, tal aquel espíritu tenaz y apostólico de los puritanos, ferviente, egoísta, armado, astuto, persiste en estos Estados Unidos en todas sus manifestaciones nacionales: él inició en John Brown, aquel loco hecho de estrellas, la guerra de abolición de la esclavitud: él produjo en un sastre de Filadelfia, en Uriah Stevens, el brío evangélico con que dio comienzo, ayudado de unos cuantos cortadores de oficio, a la lucha inspirada que con el fuego y la pureza de una iglesia nueva, entabla para la redención de la gente obrera la Orden Americana de los Caballeros del Trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Y esta Orden ha tomado sobre sí la tarea de unir en un solo cuerpo a todos los trabajadores de los Estados Unidos, para pesar con todos ellos en el gobierno y en la ley, y como que son los más, reorganizar la nación de modo que los más puedan vivir en ella libremente, sobre la tierra pública, en la paz de la cultura y en el goce modesto de la majestad del hombre. Abominan la injusticia. Sienten amor frenético por la entereza de la persona humana. Consideran como criminales a los que la merman en sus semejantes y se sientan sobre ellos. Tienen un odio santo a los que acumulan masas enormes de riqueza pública, y a las leyes defectuosas que amparan el estancamiento en unas cuantas manos de la propiedad que debe circular entre todos, y principalmente entre los que las producen, de una manera más equitativa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uriah Stevens era de aquellos a quienes devora el alma, iluminándola, el sagrado bochorno de ver que hay hombres humillados y hombres que humillan. Meditó en el silencio, y tenía ya canas cuando comunicó a sus amigos su proyecto para levantar a aquellos, y abolir a estos. Rehágase, dijo, nuestro pueblo, de modo que no pueda descomponerse en castas enemigas, que no pueda envilecerse el hombre, ni siendo siervo, ni siendo señor, que aún envilece más; rehágase nuestro pueblo de manera que sea seguro el bienestar de todos, y no haya hombre que pueda abatir a hombre. Todos juntos, podremos. Es preciso comenzar por convencer a los humildes, a los débiles, a los trabajadores de que nada pueden si no están todos juntos. De una parte están los monopolios que acaparan: de otra parte tienen que estar todos los que sufren de ellos. Estando todos juntos, como que somos más, venceremos; pero no venceremos si no tenemos de nuestro lado la justicia, porque un solo hombre con ella es más fuerte que una muchedumbre sin ella. Para vencer en la realidad a nuestros enemigos, debemos haberlos vencido moralmente. El que convence a su enemigo de que no tiene razón, ya lo tiene vencido. Nada se hace sin el dios de adentro. Seamos inexorables con los que nos nieguen el producto legítimo de nuestro trabajo, y mantengan esta organización social viciosa en que un solo hombre puede tener en exceso lo que hace falta a muchos: pero seamos inexorables con nosotros mismos. El que abuse de los demás, el que negocie en los pleitos de los hombres por oficio, el que trafique con las leyes públicas, el que acumule ganancias inmorales en el cambio de manos de los productos de primera necesidad, la vil criatura que permite que el licor abuse de ella, esos no pueden entrar en nuestra orden. Estudiemos de paso y resolvamos los problemas en que podamos hacer bien a nuestros miembros, pero, por ahora, reunámonos para pensar, para saber lo que tenemos que pedir, para estudiar el problema que hemos de resolver, para enseñar a los trabajadores ignorantes sus necesidades y remedios, para afinar y acumular ideas, para que, cuando salgamos a la luz a batallar, salgamos para vencer y redimir, salgamos como una mole de justicia que se asienta; salgamos como un ejército invencible andando a pasos que resuenen en lo Eterno, salgamos todos juntos! Así pensaba en su mesa de cortador el buen Uriah Stevens, que pudo ser rico y se quedó artesano. Cuando murió se notó que seguía viviendo. Queda&lt;br /&gt;del hombre la luz que infunde y. el bien que hace. Hoy hay quinientos mil hogares de trabajadores donde; en las horas de sosiego, cuando hablan del porvenir de obreros dolientes, con sus hijos sobre las rodillas, vuelven los ojos con ternura al retrato de un anciano de frente espaciosa, ojos profundos, mejillas huecas y barba firme, y dicen a sus hijos: “Mira: ¡ese es nuestro Uriah Stevens!” Hay ya alrededor de él ese nimbo de luz que circunda a los hombres permanentes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nació él de padres ricos, y aprendió letras buenas y bellas, porque lo querían sus padres, que lo notaban puro y ardiente, para sacerdote; pero él quiso iglesia mayor, y meditó tanto en los tristes, que decidió pasar la vida entre ellos. Pensó sus hermosuras en Filadelfia, ciudad de casas y almas lisas, y de notable limpieza. En 1869 fundó la Orden con una asamblea primera de los sastres sus amigos, que se reunían con él los domingos a pensar. La virtud de aquellas ideas ganó pronto a otros gremios de la ciudad; pasó a otros pueblos: la aclamaron todos los trabajadores del Estado. Stevens creía en la eficacia del misterio, que retiene a los asociados por el placer de lo maravilloso, y aterra a los enemigos con el poder de lo desconocido. El secreto convida a la iniciación. La Orden fue al principio como una Masonería. Las palabras todas de la Orden tenían ese vigor de látigo que distingue el lenguaje de las grandes reformas. Cada Asamblea era una escuela de la ciencia del trabajo. Eduquémonos, organicémonos, movámonos. Nacieron oradores, escritores, administradores. La Orden tuvo Tesoro, celebró Congresos; se organizó en acuerdo con la organización de la República, se atrajo la voluntad de los cultivadores del Oeste por sus teorías sobre la nacionalización de la tierra, “que ha de ser para todos como la luz y el aire”, y cuando, para evitar conflictos más que para provocarlos, terció en las diferencias de algunos de los gremios con sus empresarios, las razonó con tanta novedad y fuerza que en muchos casos los obreros que entraron en el trato como rebeldes, salían de él como socios de la fábrica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los detalles privados y los tratos con las empresas, fueron aconsejando a los cabezas de la Orden; soluciones prácticas nacidas de los mismos problemas y sazonadas con aquel respeto al derecho ajeno que hace sagrado el propio. Estas victorias dieron a la Orden vasta fama. Los gremios parciales se le unían por cientos. Todos creían llegada la hora de una victoria general. La Orden formó su mira en educar para después; los gremios, ofendidos en casi todas partes, la miraban como el medio de acelerar el cobro de sus ofensas. La Orden repudia, puesto que se tiene la razón y el modo legal de influir en la ley, todo recurso violento, los gremios menos inteligentes que la Orden, no bien se sentían miembros de ella se declaraban en huelga, ganosos de mostrar su nuevo poder: las huelgas, peligrosas siempre, solían ser prematuras e injustas. Si las condenaba la Orden por completo, perdía una popularidad que necesita aún para su establecimiento y eficacia. Levantad(os) los ánimos por los triunfos locales, por la fama creciente de la Orden misteriosa, por el influjo visible de sus ideas en los poderes públicos, por la recepción respetuosa que le acordaba la gente de pensamiento, vinieron a fustigar los ánimos sedientos de justicia los preparativos de resistencia de las empresas coaligadas, y las prédicas insidiosas de los socialistas europeos, que olvidan que ningún triunfo se logra definitivamente fuera del buen sentido o el equilibrio de los derechos humanos. Todavía era pequeña la casa de la Orden, una casa pobre de ladrillos que tiene alquilada en Filadelfia, para contener las impaciencias, las miserias, las iras, las demagogias abominables, las exageraciones que de todas partes se entraron con ímpetu por ella: y han amenazado echarla abajo antes de estar bien asentada!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;***&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;Pareció por un momento que se le escapaba su obra de las manos: que tanto gremio nuevo colérico, ansioso como toda persona de poco alcance de soluciones inmediatas, daría de espaldas a la Orden prudentísima que quiere explicar bien su derecho antes de demandarlo, y juntar sus cohortes antes de marchar a su conquista. La prudencia siempre fue un pecado a los ojos del fanatismo. El odio mira como un criminal a la cordura. Pero la Orden no ha vacilado en poner su marchamo de reprobación sobre los que avivan en los espíritus atormentados de los obreros ignorantes los juegos del crimen. Condenan las huelgas y los asedios, salvo cuando toda razón sea desoída. Quiere adelantar propagando. Quiere ir conciliando en su marcha, para que al llegar no sea necesario vencer. Quiere ir deponiendo un consorcio amigable entre los trabajadores que producen y los fabricantes que, con las ganancias acumuladas en trabajos anteriores, contribuyen a la nueva producción. Quiere anonadar con su justicia e inspirar fe por su templaza. Quiere fortalecerse, de manera que no sean posible dentro de la Orden desmanes de extraviados ni desobediencias de fanáticos. Quiere hacer ir gradualmente por los caminos de la ley su ejército temible de quinientos mil hombres. Estos no son los del pañuelo rojo: estos van, pecho a pecho, guiados por un maquinista sin armas, con la palabra fuerte de Uriah Stevens en los labios. Tropiezan, caen, se levantan, han vencido muchas veces; ya tienen Estados suyos: Legislaturas enteras convierten en leyes algunos de sus principios; el Congreso adopta otras; el Presidente mismo acaba de recomendar en un mensaje el medio de paz que enseñó a sus amigos el sastre de Filadelfia. Si la Orden vence en su contienda con los elementos coléricos a que resite con aplauso nacional, el siglo acaso acabará en paz en los Estados Unidos; si el gran maestro trabajador Terencio Powderly es vencido, si predominan en los Consejos de la Orden los que no la quieren fuerte para mañana, sino agresiva para hoy, se echarán de un lado con miedo todos los que tienen qué perder y conservar, y se pondrán a hervir con nueva furia en el otro los elementos de una embestida gigantesca, que volcará sobre la tierra espantada llena de sangre la barba de oro, a este siglo sublime en que vivimos, grandes como una cordillera de montañas, desde cuyas cumbres celebran su persona triunfante los hombres victoriosos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-425556830176915890?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/425556830176915890/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=425556830176915890&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/425556830176915890'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/425556830176915890'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/01/correspondencia-particular-para-el.html' title='Correspondencia Particular para &apos;El partido liberal&apos;'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-4980189613788641734</id><published>2010-01-18T19:26:00.007+01:00</published><updated>2010-01-18T19:28:19.618+01:00</updated><title type='text'>El alma cubana</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Crónica publicada en el periódico&lt;/em&gt; Patria&lt;em&gt;, 30 de abril de 1892&lt;/em&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Otros propagarán vicios, o los disimularán: a nosotros nos gusta propagar las virtudes. Por lo que se oye y se ve entra en el corazón la confianza o la desconfianza. Quien lee los diarios dominantes de la Habana, creerá que todo en la ciudad es pobre de alma, y reparto de robos, y ambición de café, y literatura celestina; pero es preciso leer, con los ojos sagaces, el diario que no se publica, el de la virtud que espera, el de la virtud oscura: las almas, como las tierras de invierno, necesitan que la nieve las cubra, con muerte aparente, para brotar después, a las voces del sol, más enérgicas y primaverales. Quien vive entre hurtos y cohechos; quien no topa con codo que no manche o hieda; quien respira aterrado, con el silencio de la locura, o la exaltación del remordimiento, aquel aire de fórnice; quien no puede comer el pan tranquilo si no se presta a ganarlo con deshonor o empeña al amo su acción de hombre libre; quien ve a la gloria misma, la santa gloria de ayer, subiendo humilde y sonriente la escalera ensangrentada de palacio, acaso crea, en la cólera de la virtud, que toda Cuba es de almas alquilonas, que el cubano se viene al fango como los pollos al maíz, que al cubano le acomoda el freno y la espuela, que no hay gusto para el cubano como el de llevar a la espalda un capitán de Cáceres u Ovieda, que de cuando en cuando deja que el animal se le encabrite, para que vea el mundo la sencillez con que vuelve a meter en paso la montura. ¡Pero ésa no es el alma cubana!&lt;br /&gt;¡Quiere saberse cuál es el alma cubana? Hay allá, en un rincón de la Florida que en manos del Norte no pasó de villorrio, y en las de los cubanos se ha hecho una ciudad, una anciana de buena casa, y de lo más puro de las Villas, que perdió con la guerra su gente y su hogar. Un ápice le queda de su holgura de otros días. Su cuarto pulcro revela aún, con sus paredes blancas y su vaso de flores, la vida cómoda del tiempo pasado. Por la mañanita fría, con los primeros artesanos sale a las calles, arrebujada en su mantón, la anciana Carolina*, camino de su taller, y sube la escalinata de su trabajo, y se sienta, hasta que oscurece, a la mesa de su trabajo. Y cuando cobra la semana infeliz, porque poca labor pueden ya hacer manos de setenta años, pone en un sobre unos pesos, para un cubano que esta enfermo en Ceuta, y otros en otro sobre, para el cubano a quien tienen en la cárcel de Cuba sin razón, y en el sobre que le queda pone dos pesos mas, y se los manda al Club Cubanacán, porque le parece cubano muy bueno el presidente de ese club, y porque ese, Cubanacán, es el nombre que llevó ella cuando la guerra. Con ojos de centinela y entrañas de madre vigila la cubana de setenta años por la libertad; adivina a sus enemigos sabe donde están todos los cubanos que sufren, sale a trabajar para ellos, en la mañanita fría, arrebujada en su manta de lana. ¡Esa es el alma de Cuba!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*Carolina Rodríguez.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Tomado de O.C. Vol. 5, pp. 15-16&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-4980189613788641734?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/4980189613788641734/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=4980189613788641734&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/4980189613788641734'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/4980189613788641734'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/01/el-alma-cubana.html' title='El alma cubana'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-5810381515093031654</id><published>2010-01-11T16:56:00.012+01:00</published><updated>2010-01-11T17:18:19.937+01:00</updated><title type='text'>Carta de Nueva York (16) -Año Nuevo</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Escena Norteamericana&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Crónica publicada en &lt;em&gt;La Opinión Nacional&lt;/em&gt;. Caracas, 20 de enero de 1882&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Año nuevo.-Jubileo de cortesía.-Knickerbockers y yanquis.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;-Casas de ricos y casas de pobres.-Vestidos suntuosos.-&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;El año nuevo del Presidente, el del orador y el del asesino&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;Nueva York, Enero 7 de 1882&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Señor Director de La Opinión Nacional:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El año nuevo ha nacido coronado de nieve, ha sacudido su manto real, y ha llenado la tierra de copos blanquísimos. ¡Ay, dicen que la nieve es necesaria en estas tierras invernosas, para amparar del frío las semillas y las raíces de las plantas; mas el ánima azorada suele verla con aquel espanto con que ve la gacela al cazador, y como ella de él, huye el alma de la nieve al bosque: al bosque de sí misma! A bien que harto lloró Boabdil, y no sienta bien el llanto en rostro de hombres. Es día de ir y venir el día primero de año; día de jubileo, en que no se cambian deudas, sino las de cortesía; día de anhelo y estreno en las damas, y de peregrinación en los galantes caballeros. Vacíanse de carruajes los vastos establos; calles de Semana Santa en pueblo católico semejan las calles: parece todo el mundo montado a caballo; hay frente a cada puerta un coche; el galán que entra tropieza con el galán que sale; adivínase el plácido rostro de los hombres que vienen de ver damas. No hay cosa que disponga el ánimo, y que remoce y regocije, como hablar con mujer. ¡Así deben volar los céfiros felices, cargados del perfume de las flores!&lt;br /&gt;No es aquí uso, como en Francia, acompañar de presentes los saludos, que esto se hace en las alegres Christmas; ni es día, como en España, de regalar a carteros y porteras; sino que,-al modo de los viejos holandeses que alzaron en torno a esta bahía, siguiendo la caprichosa senda marcada por el ganado vagabundo, las primeras casas, -es costumbre que cada caballero visite en este día a las damas que conoce, las que se juntan luego al día siguiente, y comparan con ojos brillantes de ansia y celos, como Tenorio y Mejía sus conquistas, el número de galanes que les desearon año bueno. Y así como en los solemnes banquetes de la antigua Filadelfia, celebrados al calor de los amables leños, y a la luz de macilentas bujías, era pecado grave que el señor de la casa no bebiese separadamente, cual lo ordenaba la cultura puritana, a la salud de cada uno de sus huéspedes, así se mira en estos tiempos como culpable negligencia, y ofensivo desdén, que deje un caballero de llamar a la puerta hospitalaria de las damas que aguardan ansiosas a cada visitante, cual justador de la palma apetecida, o cual romano centurión la corona de laurel.&lt;br /&gt;Con gozo igual, reciben las damas las visitas y las hacen los caballeros. Ya en los días anteriores publican los periódicos respuestas a las preguntas curiosísimas que jóvenes inexpertos, o visitadores embarazados, les dirigen. Cuál quiere saber si ha de llevar guantes a la visita de año nuevo, y si sentará bien la casaca en visita de día, a lo que le corresponden que lleve guantes y no lleve casaca; y cuál pregunta qué brazo ha de dar a la dama que le toque en suerte acompañar a la mesa y si ha de doblar o no la servilleta después de haber festineado, a lo que le dice el diario que dé a la dama el brazo izquierdo, para que pueda prepararle con el derecho el asiento que a su derecha ha de ocupar, y le aconseja que no doble la servilleta, sino que la deje caer con descuido elegante al lado del plato del festín. Pide una dama a un diario idea de un vestido propio para recibir a sus amigos el día de año nuevo, y otra ruega a otro diario que le indique si le estará mejor llevar joyas en su tocado, o poner una humilde margarita de plata en el cabello, a lo que opina el diarista con buen juicio, que le estará mejor la margarita humilde.&lt;br /&gt;Entran en estos días previos, en las casas pobres, que alardean de adineradas, paquetes vergonzantes, que son de copas, o de los modestos manjares que aderezan para obsequiar a los que, con el alba del año, hayan de favorecerlas; y los hombres de color y las elegantes suizas que aquí hacen los oficios de la casa en las suntuosas viviendas de los acaudalados, repasan y aprontan para la fiesta, los ricos vasos de plata, y las artísticas bandejas en que han de servirse a los atentos huéspedes, los aromosos vinos que guardaban las bodegas de los dueños. Y ponen en lugar fresco los vinos rojos, porque así son mejores, y quitan de él los vinos graves, porque éstos han de servirse un tanto calientes. Si tropiezan con Chateau Iquem del 70, lo dejan a un lado porque es de días comunes, y buscan el del 69, que es vino de fiesta. Ha de ser de Duff y Gordon el buen Jerez, o de Domecq, porque en el Jerez se paga la bondad y la fama. El de Málaga ha de ser del que usan los sacerdotes españoles para sus misas, porque si catador neoyorquino sabe que no es el Málaga sacramental, no bebe Málaga. El Madera es vino muy gustado en esta tierra. Cuenta la leyenda que John Hancock, que era antes de la guerra de Washington, un gran mercader de la próspera Boston, acostumbraba en los días de gran festejo, llenar la fuente pública de vino de Madera, del que bebía libremente el pueblo agradecido: mas no ha de ser este vinillo isleño más viejo que el de la cosecha de 1813 ni más joven que el del 46. Y ron, si se ha de servir, ha de ser de la Antigua, y de 21 años.&lt;br /&gt;Porque de los fundadores de Nueva York viene a sus actuales habitantes el hábito cortés y pintoresco de revolotear de casa en casa, que parecen ramilletes de flores, como mariposas mensajeras de buenos deseos el día de año nuevo; pero no han heredado los neoyorquinos la sencillez de los fundadores. Juntábanse antes, en estos días, los contertulios y relacionados, que se abstenían de bebidas en la presencia de las damas, y no cataban a sus solas más que vinillo de maíz, cebada y trigo, que hacían muy bien los cosecheros del viejo Kentucky y la histórica Marilandia; pedíase gravemente a la severa matrona que rodeada de sus ruborosas hijas recibía la visita, su venia para acudir el año próximo a desearle un feliz año. Y en la familia se hablaba de los elegantes bailes de Filadelfia, que ponía entonces la moda; de los magistrados y pastores de Boston, que era ya entonces centro de cultura; y de los regocijos del otoño, en que era uso que los vecinos se reuniesen en el cortijo del vecino, y se ayudasen por turno a deshojar la cosecha de maíz, lo que era ocasión de risa y gozo, porque el que hallaba una mazorca picada tenía el derecho de golpear el rostro de los varones de la junta, y el que hallaba una mazorca roja, el de besar en la mejilla a cada una de las niñas solteras que hubiese en el cortijo: y si era la niña la que hallaba la mazorca ¡qué susto! ¡qué deseos! ¡qué suplicar con los ojos el de los galanes! Porque la niña besaba entonces al que le pareciera, en la comunidad, más digno de un beso.&lt;br /&gt;Hoy se hacen las visitas a manera de ráfaga brillante. Detiénese en la puerta el carruaje bullicioso: salta de él en traje de día el visitador: tropieza en el umbral con el artesano corpulento o el empleado agradecido que vinieron a dar fe de su cariño al dueño de la casa: y entra a la sala deslumbrante, en donde ricas damas responden con volubilidad e ingenio al saludo de usanza. Y allá, en el fondo, resplandece la mesa de año nuevo, que es mesa que cuesta a veces a sus dueños, dos millares de pesos. Viste el visitador como de viaje; pero las damas se han acicalado grandemente. Van como sobrevestidas estas damas, y no se nota en ellas aquella artística analogía entre la esbeltez que da al cuerpo un espíritu elegante, y las ropas que ciñen el cuerpo, sino una como superabundancia corporal, que da a las damas aires de esposas de mercader, que pasean a los ojos de los compradores las maravillas de los almacenes de su esposo. Era de verse más la seda del alma que la del traje: y aquí es ésta tanta, que no se ve aquélla. Unas llevan sobre traje de seda carmesí, flores de plata: otra ostenta delantal riquísimo, que venden los parisienses a ciento setenta y cinco pesos vara, y está todo bordado a la mano, al modo japonés, de raras aves y grandes rosas sobre fondo crema; y otra lleva bordado en el delantal un gran relámpago de oro, en forma de rama seca, cuyas escasas hojas están hechas de rubíes, cuentas, ámbar y zafiros. No usan ya por bien del arte y de los ojos, aquellos altísimos tocados con que se robaban las damas de los knickerbockers,-que viene a ser aquí como noble de abolengo, descendiente de fundadores y fue realmente el nombre de éstos,-aquella ingenua e infantil belleza de las cabezas femeniles, que ahora se adornan con sus propias galas, y una que otra florecilla púdica: mas reviven las neoyorquinas los viejos brocados, y opulentas flores de relieve ornamentan de nuevo los vestidos, en los que se tiene a gala imitar los colores de la madera húmeda del bosque, y los oscuros matices del bronce y oro.&lt;br /&gt;Tal suma de gastos, que con trajes semejantes y la lujosa mesa, vienen a ser de verdadera monta, van siendo causa de que muchas familias que gozan fama de acaudaladas, y que no quieren perderla, tomen pretexto de la muerte de algún pariente lejano, o la de su deseo, para colgar a su puerta una elegante cesta, atada con una cinta negra, en la que dejan los visitantes sus tarjetas; o cuelguen simplemente la cestilla, adornada de cintas azules, o saquen al umbral un jarrón rico, puestos allí también a recibir tarjetas, en tanto que comentan en lo interior de la casa lo enojoso de obedecer a costumbres que se van haciendo ya vulgares, o disfrutan de este día de fiesta en el abrigado hogar de alguna aldea vecina. ¡Qué rodar de carruajes! ¡No cesa en todo el día! ¡Qué recibir visitantes! Sorprenden en esta faena a las damas las campanas de la media noche. ¡Qué entristecerse el de las niñas casaderas, si no vienen a verlas caballeros numerosos! ¡Qué regocijo el de la casa de los pobres: cuando la campanilla desusada anuncia un visitante! Así es en Nueva York el año nuevo. Y en Brooklyn, dos mil personas, en interminable procesión, saludaron a un anciano de faz roja y blanca y larga cabellera, al orador Beecher. Y en Washington, no recibió a más gantes el Presidente en la Casa del Estado, que el orador recibió en la suya en Brooklyn. Y en su celda, rebosante de júbilo, y de insana soberbia, de pie, como un monarca, junto a la ruin mesilla de los presos, respondía Guiteau con sonrisas afables y frases graciosas, a trescientas personas que fueron a desearle venturoso año nuevo. ¡0 curiosidad, o monstruosidad! Esas visitas no son obra de piedad, sino sanción de un crimen. Y no eran los visitantes personas conspicuas, mas no eran tampoco personas vulgares. Parecía la celda un trono sombrío. Las madres enviaban a sus hijos a que diesen la mano al asesino. Las señoras cambiaban con él apretones de manos. Más de una hubo que le llevó flores. A trescientas subieron también las felicitaciones de año nuevo que recibió por el correo, con hermosas tarjetas alegóricas, y motes bíblicos. De todas partes de la nación le llegaban cartas de saludo y demandas de su autógrafo; en el tribunal ya le ponen en el cepo, como para atajar las censuras que la excesiva libertad del proceso provoca en la prensa extranjera, y él vocea, se desmanda e injuria, como cuando se sentaba entre su hermana y su abogado. Pero en su celda, ¡ved que le llevan flores, cuando ya se han secado las que descansan en la tumba de aquel varón magnánimo que arrebató a la vida! Debe ser ley en los tribunales el ahorro de la vida humana. Debe ser culto en las familias el horror al crimen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;JOSÉ MARTÍ&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;O. C, Vol. IX, pp. 213-216&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-5810381515093031654?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/5810381515093031654/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=5810381515093031654&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/5810381515093031654'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/5810381515093031654'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2010/01/carta-de-nueva-york-16-ano-nuevo.html' title='Carta de Nueva York (16) -Año Nuevo'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-7359699952589824514</id><published>2009-12-14T16:20:00.034+01:00</published><updated>2009-12-14T16:41:11.024+01:00</updated><title type='text'>Hierro*</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;de sus Versos Libres&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ganado tengo eI pan: hágase el verso,-&lt;br /&gt;Y en su comercio dulce se ejercite&lt;br /&gt;La mano, que cual prófugo perdido&lt;br /&gt;Entre oscuras malezas, o quien lleva&lt;br /&gt;A rastra enorme peso, andaba ha poco&lt;br /&gt;Sumas hilando y revolviendo cifras.&lt;br /&gt;Bardo, ¿consejo quieres? Pues descuelga&lt;br /&gt;De la pálida espalda ensangrentada&lt;br /&gt;El arpa dívea, acalla los sollozos&lt;br /&gt;Que a tu garganta como mar en furia&lt;br /&gt;Se agolparán, y en la madera rica&lt;br /&gt;Taja plumillas de escritorio y echa&lt;br /&gt;Las cuerdas rotas al movible viento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Oh alma! ¡oh alma buena! ¡mal oficio&lt;br /&gt;Tienes! : ¡póstrate, calla, cede, lame&lt;br /&gt;Manos de potentado, ensalza, excusa&lt;br /&gt;Defectos, tenlos-que es mejor manera&lt;br /&gt;De excusarlos-, y mansa y temerosa&lt;br /&gt;Vicios celebra, encumbra vanidades:&lt;br /&gt;Verás entonces, alma, cual se trueca&lt;br /&gt;En plato de oro rico tu desnudo&lt;br /&gt;Plato de pobre!&lt;br /&gt;Pero guarda ¡oh alma!&lt;br /&gt;¡Que usan los hombres hoy oro empañado!&lt;br /&gt;Ni de eso cures, que fabrican de oro&lt;br /&gt;Sus joyas el bribón y el barbilindo:&lt;br /&gt;Las armas no,-¡las almas son de hierro!&lt;br /&gt;Mi mal es rudo; la ciudad lo encona;&lt;br /&gt;Lo alivia el campo inmenso. ¡Otro más vasto&lt;br /&gt;Lo aliviará mejor!--Y las oscuras&lt;br /&gt;Tardes me atraen, cual si mi patria fuera&lt;br /&gt;La dilatada sombra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;em&gt;Era yo niño&lt;br /&gt;Y con filial amor miraba al cielo:&lt;br /&gt;¡Cuán pobre a mi avaricia el descuidado&lt;br /&gt;Cariño del hogar! ¡Cuán tristemente&lt;br /&gt;Bañado el rostro ansioso en llanto largo&lt;br /&gt;Con mis ávidos ojos perseguía&lt;br /&gt;La madre austera, el padre pensativo&lt;br /&gt;Sin que jamás los labios ardorosos&lt;br /&gt;Del corazón voraz la sed saciasen.&lt;/em&gt; (1)&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;¡Oh verso amigo,&lt;br /&gt;Muero de soledad, de amor me muero!&lt;br /&gt;No de amores vulgares; estos amores&lt;br /&gt;Envenenan y ofuscan. No es hermosa&lt;br /&gt;La fruta en la mujer, sino la estrella.&lt;br /&gt;¡La tierra ha de ser luz, y todo vivo&lt;br /&gt;Debe en torno de sí dar lumbre de astro!&lt;br /&gt;¡Oh, estas damas de muestra! ¡Oh, estas copas&lt;br /&gt;De carne! ¡Oh, estas siervas, ante el dueño&lt;br /&gt;Que las enjoya o estremece echadas!&lt;br /&gt;¡Te digo, oh verso, que los dientes duelen&lt;br /&gt;De comer de esta carne!&lt;br /&gt;Es de inefable&lt;br /&gt;Amor del que yo muero, del muy dulce&lt;br /&gt;Menester de llevar, como se lleva&lt;br /&gt;A un niño tierno en las cuidosas manos,&lt;br /&gt;Cuanto de bello y triste ven mis ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del sueño, que las fuerzas no repara&lt;br /&gt;Sino de los dichosos, y a los tristes&lt;br /&gt;El duro humor y la fatiga aumenta,&lt;br /&gt;Salto, al sol, como un ebrio. Con las manos&lt;br /&gt;Mi frente oprimo, y de los turbios ojos&lt;br /&gt;Brota raudal de lágrimas. ¡Y miro&lt;br /&gt;El sol tan bello y mi desierta alcoba,&lt;br /&gt;Y mi virtud inútil, y las fuerzas&lt;br /&gt;Que cual tropal famélico de hirsutas&lt;br /&gt;fieras saltan de mí buscando empleo;&lt;br /&gt;Y el aure hueco palpo, y en el muro&lt;br /&gt;Frío y desnudo el cuerpo vacilante&lt;br /&gt;Apoyo, y en el cráneo estremecido&lt;br /&gt;En agonía flota el pensamiento,&lt;br /&gt;Cual leño de bajel despedazado&lt;br /&gt;Que el mar en furia a la playa ardiente arroja!&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;em&gt;¡Y echo a andar, como un muerto que camina,&lt;br /&gt;Loco de amor, de soledad, de espanto!&lt;br /&gt;¡Amar, agonía! Es tósigo el exceso&lt;br /&gt;De amor! Y la prestada casa oscila&lt;br /&gt;Cual barco en tempestad: ¡en el destierro&lt;br /&gt;Náufrago es todo hombre, y toda casa&lt;br /&gt;Inseguro bajel, al mar rendido!&lt;/em&gt; (2)&lt;/blockquote&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;¡Solo las flores del paterno prado&lt;br /&gt;Tienen olor! ¡Sólo las seibas patrias&lt;br /&gt;Del sol amparan! Como en vaga nube&lt;br /&gt;Por suelo extraño se anda; las miradas&lt;br /&gt;Injurias nos parecen, y ¡el Sol mismo,&lt;br /&gt;Más que en grato calor, enciende en ira!&lt;br /&gt;¡No de voces queridas puebla el eco&lt;br /&gt;Los aires de otras tierras: y no vuelan&lt;br /&gt;Del arbolar espeso entre las ramas&lt;br /&gt;Los pálidos espíritus amados!&lt;br /&gt;De carne viva y profanadas frutas&lt;br /&gt;Viven los hombres, ¡ay! ¡mas el proscripto&lt;br /&gt;De sus entrañas propias se alimenta!&lt;br /&gt;¡Tiranos: desterrad a los que alcanzan&lt;br /&gt;El honor de vuestro odio: ya son muertos!&lt;br /&gt;¡Valiera más ¡oh bárbaros! que al punto&lt;br /&gt;De arrebatarlos al hogar, hundiera&lt;br /&gt;En lo más hondo de su pecho honrado&lt;br /&gt;Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura!&lt;br /&gt;Grato es morir, horrible vivir muerto.&lt;br /&gt;¡Mas no! ¡mas no! La dicha es una prenda&lt;br /&gt;De compasión de la fortuna al triste&lt;br /&gt;Que no sabe domarla. A sus mejores&lt;br /&gt;Hijos desgracias da Naturaleza:&lt;br /&gt;Fecunda el hierro al llano, ¡el golpe al hierro!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Nuera York, 4 de agosto (1878)&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;&lt;strong&gt;Notas:&lt;/strong&gt; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;* Antes Martí había titulado esta composición "Hora de vuelo".&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;(1) y (2): Los versos que hemos copiado en recuadros aparecen tachados en el manuscrito original de esta composición.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Tomado de Obras Completas, V. 16, pp. 141-144&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-7359699952589824514?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/7359699952589824514/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=7359699952589824514&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/7359699952589824514'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/7359699952589824514'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/12/hierro.html' title='Hierro*'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-9191793345328460490</id><published>2009-12-07T18:47:00.003+01:00</published><updated>2009-12-07T18:51:43.183+01:00</updated><title type='text'>Martí, camino de su muerte</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;por María Zambrano&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Suelen dividirse los hombres que han dejado memoria de sí en aquellos que hacen y aquellos que cantan o piensan sobre lo que otros hicieron o simplemente sobre lo que pasa en su torno: poetas y aún filósofos -si por filósofo se entiende el que se siente obligado a dar cuenta del Mundo que encuentra, a la luz de una idea que lo juzga o ilumina. -Y no es frecuente que ambas cosas, la acción y comentario, el hacer y la expresión se reúnan en un hombre solo. El hombre de acción, se ha dicho, piensa después de haber actuado, y rara vez lo cuenta y, menos aún, echa sobre sí la penosa tarea de descifrarlo. El hombre de acción suele destacarse por su mutismo.&lt;br /&gt;Diríase que el hombre de acción y el poeta viven tiempos distintos y que mantienen una distinta relación con lo más decisivo de la vida, con la muerte. Al hombre de acción la muerte parece llegarle de improviso, le sobreviene como a un cazador cazado. A todo el que no medita o poetice, la muerte le llega de sorpresa. Mientras que al poeta y al meditador aunque no le hayan dedicado sus pensamientos, la muerte les llega desde adentro, de un modo íntimo, como la madurez natural de un fruto logrado, pues no se trata de un proceso de la conciencia, sino de la intimidad; y del modo en que se vive el instante, vaciándolo de su sentido recóndito, descubriendo su relación con el remoto instante ya ido, anticipando el porvenir. Poetizar es recordar; meditar más bien anticipar o anticiparse, viviendo de antemano, proyectando. Y es este doble movimiento de la intimidad el que parece crear ese modo de ir hacia la muerte, haciéndose amigo de ella, como la finalidad de la vida y no en brusco término.&lt;br /&gt;No parece haber huella de presentimiento, ni la más leve preocupación ante la muerte en esas últimas páginas que Martí escribiera en el “Diario de Cabo Haitiano a Entreríos” (sic). Quizá él no imaginaba que iba hacia su fin, o quizás no quiso transcribirlo, mas la existencia misma del Diario, su tono y una específica calidad como de misterioso temblor del alma ante las cosas que parecen herirle, hace que sea un testimonio de los más preciosos y raros que un hombre pueda dejar, más que un testamento, cosa del pensar; un itinerario de su morir, cosa del ser.&lt;br /&gt;Es la cercanía de la muerte gran reveladora; no hay además de ella sino esa angustia de la culpa para hacer que el fondo secreto de la persona salga a la luz, se manifieste, en esa acción que es la Confesión, la simple confesión literaria. Mas los autores de “Confesiones” lo han hecho desde una conciencia ganada por la angustia, empujados por el anhelo de darse a comprender. Cuando no se siente esta angustia de la falta, y la muerte se deja sentir desde adentro, es porque algo ha sucedido; algo que devuelve el estado de inocencia -esa inocencia que suponemos en el niño-, un candor que es desnudez del alma que se deja herir por toda cosa, que vibra despidiéndose sin saberlo; y una paz profunda en ese adiós.&lt;br /&gt;Es lo que el “Diario de Cabo Haitiano” de José Martí trasmite a quien lo lee; va desnudo y sin secreto, sin sombra de máscara casi, como si hubiera muerto ya... y estaba vivo; viva, sin defensa alguna, toda su sensibilidad que recoge la imagen de cada árbol, de cada mata, de cada gesto y figura viviente: la jutía degollada para el condumio, la taza de café con que les acogen los amigos y seguidores. Y aquellos forajidos fusilado el uno, salvados por él los otros dos -“aconsejé y obtuve el perdón”. Percibe la diferente forma que el terror toma en cada uno de ellos. Nada se le escapa, ni el color de unas flores ni las nubes que pasan por el cielo, ni el vestido de una niña, ni la actitud remisa de algunos hombres esclavos del salario. Quizás él no supiera claramente dónde iba o no quisiera -por pudor ante el misterio último saberlo- pero sí sabía de dónde venía aunque apenas lo deje entrever. Pues ¿qué le ha pasado a un hombre que se deja herir con tanta paz y que alcanza tiempo para escribir esas miles de heridas que todas las cosas le infieren? Diríase que ha ido más allá de la esperanza, que la ha dejado atrás.&lt;br /&gt;¿De la esperanza? No dudaba del triunfo de la causa a que se había entregado; la sabía cierta, inevitablemente cierto, más allá de los combates que faltaban por dar, cierto en virtud de la necesidad histórica, la sabía cierta quizás porque había cumplido... ¿Qué le había pasado, pues?&lt;br /&gt;Hay algo que cuando se cumple deja al protagonista como en la orla de la vida; el sacrificio. Difícil palabra, imposible casi de usar, por el abuso que de ella hizo el romanticismo y por algo más grave aún: porque el sacrificio es la acción que vence a la ambigüedad en que se debate siempre la vida de todo hombre y más aún la del hombre de acción. De sacrificio suele revestirse toda ambición desmedida. Y hay cosas que solo de otro pueden decirse que cuando se dicen de sí mismo: sacrificio, humildad, suenan a falso. ¿Se entiende acaso que alguien diga: “yo que soy tan humilde”? Deja de serlo en ese mismo instante; así el que sabe que se sacrifica de modo conciente, torna ambigua, dudosa esta acción que necesita, para ser cumplida, ser inocente.&lt;br /&gt;Ser realizada en la inocencia, no quiere decir no ser sentida. Pero el sentimiento es tan íntimo y total que no deja lugar a la elocución. No puede ser declarado; se siente, pero no se sabe.&lt;br /&gt;Iba hacia su muerte, la suya; pues sólo alcanza una muerte propia, aquel que ha cumplido hasta el fin. Quien ha realizado su hazaña pasando por todos los momentos esenciales que hacen humana la vida del hombre: angustia, amargura vencida a fuerza de generosidad; soledad, esa soledad en que el ser se siente a sí mismo temblando y como perdido en la inmensidad del universo y también la compañía de todas las cosas, las más altas y lejanas y las más humildes y próximas. Quien ha realizado el doble viaje: el descenso a los infiernos de la angustia y el vuelo de la certidumbre. Martí había recorrido la órbita de un hombre que asume total, íntegramente su vida: por eso teme su muerte propia, íntima, que le esperaba como el signo supremo de su ser.&lt;br /&gt;Se había vencido a sí mismo -que tal cosa es sacrificarse-. Nacido poeta tuvo que ser hombre de acción. Y toda acción es de por sí violenta. Todos los dones que había recibido -dones y castigos al par que hacen de un hombre poeta- habían de tirar de su ser para llevarle a una aventura íntima, a una de esas aventuras que se llevan a cabo apartándose del mundo y de todo lo que es lucha. No quiso. Y se le siente y se le ve resistiéndose de su condición terrestre, imponiéndose el deber de ser hombre; cumpliendo como en sacrificio ritual de la virilidad, el entrar en la violencia. Al hacerlo así, apuró su destino de hombre; pues no tenía vocación guerrera y fue a la guerra -laberinto de violencias- por destino. Pertenecía a esa clase de seres a quienes la simple violencia que es todo vivir, el de todos los días, le es un cilicio y hasta una cruz. Su destino no le estuvo dictado por su temperamento, no por un deseo de evasión; se hizo a sí mismo en contra de sí, de sus gustos. Por amor a la libertad vivió en una absoluta obediencia. Y eso es el modo más alto y noble de ser hombre.&lt;br /&gt;La Historia nos presenta a lo largo de las épocas personajes de una rara calidad que los separa de todos los de su rango. En el Imperio romano es Marco Aurelio, quien deja sentir su tormento de ser emperador, de tener que mandar, que ser inexorable, el que hablaba a solas consigo mismo, en largos insomnios de la conciencia en vela. Y en Hamlet en el mundo de la ficción -tan real- que habiendo nacido para soñar y meditar tuvo que hacer por su mano la justicia. Son los “débiles” que por una paradoja de la condición humana han de ser los más fuertes, y lo logran.&lt;br /&gt;Y aún en la vida que no quedará escrita en la historia, en la vida anónima, la paradoja viene a ser la misma, son los llamados débiles quienes alcanzan la suprema fortaleza. Pues en esto no hay diferencia esencial alguna: es la moral única que podría enunciarse en una forma valedera para cualquier condición humana: Toma tu cruz, vale decir, asume tu destino, por mucho que contraríe a tu deseo, a tu placer, y aún a los dones que recibiste por la naturaleza. Lo cual lleva, cuando se hace, a tener que inventarse a sí mismo, a tener que crearse a sí mismo, rehaciéndose en cada instante, viviendo con la ciencia desvelada todos los menudos incidentes sobre los que los demás resbalan. Así José Martí a lo largo de su vida; escribir su biografía sería escribir la biografía de un puro sacrificio.&lt;br /&gt;Y sólo así se explica esa inocencia poética que le acompaña en todos los momentos de su acción y que se hace nítida en el extremo de la pureza que es la simplicidad, cuando va camino de su muerte. Había llegado a esa etapa final de la perfección moral que es el desasimiento: ¿qué podía temer si nada tenía que ambicionar? Se había ido reduciendo a sí mismo hasta quedarse en el esqueleto y menos y más aún, en ese fondo último de la persona, en algo intangible. Él mismo lo dice en esas páginas como suelen decirse las íntimas verdades refiriéndolas a otro: “El que no quiere gente a caballo, ni lo monta él, ni tiene a bien los capones de goma, sino la lluvia pura sufrida en silencio.”&lt;br /&gt;“La lluvia pura sufrida en silencio”... es el mismo Martí quien la sufre y la ha elegido como el elemento de su ser. La intemperie. El trabajo incesante de los hombres ha sido desde siempre el hacerse una casa y una casa es también la Cultura, las Leyes, la Historia... y hasta el Arte. Pero ha habido hombres que han querido vivir a la intemperie, para sentir hasta calarles los huesos esa lluvia incesante que siempre cae, sin protección, sin albergue. La lluvia pura del destino aceptado como algo celeste. Soportar la inclemencia que viene del cielo, de lo que está sobre nuestras cabezas... Es la forma de ser habitante del Planeta, de vivir un destino humano sobre la Tierra. Y esto para dejar una Casa hecha para los otros, para todos.&lt;br /&gt;Por eso Martí no podía dejar de ser universal, de sentir universalmente el trozo de historia que le tocó vivir. Pues que su acción brotó del amor y fue mantenida por la conciencia en vela. Dejó esta acta de nacimiento a la Nación Cubana: haber nacido, no de una ambición partidaria y particularista, -de un afán de escisión-, sino de un anhelo de integrarse en la Historia Universal. Por ello, la idea de Libertad fue el eje y el último argumento de su obra, pues la Historia Universal es en el fondo la Historia de la Libertad.&lt;br /&gt;Y la universalidad no excluye, sino que exige para conjugarse con ella la intimidad más entrañable. En un repliegue del campo cubano le esperaba la muerte, la suya, esa que sólo alcanzan los limpios y humildes de corazón. Y él describe este lugar donde cayera: “...El verde estribo de copudo verdor, donde con un ancho recodo al frente se encuentran los dos ríos: el Contramaestre le entra allí al Cauto... allí hay arboleda oscura y una gran ceiba.”&lt;br /&gt;Y junto a la ceiba, ese árbol que pudiera ser la más pura expresión de la tierra y del cielo de Cuba que parece tocar con su copa, habría de caer para levantarse en una doble existencia: allí donde ya no hay más lluvia que sufrir y aquí, como un desvelado guardián de su pueblo, pura voz para ser oída en el silencio.&lt;br /&gt;A su muerte podrían aplicársele aquellos versos del poeta Antonio Machado -alguien que tuvo su muerte propia por el sacrificio- “Y cuando llegue el día del último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar / me encontrarás a bordo, ligero de equipaje / casi desnudo, como los hijos de la mar”.&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Revista Bohemia&lt;/em&gt;, La Habana, febrero, 1953.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Tomado de &lt;em&gt;La Cuba secreta y otros ensayos&lt;/em&gt;, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;introducción de Jorge Luis Arcos, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Madrid, Ediciones Endymión, 1996. (Anuario CEM, no. 27).&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-9191793345328460490?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/9191793345328460490/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=9191793345328460490&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/9191793345328460490'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/9191793345328460490'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/12/marti-camino-de-su-muerte.html' title='Martí, camino de su muerte'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-8979205971970873487</id><published>2009-11-30T23:15:00.000+01:00</published><updated>2009-12-01T22:26:19.386+01:00</updated><title type='text'>El diablo cojuelo.</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Nunca supe yo lo que era público, ni lo que era escribir para él, mas a fe de diablo honrado, aseguro que ahora como antes, nunca tuve tampoco miedo de hacerlo. Poco me importa que un tonto murmure, que un necio zahiera, que un estúpido me idolatre y un sensato me deteste. Figúrese usted, público amigo, que nadie sabe quien soy: ¡qué me puede importar que digan o que no digan?&lt;br /&gt;Diránme que en nada me ajusto a la costumbre de campear por mis respetos, -que nada más significa esta comezón de publicar hojas anónimas con redactores conocidos;-diránme que soy un mal caballero: amenazaránme con romperme los brazos, ya que no tengo piernas, mas, a fe de osado y mordaz escribidor, prometo y prometo con calma que a su tiempo se verá que este Diablo, no es un diablo, y que este Cojo no es cojo.&lt;br /&gt;Esta dichosa libertad de imprenta, que por lo esperada y negada y ahora concedida, llueve sobre mojado, permite que hable usted por los codos de cuanto se le antoje, menos de lo que pica; pero también permite que vaya usted al Juzgado o a la Fiscalía, y de la Fiscalía o el Juzgado lo zambullan a usted en el Morro, por lo que dijo o quiso decir.&lt;br /&gt;Y a Dios gracias, que en estos tiempos dulces hay distancia y no poca de su casa al Morro. En los tiempos de don Paco era otra cosa. ¿Venía usted del interior, y traía usted una escarapela? -¡al calabozo! ¡Habló usted y dijo que los insurrectos ganaban o no ganaban? -¡al calabozo!--¿Antojábasele a usted ir a ver a una prima que tenía en Bayamo? -¡al calabozo!- ¿Contaba usted tal o cual comentario, cierto episodio de la revolución? -¡al calabozo!- Y tanta gente había ya en los calabozos, que a seguir así un mes más, hubiera sido la Habana de entonces el Morro de hoy, y la Habana de hoy el Morro de entonces. Puede por esto colegirse lo que por acá queremos a aquel buen señor de quien dirán las historias que se despedía a la francesa.&lt;br /&gt;Pero no hay sólo libertad de imprenta: hay también libertad de reunión. Quiere un zángano ganarse prosélitos, y héteme aquí que junta al honrado fidalgo, dueño de quinientos negros; al famoso &lt;em&gt;jockey&lt;/em&gt;, dueño de otros cuantos; al mayordomo de cierta señorona, y a un maestro que tiene un cerebro más pastelero que la mismísima pastelería. Dícese allí que es una iniquidad la abolición, en lo cual yo no me meto; y que la insurrección es la ruina del país, en lo cual por ahora tampoco tomo cartas; y dícense otras muchas cosas que tal parecen salidas del cerebro de enfermo. Y en éstas y otras se concluye la importante sesión, satisfechos los parlanchines de haber dicho muy grandes cosas.&lt;br /&gt;Otros de esos que llaman sensatos patricios, y que sólo tienen de sensato lo que tienen de fría el alma, reúnen en sus casas a ciertos personajes de aquellos que han fijado un ojo en Yara y otro en Madrid, según la feliz expresión de un poeta feliz, y que con sólo este título pretenden imponer sus leyes a quien tiene muy pocas ganas de sufrir tan ridícula imposición. A ser yo orador, o concurrente a Juntas, que no otra cosa significa entre nosotros la tal palabra, no sentaría por base de mi política eso que los franceses llamarían afrentosa &lt;em&gt;hésitation&lt;/em&gt;. 0 Yara o Madrid.&lt;br /&gt;Mas, volviendo a la cuestión de libertad de imprenta, debo recordar que no es tan amplia que permita decir cuanto se quiere, ni publicar cuanto se oye. Un ejemplo al canto. Si viniese a Cuba un Capitán general, que burlándose del país, de la nación y de la vergüenza, les robara miserablemente dos millones de pesos; y corriesen rumores de que este general se llamaba Paco o Pancho, Linsunde o Lersinde, a buen seguro que mucho habría de medirse usted, lector amigo, antes de publicar noticia que tanto ofende la nunca manchada reputación del respetable cuanto idóneo representante del Gobierno Borbónico en esta Antilla. Y esto lo digo para que a mí como a los demás nos sirva de norma en nuestros actos periodiquiles.&lt;br /&gt;Conque al periódico, público amigo ¡al periódico, buen diablo! ¡al periódico, lector discreto! ¡ y lluevan pesetas como llueven diabluras!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Amigo, ¡una buena noticia!&lt;br /&gt;-Y ¿qué es ello?&lt;br /&gt;-Se dice que las tropas españolas han tomado el puertecito de Bayamo, distante cuatro leguas de Cuba.&lt;br /&gt;-Buen provecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Amigo, ¡otra noticia!&lt;br /&gt;-Diga usted.&lt;br /&gt;-Se dice que durante tres días habrá luminarias en celebración de la toma de Bayamo.&lt;br /&gt;-Según eso, ¡el tal puertecillo debe ser cosa importante?&lt;br /&gt;-Importante, muy importante. Figúrese usted que tiene cerca de él nada menos que los dos caseríos del Dátil y del Horno. . . de los cuales no sé más que el nombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Señor Castañón?&lt;br /&gt;-¿Qué hay?&lt;br /&gt;-Aquí lo busca a usted la señorita Cuba, que viene a reclamar su &lt;em&gt;voz&lt;/em&gt;, que según dice, ha tomado usted sin su licencia.&lt;br /&gt;-¡Ay, cierra, cierra, amigo! Di que me he mudado de casa; que me he ido al infierno, que. . . que qué sé yo... en fin... mira. . . como te atosigue mucho, le dices, de mí parte, que pienso mudar de voz, ¿eh? Pero pronto, ¡pronto!&lt;br /&gt;No sabemos a estas horas si la señorita Cuba entró o no entró, a tiempo avisaremos este fausto acontecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El señor Zayas ha publicado un folleto que en la primera página decía: Cuba -&lt;em&gt;Su porvenir.- Por J. M. Zayas.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Pero se susurra que un iluso respondió al folleto con estas solas palabras: Cuba -&lt;em&gt;Su porvenir, independencia.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Sí yo fuera político discutiría el folleto y la respuesta; pero como no soy más que un pobre diablo, me contento con decir al señor Zayas:&lt;br /&gt;-¿Quién le ha preguntado a usted su opinión, ni para qué cree usted que la necesitaba Cuba?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una de las grandes máximas que el mundo admira es ésta:&lt;br /&gt;Odia al delito, compadece al delincuente.&lt;br /&gt;¿Por qué entonces tanto ensañamiento contra ese Pascual Riesgo que no ha de tocar en nuestros destinos ni pito ni flauta? ¿Es acaso algún importante personaje? Si en 1851 era un infame realista, y hoy es un estúpido liberal, ¡dejarlo! ¿Qué nos importa Pascual Riesgo? Si en privadas circunstancias a éstas, pidió en la Prensa la cabeza de un hombre libre, y hoy declama contra la pena de muerte, idejarlo! ¿Qué nos importa Pascual Riesgo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Señor Pablito, el de las aulas?&lt;br /&gt;-¿Qué quiere usted?&lt;br /&gt;-De parte del apóstol que no vuelva usted a alterar la fecha de los cuadros, ni cometa usted más desmanes, &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;que las lenguas andan sueltas&lt;br /&gt;y las cosas muy revueltas. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué hizo el general Lersundi en la Isla de Cuba?&lt;br /&gt;-Embarazar.&lt;br /&gt;-¿Y Gutiérrez de la Vega?&lt;br /&gt;-Hacer cortesías.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué nombre tendrá la política de Dulce?&lt;br /&gt;-Dulcificadora.&lt;br /&gt;-¿&lt;em&gt;Dulcificará&lt;/em&gt;?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué me dice usted del Diario de la Marina?&lt;br /&gt;-Que ayer se picó, pero sigue siempre jugando la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y qué cree usted de &lt;em&gt;La Verdad&lt;/em&gt;?&lt;br /&gt;-Que es la pura verdad.&lt;br /&gt;-¿Y usted se atreve a decirlo?&lt;br /&gt;-Claro. &lt;em&gt;Verum est id quod est&lt;/em&gt;, dijo San Agustín.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El &lt;em&gt;Diario de la Marina&lt;/em&gt; tiene desgracia.&lt;br /&gt;Lo que él aconseja por bueno, es justamente lo que todos tenemos por más malo. ‘Y esto lo prueba “El Fosforito”.&lt;br /&gt;Lo que él vitupera por malo, es justamente lo que tenemos por bueno.&lt;br /&gt;Y esto lo pruebo yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quería censor: no hay censor.&lt;br /&gt;Dijo que la libertad de imprenta traía muchos males.&lt;br /&gt;Para él sí; para los demás no; porque gana el que escribe, puesto que puede escribir; gana el que imprime, puesto que no hay censura que le arrebate el trabajo, y gana el que lee, porque se nutre de las cosas buenas, y aprende a despreciar las malas. ¡Pobre Diablo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Y qué hay de la Prensa?&lt;br /&gt;-Que por ilegible se ha hecho invulnerable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Tú por aquí, Basilio?&lt;br /&gt;- ¡Amado Cojuelo!&lt;br /&gt;-¿Y qué me dices de nuevo, hombre?&lt;br /&gt;-Que ya soy Bachiller, amigo. ¡Bachiller! ¿Comprendes tú lo que es ser Bachiller?&lt;br /&gt;-¿Bachiller en artes? Sí, hombre. ¡Burro en todas partes! Pero, mira; a Dios gracias ya se acabó la especie asnal. Ahora cada quisque lo sudará, ¿entiendes ? El, el quisque, el Bachiller lo sudará, y no lo sudarán los negros del ingenio, ni el papá zángano, ni la mamá cariñosa, que aflojaban las onzas. Ya no habrá aquello, Basilio, ya no habrá aquello, ni habrá un Pablito amable y ablandable que se deje querer y dulcificar con los atractivos de lo amarillo; ni un Bachiller, que no es sólo bachiller, que demasiado indulgente unas veces, y muy ocupado otras, dejó el timón de un buque nuevo, en manos de un atrapador; ni un Griego poco griego que saque de apuros al hijo mimado de un muy su amigo; ni un Matemático que sabe de Matemáticas lo que yo entiendo de encubiertos y pasteles. No habrá nada de esto, amigo Basilio. ¿Es usted un genio? Pues bien, entra usted estudiante en la Universidad Cubana, y no Real, y sale usted Doctor. ¿Es usted un bestia? Entra usted estudiante aprobable y orondo, y sale usted desaprobado y cariacontecido. Y en verdad, en verdad, Basilio amigo, ¿no te place como a mí me place y como a todos nos place, ese nuevo sistema, que así le abrirá las puertas al que lo merezca, como dará con ellas en las narices al que sin mérito alguno viniere a pretenderlo?&lt;br /&gt;-Sí que me place, amigo Diablo, y sólo falta que este pan de azúcar que aquí nos ha traído la Providencia, abra al fin su seno y estampe en los periódicos con asombro de estúpidos y aplausos de sensatos esa tan esperada y suspirada ley de libertad de enseñanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nos dice un amigo que le desea a Lersundi estos chascos:&lt;br /&gt;Ir a cantarle al mar, y ser bañado por una ola.&lt;br /&gt;Convidar a unas señoritas a refresco, y tras tener fama de pobre, habérsele olvidado el portamonedas.&lt;br /&gt;Y como más desagradable que todos los chascos, oír gritar por las calles de España: ¡Viva la República Federal!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pregunta “El Cucharón del Diablo”:&lt;br /&gt;-¿No hay quién defienda la autonomia? ¿No hay quién hable?&lt;br /&gt;-Espere usted, señor Cucharón, espere usted. Entre nosotros nunca hubo ni libertad, ni unión. Casi tenemos la una. Poco a poco logramos la otra. Aquí sucede con esto una cosa muy particular; hay tres de un mismo partido; uno está enfermo y no puede escribir; el otro puede escribir; pero el otro no tiene dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor Estudiante Republicano: libertad de imprenta no quiere decir indecencia impresa. Vaya por lo del rabo de González Bravo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué es menester para que la isla de Cuba sea menos amarga?&lt;br /&gt;-Que esté Dulce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Qué tiene de demás “El Cucharón”?&lt;br /&gt;-Que mete el diablo en todas sus cosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor Gorro: nunca fue de almas nobles desear la muerte de una persona, aunque esta persona sea un Borbón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y ¿qué te falta ahora, pobre Diablo?&lt;br /&gt;Fáltanme pesetas para poder hacer diabluras. ¿Qué me valiera gritar con el bolsillo vacío Viva la República Federal? ¿Ni qué tampoco dar vivas al Capitán General Libertador, Encargado del Gobierno Provisional?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;_______________________________&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nota:&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El Diablo Cojuelo&lt;/em&gt; se imprimió en La Habana, en la Imprenta y Librería &lt;em&gt;El Iris&lt;/em&gt;, Obispo 20 y 22, el 19 de enero de 1869; es decir, en la época de libertad de prensa, establecida por decreto de 9 de enero de 1869 por el capitán general español Domingo Dulce y Garay, quien había sustituido, días antes, a Francisco Lersundi.&lt;br /&gt;Según Fermín Valdés Domínguez que publicó el citado periódico, de El Diablo Cojuelo se tiró un solo número, cuyo fondo y algún suelto eran de Martí; “&lt;em&gt;lo otro es del doctor Joaquín Núñez de Castro, Antonio Carrillo y O’Farrill y mío”.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Tomado de O. C. Vol. I, pp.31-36&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-8979205971970873487?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/8979205971970873487/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=8979205971970873487&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/8979205971970873487'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/8979205971970873487'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/11/el-diablo-cojuelo.html' title='El diablo cojuelo.'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-2581082082273398542</id><published>2009-11-23T12:52:00.004+01:00</published><updated>2009-11-23T13:00:20.264+01:00</updated><title type='text'>Una hora de silencio por Martí.</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;por Luís Amado Blanco&lt;/span&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;He tenido que cerrar las puertas, que clausurar las ventanas, que tirar a la calle los periódicos y las revistas, que desconectar la radio y la televi&amp;shy;sión, que descolgar el teléfono para quedarme solo, solo y en silencio con Él, con su bella prosa pura. No se puede dialogar con José Martí en medio de una plaza pública cuando sus hermosas palabras se mezclan con las palabras de los mercaderes vecinos. No se puede oír su voz con eco de eternidad cuando los charlatanes vociferan levantando la nube gris de las intenciones al tanto por ciento. No se puede sentir su corazón traspasado de tanta congoja en la sala de la más terrible disección que pudo soñar un loco profesor de Anatomía. Lo quieren muerto, muerto y mudo, y yo lo quiero vivo, junto a mí, sin que nadie pueda meter entre los dos el frío puñal de la irreverencia. Que si esto, que si lo otro. Que si por un ferroca&amp;shy;rril que se inaugura, o por un Liceo que se abre, o por alguien que se va de viaje, o alguno que ha escrito cuatro bagatelas, o por la niña que recita demasiado pronto sus Versos Sencillos. Por todo. Las bocas de unos y otros, pegadas al silencio de su oído para preguntarle por qué escribió aquello y por qué dijo lo otro y por qué aquella noche tuvo un arrebato de amor y trató de comerse la luna. Todo el mundo queriendo vaciar sus bol&amp;shy;sillos llenos de estrellas, todo el mundo saboreando su vino porque al fin el vino de Cuba calienta los cachetes de muchos traficantes de la cosa pública. Y por pedirle prestado al ingenio que no tienen, y por querer colgarle la intención que ellos quisieran demostrar para lucir luego la me&amp;shy;dalla de un hallazgo histórico. Y también los que lo han tocado con buena voluntad y buena inteligencia, y después; con la poca voz del mucho respe&amp;shy;to, nos dicen su pequeña verdad sobre un hombre tan alto. Todos hasta yo mismo, que el que esté libre de pecado tire la primera piedra. Una avalan&amp;shy;cha de interpretaciones de comentarios, hasta de rumores. Un griterío de alabanzas invadiendo hasta el eco, para que todos nos quedemos sordos y ciegos de aquella figura excelsa, que llena el horizonte de Cuba.&lt;br /&gt;Hace algún tiempo, primero desde la tribuna del Penn Club y luego des&amp;shy;de las páginas de la revista Bohemia, expliqué cómo había conocido literariamente a Martí por mano de Pepín el mulato, un ilustre zapatero remendón de muchas luces y callada sapiencia que vivía allá en mi villa astur rumiando los clavos de las suelas y la añoranza azul de su Cuba querida. Tenía yo diecinueve años y aún me quema la emoción de las primeras lecturas en los periódicos y revistas originales donde aparecían trabajos del Apóstol. Ya de noche, cuando todo se quedaba en silencio y únicamente me acompañaba el ronco bregar del Cantábrico y el suave repi&amp;shy;queteo de la lluvia. Él y yo mano a mano, sin ruidos ni alborotos, de corazón a corazón que es cuando se entienden las cosas y llegan muy aden&amp;shy;tro. Después, siempre igual buscando la soledad para oír mejor y para que sus espadas se clavaran bien hondo en mi carne de muchacho famélico de justicia para el bello mundo de mis esperanzas. Así lo he amado hasta la angustia y así anhelo que lo amen mis hijos, acercándoselo hasta la entraña en horas de recogimiento. Así. Y por eso, tal vez por eso me da miedo este clamor de gloria, esta nube de incienso que justamente levantamos por Él y para Él en el Centenario de su nacimiento.&lt;br /&gt;En el río que corre rumoroso hacia la muerte del mar, podemos ver una y otra vez, el espejo tierno del paisaje que nos rodea, y vernos a nosotros mismos metidos en la claridad del agua que camina hacia su destino. Ja&amp;shy;más de este modo, en los torrentes, espuma y más espuma, fragor, sin nada más que el lujo de las ondas. Y queramos o no queramos hemos agitado tanto y tanto el curso de las aguas, que ya no podemos vernos sino ver, contemplar sin enseñanza mutua ni lección eterna. Comprendo que no hay otra manera de celebrar el júbilo de la presencia de Martí por este mundo nuestro y suyo, tan querido y luchado por sus constantes agonías de hom&amp;shy;bre sin sombra, pero así y todo bueno será que nos detengamos un momen&amp;shy;to, que demos reposo a la garganta, que dejemos en paz su perfil de mármol para la íntima paz de su tarea. Lo estamos alejando de nuestro lado por mucho querer tenerlo cerca y hablar de Él a todas horas. Estamos asustan&amp;shy;do a los niños y a los adolescentes con ese complicado retrato de su rostro en la apetencia de todas las metas, de vuelta de todos los senderos. La grandeza última de Martí, está en no haber dicho más que lo justo, en no haber escrito ni una palabra de más ni tampoco de menos, en no haber hecho sino lo que debía en el minuto preciso. Y esto no se puede decir a voces sino con voz de alma, de ti para mí, de Él para todos los que soñamos diariamente con la verdad de su grandeza.&lt;br /&gt;Una hora de silencio por José Martí, está reclamando la luz de su nom&amp;shy;bre. Una hora de silencio para que nos entregue su lampo y su misterio, para oírlo palpitar de nuevo a nuestro lado con la naturalidad de los elegi&amp;shy;dos. Una hora para estrecharlo sobre nuestro pecho y decirle con sinceri&amp;shy;dad, y hasta con lágrimas hacia qué Norte apunta nuestra brújula.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;9 de mayo de 1953&lt;br /&gt;El autor obtuvo el Primer Premio Juan Gualberto Gómez (1953) por este artículo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;br /&gt;Publicado en &lt;em&gt;Juzgar a primera vista&lt;/em&gt;, (compilación de artículos de Luís Amado Blanco)&lt;br /&gt;Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana, La Habana, 2003.&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-2581082082273398542?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/2581082082273398542/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=2581082082273398542&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/2581082082273398542'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/2581082082273398542'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/11/luis-amado-blanco-una-hora-de-silencio.html' title='Una hora de silencio por Martí.'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-3368340296287191946</id><published>2009-11-16T10:00:00.001+01:00</published><updated>2009-11-16T10:00:02.804+01:00</updated><title type='text'>Amor de ciudad grande.</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Versos Libres&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;De gorja son y rapidez los tiempos.&lt;br /&gt;Corre cual luz la voz; en alta aguja,&lt;br /&gt;Cual nave despeñada en sirte horrenda,&lt;br /&gt;Húndese el rayo, y en ligera barca&lt;br /&gt;El hombre, como alado, el aire hiende.&lt;br /&gt;iAsí el amor, sin pompa ni misterio&lt;br /&gt;Muere, apenas nacido, de saciado!&lt;br /&gt;iJaula es la villa de palomas muertas&lt;br /&gt;Y ávidos cazadores! Si los pechos&lt;br /&gt;Se rompen de los hombres, y las carnes&lt;br /&gt;Botas por tierra ruedan, ¡no han de verse&lt;br /&gt;Dentro más que frutillas estrujadas!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se ama de pie, en las calles, entre el polvo&lt;br /&gt;De los salones y las plazas; muere&lt;br /&gt;La flor el día en que nace. Aquella virgen&lt;br /&gt;Trémula que antes a la muerte daba&lt;br /&gt;La mano pura que a ignorado mozo;&lt;br /&gt;El goce de temer; aquel salirse&lt;br /&gt;Del pecho el corazón; el inefable&lt;br /&gt;Placer de merecer; el grato susto&lt;br /&gt;De caminar de prisa en derechura&lt;br /&gt;Del hogar de la amada, y a sus puertas&lt;br /&gt;Como un niño feliz romper en llanto;&lt;br /&gt;Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,&lt;br /&gt;Irse tiñendo de color las rosas,&lt;br /&gt;iEa, que son patrañas! Pues ¿quién tiene&lt;br /&gt;Tiempo de ser hidalgo? iBien que sienta,&lt;br /&gt;Cual áureo vaso o lienzo suntuoso,&lt;br /&gt;Dama gentil en casa de magnate!&lt;br /&gt;IO si se tiene sed, se alarga el brazo&lt;br /&gt;Y a la copa que pasa se la apura!&lt;br /&gt;Luego, la copa turbia al polvo rueda,&lt;br /&gt;iY el hábil catador -manchado el pecho&lt;br /&gt;De una sangre invisible- sigue alegre&lt;br /&gt;Coronado de mirtos, su camino!&lt;br /&gt;INo son los cuerpos ya sino desechos,&lt;br /&gt;Y fosas, y jirones! iY las almas&lt;br /&gt;No son como en el árbol fruta rica&lt;br /&gt;En cuya blanda piel la almíbar dulce&lt;br /&gt;En su sazón de madurez rebosa,&lt;br /&gt;Sino fruta de plaza que a brutales&lt;br /&gt;Golpes el rudo labrador madura!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;iLa edad es ésta de los labios secos!&lt;br /&gt;IDe las noches sin sueño! IDe la vida&lt;br /&gt;Estrujada en agraz! iQué es lo que falta&lt;br /&gt;Que la ventura falta? Como liebre&lt;br /&gt;Azorada, el espíritu se esconde,&lt;br /&gt;Trémulo huyendo al cazador que ríe,&lt;br /&gt;Cual en soto selvoso, en nuestro pecho;&lt;br /&gt;Y el deseo, de brazo de la fiebre,&lt;br /&gt;Cual rico cazador recorre el soto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me espanta la ciudad! iToda está llena&lt;br /&gt;De copas por vaciar, o huecas copas!&lt;br /&gt;iTengo miedo ¡ay de mí! de que este vino&lt;br /&gt;Tósigo sea. y en mis venas luego&lt;br /&gt;Cual duende vengador los dientes clave!&lt;br /&gt;iTengo sed; mas de un vino que en la tierra&lt;br /&gt;No se sabe beber! iNo he padecido&lt;br /&gt;Bastante aún, para romper el muro&lt;br /&gt;Que me aparta ioh dolor! de mi viñedo!&lt;br /&gt;iTomad vosotros, catadores ruines&lt;br /&gt;De vinillos humanos, esos vasos&lt;br /&gt;Donde el jugo de lirio a grandes sorbos&lt;br /&gt;Sin compasión y sin temor se bebe!&lt;br /&gt;iTomad! iYo soy honrado, y tengo miedo!&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Nueva York, abril de 1882&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Obras Completas, Vol. 16, pp. 170-172&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-3368340296287191946?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/3368340296287191946/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=3368340296287191946&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3368340296287191946'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3368340296287191946'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/11/amor-de-ciudad-grande.html' title='Amor de ciudad grande.'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-3436963910418075201</id><published>2009-11-09T15:35:00.003+01:00</published><updated>2009-11-09T15:50:55.867+01:00</updated><title type='text'>El gimnasio en la casa</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Crónica publicada en el diario &lt;/em&gt;La América&lt;em&gt;. &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Nueva York, marzo de 1883&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;En estos tiempos de ansiedad de espíritu, urge fortalecer el cuerpo que ha de mantenerlo. En las ciudades, sobre todo, donde el aire es pesado y miasmático; el trabajo, excesivo; el placer, violento; y las causas de fatiga grandes, se necesita asegurar a los órganos del cuerpo, que todas esas causas empobrecen y lastiman, habitación holgada en un sistema muscular bien desenvuelto, nivelar el ejercicio de todas las facultades para que no ponga en riesgo la vida el ejercicio excesivo de una sola, y templar con un sistema saludable de circulación de la sangre, y con la distribución de la fuerza en el empleo de todos los órganos del cuerpo, el peligro de que toda ella se acumule, con el mucho pensar, en el cerebro, y con el mucho sentir en el corazón, y den la muerte. A los niños, sobre todo, es preciso robustecer el cuerpo a medida que se les robustece el espiritu. Hoy las pasiones se despiertan temprano, los deseos nacen desde que se echan los ojos sobre la tierra, y saben todos tanto que es fuerza aprender pronto mucho, por arte de maravil!a, para no quedar oscurecido en la pasmosa concurrencia, y revuelto en el polvo en el magnifico certamen. Estas consecuencias de la vida moderna hacen urgente ese esparcimiento de la fuerza, aglomerada en llama en el cerebro desde los primeros años de la vida, y la preparación oportuna y previa del edificio que ha de sustentar tal pesadumbre -del cuerpo que ha de ser teatro de tales batallas del espíritu.&lt;br /&gt;En esta misma plana publicamos hoy grabados diversos de un gimnasio doméstico, que ha de ser mirado, más que como artículo de comercio, como una buena obra. Y en la Habana, en casa de los agentes de “La Agencia Americana”, señores Amat y Laguardia, puede verse.&lt;br /&gt;No tiene término la enumeración de sus bondades. Es útil, y es artístico, que es otra manera de ser útil. Hay en el ser humano deseos vehementes de gracia y armonía, y así como se lastima y queda herido de no verlas realizadas, así se alegra y queda fuerte, cada vez que las halla. El color del aparato es blanco y agradable a los ojos. El aparato es esbelto, y a la par que sirve, adorna. Con ser un gimnasio completo, cabe en un cuarto pequeño, entre los demás juguetes de los niños; o en una vara de pared, o en un recodo del jardín, o en un rincón del patio. Lo tiene todo: hasta trapecio para hacer locuras. El trapecio, aunque no sea el más útil de los ejercicios, es una sabiduría del gimnasio: porque el hombre no se interesa en lo que no le parece brillante, y le ofrece peligro. Pero aquí el trapecio no ofrece riesgo mayor, porque está a una vara de tierra. Lo tiene todo: barras paralelas que se quitan y se ponen, y sirven para anchar bien el pecho, y desenvolver los músculos de los brazos y los hombros: barras paralelas y perpendiculares, que fortalecen brazos, pecho y muslos; barra horizontal que ayuda a la elasticidad de la cintura y poder del brazo; todos los múltiples ejercicio de las poleas, que son tan varios y tan beneficiosos, porque desde los pies al cuello, no hay parte del cuerpo que no saque provecho de ellos, y que en este aparato benefician mejor que en otro alguno, porque las pesas de las poleas, que pueden usarse además como pesas separadas, no caen súbitamente, sacudiendo el brazo fatigado que se esfuerza por retenerlas, y arrastrando el cuerpo detrás de ellas, con lo cual el ejercicio cansa pronto, sino que descienden suavemente por un plano inclinado, dejando así en reposo el brazo en la segunda parte de cada movimiento y permitiendo por lo tanto que éste se renueve con más descanso, utilidad y placer, mayor número de veces. Las correas de las poleas pueden, sin complicación alguna, alargarse o acortarse, y están dispuestas de manera, que con ayuda de ellas sentado en el piso del aparato en una cómoda banqueta que corre sobre ruedas bien seguras, y los pies puestos en pedales fijos, se hacen todos los hermosos y sanos ejercicios que pueden hacerse con los remos, los cuales, a más de dar gracia notable al cuerpo, y de invitar a ir por mares y ríos a gozar aire puro, tienen la ventaja de no dejar músculo alguno en inacción, y de desarrollarlos todos a la vez. Con las mismas poleas, sujeto por las manos de la barra horizontal, que remata por arriba el aparato, y sentado en otra barra paralela a ésta, sostenida entre las dos perpendiculares, pueden hacerse todos los movimientos que requiere el velocípedo. Si se padece de curvatura de la espina, el gimnasio doméstico tiene una tabla flexible que se ajusta encorvándola hacia afuera, entre el tope y el piso del aparato, y sobre ella se acuesta regaladamente el enfermo, que hace allí sin ningún esfuerzo su saludable ejercicio de poleas. Para poner la sangre en buena circulación, el piso del gimnasio está hecho de tablillas movibles saltando ligeramente sobre las cuales, se siente a poco el provecho del ejercicio. Para desenvolver los hombros, dar poder de impulsión al brazo, y ponerse en actitud de defenderse de algún ataque brusco de puños ajenos, el aparato tiene un saco pequeño que se cuelga de la barra horizontal, y donde el puño cobra fuerzas dando golpe tras golpe. Como las muñecas necesitan desenvolverse, el aparato tiene un rodillo enlazado con las pesas, dedicado exclusivamente al desarrollo de las muñecas. En suma, no hay ejercicio corporal, ya de los suaves que llaman calisténicos, ya de los más recios que se enseñan como gala en los gimnasios, que merced a este excelente y airoso aparato de Gifford, no pueda hacerse sin incomodidad alguna en la propia casa. Para nuestras mujeres pudorosas, a quienes simpáticas razones vedan la asistencia a los gimnasios públicos, y que necesitan, sin embargo, tan grandemente de estos ejercicios, el Gimnasio Doméstico es de inapreciable ventaja: sin exponerse a ojos extraños, y en su propia habitación, pueden ejercitarse diariamente en todos los movimientos saludables que aumentarán la fortaleza de sus músculos y la armonía y gracia de sus formas.&lt;br /&gt;La tisis siega en flor nuestros jardines: ¡cuántas menos flores nos arrebataría la tisis, que viene muchas veces de que el pulmón que busca desarrollo no cabe en el pecho apretado y endeble, si se hicieran un hábito en nuestras niñas y entre nuestros jóvenes, los ejercicios gimnásticos! Esta necesidad es especial en nuestras tierras, donde la preocupación por una parte, y la santidad de las mujeres por la otra, las retrae de las calles y paseos -que al cabo ayudan a fortalecer el cuerpo,y las confinan a la casa, donde el cuerpo más robusto se torna a poco pesado y enfermizo.&lt;br /&gt;Para los niños, el aparato de Gifford es un deleite, porque no sólo pueden remar y andar como en velocípedo, sino jugar a lo que en Cuba llaman cachumbambé, y en otras partes “sube y baja”, merced a una tabla en cuyos extremos se sientan los dos niños, la cual descansa sobre una barra baja sujeta por las perpendiculares. Y no es éste el único juego del aparato: también tiene el Gimnasio Doméstico un columpio, que se cuelga de la barra alta, y lleva a los ángeles juguetones hasta donde ellos quieren ir siempre que juegan, aunque hagan temblar y llorar a los que los ven ¡hasta el cielo!&lt;br /&gt;¿Qué más? Hasta para caballete de cuadros sirve el aparato: se quitan de él poleas y rodillos, y queda como atril sencillo y garboso en que no descansaría mal un cuadro de Melero en la Habana, de discípulo de don Felipe Gutiérrez, en Colombia; de Ocaranza, Rebull, Parra o Pina, en México.&lt;br /&gt;Y todo eso que va dicho cabe en una cáscara de nuez. En un espacio de dos varas de largo y tres cuartos de vara de ancho, puede alzarse esa pequeña fábrica mágica, que es en verdad fábrica de vida, y reúne todos los aparatos y permite todos los ejercicios para cuya práctica han sido hasta ahora necesarios vastos patios o grandes salones. Este gimnasio ni es caro, porque su baratura pasma; ni engañoso, porque sus maderas son tan recias como finas; ni necesita maestros, porque enseña solo; ni es peligroso, porque está todo en él a flor de tierra.&lt;br /&gt;No hay escuela que no desee tener un gimnasio; pero aun los colegios ricos vacilan ante los gastos que acarrea su establecimiento, y la dificultad de hallar maestro oportuno, y los costos de mantenerlo. Ahora, con quince pesos que cuesta el aparato sencillo para fijar a la pared; o con treinta y cinco pesos que cuesta el aparato completo, que cabe bien en medio de una habitación pequeña, no hay escuela que no pueda hacerse de un gimnasio. En los colegios mayores, de diez a veinte aparatos bastarían, con más bello aspecto de la sala, mucha mayor ventaja y riesgos y precios mucho menores, a reemplazar al más complicado y costoso de los gimnasios.&lt;br /&gt;Por eso dijimos que el Gimnasio Doméstico es una buena acción. Es preciso dar casa de buenos cimientos y recias paredes al alma atormentada, o en peligro constante de tormenta. Bien se sabe lo que dijo el latino : “Ha de tenerse alma robusta en cuerpo robusto”. (“&lt;em&gt;Mens sana in corpore sano&lt;/em&gt;”).&lt;br /&gt;He aquí lo que acaba de escribir en &lt;em&gt;The North American Review&lt;/em&gt; el profesor Hall, que es pensador norteamericano prominente:&lt;br /&gt;“Tengo a la higiene por necesidad capital en la educación de los niños. Y lo que primero les enseñaría acaso, y con más ardor, sería el desarrollo de sus músculos. Pocos conocen la relación estrechísima que existe entre la debilidad física y la maldad moral, cuán imposible es la saludable energía de la voluntad sin que la sostengan los fuertes músculos que son sus naturales órganos, y cuánto dependen de un buen desarrollo muscular cualidades tan preciosas como la abnegación, el dominio de sí propio, y la serenidad en las desgracias”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Obras Completas, t. 8, p. 389-392&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-3436963910418075201?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/3436963910418075201/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=3436963910418075201&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3436963910418075201'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3436963910418075201'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/11/el-gimnasio-en-la-casa.html' title='El gimnasio en la casa'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-2451013500349150251</id><published>2009-11-02T20:45:00.002+01:00</published><updated>2009-11-02T23:55:35.970+01:00</updated><title type='text'>Martí y el haiku</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;por Jorge Braulio Rodriguez*&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Hasta donde sabemos, fue Eduardo Benet y Castellón (1878-1965) el primero que establece un vínculo entre José Martí y el haiku. En la introducción de su libro &lt;em&gt;Ensayo de haiku antillano&lt;/em&gt;[1] reproduce, a modo de ejemplo, los siguientes versos del Apóstol: &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;blockquote&gt;Rojo, como en el desierto,&lt;br /&gt;salió el sol al horizonte&lt;br /&gt;y alumbró un esclavo muerto.&lt;/blockquote&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al margen de que consideremos o no como haiku este hermoso fragmento, Benet nos abrió la posibilidad de leer algunos pasajes de la obra poética martiana según las claves estéticas subyacentes en los breves poemas japoneses. Con estas notas, aspiramos a mostrar que no se trata de una coincidencia fortuita, sino que hay profusas evidencias que permiten establecer esta ilación.&lt;br /&gt;Quizá parezca exagerado afirmar que Martí es el primer haijin cubano. Pero inobjetablemente, fue el primero de los escritores cubanos que logró, por un lado, aprehender con un grado de síntesis y una sensibilidad que siempre pasma, el aquí y ahora de la naturaleza y nos dejó un cuerpo teórico –poético también- que establece un vínculo con las claves del haiku, lo que lo convierte –en este campo también- en un visionario.&lt;br /&gt;El cuarto número de “&lt;em&gt;La Edad de Oro&lt;/em&gt;”, revista que Martí escribió para los niños de América, se abre con el trabajo titulado “&lt;em&gt;Un paseo por la tierra de los anamitas&lt;/em&gt;”. En él, se intercala una breve y hermosísima semblanza de la vida de Buda.&lt;br /&gt;(Mencionar aquí la relación entre el budismo y el haiku. Aunque ver el haiku apenas como poesía zen impide la comprensión de sus alcances).&lt;br /&gt;Entre sus &lt;em&gt;Crónicas&lt;/em&gt;[2], presenta Martí &lt;em&gt;La Pintura Japonesa&lt;/em&gt;, traducción de un fragmento de la obra de Em. Bergerac titulada « Les chefs d’oeuvre de l’art â l’Exp. Univ. 1878 ».&lt;br /&gt;Este texto resulta muy interesante porque en él se reseñan tópicos estrechamente vinculados al desarrollo del haiku en el Japón. Allí se plantea:&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;“Cuarto género de pintura adoptada por los japoneses es el que llaman&lt;br /&gt;Sumié. esto es pintura con tinta de China, de é pintura, y sumi, tinta. Usábanla&lt;br /&gt;al principio los poetas y letrados, y no era en los primeros tiempos aplicada&lt;br /&gt;más que a la representación de los paisajes. Los pintores que la tratan hoy,&lt;br /&gt;permanecen fieles a este principio, y, en recuerdo de los creadores de género&lt;br /&gt;tienen el hábito de completar sus dibujos con estrofas de poesía. Estos dibujos&lt;br /&gt;están ejecutados ampliamente, sin detalles, y de una manera casi sumaria. No hay&lt;br /&gt;letrado japonés que no sea capaz de trazar sobre el papel una silueta del&lt;br /&gt;Fujiyama, o de alguna otra montaña pintoresca…”[3]&lt;/blockquote&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;La alusión a las prácticas pictóricas de los letrados japoneses y el propósito de integrar pintura y literatura, es una referencia a la Escuela Bunjinga que, si bien tuvo sus orígenes en China, ha trascendido hasta nuestros días como un fenómeno artístico distintivamente nipón. Según se resume en el fragmento citado, una de las peculiaridades de esta escuela es la espontaneidad, la frescura de los trazos. El hecho de que estas obras no fueran ejecutadas por pintores, sino por literatos, acentuaba su carácter expresivo, su simplicidad alejada de todo elemento superfluo. En realidad, la costumbre de integrar textos poéticos con imágenes es anterior: podemos verla también en Matsuo Basho, quien frecuentemente acompañaba sus poemas con sueltos esbozos.&lt;br /&gt;En la traducción martiana, más adelante, hay una referencia directa a uno de los maestros del arte japonés de todos los tiempos: Buson (1716-1783). Cuando aún vivía, Buson fue apreciado principalmente como escritor de haikais: “…después de su muerte hubo cierto entusiasmo por su pintura; y hoy día es su gloria de poeta la que le hace pervivir en la historia”[4] . En la traducción, se le ubica entre los “bonzos y letrados” y “sacerdotes pintores”.&lt;br /&gt;Al parecer, Martí no conoció directamente los textos poéticos de Buson pero el hecho de que lo mencione resulta un dato interesante al establecer los acercamientos de Martí, no ya al arte y la cultura japonesa –tema del que ya se han ocupado magistralmente otros investigadores-, sino al mundo del haiku en particular.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;______________________________&lt;br /&gt;NOTAS:&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;[1] Benet y Castellón,Eduardo Ensayo de haiku antillano. Prensa Excelsior. Cienfuegos, 1957&lt;br /&gt;[2] Obras Completas. Volumen 19. Páginas 321-326&lt;br /&gt;[3] Idem. Pag. 324&lt;br /&gt;[4] Rodríguez-Izquierdo, Fernando. El haiku japonés. Hiperión. Madrid, 1994. Pag. 89.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;*Publicado por el autor en su blog: &lt;a href="http://jorgebraulio.wordpress.com/"&gt;En clave de haiku&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-2451013500349150251?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/2451013500349150251/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=2451013500349150251&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/2451013500349150251'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/2451013500349150251'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/11/marti-y-el-haiku.html' title='Martí y el haiku'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-6045283067754107990</id><published>2009-10-26T22:21:00.024+01:00</published><updated>2009-10-26T22:58:13.819+01:00</updated><title type='text'>Visión de la naturaleza y el hombre nuestros.</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;por Cintio Vitier&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Cuando Martí arriba a Santo Domingo, en febrero de 1895, está en el colmo de sus facultades humanas y poéticas. El dolor del hombre, la “agonía” de la patria, lo han afinado como un instrumento maravilloso. Su mirada es un cenit. Por eso al enfrentarse con el paisaje y el hombre antillanos, lo ve todo con ojo de piedad entrañable, que no significa lástima sino participación en la luz del espíritu.&lt;br /&gt;Le interesa en seguida el lenguaje antillano: “La frase aquí es añeja, pintoresca, concisa, sentenciosa: y como filosofía natural”. Le interesa en seguida, y más, el que habla, su misterio: “El que habla es bello mozo, de pierna larga y suelta, y pies descalzos, con el machete siempre en puño y al cinto el buen cuchillo, &lt;em&gt;y en el rostro terroso y febril los ojos sanos y angustiados&lt;/em&gt;”. En la adjetivación de la última frase ya está la penetración, no psicológica, sino poética, amorosa, secreta, participante.&lt;br /&gt;Los retratos son prodigiosos. Véanse el de Don Jacinto, el de Ceferina Chávez, el del guía haitiano, el de Nephtalí, el del “eterno barbero”. Los paisajes, de una plenitud que desconocían nuestras letras, y las españolas de su tiempo: “Nos rompió el día, de Santiago de los Caballeros a la Vega, y era un bien de alma, suave y profundo, aquella claridad. A la vaga luz, de un lado y otro del ancho camino, era toda la naturaleza americana…” Y así hasta: “De autoridad y fe se va llenando el pecho”. O bien el inolvidable, realísimo y como soñado paisaje de costa: “A paso de ansia, clavándonos de espinas, cruzábamos a la media noche oscura, la marisma y la arena…”&lt;br /&gt;Le interesa la ciencia campesina; ve los tipos pintorescos, sin quitarles su color y sabor local ni su extravagancia, antes subrayándolos como dignidades propias: cada hombre, un rey: Así como hace con una sala, que de un “ojeo”, dice, la copia, igual hace con un pueblo. Véase la minuciosidad de lo que ve en Ouanaminthe un sábado y en Petit Trou el domingo siguiente: “Como un cestón de sol era Petit Trou aquel domingo…” Léase todo, que todo es joya. Señalo tres: “Y abrí los ojos en la lancha, al canto del mar…” “Pasan volando por lo alto del cielo, como grandes cruces, los flamencos…” Y, sobre todas, la página absoluta de este cuaderno: “David, de las islas Turcas…”, quizás el más bello elogio que hizo, y el mayor ejemplo de su participación con los humildes.&lt;br /&gt;Pero leer el &lt;em&gt;Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos&lt;/em&gt; es como leer un texto sagrado. El estilo resulta mucho más rápido, más urgido, a puro apunte y cifra. Mundos del alma se acumulan en palabras sueltas, en pausas hondas. La despedida, en tres trazos: “Lola, jolongo, llorando en el balcón”. La llegada (la inmensa llegada) en dos: “Salto. Dicha grande”.&lt;br /&gt;Lo antillano (que desde lejos puede parecer lo mismo) no es igual a lo cubano. Ahora sentimos otra cosa. Menos ondulación y blandura en la atmósfera, en el paisaje, en el habla; ningún pintoresquismo; algo más ardiente, más velado, más seco y &lt;em&gt;despegado&lt;/em&gt; sobre el fondo cariñoso. Es también la tensión, la fraternidad en el peligro, el fervor de la guerra.&lt;br /&gt;No se reposa este &lt;em&gt;Diario&lt;/em&gt;, como el anterior, en escenas y cuadros aislables. La agitación de la marcha, la apretura del apunte, lo impiden. Comidas agrestes, medicina guajira, cuentos de la otra guerra, se agolpan y mezclan, en el libre y azaroso fluir de las jornadas, con rápidos esbozos humanos, y venturas del paisaje, y preocupaciones crecientes de Martí por el destino de la Revolución. Su mirada es ya una centella. Lo ve todo, hasta el fondo: la solicitud cariñosa, el pudor de los hombres, la pena callada; y también la corrupción, la miseria, el recelo.&lt;br /&gt;Rara vez le solaza la prosa. Pero en las vislumbres fúlgidas nos prende, y coge, como nunca antes, lo cubano en su plenitud natural y espiritual. Veamos algunos pasajes, sin perder detalle. Ya aquí todo (cada palabra, cada giro, cada pausa, cada signo de puntuación) es esencial.&lt;br /&gt;Primero, escenas de la marcha:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;Luego, a zapato nuevo, bien cargado, la altísima loma, de yaya de hoja fina,&lt;br /&gt;majagua de Cuba, y cupey de piña estrellada. Vemos, acurrucada en un lechero, la&lt;br /&gt;primera jutía. Se descalza Marcos, y sube. Del primer machetazo la degüella.&lt;br /&gt;“Está aturdida”: “Está degollada”. Comemos naranja agria, que José coge,&lt;br /&gt;retorciéndolas con una vara: “¡qué dulce!” Loma arriba. Subir lomas hermana&lt;br /&gt;hombres.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;(Es tan absoluto su modo de &lt;em&gt;nombrar&lt;/em&gt;, que las plantas parecen cuerpos gloriosos, llenas de otra luz radiante: “yaya de hoja fina”, “cupey de piña estrellada”. En seguida aparece la jutía, y en el machetazo que la degüella, toda la intemperie cubana. Lo aforístico, la &lt;em&gt;ley&lt;/em&gt; escondida en cada experiencia, salta natural).&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;Todos ellos, unos raspan coco, Marcos, ayudado del General, desuella la jutía.&lt;br /&gt;La bañan con naranja agria, y la salan. El puerco se lleva la naranja, y la piel&lt;br /&gt;de la jutía. Y ya está la jutía en la parrilla improvisada, sobre el fuego de&lt;br /&gt;leña. De pronto hombres: “¡Ah hermanos!” Salto a la guardia. La guerrilla de&lt;br /&gt;Ruen. Félix Ruen, Galano, Rubio, los 10. Ojos resplandecientes.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;(El idioma, atestado de realidad. Estamos viendo ese “fuego de leña”, sus lenguas entrando ávidas en la luz. “De pronto” [todo sucede así, por apariciones y desapariciones súbitas], los otros carbunclos, el cargado y misterioso brillo fugaz [la&lt;em&gt; sed&lt;/em&gt;, que él ve siempre] de los que llegan: “ojos resplandecientes”).&lt;br /&gt;Pronto llegan también, reproduciéndose un gesto inmemorial, las sagradas ofrendas:&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;Dormimos, envueltos en las capas de goma ¡Ah! antes de dormir, viene, con una&lt;br /&gt;vela en la mano, José, cargado de dos catauros, uno de carne fresca, otro de&lt;br /&gt;miel. Y nos pusimos a la miel ansiosos. Rica miel, en panal. Y todo el día, ¡qué&lt;br /&gt;luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado! Miro del&lt;br /&gt;rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una palma y una&lt;br /&gt;estrella.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;(Hasta la gravedad del destino se transfigura entre nosotros como ingravidez dichosa, ligereza, aire).&lt;br /&gt;Veamos ahora el retrato de un mozo, mínimo y magistral, con arte ávido:&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;El pájaro, bizambo y desorejado, juega al machete; pie formidable; le luce el&lt;br /&gt;ojo como marfil donde da el sol en la mancha de ébano.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;Y el retrato de un espía. (¡Cómo ve siempre, secreta, la angustia! ¡Y cómo se le desborda, en vena que sin quererlo él nos regocija, la sobreabundancia de la expresión!):&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;Se fue a la centinela, y se escurrió. Descalzo, ladrón de monte, práctico&lt;br /&gt;español; la cara angustiada, el hablar ceceado y chillón, bigote ralo, labios&lt;br /&gt;secos, la piel en pliegues, los ojos vidriosos, la cabeza cónica. Caza&lt;br /&gt;sinsontes, pichones, con la liria del lechugo.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;Y la &lt;em&gt;fragancia&lt;/em&gt;, en la resonante soledad azul, de un tiroteo, con ese lindo diálogo ejemplar de Hispanoamérica, que ya, en el momento de producirse, parece legendario:&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;A las once, redondo tiroteo. Tiro graneado, que retumba; contra tiros velados y&lt;br /&gt;secos. Como a nuestros mismos pies es el combate; entran, pesadas, tres balas&lt;br /&gt;que dan en los troncos. “¡Qué bonito es un tiroteo de lejos!”, dice el muchachón&lt;br /&gt;agraciado de San Antonio, un niño. “Más bonito es de cerca”, dice el viejo.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Y el retrato neto, con fino y ponderado elogio, de un jefe negro:&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;Victoriano Garzón, el negro juicioso de bigote y perilla, y ojos fogosos, me&lt;br /&gt;cuenta, humilde y ferviente, desde su hamaca, su asalto triunfante al Ramón de&lt;br /&gt;las Yaguas: su palabra es revuelta e intensa, su alma bondadosa y su autoridad&lt;br /&gt;natural: mima, con verdad, a sus ayudantes blancos, a Mariano Sánchez y a Rafael&lt;br /&gt;Portuondo; y si yerran en un punto de disciplina, les levanta el yerro. De&lt;br /&gt;carnes seco, dulce de sonrisa: la camisa azul y negro el pantalón: cuida uno a&lt;br /&gt;uno de sus soldados.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;Y la flor de la generosa hospitalidad de amplio gesto (con rápidos lienzos esbozados, y el ojo siempre agudo para la pena oculta):&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;El ingenio nos ve como de fiesta: a criados y trabajadores se les ve el gozo y&lt;br /&gt;la admiración: el amo, anciano colorado y de patillas, de jipijapa y pie&lt;br /&gt;pequeño, trae Vermouth, tabacos, ron, malvasía. “Maten tres, cinco, diez,&lt;br /&gt;catorce gallinas”. De seno abierto y chancleta viene una mujer a ofrecernos&lt;br /&gt;aguardiente verde, de yerbas: otra trae ron puro.&lt;br /&gt;“Aquí tienen a mi señora”,&lt;br /&gt;dice el marido fiel, y con orgullo: y allí está en su túnico morado, el pie sin&lt;br /&gt;medias en la pantufla de flores, la linda andaluza, subida a un poyo, pilando el&lt;br /&gt;café. En casco tiene alzado el cabello por detrás, y de allí le cuelga en cauda:&lt;br /&gt;se le ve sonrisa y pena.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;Y el retrato formidable de otro héroe negro, que en su elogio casi alcanza talla homérica. (¡Y qué categóricos, absolutos, legendarios, suenan también los nombres en su prosa: Victoriano Garzón, Casiano Leyva! Diríase que, después de él, ya no hay nombres ni hombres así):&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;Veo venir a caballo, a paso sereno bajo la lluvia, a un magnífico hombre, negro&lt;br /&gt;de color, con gran sombrero de ala vuelta, que se queda oyendo, atrás del grupo&lt;br /&gt;y con la cabeza por sobre él. Es Casiano Leyva, vecino de Rosalío, práctico por&lt;br /&gt;Guamo, entre los triunfadores el primero, con su hacha potente: y al descubrirse&lt;br /&gt;le veo el noble rostro, frente alta y fugitiva, combada al medio, ojos mansos y&lt;br /&gt;firmes, de gran cuenca; entre pómulos anchos; nariz pura; y hacia la barba aguda&lt;br /&gt;la pera canosa: es heroica la caja del cuerpo, subida en las piernas&lt;br /&gt;delgadas: una bala, en la pierna: él lleva permiso de dar carne al&lt;br /&gt;vecindario; para que no maten demasiada res. Habla suavemente; y cuanto hace&lt;br /&gt;tiene inteligencia y majestad.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;(La imagen del negro épico, como la de las ofrendas de la tierra −que tiene su origen en los presentes de los indios a Colón−, aparece ya en el &lt;em&gt;Espejo de paciencia&lt;/em&gt;. Casiano Leyva es de la estirpe del heroico Salvador. La figura máxima de este linaje, desde luego, es Antonio Maceo).&lt;br /&gt;Nos sobrecoge, como algo sagrado, el contacto de Martí en sus últimos días con la arcilla y el agua de su tierra (la tierra, por vez primera entre nosotros, del espíritu). Su fruición es filial, profunda, misteriosa:&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;La lluvia de la noche, el fango, el baño en el Contramaestre: la caricia del&lt;br /&gt;agua que corre: la seda del agua.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;A Rosalío, el vecino de Leyva, lo queremos como a David de las islas Turcas, porque en la última página del &lt;em&gt;Diario&lt;/em&gt;, dos días antes de morir, escribe Martí: “Rosalío, en su arrenquín, con el fango a la rodilla, me trae, en su jaba, de casa, el &lt;em&gt;almuerzo cariñoso&lt;/em&gt;: “por usted doy mi vida”.&lt;br /&gt;El primer texto que conocemos de Martí, la carta a su madre cuando tenía nueve años (fechada en Hanábana, octubre, 23 de 1862), habla de un río crecido, el Sabanilla. La última página de su &lt;em&gt;Diario&lt;/em&gt; (mayo 17 de 1895) termina también con un río crecido: “Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre, −y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo”.&lt;br /&gt;El contacto directo con nuestra naturaleza, monte adentro y en la madurez de su mirada y su palabra, religa a Martí de un golpe con tradiciones poéticas cubanas que hasta entonces no lo habían tocado por modo apreciable. Y de un golpe también las lleva a su mayor belleza y sentido. Así ocurre con la &lt;em&gt;enumeración arbórea&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;el rumor&lt;/em&gt;, que desde las primeras Lecciones venimos persiguiendo.&lt;br /&gt;Los árboles, tan ingenua e infatigablemente trabajados por nuestra poesía anterior, los coge ya en su categoría, en su ser completo. He aquí − ¡ah, ciegos precursores anhelantes: Pobeda, Iturrondo, &lt;em&gt;Cucalambé&lt;/em&gt;…!−, al fin satisfactoriamente asumido y nombrado, no como simple paisaje, sino como fondo natural absoluto del destino, el bosque cubano:&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;De suave reverencia se hincha el pecho y cariño poderoso, ante el vasto paisaje&lt;br /&gt;del río amado. Lo cruzamos, por cerca de una seiba, y, luego del saludo a una&lt;br /&gt;familia mambí, muy gozosa de vernos, entramos al bosque claro, de sol dulce, de&lt;br /&gt;arbolado ligero, de hoja acuosa. Como por sobre alfombra van los caballos, de lo&lt;br /&gt;mucho del césped. Arriba el curujeyal da al cielo azul, o a la palma nueva, o el&lt;br /&gt;dagame que da la flor más fina, amada de la abeja, o la guásima o la jatía. Todo&lt;br /&gt;es festón y hojeo, y por entre los claros, a la derecha, se ve el verde del&lt;br /&gt;limpio, a la otra margen abrigado y espeso. Veo allí el ateje, de copa alta y&lt;br /&gt;menuda, de parásitas y curujeyes; el cajueiran, « el palo más fuerte de Cuba»,&lt;br /&gt;el grueso júcaro, el almácigo, de piel de seda, la jagua, de hoja ancha, la&lt;br /&gt;preñada güira, el jigüe duro, de negro corazón, para bastones, y cáscara de&lt;br /&gt;curtir, el jubabán, de fronda leve, cuyas hojas capa a capa, «vuelven raso el&lt;br /&gt;tabaco», la caoba, de corteza brusca, la quiebra hacha de tronco estriado, y&lt;br /&gt;abierto en ramos recios cerca de raíces; (el caimitillo y el cupey y la&lt;br /&gt;pica-pica) y la yamagua, que estanca la sangre.&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;Y al bosque nocturno, a la fiesta y delicia y misterio del rumor (ya anotado por Colón, según vimos), se dedica la página más poemática del último Diario, su fragmento de más libre poesía:&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;blockquote&gt;La noche bella no deja dormir. Silba el grillo; el lagartijo quiquiquea, y su&lt;br /&gt;coro le responde; aún se ve, entre la sombra, que el monte es de cupey y de&lt;br /&gt;paguá, la palma corta y espinuda; vuelan despacio en torno las animitas; entre&lt;br /&gt;los ruidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de&lt;br /&gt;finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa,&lt;br /&gt;titila y se eleva, siempre sutil y mínima: es la miríada del son fluido: ¿qué&lt;br /&gt;alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleadas de violines, sacan son, y&lt;br /&gt;alma, a las hojas? ¿qué danza de almas de hojas?&lt;/blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Este Diario significa el primer contacto inmediato del espíritu, en el trance supremo del sacrificio, con nuestra naturaleza y nuestros hombres. Pero una cosa es lo que Martí gana para todos en el preciso testimonio de sus incorporaciones, y otra lo que su mira da transparente como realidad distinta de él. Detrás de sus palabras y su fervor, palpita el hecho cubano a secas (no ya el hecho martiano) con tanta fuerza y legitimidad, que desde ese trasfondo nos llegan nuevos rasgos para enriquecer la caracterización que venimos intentado.&lt;br /&gt;En medio de una naturaleza que no es nunca desmesurada, que tiene siempre la medida manual del hombre, que es puro destello y rumor, “festón y hojeo”, y vetas cambiantes del aire, los hombres comunes, oscuros, que nos pinta Martí (a veces de un solo trazo), están, rigurosamente hablando, a la intemperie. Sentimos que nada los abriga, que ningún escudo (llámese catolicismo, nacionalismo o simple regionalismo) los protege. Sólo el misterio del calor humano les da un poco de sombra. Pero en sus relaciones, aún estrechadas por la tensión del peligro y la comunidad del ideal patriótico, percibimos un peculiar despego. El modo mismo de querer, de ser cariñoso, es en el fondo como cálida o suavemente huraño, como provisional, como despegado. El cubano es más tierno que el español, pero no tiene apego último. Esta contradicción es típica de su carácter. Puede ser cariñoso hasta el mimo, pero no se hunde ni enraíza en ese cariño; de pronto se desprende, sale, salta, va a otra cosa. Así en el &lt;em&gt;Diario&lt;/em&gt; hallamos la ternura viril, la fineza natural en el trato, la devoción estremecida, la hospitalidad hermosa del cubano, pero sentimos también su fondo de despego ardiente (porque no se trata de frialdad o indiferencia), el rescoldo siempre vivo de su soledad ontológica. No una soledad individual, de la que seamos conscientes (pues éste es rasgo universal del hombre), sino una soledad inconsciente, histórica, casi diríamos nacional, en la cual se reside. Porque el cubano, en cuanto a tal, no se asiente en ningún dogma ni echa raíces en sus propias costumbres ni se aposenta profunda y realmente, como el español o el mexicano, en su ser de cubano. Claro que al no hacerlo, por eso mismo, toca la peculiaridad de su ser. En el momento del último &lt;em&gt;Diario&lt;/em&gt; de Martí, por otra parte, hay dos fuerzas cohesivas tremendas que actúan sobre esos hombres que él nos pinta o nos transluce: el ideal de la patria libre y la presencia del propio Martí. Añádanse los trabajos comunes, el peligro que están corriendo juntos. El &lt;em&gt;Diario&lt;/em&gt; está lleno de ojos que centellean, de gestos de fina y pudorosa reverencia, de cortesías recias y veladas. Pero en el machetazo que degüella a la jutía, está la intemperie cruda, destemplada y sin amparo de lo cubano. Si de Heredia a Zenea vimos su revelación como lejanía, ya aquí se nos abalanza como hiriente inmediatez. Y sabemos que cuando aquellos ideales pierdan su vigencia y este hombre maravilloso desaparezca, habrá que vivir a pulso, irguiéndose sobre la nada suave y creciente de los días.&lt;/p&gt;&lt;p align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Lo cubano en la poesía. Edición definitiva&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Editorial Letras Cubanas, 1998, págs. 196-202.&lt;/span&gt; &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-6045283067754107990?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/6045283067754107990/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=6045283067754107990&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/6045283067754107990'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/6045283067754107990'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/10/vision-de-la-naturaleza-y-el-hombre.html' title='Visión de la naturaleza y el hombre nuestros.'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-4875227956878013657</id><published>2009-10-19T09:00:00.001+02:00</published><updated>2009-10-19T09:00:05.663+02:00</updated><title type='text'>Hay en el hombre...</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;Hay en el hombre un conocimiento íntimo, vago, pero constante e imponente, de UN GRAN SER CREADOR: Este conocimiento es el sentimiento religioso, y su forma, su expresión, la manera con que cada agrupación de hombres concibe este Dios y lo adora, es lo que se llama religión. Por eso, en lo antiguo, hubo tantas religiones como pueblos originales hubo; pero ni un sólo pueblo dejó de sentir a Dios y tributarle culto. La religión está, pues, en la esencia de nuestra naturaleza. Aunque las formas varíen, el gran sentimiento de amor, de firme creencia y de respeto, es siempre el mismo. Dios existe y se le adora.&lt;br /&gt;Entre las numerosas religiones, la de Cristo ha ocupado más tiempo que otra alguna los pueblos y los siglos: esto se explica por la pureza de su doctrina moral, por el desprendimiento de sus evangelistas de los cinco primeros siglos, por la entereza de sus mártires, por la extraordinaria superioridad del hombre celestial que la fundó. Pero la razón primera está en la sencillez de su predicación que tanto contrastaba con las indignas argucias, nimios dioses y pueriles argumentos con que se entretenía la razón pagana de aquel tiempo, y a más de esto, en la pura severidad de su moral tan olvidada ya y tan necesaria para contener los indignos desenfrenos a que se habían entregado las pasiones en Roma y sus dominios.&lt;br /&gt;Pura, desinteresada, perseguida, martirizada, poética y sencilla, la religión del Nazareno sedujo a todos los hombres honrados, airados del vicio ajeno y ansiosos de aires de virtud; y sedujo a las mujeres, dispuestas siempre a lo maravilloso, a lo tierno y a lo bello. Las exageraciones cometidas cuando la religión cristiana, que como todas las religiones, se ha desfigurado por sus malos sectarios; la opresión de la inteligencia ejercida en nombre del que predicaba precisamente el derecho natural de la inteligencia a libertarse de tanto error y combatirlo, y los olvidos de la caridad cristiana a que, para afirmar un poder que han comprometido, se han abandonado los hijos extraviados del gran Cristo, no deben inculparse a la religión de Jesús, toda grandeza, pureza y verdad de amor. El fundador de la familia no es responsable de los delitos que cometen los hijos de sus hijos.&lt;br /&gt;Todo pueblo necesita ser religioso. No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo. Es innata la reflexión del espíritu en un ser superior; aunque no hubiera ninguna religión todo hombre sería capaz de inventar una, porque todo hombre la siente. Es útil concebir un GRAN SER ALTO; porque así procuramos llegar, por natural ambición, a su perfección, y para los pueblos es imprescindible afirmar la creencia natural en los premios y castigos y en la existencia de otra vida, porque esto sirve de estímulo a nuestras buenas obras, y de freno a las malas. La moral es la base de una buena religión. La religión es la forma de la creencia natural en Dios y la tendencia natural a investigarlo y reverenciarlo. El ser religioso está entrañado en el ser humano. Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ella; es necesario que la justicia celeste la garantice.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, 1991, T. 19, págs. 391-392.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-4875227956878013657?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/4875227956878013657/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=4875227956878013657&amp;isPopup=true' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/4875227956878013657'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/4875227956878013657'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/10/hay-en-el-hombre.html' title='Hay en el hombre...'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-3991994070858769449</id><published>2009-10-12T20:06:00.003+02:00</published><updated>2009-10-13T04:24:22.242+02:00</updated><title type='text'>Cartas a la madre.</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Cartas escritas por José Martí a su madre, Leonor Perez,&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;recopiladas en el Epistolario General, Vol. 20 de las&lt;/em&gt; Obras Completas&lt;em&gt;.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hanábana, octubre 23 de 1862&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Estimada mamá*:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Deseo antes de todo que Vd. esté buena lo mismo que las niñas, Joaquina, Luisa y mamá Joaquina. Papá recibió la carta de Vd. con fecha 21, pues el correo del sábado que era 18 no vino, y el martes fue cuando la recibió; el correo -según dice él- no pudo pasar por el río titulado “Sabanilla” que entorpece el paso para la “Nueva Bermeja” y lo mismo para aquí, papá no siente nada de la caída lo que tiene es una picazón que desde que se acuesta hasta que se levanta no le deja pegar los ojos, y ya hace tres noches que está así.&lt;br /&gt;Ya todo mi cuidado se pone en cuidar mucho mi caballo y engordarlo como un puerco cebón, ahora lo estoy enseñando a caminar enfrenado para que marche bonito, todas las tardes lo monto y paseo en él, cada día cría más bríos. Todavía tengo otra cosa en que entretenerme y pasar el tiempo, la cosa que le digo es un “Gallo fino” que me ha regalado Dn. Lucas de Sotolongo, es muy bonito y papá lo cuida mucho, ahora papi anda buscando quien le corte la cresta y me lo arregle para pelearlo este año, y dice que es un gallo que vale más de dos onzas.&lt;br /&gt;Tanto el río que cruza por la “finca” de Dn. Jaime como el de la “Sabanilla” por el cual tiene que pasar el correo, estaban el sábado sumamente crecidos, llegó el de acá a la cerca de Dn. Domingo, pero ya han bajado mucho.&lt;br /&gt;Y no teniéndole otra cosa que decirle déle expresiones a mamá Joaquina, Joaquina y Luisa y las niñas y a Pilar déle un besito y Vd. Reciba de su obediente hijo que le quiere con delirio. &lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;JOSÉ MARTÍ &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;* Esta carta la escribió Martí cuando no había cumplido aún 10 años de edad, y es la mas antigua página escrita por él de que se tiene noticia. &lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#3333ff;"&gt;&lt;em&gt;(O.C. Vol. 20 p. 243)&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;(1892)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Madre mía:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todavía no me siento con fuerzas para escribir. No es nada, no es ninguna enfermedad; no es ningún peligro de muerte:-la muerte no me mata, caí unos días cuando la infamia fue muy grande; pero me levanté. La gente me quiere, y me ha ayudado a vivir. Mucho la necesito: mucho pienso en Vd.: nunca he pensado tanto en Vd.: nunca he deseado tanto tenerla aquí. No puede ser. Pobreza. Miedo al frío. Pena del encierro en que la habría de tener. Pena de tenerla y no poderla ver, con este trabajo que no acaba hasta las diez y media de la noche. Bueno: los tiempos son malos, pero su hijo es bueno.-Nada más ahora: Vd. lo sabe todo: esta palabra de hijo me quema. Lea ese libro de versos: empiece a leerlo por la página 51*. Es pequeño-es mi vida. Pero no crea que se afloja: ni que corre riesgo ninguno, ni que está en salud peor de lo que estaba este hijo que nunca la ha querido tanto como ahora.-&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;J. MARTí&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;* Se refiere a sus Versos Sencillos y en particular a los que recuerdan los sucesos del Teatro Villanueva.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;(O.C. Vol. 20, p. 404-405)&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mayo 15 de 1894 &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Madre querida:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ud. no está aún buena de sus ojos, y yo no me curo de este silencio mío, que es el pudor de mis afectos grandes y mi modo de queja contra la fortuna que me los roba y como venganza de esta fatal necesidad de hablar y escribir tanto en las cosas públicas, contra esta pasión mía del recogimiento, cada vez más terca y ansiosa.&lt;br /&gt;Pero mientras haya obra que hacer, un hombre entero no tiene derecho a reposar. Preste cada hombre, sin que nadie lo regañe, el servicio que lleve en sí. ¿Y de quién aprendí yo mi entereza y mi rebeldía, o de quien pude heredarlas, sino de mi padre y de mi madre?&lt;br /&gt;Ahora voy al Cayo, por unos cuantos días y de allí sigo mi labor, más pura, madre mía, que un niño recién nacido, limpia como una estrella, sin una mancha de ambición, de intriga o de odio. Y vea - ¿cuántas veces no se lo he dicho?-por qué no puedo escribirle.&lt;br /&gt;A otros puedo hablar de otras cosas. Con Ud. se me escapa el alma, aunque Ud. no pruebe con el cariño que yo quisiera, sus oficios; y a esa tierra infeliz donde Ud. vive no le puedo escribir sin imprudencia, o sin mentira. Mi pluma corre de mi verdad: o digo lo que está en mí, o no lo digo. Luego, este hablar de sí mismo tan feo y tan enojoso. Déjeme emplear sereno, en bien de los demás, toda la piedad y orden que hay en mí. Y crea, porque es lo cierto, que en nada pudiera su hijo estar empleado. Ni nada, aun en lo egoísta, hubiera podido adormecer mejor mi bárbara, mi inacabable pena. Muerde, muerde, no me la puedo arrancar del costado.&lt;br /&gt;De ustedes se sin cesar, más de lo que quiero yo que sepan de mí porque no les llegarían más que angustias. Esa Carmen no escarmienta: o es que es muy buena y por eso padece tanto. ¿Llegaré a tiempo para alegrarles un poco la casa?&lt;br /&gt;Mi porvenir es como la luz del carbón blanco, que se quema él, para iluminar alrededor. Siento que jamás acabarán mis luchas. El hombre íntimo está muerto y fuera de toda resurrección, que sería el hogar franco y para mi imposible, adonde esta la única dicha humana, o la raíz de todas !as dichas. Pero el hombre vigilante y compasivo está aún vivo en mí, como un esqueleto que se hubiese salido de su sepultura; y sé que no le esperan mas que combates y dolores en la contienda de los hombres, a que es preciso entrar para consolarlos y mejorarlos. Sólo los infelices que llegan pocas veces al poder y suelen llegar con demasiada ira, tendrán paces conmigo. La muerte o el aislamiento serán mi premio único: -y si vivo, la autoridad de mi conciencia, en los rincones de la gente buena y el trabajo, de que podré sacar siempre un migajón para mi hermana Carmen.&lt;br /&gt;Allí dejo a Carmita*, en Central Valley, que es un cesto de colinas, donde, en verano al menos, se puede vivir en pobreza alegre. Pasé allá unos días, con el hijo de Gómez, que me va sirviendo de hijo; y no volveré por allá en algún tiempo. Solas llegaron la madre y las hijas, en una fiera nevada; pero ya les ha salido flor a los manzanos y a los cerezos; y tienen su cría de pollos y su acre de hortalizas. No he conocido humildad y honradez como la de Carmita. Ahora le veré a Manuel; que volvió de sus paseos por el aíre y aprende a tabaquero; para que se ejercite en la hermandad del hombre y en el decoro del trabajo. ¿Y ese gentil Oscar, que quisiera yo tener junto a mí, y ese Mario fundador, que ha de ayudarme a hacer un lindo pueblo de campo, y ese Alfredo paciente, leal y administrativo? Si empiezo a recordar, se me acongoja el alma, y llega turbia y ensangrentada al trabajo que tiene que hacer esta misma noche. Callo.&lt;br /&gt;Sí, quisiera que me escribiesen todos, por el vapor de vuelta a Tampa, donde estaré, bajo sobre, a Ramón Rivera y Rivera, Ibor Factory, Tampa.&lt;br /&gt;Y que me escribiesen sin pena, como si me estuviesen viendo todos los días. Yo las estoy viendo siempre, a mi Chata romántica, a mi Carmen digna, a mi dolorosa Amelia, a mi sagaz Antonia: yo no ceso de verlas un instante. Un rayo dejó una vez mudo a un hombre; ¿y no quieren que haya enmudecido yo?&lt;br /&gt;A usted, madre mía, ni una palabra. La quiero y la sufro demasiado para eso. Toda la verdad y la tristeza de su hijo&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;JOSE&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;* Carmen Miyares &lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;(O.C. Vol. 20, p. 458-460)&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;Montecristi, 25 marzo, 1895 &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Madre mía*:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd. Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre esta allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.&lt;br /&gt;Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojala pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces si que cuidaré yo de Vd. con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;Su&lt;br /&gt;J. MARTí &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. Pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*Esta es la última carta que escribió Martí a su madre.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;(O.C. Vol. 20, p. 475)&lt;/em&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-3991994070858769449?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/3991994070858769449/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=3991994070858769449&amp;isPopup=true' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3991994070858769449'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3991994070858769449'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/10/cartas-la-madre.html' title='Cartas a la madre.'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-4150512191796925610</id><published>2009-10-05T20:48:00.013+02:00</published><updated>2009-10-05T23:06:41.043+02:00</updated><title type='text'>La noche bella no deja dormir</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Por Froilan Escobar&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;(Colaboración enviada por Ernesto Fundora)&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_k0dA0ECLTm8/SspA6aAi9KI/AAAAAAAADbA/ZNPMU7s1Uns/s1600-h/Bajo+la+noche+estrellada.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5389191276260422818" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 406px; CURSOR: hand; HEIGHT: 500px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_k0dA0ECLTm8/SspA6aAi9KI/AAAAAAAADbA/ZNPMU7s1Uns/s1600/Bajo+la+noche+estrellada.jpg" border="0" /&gt; &lt;p align="justify"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En uno de los poemas del libro Flores del destierro, José Martí toca el misterio cuando dice:&lt;/p&gt;&lt;p align="center"&gt;Dos patrias tengo yo:&lt;br /&gt;Cuba y la noche. &lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;Y concluye con una pregunta que constituye, sin duda, más que una respuesta, un ensanchamiento del misterio: &lt;/p&gt;&lt;p align="center"&gt;—¿O son una las dos? &lt;/p&gt;&lt;p align="justify"&gt;Cuba y la noche se confunden para él en una misma geografía, en una misma vigilia esperadora. Sin embargo, a la hora de hablar de la vida de José Martí, las noches no cuentan. Por más pobladas que estén, por más que nos dejen innumerables connotaciones y sentidos, nunca hacemos referencia a ellas, como si los ríos no corrieran en la oscuridad, como si el tiempo del mundo, en ese momento de aparente ceguera —en que sólo podemos ver para adentro—, quedase suspendido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las noches, pareciera, no tienen implicaciones sociales, políticas y humanas. Tal vez porque tan pronto despertamos, se borran, se pierden de nosotros, como si se tratara de algo que no nos pertenece. Tal vez porque lo que se oculta —aunque es lo que nos completa—, no lo asociamos con el tiempo. O tal vez porque la historia, que suele ser excluyente con lo que soñamos, sólo ve y recoge el acto..&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;José Martí, como es sabido, vivió 42 años. O como suele decirse de manera habitual buscando mayor exactitud: vivió 15 mil 411 días, de los cuales, más de la tercera parte estuvo fuera de su patria, con su patria a cuesta, soñando con su patria, porque le faltaba. Pero sus días, por más que se alarguen en el dolor y la impaciencia de un hombre profundamente comprometido con el independentismo antimperialista y el americanismo como declaración de identidad, resultan fragmentarios e insuficientes, pues se le está amputando a su vida la otra mitad germinatoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Basta, en cambio, una noche, una sola noche, aquella lejana y habladora noche del 18 de abril de 1895 —que Martí anotara en su diario con invencible alegría, y, al decir de José Lezama Lima, con "los más misteriosos sonidos de palabras que están en nuestro idioma"—, para comprobar como esta aparente disyunción se resuelve en certidumbre. Pero no sólo porque ya estaba en Cuba, o porque después de muchos avatares y soñares, lograba, al fin, entrelazar el impulso revelador con el acto, poner en marcha todos sus pasos para concurrir a la cita con lo entrañable, sin la angustia ya de rearmar, en el sueño diurno, los fragmentos suyos que el insomnio del destierro dejara incomunicados sobre el jergón roto donde dormía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche siempre fue para él una espera anhelosa. Pero desde que salió de Nueva York, el 31 de enero de 1895, para comenzar la guerra necesaria por la independencia de Cuba, la noche se convirtió en una resistencia. Era que algo se le adelantaba, algo que tenía que atravesar borrando las huellas dejadas en los caminos, pero que al recogerlas en las páginas de su Diario de campaña, expresaba la verdadera dimensión de lo cubano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sabía que sus pasos por Estados Unidos, República Dominicana, Haití e Inagua eran vigilados e informados. Dos veces antes, sus planes para el comienzo de la lucha insurreccional habían concluido en el fracaso: en Fernandina: el gobierno de Estados Unidos, le había ocupado dos barcos cargados de armas y, en bahía de Samaná, Santo Domingo, la goleta en la que se disponía a hacerse a la mar con el grupo expedicionario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tocar tierra cubana fue vencer esa resistencia. Desde que desembarcó por las ásperas y calurosas montañas de Baracoa, comprobó que había dejado de sufrir, pues lo soñado era ahora lo vivido. La noche se convertía en gozosa extensión de su viaje. Estaba en el devenir. La noche le daba un tiempo. El tiempo que le permitía convertir una experiencia decisiva y dolorosa en algo que lo colmaba, que lo completaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí, en aquella costa pedregosa, vigilada por un alto farallón, al lado de los otros cinco expedicionarios: Máximo Gómez, Paquito Borrero, Angel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario, la noche lo impulsaba para la suprema prueba, uniendo, por primera vez, lo estelar con lo entrañable: "&lt;em&gt;La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras, (La Playita, al pie de Cajobabo.) Me quedo en el bote el último, vaciándolo. Salto. Dicha grande&lt;/em&gt;."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eso: dicha grande. Había entrado en su ámbito mayor. O, para usar sus propias palabras, en su "plena naturaleza". Ya no tendría que contentarse con mirar para adentro para explorarse las entrañas y terminar diciendo: "&lt;em&gt;Todo el que lleva luz se queda solo&lt;/em&gt;." Llevaba luz, como los cocuyos que iluminaban a trechonazos el monte a su alrededor, y no estaba solo. Su yo había alcanzado la dimensión de lo coral, pues aun en el soliloquio de su diario, la palabra se articula a un sinnúmero de voces, en concordancia con una visión de la realidad que pone en ella todo y más aún de lo que en ella se busca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No lo atormentaba ya la idea de quedarse sin esencias, sin imágenes, sin pasos en los pies en su andar por el destierro. Ahora algo venía a completarlo: participaba. Al respirar allí, tan hondo como podía, sentía el goce de lo universal en él, en lo singular. Sacudía impaciente los hombros abrumado por el peso de la carga: el tubo con los mapas de Cuba, el Winchester y las dos arrobas de medicina. Pero su nocturna búsqueda se igualaba con un fervor cuando escribía: &lt;em&gt;"¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!&lt;/em&gt;”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las palabras saltaban de sus manos a la pequeña libreta de apuntes. En todo y en todos se reconocía. En la palma que asomaba sobre un derrisco, alta y enloquecida por el viento. En el perfil o la mirada frontal de la niña que le ofrecía un pedazo de frangollo, el dulce de plátano y queso. En el anciano negro y majestuoso que lo levantaba de un abrazo, o en la mujer cobriza y ojona, cargada de hijos, que iba y venía ligera, trayéndoles café.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La palabra ya no era palabra sola, sino impulso multiplicado por muchos hombres y mujeres a los que, sin conocerlos, los conocía como si los hubiera visto antes: "&lt;em&gt;Domitila, ágil y buena, con su pañuelo egipcio, salta al monte, y trae el pañuelo lleno de tomates, culantro y orégano. Uno me da un chopo de malanga. Otro, en taza caliente, guarapo y hojas&lt;/em&gt;." Y ahí, en esas palabras, está la comprobación de que los que no tienen, a la hora de dar, tienen lo bastante, lo suficiente, para alargar la mano y compartirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No era simple juego verbal. No era literatura. Era la certeza vital de que estaba en su centro. Su Diario se llenaba de Cuba. Escribir era usar el lenguaje de la verificación. Se reconocía sin necesidad de remitirse a correspondencias o analogías externas. Nombraba lo que veía sin traducirlo, sin explicarlo o yuxtaponerlo a otra cosa fuera de lo de allí. Entraba así en el despojamiento y la esencialización. Ya no miraba desde el árbol o desde el hombre. Miraba con el árbol y con el hombre. Había sobrepasado la soledad de su yo interior para entrar en la polifonía plena del nosotros. Las palabras saltaban en el pequeño cuaderno como si quisieran irse de nuevo a la boca de la gente, para nombrar, de manera compartida, el mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Concurría así, con infinita sorpresa, al encuentro con los suyos, mientras la noche desataba reminiscencias y caminos. Su diario daba voz a lo no dicho, a lo mínimo, a lo cotidiano, a lo que no tenía voz. Lo que se ocultaba —marginado como la noche—, asomaba ahora visible en su escritura. No buscaba otra cosa diferente de lo que veía. Entrelazaba los palos del monte con la historia, el pasado de fundación con el presente, para alcanzar, al final, la más simple e inmediata de las comprobaciones: "está serena afuera la noche". O para advertir lo inconmensurable como se advierte la cercanía de una madre: "Ya duerme el campamento: al pie de un árbol grande iré luego a dormir, junto al machete y el revólver, y de almohada mi capa de hule: ahora hurgo en el jolongo y saco medicinas para los heridos. ¡Qué cariñosas las estrellas, a las 3 de la madrugada.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decir era constatar. Era entrar en un tiempo donde todo lo que invoca se cumple sin angustia, como si se lo susurraran al oído: "&lt;em&gt;Cae la noche, velas de cera, Lima cuece la jutía y asa plátanos, disputa sobre la guardia, me cuelga el general mi hamaca bajo la entrada del rancho de yaguas de Tavera&lt;/em&gt;.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No quería que nada se le escapara: la certidumbre del amor, la montaña cresteada con sofoco entre nubes, el gorjeante ángel de sinsonte, los bejucos que lo ahorcaban y azotaban, el bosque de jigüeras verdes, pegadas al tronco desnudo. Pero sobre todo, la gente, aquella gente de "sonrisa dolorosa", enjuta de carnes y pie descalzo, en cuya mirada estaba el amor, la montaña, el pájaro, el tajo desollante de los bejucos o las jigüeras verdes que sus manos convertían en toscos recipientes para tomar café.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De innumerables rostros iba acompañado. Las noches se animaban con las conversaciones de esos rostros intercambiables. Las escenas se sucedían como si, con velocidades infinitas, el tiempo desapareciera. La espera y llegada de la noche iniciaba una nueva cadena verbal. A veces la espera era infructuosa o el cansancio alejaba una palabra de humilde inéditez pero cargada de revelación. Era un momentáneo vacío hasta que las sombras de la noche emergían de nuevo y lo llenaban. Tal vez por eso, no paraba con sus ojos. Adelantaba la mirada con la mayor fijeza, para hacer, con la mirada, un camino, que le permitiera verlo todo hasta el fondo. Veía y escribía como si acariciara, como si fuera tocado, en amable exégesis, por las cosas. No tenía que explicarse nada. Bastaba con que se zambullera afuera, en la otra oscuridad, donde estaban los signos de la animación mayor. Escudriñaba las goticas de lluvia fresca que colgaban en las hojas. Se detenía en el negro dominicano, Marcos del Rosario, alto como una palma, quien se quitaba el sombrero descolorido para bruñir con él su machete, o en el General Gómez, húmedo y despeinado bajo el capote, pero en pie para ordenar que secaran los fusiles y las balas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A medida que se adentraba en la noche cubana como en un palacio de ventanas verdes, Martí veía que penetraba en un destino: "&lt;em&gt;Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una palma y una estrella&lt;/em&gt;." Cuanto más se adentraba, mas sentía aquel temblor espesando su saliva. El hombre no sólo obedece al estímulo de una idea, también elige una idea. Y él, como nadie, sabía que ese elegir era el comienzo de un nuevo acto. Percibía así que iba en lo oscuro a la claridad cenital. "&lt;em&gt;Sólo la luz es comparable a mi felicidad&lt;/em&gt;", decía en carta a Carmen Miyares. Podía comprobarlo en aquellos rostros que lo miraban ver, aun en la media noche oscura, alumbrados con velas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De loma en loma iba adentrándose en la noche y en la gente que, con cariñoso ademán, abrían la puerta y les decían: "&lt;em&gt;Pasen sin pena, aquí no tienen que tener pena&lt;/em&gt;." Y, enseguida, el café fuerte y caliente, recién colado, para aliviar el cansancio; o la tisana de hojas de yagruma para el asma súbita que comprime el pecho cuando ser camina por las lomas. Tenía la sensación de que, en aquellas manos que se extendían para invitarlos a pasar, estaban todas las manos. Después de un cuarto de siglo de destierro y de nocturna búsqueda, podía esclarecer que él estaba allí, porque esas manos estaban allí, esperándolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con paso de ansia trepó, ese 18 de abril, la abrupta loma Pavano, apartando, con esas mismas manos, las nubes. En la cresta flotaba un aire leve, veteado de los olores que ofrenda el monte. Un sinsonte gorjeaba, quedito, un trino sobre el crepúsculo. La mirada de Martí creció con intocable lejanía. Apestaba a caballo, lo doblaba el peso de la carga y la llaga traída, desde la cárcel en la adolescencia, en el tobillo. Pero a pesar de la difícil marcha por los secretos vericuetos del monte, no era un acto autodestructivo y sin significación. Ganaba más hilado su destino. Le sobraban, como nunca, pasos a sus pies, júbilo saltante a su callada alegría. Ahora, cuando cerraba los ojos en la noche, contento del día, lo acompañaban y rodeaban los rostros, "piadosos y serenos", de una mujer: Carmen Miyares, y unos niños: Carmita, María, Manuel y Ernesto, los cuales había dejado allá, en Jacksonville, apretando un adiós entre las manos. Los sentía, callados y vigilantes, junto a él. Sólo ellos le faltaban. Pero a ellos diría en una carta: "&lt;em&gt;De acá no teman. La dificultad es grande, y los que han de vencerlas, también."&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estaba sólo a un mes de su muerte y tenía la convicción de que iban siguiendo de cerca sus huellas. Esperaba por cada vereda al enemigo. Sentía la presencia del peligro, pero también el gozo de reconocerse entero en lo que lo rodeaba. Trataba de vivirlo todo, de incorporarlo todo, de quererlo todo. Percibía así el descendimiento de lo nocturno como algo que caía sobre sus hombros, y anotaba, sereno: "decidimos dormir en la pendiente. A machete abrimos un claro." La noche era, sin duda, un espacio de infinita abertura, donde la sombra clara del universo penetraba en él y en la ondulante espesura del monte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se sabía pleno ya: sin peso, sin laxitud ni agobio; más sano el cuerpo que nunca, aunque con los pies rotos y el rostro desencajado por la fatiga. La noche del 18 de abril trepaba apurada detrás de ellos borrando poco a poco el paisaje. Martí seguramente se detuvo, no porque de tronco a tronco tendiera su hamaca, sino para contemplar al general Gómez que, a su vez, oteaba por sobre las copas de los árboles, calculando lo poco que les quedaba de luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como siempre que hacían campamento, se ordenó que sancocharan unos plátanos y unos chopos de malangas, mientras Marcos pilaba el café. Todos se movieron. Faltaba leña seca, pero sobraba el viento que avivara la llama. Hubo que hacer un cerco de yaguas para proteger la hoguera. El humo, entonces, no dejaba respirar. Abanicaron con sus sombreros. Sólo Martí se extasiaba con el olor del humo, como si le trajera el recuerdo lejano de su infancia en Hanábana. Alrededor, el monte era tupido; el calor, agobiante. Amenazaba con llover. Comieron apurados las raciones sobre un plato hecho con un pedazo de yagua. Luego saborearon un sorbito de café en los toscos recipientes de jigüeras verdes. Cada uno puso a buen resguardo sus armas. Las envolvieron en las capas de goma, mientras, para echarse a dormir, se tapaban con hojas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La oscuridad, a esa hora, se rompía en múltiples espirales de lucecitas y sonidos. Martí alargó la cabeza para oír lo invisible del oleaje, para quedarse con las dilataciones de aquella levedad. La noche cubana comenzaba a poblarse, a nutrirse del parloteo secreto del rumor innumerable del monte. La musiquilla se hacía cada vez más susurrante. Era un contacto inaudito que, aunque lo sobrepasaba, le pertenecía. Apretó la mejilla contra la hamaca como para preguntarse, otra vez, si eran una las dos. La neblina espesa se escurría sobre el pico de la loma y le rozaba la cara. Lo oculto, lo oscuro, lo resguardado, abría sus puertas y le ofrecía la suntuosidad de aquel tintineo como un silencio vivo, sonoro. A la pálida luz de una vela de cera, sujeta junto a sus rodillas sobre un palo clavado en la tierra, se puso entonces a escribir con letra menuda y suspiradas pausas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;"La noche bella no deja dormir. Silba el grillo; el lagartijo quiquiquea, y su coro le responde; aún se ve, entre la sombra, que el monte es de cupey y de paguá, la palma corta y espinuda; vuelan despacio en torno las animitas; entre los ruidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y se eleva, siempre sutil y mínima: es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿qué violín diminuto, y oleada de violines, sacan son, y alma, a las hojas? ¿qué danza de almas de hojas?" &lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;La espera y la llegada de la noche colmaron el vacío de la lejanía. El susurro se escurría por su mano que escribía para dejar presencias, indagaciones, concreciones de lo real en el torrente desbocado con que reemplazaba al día en su espíritu despierto. Alargaba la oreja y escuchaba, una y otra vez, aquella marea murmullosa de vocecitas acribilladas por incesantes puntos de luz. Se detuvo en lo que acababa de escribir. Mucho había esperado este momento. Mucho lo había soñado como espacio de significación y plenitud. La luz de la vela parpadeaba acorralada seguramente por el viento. Botó un respiro y completó la anotación con una frase que lo devolvía a la otra realidad: "La ropa se secó a la fogata". 18&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Atrás quedaba el destierro por incesantes laberintos. La vida adoptaba movimientos indescifrables. Volteó la cabeza hacia los comienzos para ir reteniendo los rostros. Penetraba así en su caída. Cuanto más se acercaba más precisaba aquel temblor de su piel que espesaba su saliva. Ya sonaban los disparos en la distancia. Pero la noche, la noche bella, recuperada ese 18 de abril de 1895, asumida como reencuentro pleno, dejaba innumerables significados sin aquella distante interrogación de sus versos, porque, verdaderamente, Cuba y la noche, eran ya una sola las dos. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-4150512191796925610?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/4150512191796925610/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=4150512191796925610&amp;isPopup=true' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/4150512191796925610'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/4150512191796925610'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/10/la-noche-bella-no-deja-dormir.html' title='La noche bella no deja dormir'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_k0dA0ECLTm8/SspA6aAi9KI/AAAAAAAADbA/ZNPMU7s1Uns/s72-c/Bajo+la+noche+estrellada.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-3713740796714120580</id><published>2009-09-28T20:09:00.009+02:00</published><updated>2011-01-07T01:11:41.299+01:00</updated><title type='text'>Las tres filosofías de Orígenes</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color: #3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Artículo de Gustavo Pita Céspedes &lt;/em&gt;(1)&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color: #3366ff;"&gt;Publicado en la Revista Contracorriente, 1996&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Para abordar el tema de la filosofía en la revista &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt; es indispen­sable rozar problemas tales como la natu­raleza específica de la filosofía, la especi­ficidad del pensamiento filosófico cuba­no, la evolución de la cultura cubana y sus símbolos o misterios más hondos. Porque si de hablar de los méritos de ese grupo se trata hay que subrayar de inmediato que uno de los principales es precisamente el de haber conquistado para nuestra alma co­lectiva ese estrato de los símbolos o enig­mas que —a veces como traumas, a veces como revelaciones históricas— tenemos que interpretar en el proceso de nuestro autoconocimiento como pueblo. Para nues­tro pensamiento filosófico nacional no ha sido habitual explorar ese mundo de nues­tros arquetipos que ha quedado sin embar­go atrapado en la obra de los poetas filó­sofos de &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt;, desde cuyas páginas nos sigue atrayendo, fascinando e intrigando no ya como sombra, sino como nebuloso resplandor.&lt;br /&gt;Y es que, realmente, existe esa pro­funda dimensión del alma nacional, que uno sin ser religioso se siente tentado a llamar mística, y que es la patria real del Hombre cubano, del cubano Hombre, el espacio auténtico en el que el Hombre «acontece›› en nuestra cultura para convertirla en un hecho irreversible merced al cual el Hombre ya no puede volver a ser en nuestra historia fantasía o mito y es reto viviente, noticia escandalizadora, es­pejo intranquilizador.&lt;br /&gt;La existencia de esa dimensión es tes­timonio de la capacidad «antropopoiética›› de un pueblo cuando es crisol en que cris­taliza el Hombre. Y esa cristalización solo ocurre en el campo de tensión que gene­ran los «símbolos›› como insólitos espa­cios de proeza en los que lo infinito existe —o pugna por existir— en lo finito. De modo que los símbolos marcan las posibi­lidades de una cultura, su fertilidad humana y también el alcance de su filoso­fía; porque en esencia la filosofía de un pueblo descubre, contempla .y explora constantemente esos símbolos y es un cuestionamiento progresivo de los mismos. Sin los símbolos la filosofía no puede balbu­cear siquiera su primera palabra. De ellos toma sus más hondas intuiciones y sin ellos resulta hueca, descolorida, poco convin­cente, palabra muerta desenterrada de las bibliotecas. Es que los símbolos son un estrato del Ser, no del arte, de la ilusión o la fantasía. Se hace filosofía cuando se cae en el campo de la tensión que generan los símbolos, cuando se vive con ellos, en ellos o a través de ellos, pero nunca cuando se esta fuera del alcance de su influencia ontológica.&lt;br /&gt;Solo cuando los símbolos trasmiten su "carga" al espacio vital del hombre, su vida se "electriza" de filosofía y el hom­bre "polarizado" por esa carga crece filó­sofo más que por educación, por induc­ción. De modo que una filosofía cuando es auténtica lleva dentro de sí sus símbo­los, sus experiencias del Ser.&lt;br /&gt;En &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt; encontramos dos filo­sofías. Una que sigue la inercia de una forma de conciencia devenida profesión y otra que es en sí impulso y origen, lozano renacer del alma ante enigmas siempre fres­cos. La primera usa un lenguaje que la distingue de inmediato como "filosofía" y no es obligatoriamente de producción nacional. A pesar de la profundidad de sus términos y la celebridad de los nombres, conforma el estrato más externo de la filo­sofía en la obra. ese estrato cuyo sentido se pierde si no lo valida otro más profun­do. En la segunda, que proporciona ese sostén y es esencialmente poesía, se siente el alma buscando un lenguaje para sus cuestionamientos. Si no se reconoce su esen­cia filosófica es porque no hereda ni te­mas ni lenguaje, pero en ella vive ya la premisa de toda filosofía que es la exis­tencia del «alma» en su propia dimensión, la cristalización de un nuevo «topos» - que pudiéramos denominar lo «interior», &lt;em&gt;campo&lt;/em&gt; «sustraído» del espacio habitual con sus contraposiciones de lo interno y lo externo, escenario de «la experiencia», que es, además, el alma misma. (Porque si bien el alma inmadura es aun como un niño agazapado en su armario que disfruta su oscuridad desde la rendija, el alma acaeci­da, el alma-hecho, &lt;em&gt;la experiencia&lt;/em&gt;, es un eterno extrañarse de la chata intimidad con sus rendijas y abrirse al campo. Entonces ni se vive, ni se muere, ni se es inmortal para sí y la propia idea de "Mi" inmorta­lidad deviene un contrasentido. Ni el vi­vir, ni el morir, ni el ser inmortal impor­tan ya como vivencias del armario, pues vida, muerte e inmortalidad para los otros es el alma. Y acaso como en los árboles extáticos, hay vida en el recuerdo...)&lt;br /&gt;En ese vibrante campo de &lt;em&gt;la&lt;/em&gt; &lt;em&gt;expe­riencia&lt;/em&gt; nace la filosofía bañada de poesía. Así en &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt; la poética es el núcleo, el centro ardiente, enceguecedor, pero vivo. Mas el núcleo del núcleo, la singularidad, la magia del vacío está en el acto de crea­ción y en la necesidad de la entrega, primerísimo testimonio del alma. Quiere de­cir que la filosofía de &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt; está ya la­tente en la nada de &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt; o en su inten­ción primera que nuevamente nos retro­trae al ebullente campo donde lo filosófi­co no es aún filosofía, ni poesía, sino &lt;em&gt;ex­periencia&lt;/em&gt;. Tal es la triestratificación de la filosofía de la revista que es a su vez un modelo de la triestrairificación del pensa­miento filosófico nacional en la época.&lt;br /&gt;Para comprender el sentido de la fi­losofía en Orígenes es imprescindible com­prender la especificidad del período de la historia de la cultura cubana en que aque­lla se gesta.&lt;br /&gt;La cultura, desde determinado pun­to de vista y en determinada etapa de su conocimiento, puede ser definida como "el contenido humano de la historia"(2). Es la historia concebida ante todo como el pro­ceso de formación del hombre cual sujeto libre, es decir, la historia vista desde el ángulo en que el hombre no es instrumen­to o medio del devenir histórico, sino su fuente original y su fin último. Es la his­toria del hombre entendido incluso en un sentido muy concreto, como individuo, pero es la historia del individuo en la me­dida en que éste deja de ser individualidad ensimismada, existente a través de sí misma, y, de la misma manera, es la historia de la sociedad, pero sólo dentro de los marcos en que ésta no es éter difuso en el que la silueta peculiar del individuo se bo­rra, disuelta en un colosal maremagnum de interacciones anónimas. Es la historia de la sociedad en las fronteras de la &lt;em&gt;co­munidad&lt;/em&gt;, de la sociedad como individua­lidad sui generis, &lt;em&gt;como pueblo&lt;/em&gt;. De tal suerte que las fronteras de la cultura son definidas por el ámbito de un &lt;em&gt;modo espe­cífico de comunicación o trato&lt;/em&gt; que apare­ce en un momento determinado del deve­nir histórico.&lt;br /&gt;Para comprender la especificidad y el sentido del pensamiento filosófico cu­bano es entonces fundamental estudiar la historia de Cuba desde la perspectiva de su evolución como pueblo, o lo que es lo mismo, estudiarla desde el punto de vista de como evolucionan en ella a lo largo de los siglos las formas de comunidad y co­municación. Porque la filosofía en su fun­cionamiento real sólo puede surgir cuan­do la conciencia del individuo adquiere determinada amplitud sin que se desper­sonalice y la personalidad alcanza el ran­go de &lt;em&gt;microcosmos&lt;/em&gt;. La forma de concien­cia de ese microcosmos es la filosofía, pues la inquietud filosófica sólo existe cuando se tiene ese «horizonte», esa línea entre mundos, a la vez cercana y distante, níti­da y borrosa, familiar y misteriosa en que la recta se hace curva, la tierra toma como prolongación el cielo y lo real deviene posible.&lt;br /&gt;Siempre se ha dicho que la filoso­fía se ocupa de problemas universales, y es cierto, pero es importante precisar que en su existencia real la filosofía es «con­ciencia real» que se gesta en las entrañas mismas de la vida, es espíritu que circula entre las mentes y se oxigena y concentra en sí una preocupación por colectiva, uni­versal. La filosofía se ocupa, pues, de lo universal, pero recuperado en el mundo humano, de lo universal más que reflejado, «focalizado» en ese microcosmos que es su imagen y semejanza, de lo contra­rio es contenido sin forma, frío espíritu sin carne, sombra condenada a vagar en casa deshabitada. Pero esa recuperación concreta de lo universal en lo humano no es un simple episodio intelectual, sino que se da además como hecho histórico y es «fenómeno particular» cuando no singu­lar. Es algo que «acaece» y trastorna y puede ser leído en los "signos de los tiem­pos". Su aparición "carga" el campo de la historia y crea un foco de tensión cuya manifestación ética es un comprometi­miento que puede llegar a convertirse en compromiso.&lt;br /&gt;Mas, la inquietud por lo universal sólo puede despertarla en el hombre &lt;em&gt;el Hombre&lt;/em&gt;, y el Hombre nace y existe en &lt;em&gt;el pueblo&lt;/em&gt;. Porque bien miradas las cosas, el Hombre sólo puede nacer en cierto espa­cio bien definido de comunicación, con su &lt;em&gt;horizonte&lt;/em&gt;, en ese espacio de comunicación que hoy en día siguiendo a los antiguos tiende cada vez más a definirse como &lt;em&gt;ágo­ra&lt;/em&gt; y que es la extensión donde la concien­cia vive y fluye y se une el pueblo. El hombre no es más que la condensación de ese &lt;em&gt;continuum&lt;/em&gt; en un punto específico del espacio-tiempo. La inquietud por lo uni­versal surge cuando el Hombre enciende en el hombre el sentimiento de su infini­tud interior. Y al asomarse a ese abismo interno, a ese océano interior, el hombre siente euforia, vértigo o pavor. Pero ese sublime panorama sólo se divisa desde el ágora.&lt;br /&gt;En toda cultura, desde su nacimien­to, encontramos dos dimensiones igual­mente humanas que son, podemos decir, dos dimensiones ontológicas del hombre, dos planos en los que transcurre su exis­tencia: el de lo inmediato y el de lo me­diato. Toda cultura, por ser cultura, o sea segunda naturaleza, incluye desde sus orí­genes obligatoriamente la dimensión de lo mediato que de otra manera pudiera llamarse de lo "trascendente". Pero en los estadios iniciales de su desarrollo, esa di­mensión está aún demasiado involucrada en lo inmediato por su contenido, aun cuando parezca ser auténtica por su for­ma. (Si se trata, por ejemplo, de manifes­taciones religiosas, la preocupación bási­ca de éstas es la seguridad personal, la pros­peridad económica, el confort y la tran­quilidad familiar, aunque su forma sea es­trictamente religiosa y, en un sentido más amplio, espiritual). La cultura misma es en ese estadio, cultura, no por su conteni­do, sino por su forma. Una cultura devie­ne, por primera vez tal en el sentido pro­pio de la palabra, cuando esa dimensión humana que antes llamábamos de lo me­diato o lo trascendente, deja de ser forma de otro contenido ajeno y deja de ser con ello un medio para otra cosa. En culturas como la rusa, la cristalización irreversible de esa dimensión se evidencia con toda cla­ridad en imágenes artísticas como, por ejemplo, la del Icaro ruso de la película Andrei Rubliov de Tarkovski. Ese Icaro, que es un símbolo universal del Hombre que busca su auténtica dimensión en la que la humanidad no es más una mera variante de la animalidad; ese Hombre que se es­fuerza por romper la gravedad del inter­valo que lo separa de una nueva e insospe­chada perspectiva, es al mismo tiempo que el Icaro universal, un Icaro ruso, auténti­camente ruso. Pero esta imagen artística, aun en toda su fuerza y expresividad, es sólo un indicio, una señal de la madura­ción de una cultura que ha devenido tal, y por lo tanto, de la realización en algún momento y lugar de la historia rusa, del misterio que implica el nacimiento del Hombre. Lo que quiere decir que antes que en la imagen artística —tan univer­sal, pero a la vez, tan concreta, tan concre­ta que necesita de una impresión vívida y próxima, si es que no directa— esas señales apa­recen en un Hombre o grupo de Hombres cuyo vivir revela las posibilidades de un pueblo y despierta por primera vez en la mayoría las más hondas inquietudes y cuestionamientos hasta tal punto que ya jamás nadie puede volver a vivir o a ser como antes. Y es entonces, por cierto, que surgen por primera vez y con un sentido muy humano, «el antes, el ahora y el des­pués», es decir, &lt;em&gt;el tiempo de una cultura, su eje temporal&lt;/em&gt;, una clara tendencia con «de dónde», «dónde» y «hacia dón­de», sin la que una cultura jamás puede tener una existencia real.&lt;br /&gt;La historia de una cultura, las fases de su desarrollo, suelen definirse siguien­do diversos criterios. Como es usual e in­evitable confundir cultura y sociedad, está muy difundida la práctica de tomar los cri­terios de desarrollo de una sociedad como criterios de desarrollo de una cultura y ello es válido solo hasta cierto punto. Sin em­bargo, si siguiendo la definición de V. M. Mezhuev, por cultura entendemos el &lt;em&gt;con­tenido humano&lt;/em&gt; de la historia, el criterio básico para definir el desarrollo de una cultura y sus fases dimana de la pregunta:&lt;br /&gt;¿En qué momento propiamente es que sur­ge en ese contexto dado el Hombre, y por cierto, en el sentido más universal, y por tanto, más singular y concreto, «indivi­dual» e incluso «personal» de la palabra? El Hombre como ser real, con un cuerpo espacio-temporalmente definido y perfectamente visible, audible y tangible, y al mismo tiempo, el Hombre como misterio impenetrable, intangible, inabarcable...&lt;br /&gt;Ese acontecimiento histórico es como un humano Big Bang a partir del cual todo en una cultura, aun cuando desde antes hu­biera tenido un &lt;em&gt;significado&lt;/em&gt;, adquiere por primera vez un &lt;em&gt;sentido&lt;/em&gt;, y es a partir de ese hecho, de ese &lt;em&gt;fenómeno &lt;/em&gt;(o &lt;em&gt;epifanía&lt;/em&gt;), que en el estrato más hondo de todas las manifestaciones de la cultura espiritual, en la mo­ral, el arte, la religión y la filosofía, surge la pregunta, en la mayoría de los casos inconsciente, pero por primera vez carga­da de pleno sentido, que la anima: &lt;em&gt;¿Cómo fue posible que un Hombre así surgiera o cómo pudo nacer un buen Hombre de en­tre el mal?&lt;/em&gt; (formulación moral); &lt;em&gt;¿Más allá de lo real, qué es lo posible?&lt;/em&gt; (formulación artística); &lt;em&gt;¿Cómo es posible que el Verbo se haga carne?&lt;/em&gt; (formulación reli­giosa) y &lt;em&gt;¿Cómo puede existir lo universal en lo singular, lo infinito en lo finito?&lt;/em&gt; (for­mulación filosófica). Y en lo más profun­do del ser del moralista, del artista, del religioso, del filósofo y demás hombres sensibles se despierta una inquietud ontológica, una duda existencial que experi­mentan incluso físicamente como una pér­dida de equilibrio, una alteración o descentramiento, lo que de hecho no es más que un síntoma de haber intuido en el Hom­bre la dimensión de lo posible. El funda­mento del cuestionamiento intelectual es entonces una experiencia, &lt;em&gt;la experiencia de la posibilidad&lt;/em&gt;, sin la que ningún ser con figura humana puede devenir Hom­bre.&lt;br /&gt;Si se quiere entender el sentido de la filosofía en &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt;, el mensaje e inclu­so el lugar que ocupa esa obra como un todo en la historia de la cultura cubana, es indispensable, creo, tomar en cuenta esa dimensión que para la época en que nace &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt; ya ha acaecido en nuestra cultu­ra. Sobre todo hay que hacerlo cuando se trata de entender ese profundo estrato de su faceta filosófica que en forma de poesía es savia vivificante que circula en el alma del pueblo siendo a su vez conciencia viva, y sin el cual resulta incomprensible el otro estrato, más externo y profesional que se autoevidencia como filosofía. Porque en lo más profundo de la revista &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt;, en su inconsciente poético y poiético, res­pira la «experiencia de Martí», alma gran­de de Cuba, gran misterio de nuestra cul­tura, enigma que ha magnetizado nuestro ámbito histórico, creado el más y el me­nos y con ello un sentido; la experiencia de lo posible —y lo imposible— en lo real, del sentido de la vida, la muerte y la inmortalidad: experiencia del &lt;em&gt;ser del Hom­bre&lt;/em&gt; que sin Martí sería para los cubanos mero misticismo, parábola lúcida de buen libro viejo, sutil mercancía, ilusión o pa­satiempo.&lt;br /&gt;Ese misterio de Martí ha ido desen­trañándose gradualmente, en diversas eta­pas, en un proceso que ha coincidido con el desarrollo de nuestra autoconciencia cubana. Cada generación ha ido develando facetas del gran enigma, y buscando comprender a Martí, ha buscado de hecho comprenderse a sí misma. Pero hay algo aún más esencial —y en esto está quizá el secreto de la «cubanidad», porque Martí es el "cordón de plata" que nos mantiene cubanos en la distancia— incluso lo que cada generación ha alcanzado a interpre­tar apenas como un proceso de autocomprensión, ha sido de hecho un proceso de comprensión de Martí.&lt;br /&gt;En etapas tempranas de nuestra evo­lución nacional, el objeto principal de esa búsqueda fue "la vida del Maestro", su que­hacer como sujeto empírico, como hom­bre de su suelo y de su tiempo.&lt;br /&gt;La etapa en la que floreció la revista &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt; fue un período en el que nuestra cultura espiritual ya había madurado lo suficiente como para tratar de entender el profundo sentido de la "muerte del Maes­tro" e intentar, desde esa perspectiva, una nueva interpretación de su vida. El tema mismo de la «muerte» podía ser asumido ya en su sentido particular: no era la muerte del ser humano universal-abstracto, ni la de un cuerpo concreto en su individual animalidad, era «la muerte de un Hombre», la muerte de Martí, la premisa o trasfondo de la reflexión. Por primera vez, esa sus­tancial realidad humana podía ser abordada a fondo con un sentido realista y constructivo, lejos de todo temor, lamento o morbosidad.&lt;br /&gt;La generación actual, tras la huella de un nuevo tipo de hombre, retoma &lt;em&gt;el misterio del nacimiento del Maestro&lt;/em&gt;, ese enigma de la nada vuelta semilla, y ensa­ya una nueva visión de su quehacer.&lt;br /&gt;En los poetas de &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt; encontra­mos pues, por primera vez, esa profunda penetración en el Ser del Hombre que sólo alumbra una experiencia. Ella revela el arquetipo comprometedor que hace impo­sible el autoengaño y enciende, como que­mante espejo, la conciencia. De esa experiencia del &lt;em&gt;Ecce Homo&lt;/em&gt; nace el Hombre. Y en Cuba el &lt;em&gt;Ecce Homo&lt;/em&gt;, el «Hombre acontecido» fue Martí.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;(Kioto, 1993)&lt;/div&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Bibliografía:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Revista &lt;em&gt;Orígenes&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Kagan, M. S. &lt;em&gt;El mundo de la interacción comunicativa&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Kitaro, Nishida &lt;em&gt;Ensayo sobre el bien.&lt;/em&gt; (Zen-no-kenkyu)&lt;br /&gt;Mamardashvili, M. K. &lt;em&gt;Otro cielo&lt;/em&gt;. (Entrevista concedida a la revista rusa América Latina).&lt;br /&gt;Mezhuev, V. M. &lt;em&gt;La cultura y la historia&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Nishitani. Keiji. &lt;em&gt;El punto de vista del Zen&lt;/em&gt;. (Zen-no-tachiba)&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Filosofía de la religión&lt;/em&gt;. (Shukyotetsugaku)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Notas:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;(1) En la elaboración y discusión de las ideas de este escrito han participado mis amigos Iván González Cruz, Wilfredo Domínguez, Emilio Ichikawa, Said de la Cruz y Royds Fuentes Imbert, quienes en ese sentido, pueden considerarse coautores.&lt;br /&gt;(2) Véase: Mezhuev, V. M. &lt;em&gt;La cultura y la historia&lt;/em&gt;.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;Publicado en: &lt;em&gt;Revista Contracorriente&lt;/em&gt; •Año 2 • No, 3 • 1996&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-3713740796714120580?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/3713740796714120580/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=3713740796714120580&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3713740796714120580'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3713740796714120580'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/09/las-tres-filosofias-de-origenes-1.html' title='Las tres filosofías de Orígenes'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-2151338550038227067</id><published>2009-09-21T00:28:00.009+02:00</published><updated>2009-09-21T00:37:30.167+02:00</updated><title type='text'>El poeta Walt Whitman</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Crónica publicada en&lt;/em&gt; El Partido Liberal&lt;em&gt;. México, 1887.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nueva York, 19 de abril de 1887&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor Director de &lt;em&gt;El Partido Liberal&lt;/em&gt;:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;«Parecía un dios anoche, sentado en su sillón de terciopelo rojo, todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, las cejas como un bosque, la mano en un cayado.» Esto dice un diario de hoy del poeta Walt Whitman, anciano de setenta años a quien los críticos profundos, que siempre son los menos, asignan puesto extraordinario en la literatura de su país y de su época. Sólo los libros sagrados de la antigüedad ofrecen una doctrina comparable, por su profético lenguaje y robusta poesía, a la que en grandiosos y sacerdotales apotegmas emite, a manera de bocanadas de luz, este poeta viejo, cuyo libro pasmoso está prohibido.&lt;br /&gt;¿Cómo no, si es un libro natural? Las universidades y latines han puesto a los hombres de manera que ya no se conocen; en vez de echarse unos en brazos de los otros, atraídos por lo esencial y eterno, se apartan, piropeándose como placeras, por diferencias de mero accidente; como el budín sobre la budinera, el hombre queda amoldado sobre el libro o maestro enérgico con que le puso en contacto el azar o la moda de su tiempo; las escuelas filosóficas, religiosas o literarias, encogullan a los hombres, como al lacayo la librea; los hombres se dejan marcar, como los caballos y los toros, y van por el mundo ostentando su hierro; de modo que, cuando se ven delante del hombre desnudo, virginal, amoroso, sincero, potente -del hombre que camina, que ama, que pelea, que rema-, del hombre que, sin dejarse cegar por la desdicha, lee la promesa de final ventura en el equilibrio y la gracia del mundo; cuando se ven frente al hombre padre, nervudo y angélico de Walt Whitman, huyen como de su propia conciencia y se resisten a reconocer en esa humanidad fragante y superior el tipo verdadero de su especie, descolorida, encasacada, amuñecada.&lt;br /&gt;Dice el diario que ayer, cuando ese otro viejo adorable, Gladstone, acababa de aleccionar a sus adversarios en el Parlamento sobre la justicia de conceder un gobierno propio a Irlanda, parecía él como mastín pujante, erguido sin rival entre la turba, y ellos a sus pies como un tropel de dogos. Así parece Whitman, con su «persona natural», con su «naturaleza sin freno en original energía», con sus «miradas de mancebos hermosos y gigantes», con su creencia en que «el más breve retoño demuestra que en realidad no hay muerte», con el recuento formidable de pueblos y razas en su «Saludo al mundo», con su determinación de «callar mientras los demás discuten, e ir a bañarse y a admirarse a sí mismo, conociendo la perfecta propiedad y armonía de las cosas»; así parece Whitman, «el que no dice estas poesías por un peso»; el que «está satisfecho, y ve, baila, canta y ríe»; el que «no tiene cátedra, ni púlpito, ni escuela», cuando se le compara a esos poetas y filósofos canijos, filósofos de un detalle o de un solo aspecto; poetas de aguamiel, de patrón, de libro; figurines filosóficos o literarios.&lt;br /&gt;Hay que estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo. En su casita de madera, que casi está al borde de la miseria, luce en una ventana, orlado de luto, el retrato de Victor Hugo; Emerson, cuya lectura purifica y exalta, le echaba el brazo por el hombro y le llamó su amigo; Tennyson, que es de los que ven las raíces de las cosas, envía desde su silla de roble en Inglaterra, ternísimos mensajes al «gran viejo»; Robert Buchanan, el inglés de palabra briosa, «¿qué habéis de saber de letras - grita a los norteamericanos-, si estáis dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro colosal Walt Whitman?»&lt;br /&gt;«La verdad es que su poesía, aunque al principio causa asombro, deja en el alma, atormentada por el empequeñecimiento universal, una sensación deleitosa de convalecencia. Él se crea su gramática y su lógica. Él lee en el ojo del buey y en la savia de la hoja.» «¡Ése que limpia suciedades de vuestra casa, ése es mi hermano!» Su irregularidad aparente, que en el primer momento desconcierta, resulta luego ser, salvo breves instantes de portentoso extravío, aquel desorden y composición sublimes con que se dibujan las cumbres sobre el horizonte.&lt;br /&gt;Él no vive en Nueva York, su «Manhattan querida», su «Manhattan de rostro soberbio y un millón de pies», a donde se asoma cuando quiere entonar «el canto de lo que ve a la Libertad»; vive, cuidado por «amantes amigos», pues sus libros y conferencias apenas le producen para comprar pan, en una casita arrinconada en un ameno recodo del campo, de donde en su carruaje de anciano le llevan los caballos que ama a ver a los «jóvenes forzudos» en sus diversiones viriles, a los «camaradas» que no temen codearse con este iconoclasta que quiere establecer «la institución de la camaradería», a ver los campos que crían, los amigos que pasan cantando del brazo, las parejas de novios, alegres y vivaces como las codornices. Él lo dice en sus «Calamos», el libro enormemente extraño en que canta el amor de los amigos: «Ni orgías, ni ostentosas paradas, ni la continua procesión de las calles, ni las ventanas atestadas de comercios, ni la conversación con los eruditos me satisface, sino que al pasar por mi Manhattan los ojos que encuentro me ofrezcan amor; amantes, continuos amantes es lo único que me satisface». Él es como los ancianos que anuncia al fin de su libro prohibido, sus «Hojas de Yerba»: «Anuncio miríadas de mancebos gigantescos, hermosos y de fina sangre; anuncio una raza de ancianos salvajes y espléndidos».&lt;br /&gt;Vive en el campo, donde el hombre natural labra al sol que lo curte, junto a sus caballos plácidos, la tierra libre; mas no lejos de la ciudad amable y férvida, con sus ruidos de vida, su trabajo graneado, su múltiple epopeya, el polvo de los carros, el humo de las fábricas jadeantes, el sol que lo ve todo, «los gañanes que charlan a la merienda sobre las pilas de ladrillos, la ambulancia que corre desalada con el héroe que acaba de caerse de un andamio, la mujer sorprendida en medio de la turba por la fatiga augusta de la maternidad». Pero ayer vino Whitman del campo para recitar, ante un concurso de leales amigos, su oración sobre aquel otro hombre natural, aquella alma grande y dulce, «aquella poderosa estrella muerta del Oeste», aquel Abraham Lincoln. Todo lo culto de Nueva York asistió en silencio religioso a aquella plática resplandeciente, que por sus súbitos quiebros, tonos vibrantes, hímnica fuga, olímpica familiaridad, parecía a veces como un cuchicheo de astros. Los criados a leche latina, académica o francesa, no podrían acaso entender aquella gracia heroica. La vida libre y decorosa del hombre en un continente nuevo ha creado una filosofía sana y robusta que está saliendo al mundo en epodos atléticos. A la mayor suma de hombres libres y trabajadores que vio jamás la tierra, corresponde una poesía de conjunto y de fe, tranquilizadora y solemne, que se levanta, como el sol del mar, incendiando las nubes; bordeando de fuego las crestas de las olas; despertando en las selvas fecundas de la orilla las flores fatigadas y los nidos. Vuela el polen; los picos cambian besos; se aparejan las ramas; buscan el sol las hojas, exhala todo música; con ese lenguaje de luz ruda habló Whitman de Lincoln.&lt;br /&gt;Acaso una de las producciones más bellas de la poesía contemporánea es la mística trenodia que Whitman compuso a la muerte de Lincoln. La Naturaleza entera acompaña en su viaje a la sepultura el féretro llorado. Los astros lo predijeron. Las nubes venían ennegreciéndose un mes antes. Un pájaro gris cantaba en el pantano un canto de desolación. Entre el pensamiento y la seguridad de la muerte viaja el poeta por los campos conmovidos, como entre dos compañeros. Con arte de músico agrupa, esconde y reproduce estos elementos tristes en una armonía total de crepúsculo. Parece, al acabar la poesía, como si la tierra toda estuviese vestida de negro, y el muerto la cubriera desde un mar al otro. Se ven las nubes, la Luna cargada que anuncia la catástrofe, las alas largas del pájaro gris. Es mucho más hermoso, extraño y profundo que «El Cuervo» de Poe. El poeta trae al féretro un gajo de lilas.&lt;br /&gt;Su obra entera es eso.&lt;br /&gt;Ya sobre las tumbas no gimen los sauces; la muerte es «la cosecha, la que abre la puerta, la gran reveladora»; lo que está siendo, fue y volverá a ser; en una grave y celeste primavera se confunden las oposiciones y penas aparentes; un hueso es una flor. Se oye de cerca el ruido de los soles que buscan con majestuoso movimiento su puesto definitivo en el espacio; la vida es un himno; la muerte es una forma oculta de la vida; santo es el sudor y el entozoario es santo; los hombres, al pasar, deben besarse en la mejilla; abrácense los vivos en amor inefable; amen la yerba, el animal, el aire, el mar, el dolor, la muerte; el sufrimiento es menos para las almas que el amor posee; la vida no tiene dolores para el que entiende a tiempo su sentido; del mismo germen son la miel, la luz y el beso; ¡en la sombra que esplende en paz como una bóveda maciza de estrellas, levántase con música suavísima, por sobre los mundos dormidos como canes a sus pies, en apacible y enorme árbol de lilas!&lt;br /&gt;Cada estado social trae su expresión a la literatura, de tal modo, que por las diversas fases de ella pudiera contarse la historia de los pueblos, con más verdad que por sus cronicones y sus décadas. No puede haber contradicciones en la Naturaleza; la misma aspiración humana a hallar en el amor, durante la existencia, y en lo ignorado después de la muerte, un tipo perfecto de gracia y hermosura, demuestra que en la vida total han de ajustarse con gozo los elementos que en la porción actual de vida que atravesamos parecen desunidos y hostiles. La literatura que anuncie y propague el concierto final y dichoso de las contradicciones aparentes; la literatura que, como espontáneo consejo y enseñanza de la Naturaleza, promulgue la identidad en una paz superior de los dogmas y pasiones rivales que en el estado elemental de los pueblos los dividen y ensangrientan; la literatura que inculque en el espíritu espantadizo de los hombres una convicción tan arraigada de la justicia y belleza definitivas que las penurias y fealdades de la existencia no las descorazonen ni acibaren, no sólo revelará un estado social más cercano a la perfección que todos los conocidos, sino que, hermanando felizmente la razón y la gracia, proveerá a la Humanidad, ansiosa de maravilla y de poesía, con la religión que confusamente aguarda desde que conoció la oquedad e insuficiencia de sus antiguos credos.&lt;br /&gt;¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida. ¿A dónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos? Los mejores, los que unge la Naturaleza con el sacro deseo de lo futuro, perderán, en un aniquilamiento doloroso y sordo, todo estímulo para sobrellevar las fealdades humanas; y la masa, lo vulgar, la gente de apetitos, los comunes, procrearán sin santidad hijos vacíos, elevarán a facultades esenciales las que deben servirles de meros instrumentos y aturdirán con el bullicio de una prosperidad siempre incompleta la aflicción irremediable del alma, que sólo se complace en lo bello y grandioso.&lt;br /&gt;La libertad debe ser, fuera de otras razones, bendecida, porque su goce inspira al hombre moderno -privado a su aparición de la calma, estímulo y poesía de la existencia- aquella paz suprema y bienestar religioso que produce el orden del mundo en los que viven en él con la arrogancia y serenidad de su albedrío. Ved sobre los montes, poetas que regáis con lágrimas pueriles los altares desiertos.&lt;br /&gt;Creíais la religión perdida, porque estaba mudando de forma sobre vuestras cabezas. Levantaos, porque vosotros sois los sacerdotes. La libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la libertad el culto nuevo. Ella aquieta y hermosea lo presente, deduce e ilumina lo futuro, y explica el propósito inefable y seductora bondad del Universo.&lt;br /&gt;Oíd lo que canta este pueblo trabajador y satisfecho: oíd a Walt Whitman. El ejercicio de sí lo encumbra a la majestad, la tolerancia a la justicia, y el orden a la dicha. El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra. Y lo que, oído en lo interior de la concha, parecía portentosa contienda, resulta a la luz del aire ser el natural movimiento de la savia en el pulso enérgico del mundo.&lt;br /&gt;El mundo, para Walt Whitman, fue siempre como es hoy. Basta con que una cosa sea para que haya debido ser, y cuando ya no deba ser, no será. Lo que ya no es, lo que no se ve, se prueba por lo que es y se está viendo; porque todo está en todo, y lo uno explica lo otro; y cuando lo que es ahora no sea, se probará a su vez por lo que esté siendo entonces. Lo infinitésimo colabora para lo infinito, y todo está en su puesto, la tortuga, el buey, los pájaros, «propósitos alados». Tanta fortuna es morir como nacer, porque los muertos están vivos; «¡nadie puede decir lo tranquilo que está él sobre Dios y la muerte!» Se ríe de lo que llaman desilusión, y conoce la amplitud del tiempo; él acepta absolutamente el tiempo. En su persona se contiene todo: todo él está en todo; donde uno se degrada, él se degrada; él es la marea, el flujo y reflujo; ¿cómo no ha de tener orgullo en sí, si se siente parte viva e inteligente de la Naturaleza? ¿Qué le importa a él volver al seno de donde partió, y convertirse, al amor de la tierra húmeda, en vegetal útil, en flor bella? Nutrirá a los hombres, después de haberlos amado. Su deber es crear; el átomo que crea es de esencia divina; el acto en que se crea es exquisito y sagrado. Convencido de la identidad del Universo, entona el «Canto de mí mismo». De todo teje el canto de sí: de los credos que contienden y pasan, del hombre que procrea y labora, de los animales que le ayudan, ¡ah! de los animales, entre quienes «ninguno se arrodilla ante otro, ni es superior al otro, ni se queja». Él se ve como heredero del mundo.&lt;br /&gt;Nada le es extraño, y lo toma en cuenta todo, el caracol que se arrastra, el buey que con sus ojos misteriosos lo mira, el sacerdote que defiende una parte de la verdad como si fuese la verdad entera. El hombre debe abrir los brazos, y apretarlo todo contra su corazón, la virtud lo mismo que el delito, la suciedad lo mismo que la limpieza, la ignorancia lo mismo que la sabiduría; todo debe fundirlo en su corazón, como en un horno; sobre todo, debe dejar caer la barba blanca. Pero, eso sí, «ya se ha denunciado y tonteado bastante»; regaña a los incrédulos, a los sofistas, a los habladores; ¡procreen en vez de querellarse y añadan al mundo! ¡Créese con aquel respeto con que una devota besa la escalera del altar!&lt;br /&gt;Él es de todas las castas, credos y profesiones, y en todas encuentra justicia y poesía. Mide las religiones sin ira; pero cree que la religión perfecta está en la Naturaleza. La religión y la vida están en la Naturaleza. Si hay un enfermo, «idos», dice al médico y al cura, «yo me apegaré a él, abriré las ventanas, le amaré, le hablaré al oído; ya veréis como sana; vosotros sois palabra y yerba, pero yo puedo más que vosotros, porque soy amor». El Creador es «el verdadero amante, el camarada perfecto»; los hombres son «camaradas», y valen más mientras más aman y creen, aunque todo lo que ocupe su lugar y su tiempo vale tanto como cualquiera; mas vean todos el mundo por sí, porque él, Walt Whitman, que siente en sí el mundo desde que éste fue creado, sabe, por lo que el sol y el aire libre le enseñan, que una salida de sol le revela más que el mejor libro. Piensa en los orbes, apetece a las mujeres, se siente poseído de amor universal y frenético; oye levantarse de las escenas de la creación y de los oficios del hombre un concierto que le inunda de ventura, y cuando se asoma al río, a la hora en que se cierran los talleres y el sol de puesta enciende el agua, siente que tiene cita con el Creador, reconoce que el hombre es definitivamente bueno y ve que de su cabeza, reflejada en la corriente, surgen aspas de luz.&lt;br /&gt;Pero ¿qué dará idea de su vasto y ardentísimo amor? Con el fuego de Safo ama este hombre al mundo. A él le parece el mundo un lecho gigantesco. El lecho es para él un altar. «Yo haré ilustres -dice- las palabras y las ideas que los hombres han prostituido con su sigilo y su falsa vergüenza; yo canto y consagro lo que consagraba el Egipto.» Una de las fuentes de su originalidad es la fuerza hercúlea con que postra a las ideas como si fuera a violarlas, cuando sólo va a darles un beso, con la pasión de un santo. Otra fuente es la forma material, brutal, corpórea, con que expresa sus más delicadas idealidades. Ese lenguaje ha parecido lascivo a los que son incapaces de entender su grandeza; imbéciles ha habido que cuando celebra en «Calamus», con las imágenes más ardientes de la lengua humana, el amor de los amigos, creyeron ver, con remilgos de colegial impúdico, el retorno a aquellas viles ansias de Virgilio por Cebetes y de Horacio por Giges y Licisco. Y cuando canta en «Los Hijos de Adán» el pecado divino, en cuadros ante los cuales palidecen los más calurosos del «Cantar de los Cantares», tiembla, se encoge, se vierte y dilata, enloquece de orgullo y virilidad satisfecha, recuerda al dios del Amazonas, que cruzaba sobre los bosques y los ríos esparciendo por la tierra las semillas de la vida: «¡mi deber es crear!» «Yo canto al cuerpo eléctrico», dice en «Los Hijos de Adán»; y es preciso haber leído en hebreo las genealogías patriarcales del Génesis; es preciso haber seguido por las selvas no holladas las comitivas desnudas y carnívoras de los primeros hombres, para hallar semejanza apropiada a la enumeración de satánica fuerza en que describe, como un héroe hambriento que se relame los labios sanguinosos, las pertenencias del cuerpo femenino. ¿Y decís que este hombre es brutal? Oíd esta composición que, como muchas suyas, no tiene más que dos versos: «Mujeres Hermosas». «Las mujeres se sientan o se mueven de un lado para otro, jóvenes algunas, algunas viejas; las jóvenes son hermosas, pero las viejas son más hermosas que las jóvenes.» Y esta otra: «Madre y Niño». Ve el niño que duerme anidado en el regazo de su madre. La madre que duerme, y el niño: ¡silencio! Los estudió largamente, largamente. Él prevé que, así como ya se juntan en grado extremo la virilidad y la ternura en los hombres de genio superior, en la paz deleitosa en que descansará la vida han de juntarse, con solemnidad y júbilo dignos del Universo, las dos energías que han necesitado dividirse para continuar la faena de la creación.&lt;br /&gt;Si entra en la yerba, dice que la yerba le acaricia, que «ya siente mover sus coyunturas»; y el más inquieto novicio no tendría palabras tan fogosas para describir la alegría de su cuerpo, que él mira como parte de su alma, al sentirse abrasado por el mar. Todo lo que vive le ama: la tierra, la noche, el mar le aman; «¡penétrame, oh mar, de humedad amorosa!» Paladea el aire. Se ofrece a la atmósfera como un novio trémulo, Quiere puertas sin cerradura y cuerpos en su belleza natural; cree que santifica cuanto toca o le toca, y halla virtud a todo lo corpóreo; él es «Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan, turbulento, sensual, carnoso, que come, bebe y engendra, ni más ni menos que todos los demás. Pinta a la verdad como una amante frenética, que invade su cuerpo y, ansiosa de poseerle, lo liberta de sus ropas. Pero cuando en la clara medianoche, libre el alma de ocupaciones y de libros, emerge entera, silenciosa y contemplativa del día noblemente empleado, medita en los temas que más la complacen: en la noche, el sueño y la muerte; en el canto de lo universal, para beneficio del hombre común; en que «es muy dulce morir avanzando» y caer al pie del árbol primitivo, mordido por la última serpiente del bosque, con el hacha en las manos.&lt;br /&gt;Imagínese qué nuevo y extraño efecto producirá ese lenguaje henchido de animalidad soberbia cuando celebra la pasión que ha de unir a los hombres. Recuerda en una composición del «Calamus» los goces más vivos que debe a la Naturaleza y a la patria; pero sólo a las olas del océano halla dignas de corear, a la luz de la luna, su dicha al ver dormido junto a sí al amigo que ama. Él ama a los humildes, a los caídos, a los heridos, hasta a los malvados. No desdeña a los grandes, porque para él sólo son grandes los útiles. Echa el brazo por el hombro a los carreros, a los marineros, a los labradores. Caza y pesca con ellos, y en la siega sube con ellos al tope del carro cargado. Más bello que un emperador triunfante le parece el negro vigoroso que, apoyado en la lanza detrás de sus percherones, guía su carro sereno por el revuelto Broadway. Él entiende todas las virtudes, recibe todos los premios, trabaja en todos los oficios, sufre con todos los dolores. Siente un placer heroico cuando se detiene en el umbral de una herrería y ve que los mancebos, con el torso desnudo, revuelan por sobre sus cabezas los martillos, y dan cada uno a su turno. Él es el esclavo, el preso, el que pelea, el que cae, el mendigo. Cuando el esclavo llega a sus puertas perseguido y sudoroso, le llena la bañadera, lo sienta a su mesa; en el rincón tiene cargada la escopeta para defenderlo; si se lo vienen a atacar, matará a su perseguidor y volverá a sentarse a la mesa, ¡como si hubiera matado una víbora!&lt;br /&gt;Walt Whitman, pues, está satisfecho; ¿qué orgullo le ha de punzar, si sabe que se para en yerba o en flor? ¿Qué orgullo tiene un clavel, una hoja de salvia, una madreselva? ¿Cómo no ha de mirar él con tranquilidad los dolores humanos, si sabe que por sobre ellos está un ser inacabable a quien aguarda la inmersión venturosa en la Naturaleza? ¿Qué prisa le ha de azuzar, si cree que todo está donde debe, y que la voluntad de un hombre no ha de desviar el camino del mundo? Padece, sí, padece; pero mira como un ser menor y acabadizo al que en él sufre, y siente por sobre las fatigas y miserias a otro ser que no puede sufrir, porque conoce la universal grandeza. Ser como es le es bastante y asiste impasible y alegre al curso, silencioso o loado, de su vida. De un solo bote echa a un lado, como excrecencia inútil, la lamentación romántica: «¡no he de pedirle al Cielo que baje a la Tierra para hacer mi voluntad!» Y qué majestad no hay en aquella frase en que dice que ama a los animales «porque no se quejan». La verdad es que ya sobran los acobardadores; urge ver cómo es el mundo para no convertir en montes las hormigas; dése fuerzas a los hombres, en vez de quitarles con lamentos las pocas que el dolor les deja; pues los llagados ¿van por las calles enseñando sus llagas? Ni las dudas ni la ciencia le mortifican. «Vosotros sois los primeros, dice a los científicos; pero la ciencia no es más que un departamento de mi morada, no es toda mi morada; ¡qué pobres parecen las argucias ante un hecho heroico! A la ciencia, salve, y salve al alma, que está por sobre toda la ciencia.» Pero donde su filosofía ha domado enteramente el odio, como mandan los magos, es en la frase, no exenta de la melancolía de los vencidos, con que arranca de raíz toda razón de envidia; ¿por qué tendría yo celos, dice, de aquel de mis hermanos que haga lo que yo no puedo hacer? «Aquel que cerca de mí muestra un pecho más ancho que el mío, demuestra la anchura del mío.» «¡Penetre el Sol la Tierra, hasta que toda ella sea luz clara y dulce, como mi sangre. Sea universal el goce. Yo canto la eternidad de la existencia, la dicha de nuestra vida y la hermosura implacable del Universo. Yo uso zapato de becerro, un cuello espacioso y un bastón hecho de una rama de árbol!»&lt;br /&gt;Y todo eso lo dice en frase apocalíptica. ¿Rimas o acentos? ¡Oh, no!, su ritmo está en las estrofas, ligadas, en medio de aquel caos aparente de frases superpuestas y convulsas, por una sabia composición que distribuye en grandes grupos musicales las ideas, como la natural forma poética de un pueblo que no fabrica piedra a piedra, sino a enormes bloqueadas.&lt;br /&gt;El lenguaje de Walt Whitman, enteramente diverso del usado hasta hoy por los poetas, corresponde, por la extrañeza y pujanza, a su cíclica poesía y a la humanidad nueva, congregada sobre un &lt;em&gt;continente&lt;/em&gt; fecundo con portentos tales, que en verdad no caben en liras ni serventesios remilgados. Ya no se trata de amores escondidos, ni de damas que mudan de galanes, ni de la queja estéril de los que no tienen la energía necesaria para domar la vida, ni la discreción que conviene a los cobardes. No de rimillas se trata, y dolores de alcoba, sino del nacimiento de una era, del alba de la religión definitiva, y de la renovación del hombre; trátase de una fe que ha de sustituir a la que ha muerto y surge con un claror radioso de la arrogante paz del hombre redimido; trátase de escribir los libros sagrados de un pueblo que reúne, al caer del mundo antiguo, todas las fuerzas vírgenes de la libertad a las ubres y pompas ciclópeas de la salvaje Naturaleza; trátase de reflejar en palabras el ruido de las muchedumbres que se asientan, de las ciudades que trabajan y de los mares domados y los ríos esclavos. ¿Apareará consonantes Walt Whitman y pondrá en mansos dísticos estas montañas de mercaderías, bosques de espinas, pueblos de barcos, combates donde se acuestan a abonar el derecho millones de hombres y sol que en todo impera, y se derrama con límpido fuego por el vasto paisaje?&lt;br /&gt;¡Oh, no!; Walt Whitman habla de versículos, sin música aparente, aunque a poco de oírla se percibe que aquello suena como el casco de la tierra cuando vienen por él, descalzos y gloriosos, los ejércitos triunfantes. En ocasiones parece el lenguaje de Whitman el frente colgado de reses de una carnicería; otras parece un canto de patriarcas, sentados en coro, con la suave tristeza del mundo a la hora en que el humo se pierde en las nubes; suena otras veces como un beso brusco, como un forzamiento, como el chasquido del cuero reseco que revienta al sol; pero jamás pierde la frase su movimiento rítmico de ola. Él mismo dice cómo habla: «en alaridos proféticos»; «éstas son -dice- unas pocas palabras indicadoras de lo futuro». Eso es su poesía, índice; el sentido de lo universal pervade el libro y le da, en la confusión superficial, una regularidad grandiosa; pero sus frases desligadas, flagelantes, incompletas, sueltas, más que expresan, emiten; «lanzo mis imaginaciones sobre las canosas montañas»; «di, tierra, viejo nudo montuoso, ¿qué quieres de mí?» «Hago resonar mi bárbara fanfarria sobre los techos del mundo.»&lt;br /&gt;No es él, no, de los que echan a andar un pensamiento pordiosero, que va tropezando y arrastrando bajo la opulencia visible de sus vestiduras regias. Él no infla tomeguines para que parezcan águilas; él riega águilas, cada vez que abre el paño, como un sembrador riega granos. Un verso tiene cinco sílabas; el que le sigue cuarenta, y diez el que le sigue. Él no esfuerza la comparación, y en verdad no compara, sino que dice lo que ve o recuerda con un complemento gráfico e incisivo, y dueño seguro de la impresión de conjunto que se dispone a crear, emplea su arte, que oculta por entero, en reproducir los elementos de su cuadro con el mismo desorden con que los observó en la Naturaleza. Si desvaría, no disuena, porque así vaga la mente sin orden ni esclavitud de un asunto a sus análogos; mas luego, como si sólo hubiese aflojado las riendas sin soltarlas, recógelas de súbito y guía de cerca, con puño de domador, la cuadriga encabritada, sus versos van galopando, y como engullendo la tierra a cada movimiento; unas veces relinchan ganosos, como cargados sementales; otras, espumantes y blancos, ponen el casco sobre las nubes; otras se hunden, osados y negros, en lo interior de la tierra, y se oye por largo tiempo el ruido. Esboza; pero dijérase que con fuego. En cinco líneas agrupa, como un haz de huesos recién roídos, todos los horrores de la guerra. Un adverbio le basta para dilatar o recoger la frase y un adjetivo para sublimarla. Su método ha de ser grande, puesto que su efecto lo es; pero pudiera creerse que procede sin método alguno; sobre todo en el uso de las palabras, que mezcla con nunca visto atrevimiento, poniendo las augustas y casi divinas al lado de las que pasan por menos apropiadas y decentes. Ciertos cuadros no los pinta con epítetos, que en él son siempre vivaces y profundos, sino por sonidos, que compone y desvanece con destreza cabal, sosteniendo así con el turno de los procedimientos el interés que la monotonía de un modo exclusivo pondría en riesgo. Por repeticiones atrae la melancolía, como los salvajes. Su cesura, inesperada y cabalgante, cambia sin cesar, y sin conformidad a regla alguna, aunque se percibe un orden sabio en sus evoluciones, paradas y quiebros. Acumular le parece el mejor modo de describir, y su raciocinio no toma jamás las formas pedestres del argumento ni las altisonantes de la oratoria, sino el misterio de la insinuación, el fervor de la certidumbre y el giro ígneo de la profecía. A cada paso se hallan en su libro estas palabras nuestras: &lt;em&gt;viva, camarada, libertad, americanos&lt;/em&gt;. Pero ¿qué pinta mejor su carácter que las voces francesas que, con arrobo perceptible, y como para dilatar su significación, incrusta en sus versos?: &lt;em&gt;ami, exalté, accoucheur, nonchalant, ensemble, &lt;/em&gt;sobre todo, le seduce, porque él ve el cielo de la vida de los pueblos, y de los mundos. Al italiano ha tomado una palabra: &lt;em&gt;¡bravura!&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Así, celebrando el músculo y el arrojo; invitando a los transeúntes a que pongan en él, sin miedo, su mano al pasar; oyendo, con las palmas abiertas al aire, el canto de las cosas; sorprendiendo y proclamando con deleite fecundidades gigantescas; recogiendo en versículos édicos las semillas, las batallas y los orbes; señalando a los tiempos pasmados las colmenas radiantes de hombres que por los valles y cumbres americanos se extienden y rozan con sus alas de abeja la fimbria de la vigilante libertad; pastoreando los siglos amigos hacia el remanso de la calma eterna, aguarda Walt Whitman, mientras sus amigos le sirven en manteles campestres la primera pesca de la Primavera rociada con champaña, la hora feliz en que lo material se aparte de él, después de haber revelado al mundo un hombre veraz, sonoro y amoroso, y en que, abandonado a los aires purificadores, germine y arome en sus ondas, «¡desembarazado, triunfante, muerto!» &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-2151338550038227067?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/2151338550038227067/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=2151338550038227067&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/2151338550038227067'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/2151338550038227067'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/09/el-poeta-walt-whitman.html' title='El poeta Walt Whitman'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-3405180999943497125</id><published>2009-09-14T13:23:00.006+02:00</published><updated>2009-09-14T13:36:54.311+02:00</updated><title type='text'>Nuestra América</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Ensayo publicado en&lt;/em&gt; La Revista Ilustrada de Nueva York&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;1ro de enero de 1891&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bue&amp;shy;no el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas, y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los come&amp;shy;tas en el cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas, valen más que trincheras de piedras.&lt;br /&gt;No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mun&amp;shy;do, para, como la bandera mística del juicio fi&amp;shy;nal, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen, han de darse prisa para co&amp;shy;nocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celo&amp;shy;sos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición cri&amp;shy;minal, cercenaron, con el sable tinto en la san&amp;shy;gre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llamen el pue&amp;shy;blo ladrón, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor, no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no pode&amp;shy;mos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zum&amp;shy;bando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades: ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apre&amp;shy;tado, como la plata en las raíces de los Andes.&lt;br /&gt;A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra, son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difí&amp;shy;cil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que car&amp;shy;gar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de fa&amp;shy;roles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hi&amp;shy;jos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en Améri&amp;shy;ca, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, bri&amp;shy;bones, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curar&amp;shy;le la enfermedad, o el que la pone a trabajar don&amp;shy;de no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldicien&amp;shy;do del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Es&amp;shy;tos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más, estos de&amp;shy;sertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres, y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues él Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos “increíbles” del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzan&amp;shy;do y relamiéndose, arrastraban las erres!&lt;br /&gt;¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de in&amp;shy;dios, al ruido de pelea del libro con el cirial, so&amp;shy;bre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, ja&amp;shy;más, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la pala&amp;shy;bra de colores, y acusa de incapaz e irredimible a su república nativa, porque no le dan sus sel&amp;shy;vas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derra&amp;shy;mando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomo&amp;shy;den y grandeza útil, sino en los que quieren re&amp;shy;gir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de die&amp;shy;cinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza in&amp;shy;dia. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobier&amp;shy;na el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel es&amp;shy;tado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la naturaleza puso para todos en el pueblo que fe&amp;shy;cundan con su trabajo y defienden con sus vi&amp;shy;das. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.&lt;br /&gt;Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la in&amp;shy;teligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescin&amp;shy;diendo de él, que es cosa que no perdona el hom&amp;shy;bre natural, dispuesto a recabar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder: y han caído, en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para co&amp;shy;nocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno, y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.&lt;br /&gt;En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobier&amp;shy;no. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobier&amp;shy;nen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude, y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay uni&amp;shy;versidad en América donde se enseñe lo rudi&amp;shy;mentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yankees o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los fac&amp;shy;tores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Co&amp;shy;nocerlos basta, -sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derri&amp;shy;ba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Vie&amp;shy;ne el hombre natural, indignado y fuerte, y derri&amp;shy;ba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La univer-sidad europea ha de ceder a la universidad ame&amp;shy;ricana. La historia de América, de los Incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se en&amp;shy;señe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Gre&amp;shy;cia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.&lt;br /&gt;Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo vinimos, denoda&amp;shy;dos, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la li&amp;shy;bertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hom&amp;shy;bros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye en la libertad fran&amp;shy;cesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monár&amp;shy;quicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argen&amp;shy;tinos por el Sur. Guando los dos héroes choca&amp;shy;ron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso, que el de la guerra; como al hom&amp;shy;bre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que diri&amp;shy;gir, después de la pelea, los pensamientos diver&amp;shy;sos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapa&amp;shy;ban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que había izado, en las co&amp;shy;marcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y ca&amp;shy;saca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organiza&amp;shy;ción democrática de la República, o las capita&amp;shy;les de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota-de-potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra desatada a la voz del salvador, con el alma de la tierra había de gober&amp;shy;nar, y no contra ella ni sin ella, -entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente, descoyuntado du&amp;shy;rante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignoran&amp;shy;tes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón: -la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón uni&amp;shy;versitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu. Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lu&amp;shy;gar de la presa. Muere, echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colo&amp;shy;nia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros, -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen, -por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha con&amp;shy;tra la colonia. El tigre espera, detrás de cada ár&amp;shy;bol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.&lt;br /&gt;Pero “estos países se salvarán”, como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos: al machete no le va vaina de seda, ni en el país que se ganó con el lanzón, se puede echar al lanzón atrás, porque se enoja, y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide “a que le hagan emperador al rubio”. Estos paí&amp;shy;ses se salvarán, porque, con el genio de la mode&amp;shy;ración que parece imperar, por la armonía serena de la naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, -le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.&lt;br /&gt;Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norte-Amé&amp;shy;rica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El ne&amp;shy;gro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, cie&amp;shy;go de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubie&amp;shy;ra estado en hermanar, con la caridad del cora&amp;shy;zón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga -en desestancar al indio, -en ir haciendo lado al negro suficiente, -en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y ven&amp;shy;cieron por ella. Nos quedó el oidor, y el gene&amp;shy;ral, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echa&amp;shy;ba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabe&amp;shy;za coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yankee, daban la clave del enigma hispano&amp;shy;americano. Se probó el odio, y los países ve&amp;shy;nían cada año a menos. Cansados del odio inútil, -de la resistencia del libro contra la lan&amp;shy;za, de la razón contra el cirial, de la ciudad con&amp;shy;tra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tem&amp;shy;pestuosa o inerte, -se empieza, como sin saber&amp;shy;lo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” Se preguntan, y. unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a bus&amp;shy;car la solución en Dantzig. Las levitas son toda&amp;shy;vía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se po&amp;shy;nen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la sal&amp;shy;vación está en crear. Crear, es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las for&amp;shy;mas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolu&amp;shy;tas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la re&amp;shy;pública no abre los brazos a todos, y adelanta con todos, muere la república. El tigre de aden&amp;shy;tro se entra por la hendija, y el tigre de afuera.&lt;br /&gt;El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los in&amp;shy;fantes, le envuelve el enemigo la caballería. Es&amp;shy;trategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices, y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagu&amp;shy;lada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio di&amp;shy;recto de la naturaleza. Leen para aplicar pero no para copiar. Los economistas, estudian la di&amp;shy;ficultad en sus orígenes. Los oradores, empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos, traen los caracteres nativos a la escena. Las academias, discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillezca, y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de ideas. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.&lt;br /&gt;De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pul&amp;shy;po. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez pa&amp;shy;seaba en un coche de mulas, ponen coche de viento, y de cochero a una bomba de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano, y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la inde&amp;shy;pendencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la sol&amp;shy;dadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, de&amp;shy;mandando relaciones íntimas, un pueblo em&amp;shy;prendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; -como la hora del desenfreno y la ambición, de que aca&amp;shy;so se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudie&amp;shy;ran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista, y el interés de un caudi&amp;shy;llo hábil, no está tan cercana, aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pu&amp;shy;diera encarar y desviarla; -como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril, o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, -el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, man&amp;shy;chada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, -y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable que no la cono&amp;shy;ce es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre, y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele, y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad. No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la naturaleza, donde resal&amp;shy;ta, en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en for&amp;shy;ma y en color. Peca contra la humanidad, el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se con&amp;shy;densan, en la cercanía de otros pueblos diver&amp;shy;sos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vani&amp;shy;dad y de avaricia, que del estado latente de pre&amp;shy;ocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del ca&amp;shy;rácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferio&amp;shy;res. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras, ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas: ni se han de esconder los datos patentes del proble&amp;shy;ma que puede resolverse, para la paz de los si&amp;shy;glos, con el estudio oportuno, -y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya sue&amp;shy;na el himno unánime; la generación real lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Tomado de José Martí &lt;em&gt;Nuestra América&lt;/em&gt;. Edición crítica. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Prólogo y notas de Cintio Vitier, CEM, 2006.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-3405180999943497125?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/3405180999943497125/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=3405180999943497125&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3405180999943497125'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/3405180999943497125'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/09/nuestra-america.html' title='Nuestra América'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-7993703122863638591</id><published>2009-09-07T17:25:00.008+02:00</published><updated>2009-09-07T20:30:55.093+02:00</updated><title type='text'>José Martí</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Ensayo de Fina García Marruz, 1951.&lt;br /&gt;(Colaboración enviada por José Adrián Vitier)&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Desde niños nos envuelve, nos rodea, no en la tristeza del homenaje oficial, en la cita del político frío, o en el tributo inevitable del articulista de turno, sino en cada momento en que hemos podido entrever, en su oscura y fragmentaria ráfaga, el misterioso cuerpo de nuestra patria o de nuestra propia alma. Él solo es nuestra entera sustancia nacional y universal. Y allí donde en la medida de nuestras fuerzas participemos de ella, tendremos que encontrarnos con aquél que la realizó plenamente, y que en la abundancia de su corazón y el sacrificio de su vida dio con la naturalidad virginal del hombre.&lt;br /&gt;Acaso por esto, siempre nos parece que los demás nos lo desconocen o fragmentan, porque cada cubano ve en él, un poco, su propio secreto. Y así lo vemos como el hermano mayor perdido, el que tenía más rasgos del padre, y al que todos quisiéramos parecernos porque contiene nuestra imagen intacta a la luz de una fe perdida. Pensamos que si estuviera entre nosotros todo sería distinto, lo cual es a la vez lo más sencillo y lo más misterioso que se pueda decir de alguien. Desconfiados por hábito o malicia, creemos en él a ciegas; enemigos de la rigidez de todo orden, aun del provechoso y útil, nos volvemos a este austero en quien la libertad no fue una cosa distinta del sacrificio; burlones y débiles, buscamos, como a invisible juez, la gravedad de este hombre, poderoso y delicado. Él es el conjurador popular de todos nuestros males, el último reducto de nuestra confianza, y olvidadizos por naturaleza, rendimos homenaje diario, profundo o mediocre, a aquel hombrecillo de cuerpo enjuto, de frente luminosa y ojos de una penetrante dulzura, que tiene esta irresistible fuerza: la de conmover.&lt;br /&gt;Conmueve si escribe, si habla, si vive, si muere. ¿Cuál es su secreto? Él no actúa: obra. Todo lo que hace está como tocado de un fulgor perenne. Si aún niño le escribe a su madre que monta en su caballo brioso, si escucha en la penumbra del colegio de Mendive los tímidos sabores cubanos que después habían de arrebatarlo para siempre, si sufre con Lino&lt;br /&gt;Figueredo, si estudia en el destierro, si ama siempre, se graba y permanece de todos modos en la memoria, con el levitón conmovedor, la voz grave y encendida, en la tribuna humilde, en el billete escrito al pie del barco que va a partir, con las grandes y generosas letras con que firma «Su José Martí» en las cartas más hermosas y ardientes que un hombre ha escrito jamás a otro hombre.&lt;br /&gt;Él no teme decir esas delicadezas que tantos evitan por una falsa idea de la hombría. «Flor de toda ternura, y hermano mío», llama en carta antológica a su amigo Serra. «Haga como si yo lo estuviera viendo» repite con frecuencia. Y nos sobrecogen siempre un poco esas cartas que escribe desde la oficina de Front Street de Nueva York, que termina con un «Quiérame», «Piénseme», que tienen tanto de contenido como de vehemente, de generoso como de necesitado. Cartas suyas de períodos largos que se cierran, de pronto, con una frase breve como un relámpago y que tiene como la veladura de la muerte.&lt;br /&gt;Cuando lo evocamos en estos primeros años neoyorkinos en que aún es desconocido por sus compatriotas, trabajando hasta bien entrada la noche en una labor mecánica de remuneración pobrísima, entre el calor agotante, «de que sólo lo consuela —nos dice Iduarte—, el elevado y el vaporcito que lo lleva a Brooklyn, corriendo con su bombincito negro y su casaca común por todos los rincones de la gran colmena americana», pensamos maravillados que es por entonces no sólo el escritor que asombra a Darío sino el hombre de quien afirma un soldado humilde: no entendíamos todo lo que decía, pero al oírlo, queríamos morir por él.&lt;br /&gt;Lo vemos venciendo las reticencias de los hombres de la Guerra grande hacia la guerra nueva, de espíritu diferente, a puro amor de hijo y desinterés de héroe. Es enérgico y dulce. Apena leer las cartas que escribe a Maceo receloso y a Gómez sagaz. Pero no vio nuestra isla mañana más pura que aquélla en que el viejo guerrero miró con sus ojos de malicia campesina el intenso rostro piadoso, y sonriendo, le tendió la mano a la subida de una loma o le cargó la mochila.&lt;br /&gt;De noche, después de las fatigosas marchas del día, vela mientras los otros duermen, cura y alienta a los heridos, escribe entre las hamacas y las candelas nocturnas, las que sabe que serán sus últimas cartas, a Mercado, a Quesada o a la pequeña María Mantilla, a la que enseña, con conmovedor cuidado, cómo ha de hacer la plana diaria de francés para traducir poco a poco L’Histoire Générale, o aprender geografía siguiendo el viaje de él en su diccionario, aunque sabemos que el dedo de la niña sobre el mapa señalando Cap Haïtien se ha de detener tan pronto. Y es que atiende a lo grande y a lo ínfimo, y si escribe con sencillez: «Sirve, y habla con finura», también comprende: «No le tengas miedo a sufrir.»&lt;br /&gt;Este orador nato, que puede conmover y arengar como nadie, tiene el secreto, acaso más difícil, de hablarle a una niña, con este tono encantador por su simplicidad y su ternura:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;¿Ves el cerezo grande que da sombra a la casa de las gallinas? Pues ese soy yo, con tantos ojos como hojas tiene él, y tantos brazos para abrazarte como él tiene ramas. Y todo lo que hagas, y lo que pienses, lo veré yo, como lo vé el cerezo. Tú sabes que yo soy brujo, y que adivino los pensamientos desde lejos, y soy como los vestidos de esas bailarinas que anuncian el agua, que cuando hay tiempo bueno tienen el vestido azul, y si el tiempo es malo, el vestido es color de un golpe, de morado oscuro, y si hay tormenta, negro. Si piensas algo que no me puedas decir, de lejos lo sentiré, por donde quiera que yo ande, y me pondré oscuro, como el vestido que anuncia el mal tiempo.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;¿Quién reconocería en este hombre exquisito y familiar, casi tímido, según afirman, en el trato diario, a aquel que cierra así el párrafo de un discurso, después de haber evocado, como el que lo está viendo, toda la historia americana en frases que parecen versos:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;¡A caballo la América entera! Y resuenan en la noche, con todas las estrellas encendidas, por llanos y por montes, los cascos redentores. Hablándoles a sus indios va el clérigo de México. Con la lanza en la boca pasan la corriente desnuda los indios venezolanos. Los rotos de Chile marchan juntos, brazo en brazo, con los cholos del Perú. Con el gorro frigio del liberto van los negros cantando detrás del estandarte azul. De poncho y bota de potro, ondeando las bolas, van a escape de triunfo, los escuadrones de gauchos. Cabalgan suelto el cabello, los pehuenches resucitados, voleando sobre la cabeza la chuza emplumada. Pintados de guerrear vienen tendidos sobre el cuello los araucos con la lanza de tacuarilla coronada de plumas de colores; y al alba cuando la luz virgen se derrama sobre los despeñaderos, se vé a San Martín allá sobre la nieve, cresta del monte y corona de la revolución, que va envuelto en su capa de batalla cruzando los Andes. ¿Adónde va la América y quién la junta y guía? Sola, y como un solo pueblo se levanta. Sola pelea. Vencerá, sola.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nótese cómo el movimiento creciente, de tan épico impulso, de las primeras frases, se ve al final acallado por la figura quieta del héroe en la solemnidad de la nieve.&lt;br /&gt;Voluntariamente contrapongo el tono recogido de sus cartas al libre y henchido de los discursos para obtener rápidamente su doble imagen, ese cruce de lo armonioso y lo desgarrado que constituye su verdadera originalidad. Lo armonioso que le yergue y le dilata el párrafo, le templa y unifica el carácter, le descubre lo Uno en lo diverso en fin, y lo desgarrado que contiene y liberta a la vez su poesía, vela de tristeza sus conmovedoras despedidas, lo echa del bienestar de una vida simplemente justa a la agonía «creciente y necesaria» de una vida heroica. De no haber tenido esa doble dimensión, habría sido acaso tan solo un seguidor de Emerson o de Walt Whitman, de los que escribió tan hermosas páginas.&lt;br /&gt;Pero no se crea que le señalamos una contradicción a la figura más plena de nuestra América. Creemos por el contrario que la intuición central de Martí hay que buscarla en el sentimiento de la relación necesaria entre ambas zonas y aún en la certidumbre de su secreta unidad. De ello proviene el sentido de su poesía y de su vida. Es esta unidad la que liga invisiblemente las estrofillas de sus Versos sencillos, dándoles tantas sutiles correspondencias de sentido a todo lo que observa en la naturaleza y en su alma. Es esta unidad la que ve en el mal siempre un accidente y en la bondad una esencia. Es también esta unidad la que percibe en la Historia de América. La evoca, a un tiempo que en sus más primorosos detalles, con lujo de pintor y cariño de hijo, en sus giros más amplios, con un sentido coral de voces que entran y se entremezclan, y que, naciendo solas, van a afluir a la misma crecedora música. Y es este sentido coral de la historia americana lo que lo lleva a afirmar de nuevo la unidad de sentido y de destino de los pueblos nuestros, y a percibir, coralmente también, el sufrimiento, no acallado por la armonía general, sino —más cristiano en esto que griego— preparando su advenimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El hombre&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es en esta fe en la bondad natural de lo creado donde hay que buscar el secreto de la fascinación —no encuentro otra palabra mejor—, que ejerció sobre los que lo conocieron. Pues tiene esa virtud —acaso menos frecuente que el valor o el talento—, de provocar los dones mejores de cada hombre. Unas pocas horas en un lugar le bastan para dejarlo todo transformado e iluminado por su verdadero sentido. En cualquier momento de su vida que lo evoquemos lo veremos rodeado de rostros conmovidos, como si él les hubiera devuelto una relación olvidada y más antigua con el mundo, rostros humildes como los de las guajiritas de Jesús Domínguez que siembran para él unos tiestos de flores, o David, el de las Islas Turcas, que le da su único chaquetón en la cubierta para que le sirva de almohada, o el del librero, «el caballero negro de Haití», a quien manda dinero para unos libros «y me manda los libros —dice Martí—, y los dos pesos». Rostros anónimos, en su hora de claridad, que se detienen un poco extrañados ante este que siempre se está como despidiendo un poco, pero cuyo paso los ha tocado, y al que no podrán ya olvidar. Sí, todo el que lo oyó un momento o lo conoció alguna vez, nos hablará luego de él como el que ha visto un milagro.&lt;br /&gt;Ah, no haberle visto nunca entrar a aquellas oscuras tribunas de Liceo provinciano donde su nombre se anunciaba al fervor de un público vario —trabajadores en quienes los vacíos de la cultura entregan un estilo de atención y candor que en medios más elevados falta, muchachas que apenas salidas de la niñez ya tienen ese maduro señorío de la criolla, jóvenes cuyas aspiraciones más íntimas no son aún diferentes de la realización exterior de su país, viejos que esperan en el trabajo de las inmigraciones, con los recuerdos recientes del 68 y su sabor gustoso y prohibido—, no haber oído esos párrafos de tan compleja y delicada estructura que se asombra uno que fueran dejados a la improvisación del momento y en los que lo exquisito volvió a ser el modo más natural de dirigirse a todos, no haber oído aquella grave voz vehemente —que casi sentimos intacta en la lectura—, en la que las palabras «Cuba», «cubano» tenían todo el orgullo y la confianza en nuestra naturaleza que ahora nos falta, palabras con el decoro y la tiesura que todavía tienen en nuestro campo.&lt;br /&gt;No deja de ser extraña esta irresistible piedad y ternura que lo lleva a todo hombre en alguien que conoció tan de cerca la maldad humana. Recordemos que es apenas un muchacho cuando conoce todos los horrores del presidio que después relatará en el folleto famoso. Allí —donde apenas gasta, por darlo a los otros, el poco dinero que le consigue el padre para los parcos consuelos del café—, ve encerrar a un niño y martirizar a un anciano. Allí lo rodean de grillos cuya marca conservará toda la vida. De modo que conoce bien a esa «fiera admirable» como llama al hombre, pero a pesar de todo eso nos dice que «no ha encontrado nada más maravilloso en toda la Creación». Porque el hombre —dice bellamente—, «no es loque se ve, sino lo que no se ve».&lt;br /&gt;A primera vista diríamos que su idea del hombre es rousoniana, pues cree con éste que sólo hay que producirle un medio de bondad para que aparezca lo hasta entonces velado: el hombre bueno, original. También escribe que «lo impuesto es vano: sólo lo libre es vivífico», y todas sus ideas están en el fondo sustentadas por esta fe en lo natural frente a lo convencional o impuesto, que le exige en la vida la libertad, en lo político la independencia, en lo poético la inspiración y la conciencia en lo religioso. Pero decimos que su semejanza con Rousseau —inevitable hasta cierto punto y necesaria por su fermento revolucionario en la época—, es más aparente que real, porque creemos que en él el antagonismo naturaleza-convención no se identifica tan rápidamente como en Rousseau al antagonismo bondad-pecado. Esa «naturaleza» no es para él algo tan resuelto y estático. Martí cree que la humanidad no se redime sino por determinada cantidad de sufrimiento «y cuando unos lo esquivan es preciso que otros lo acumulen para que así se salven todos». ¿Cómo? ¿Qué falta nos hacen estas extrañas palabras para explicarnos al solitario «hombre natural»? Es que en el fondo su idea del hombre está mucho más cerca de Cristo que de Rousseau. Aunque no afirme dogmáticamente el pecado original —que remonta el origen del mal al hombre y no a la convención—, hay en él la oscura evidencia de algo que hay que redimir en uno, que es lo que late confusamente y como a destiempo en la carta juvenil que manda a Rosario la de Acuña, cuando le dice que él necesita encontrar una justificación noble de su vida. Evidencia de un ser que no se basta a sí mismo, como se basta lo que es sólo natural, sino que sus límites por el contrario están fuera, y que sólo se empieza a poseer al darse sin tasa en bien de los otros. Ya al fin de su vida esto cobra el sentido no de un altruismo amoroso sino de una reparación cósmica. Recordemos que es el hombre que escribe «la muerte es un derecho» o esto que resulta poco lógico en un discípulo de Rousseau: «el martirio: he ahí la calma». Pues Rousseau quiere una vuelta a la naturaleza en tanto que ella ofrece «armonía y proporciones» pero ha habido siempre algo pagano en este amor a la armonía y a las proporciones. Esta naturaleza que quisiera devolver al hombre no es ciertamente la original, perdida por el pecado, sino una especie de inocencia segunda, que es sólo una apariencia de orden y una falsa unidad. No sé si Martí fue consciente de esta vaga contradicción entre su idea un poco rousoniana del hombre natural «que nace bueno» y su inmensa sed cristiana de reparación por el sacrificio. Frente a aquella «armonía y proporciones» el sacrificio aparece como algo desproporcionado, como una distensión de lo natural, que sólo se justifica por un sentirse a sí mismo como indigencia esencial, vivida no en el plano histórico de la convención, sino en el metafísico del ser.&lt;br /&gt;Esta «naturalidad» no podrá ser en él, pues, un estado al que se regresa, sino un movimiento por el que se llega a merecer la existencia. No se trata de una moral a posteriori, sino de un dilema en el ser mismo, por el cual la idea de sacrificio se le fue ahondando cada vez más hacia el sentido de una urgencia no de lo fortuito o histórico sino de lo esencial y necesario. Sólo así se nos torna explicable la importancia que da al sufrimiento, cuya justificación racional o meramente histórica buscaríamos en vano, como si por encima de la naturaleza humana, del armonioso y proporcionado mundo moral, existiera una exigencia espiritual aún mayor: la sobrenaturalidad del sacrificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La obra y la vida&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su obra se nos aparece como el inmenso preludio de un ofrecimiento mayor, tan fundida a su propia vida que sentimos la insuficiencia de lo literario en sí mismo para explicárnosla. A veces nos angustia esa poesía que desprende, tan disímil que confunde y desorienta al extraño, donde no hallaremos nunca esas pequeñas malicias que siempre ha tenido el escritor para escoger, aprovechar, componer, y que hace que aparezcan ideas o imágenes esenciales, que hubieran requerido tratamiento aparte, en un artículo de circunstancias, acaso aparecido en un periódico local, y que posiblemente no conozca nunca aquél que no ha rastreado morosamente toda su vasta obra. Y sin embargo comprendemos que no podríamos sin desnaturalizarlos, entresacar esos momentos que nos revelan ese no reservarse nunca, ni aún en lo trivial, que es como una suerte de delicadeza oculta. Tampoco al árbol lo hacen más bello sus colecciones mejores de hojas, sino su cuerpo desigual e indivisible en la luz. Pero así, generosamente natural, a un tiempo «trémulo y desbordado», nos dará a veces esas páginas inolvidables, en que lo espontáneo se nos aparece como una exactitud orgánica, más exquisita que la consciente.&lt;br /&gt;Nos entristecemos a veces de tanta ausencia de prevención con el tiempo. ¿Acaso no se sabe que los discursos que conocemos son sólo una pequeña parte de los que pronunció —ante auditorios humildes de emigrados o tabaqueros—, que él sentía todo lo que había hecho como producto de las circunstancias, y que se iba «con sus libros inescritos» a la tumba? Pero a la tristeza nos sucede la tranquila certidumbre de que acaso el escritor que se hubiera detenido a recoger todo lo escrito, sin dejar perder nada, nos habría dado también otros discursos, y reconocemos entonces que ese inmenso impulso de desinterés que le hizo olvidar los trabajos perdidos es el que hace que nos emocionen de un modo tan singular los trabajos salvados.&lt;br /&gt;Obra y vida, perfección o abandono, se nos ofrecen en una sola pieza en estas figuras americanas que todavía no han aprendido a separarse de sí mismas y en las cuales no encontraremos ese sentido europeo del espíritu como mirada, creación, ironía, juego. Mucho más elementales, más refinados y simples a un tiempo, ellos pertenecen a la Naturaleza. ¡La Naturaleza! Frente a las formas impuestas desde afuera, ella representa a un tiempo la tierra y el alma, que amenazadas a la vez, se le confunden y abrazan para siempre, lo propio y creador, lo libre y lo vivo, en toda su sobrecogedora dulzura. Y pues es ella con lo único que contamos frente al prestado esplendor de lo extranjero, porque fecunda y maternal es su pobreza, «Muévante —dice Martí a un poeta americano—, esos solemnes vientos.»&lt;br /&gt;Y aquí no podemos menos que detenernos —siquiera sea un momento—, en el modo tan distinto que tuvo Darío —tan fascinado por las formas—, de sentir lo americano. No podemos entrar en las relaciones que acaso ello tenga con ese fondo pasivo —por algo tenía de indio—, desolado, que hay detrás del sentido luminoso y sonoro de la forma en Darío, de toda su conmovedora pompa americana. La posición de Martí creemos que está dada por el hecho de ser un creyente, y por esto mismo, un ser profundamente activo, que más que expresar lo americano se propone actualizarlo, aunque para ello tenga que sacrificar la inmovilidad de la forma o el cuidado de la vida. Si uno compara las figuras políticas o literarias que estudió Martí con las que aparecen en Los raros de Rubén Darío, tendremos que anotarle al segundo una mayor conciencia de lo literario en sí mismo, del límite formal. Darío da la impresión que sabe todo lo que va a decir, como si lo tuviera delante de sus ojos y pudiera modelarlo en todos sus detalles, escucharle todas sus sonoridades. Pero Martí, menos espacial o arquitectónico, más ligado a las sugestiones del tiempo, nos da la angustiosa sensación de que la riqueza mayor de las imágenes y su desbordante precisión nacen a cada momento del azar de la mirada contra las impaciencias de su espíritu y su imaginación.&lt;br /&gt;A Darío le suena más la palabra, a Martí el idioma. Es de los pocos escritores que parecen escribir con todo el idioma. No tiene la sonoridad fija de Darío, pero por lo mismo ha sido capaz de una poesía de lo simultáneo que no creo que haya sido igualada. Las palabras no se le configuran en la página ligadas indisolublemente al espacio y al límite de la expresión como en Darío, cuya sonoridad es metálica —dura, vibrante, sonora—, sino que sus metáforas más bien que hechas están haciéndose, las palabras se abrazan unas a otras, y lo que percibimos es, más que ellas mismas o lo que ellas significan, el rumor envolvente de su último y más amoroso sentido. «El rumor de la palma va mucho más lejos que la palma», escribía.&lt;br /&gt;En este asombroso escritor que se avergüenza siempre de escribir porque sólo lo que va a hacer le parece digno, las palabras parecen actos: eficaces y límpidas, están más ligadas a la voz que a la letra. No es que tenga un vocabulario «rico» —esto da demasiada idea de un adorno o un privilegio de formación—, es que cuenta con el caudal del idioma con la naturalidad del que lo toma de su fuente, sin esfuerzo visible. ¿Cuándo los verbos fueron más móviles, precisos, cambiantes? Puede seguir con palabras la variación más sutil de movimiento. ¿Y los adjetivos? Lea su crónica «El 10 de Abril» quien quiera asistir a un desfile de parejas de adjetivos casi tan bello como el desfile de patriotas que con ellos evocaba. Es lástima no poder dedicarle a todo esto más tiempo.&lt;br /&gt;Que un escritor como éste se haya ofrecido a la acción ha dado lugar a un doble equívoco: unos dan en creer que ello resulta un símbolo de lo que debe ser todo hombre de letras que no esté vuelto de espaldas a los ideales comunes de su pueblo; otros —los amantes de la poesía entre ellos—, se duelen por la obra que nos habría dejado de no haber estado obsedido por la independencia de su patria. Y es que acción y contemplación se suelen ver como dos órdenes diferentes que tienen tan poco que ver entre sí que es necesario abandonar uno para entregarse al otro, menospreciando alguno de los dos, cuando son justamente estas figuras como la de Martí las que nos revelan más claramente su misteriosa relación. Pues la acción no es la agitación vacía con que se la confunde ni la contemplación es una vacía especulación. Sólo han actuado realmente aquellos hombres en que el acto ha sido —como decía un apologista católico—, sólo esto: sobreabundancia de la contemplación. No creo que haya definición más justa. Es preciso llenarnos de silencio y soledad para que sobreabundemos en palabra y en obra. El vaso colmado de agua desborda naturalmente hacia fuera, y el alma colmada de contemplación actúa y fecunda. Pero todo acto que no procede de una contemplación es hueco y estéril, porque ya no es el agua que desborda de una fuente manteniéndola intacta y llena, sino la que se vacía poco a poco de un cántaro hasta que no queda nada en él. ¿Qué idea tenemos de lo que es esa fuerza tremenda y exquisita de la acción? ¿Es algo acaso que hay que dejarle a los bárbaros, que no necesitan madurez? Cristo meditó treinta años, actuó sólo tres, pero todavía el mundo se mueve por la semana de su pasión. El demagogo que con Martí de bastón, le pide al menos dotado que interrumpa su labor interior para dedicarse a algo útil para todos, no se da cuenta hasta qué punto está minando la fuente futura y misteriosa de toda acción verdadera y hasta qué punto puede ser más útil —si no le alcanzan las fuerzas para llegar a ese fondo—, absteniéndose de ofrecer una inmadura y festinada actividad. Pues para dar ¿no hay que tener? ¿Y cómo si no en soledad se podrá seguir ese delicadísimo descenso del alma hasta su propio centro de caridad? Luego hay que aislarse primero de los demás para poder ofrecer algo a los demás. Hoy se le pide al intelectual que intervenga en la vida pública, y éste se siente en el deber —cuántas veces prematuro—, de influir y mejorar. Pero cada vez que una obra ha influido realmente no ha sido por una decisión voluntaria de su autor, sino por una sobreabundancia involuntaria de la obra misma, no por un interrumpir su soledad, sino por ahondarla hasta ese centro último que es siempre una trascendencia y una entrega. Lo que hay en el fondo de aquella exigencia es un inmenso desprecio de la contemplación, que se disfraza de servicio, sin comprender que en ella se funda la acción que permanece. Muchos escritores de buena fe caen en el lazo, pero ay, que no es tan fácil imitar a estos hombres como Martí en los cuales el acto es su intimidad. En ellos actuar no es abandonar la contemplación sino consumarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Lo cubano&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Pero también nos parece falsa la otra posición que ve en Martí una gran obra literaria frustrada. Uno tiende a pensar: ¡qué inmenso poeta sacrificó a su labor redentora! Este pensamiento toma tintes casi de reproche en las páginas que le dedicó Darío a su muerte. Pero esto es una falacia. Los hombres como Martí tienen poco que ver con el azar. Sólo al hombre común le sucede el azar. En el no común todo es destino. Desde niño, parece que lo tiene delante; la carta que le escribe a su madre poco antes de morir —esa carta que Unamuno llama una de las oraciones más bellas que se han escrito en lengua española—, es la carta asombrosa del que sabe que va a morir. Frente a su muerte sentimos no el azar que interrumpe sino el destino que sella, el generoso cántico de «su» hora profunda, cuya alegría lo turbó como un niño, y después de la cual ya no era posible vivir. Cuando leemos sus últimas cartas desde el campamento, su diario, tenemos la arrasadora sensación de que es cierto que ha llegado, como él dice, a la plenitud de su naturaleza, como esos temas musicales, largamente preparados a lo largo de una sinfonía y que percibimos sólo hacia el fin en su verdadera, golpeante nitidez. Tal parece como si la batalla real lo hubiera rechazado de su campo, a él que fue hombre de acción espiritual, lo hubiera hecho retroceder al mundo suyo y distinto, al impulso ideal de morir. Al borde de la acción oscura, sin poder llegar a su centro mágico quedó Martí, como si no quisiera ofrecer allí sino su propia muerte, a la que fue con el candor augusto de los fuertes, ligero «como un niño». Y si acaso hubiéramos podido estar allí, frente a su pobre cuerpo derribado, hubiéramos comprendido de pronto toda la diferencia que va del guerrero a quien mata siempre un solo hombre y el mártir a quien matan un poco todos los hombres.&lt;br /&gt;Pero no es sólo porque toda su vida tiene la cualidad necesaria de un destino por lo que no podemos comprender su muerte como una frustración. Es que la sustancia misma de su estilo es el sacrificio. Su mirada es la del que va a decir adiós, la del que se va. Por eso es tan penetradora, tan «rápida ». Se ve siempre que le interesa otra cosa más que el hecho de decir lo que dice. La pura fruición del escribir ha producido sin duda obras maestras, pero no es suficiente para explicar algunas obras maestras. El acento inconfundible de Martí como escritor, lo que le da el tono más suyo, es ese grado de tensión que tienen las palabras como el de un arco que dispara una flecha a otro blanco lejano. Él va a otro sitio, y por eso, «de un ojeo copio toda la sala», nos dice en el Diario. Uno no puede menos que asombrarse de todo lo que «mira» con sólo estar unos segundos en un lugar. Y del mismo modo que las cosas se nos fijan en una forma más indeleble cuando las vamos a abandonar para siempre, he tenido a menudo la sensación de que es esa ausencia de «detención» en las cosas, de fruición por ellas mismas, lo que da al estilo de Martí esa mirada última, amorosa, que las fija y las trasciende, y el secreto de su intensidad se nos aparece explicado por esa mirada que precede a una despedida, en que rostros y cosas se nos fijan tan profundamente, esa mirada del huésped en una ciudad extraña en la que se va a estar sólo un breve tiempo. Y así, no podemos olvidar ya nunca las prístinas imágenes nocturnas de la isla en el desembarco (último diario), que es como rumoroso preludio de imágenes y sonidos cubanos, la crecida del río «con estruendo de piedras que parecía de tiros», las conversaciones para ordenar las patrullas, para asar el puerco&lt;br /&gt;en la improvisada parrilla, mientras el General le cuelga la hamaca como a hijo y viene José con los catauros de miel. ¿Cuándo tuvo nuestra poesía estas calidades: «y otro, flotaba al aire, leve, veteado…»? ¿Cómo explicar la presencia en su expresión de ese «imponderable» de lo cubano, que hace que diferenciemos al punto las páginas que escribe sobre Juárez o Bolívar de las que dedica a Gómez, por ejemplo, o al campo nuestro en las páginas del Diario? Estas últimas diríamos que son más blancas, más siluetadas, tienen esa «lisura» tan cubana —acaso posterior a la intimidad penumbrosa de lo criollo—, ese modo de aparecer las cosas en la luz como si no tuvieran nada detrás, en una especie de pobre, dura, rugosa intemperie.&lt;br /&gt;Martí es acaso el primero en quien lo paradisíaco nuestro no se confunde con el paisaje «virgen» que descubre el cansancio europeo y que influye hasta en el mismo Heredia con sus palmas «deliciosas», redondeándole radiosamente su esbelto tono propio. Poesía que llamaríamos de «descubrimiento» a la que debemos tanta Oda superficial, en la que la enumeración de las frutas y las delicias del clima hacen todo el gasto poético. Qué diferencia entre estas «palmas deliciosas» que ve Heredia en su poema mayor, y estos «tristes», estos «mágicos palmares» que en un simple poema de circunstancias ve Martí.&lt;br /&gt;Y es que ni como escritor ni como hombre es Martí un romántico sino un realista. Todos los mártires lo son. Por esto, si los poetas anteriores nos dan el elogio, la sorpresa o la nostalgia del campo cubano, sólo Martí nos da su ser mismo, en una especie de apasionada objetividad. Para la bondad, como para la poesía, tiene un adjetivo preferido, nos dice que la bondad es útil, que la poesía es útil a los pueblos. Reduce sus contenidos románticos y se atiene a los prácticos, pero no al modo del pragmatismo posterior que refiere lo útil al plano histórico de la existencia humana, sino que tal parece —aunque Martí no se extendió nunca sobre este tema—, que ve en estas formas elevadas una utilidad diríamos ontológica, referida no a la existencia sino a la esencia del hombre o de los pueblos. Esta palabra «útil» tiene en él un sabor especial, porque sentimos que envuelve también al espíritu desposeído de su soberbia. ¿No nos dice que la virtud preserva como la sal al alimento? Es este sentido práctico a lo divino el que hace de él el último héroe y el primer clásico americano.&lt;br /&gt;No, no perdimos al escritor. Los que quisieran ver a Martí entregado sólo a sus faenas literarias y se duelen de la obra que pudo haber dejado, no imaginan hasta qué punto fue central a la obra misma esa prisa profunda de su vida, hasta qué punto fue su constante olvido de sí, su sentido vigilante de la utilidad preciosa de todo, lo que le permite trascender los modos de expresión romántica, la cámara de espejos del «yo» romántico, y, despojado de sí mismo, darnos las cosas como a través de un cristal donde aparecieran los dibujos candorosos y solemnes de las palmas más puras, de los hombres más nuestros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El estilo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decimos de un escritor que tiene estilo no tanto en cuanto piensa o expresa con una mayor hondura o variedad, como en cuanto logra comunicar, universalizándolo, lo que tiene justamente de más personal o intransferible. Hay detrás de todo estilo algo que tenemos que poder identificar con un gesto en el idioma, en el que —a la manera de las especies angélicas—, se nos dé una individualidad ya no limitada y una generalidad ya no abstracta. También todo problema de estilo lo es de concentración, no entendida como una contracción&lt;br /&gt;avariciosa de las palabras, sino como esa velocidad del espíritu, esa intensidad del sentido que hace que la palabra nieves, por ejemplo, en la famosa «Elegía» de Villon, pueda darnos nada menos que la visión poética absoluta de lo histórico a través de eso que es sólo como una forma ausente que cae leve y sin huellas.&lt;br /&gt;Está por hacer el estudio estilístico de Martí, ni gracianesco ni teresiano —aunque es claro que la lectura de los clásicos le dejó un sedimento de idioma—, de raíz hablada y viva. Está por estudiar el especial impulso o movimiento de su prosa en que se dijera que cada frase «entra» por un tiempo propio, distinto al anterior, y en donde la argumentación central, sobre todo en los discursos, es sólo la plaza rendida, en el frente, en los costados, por los ejércitos simultáneos de las imprecaciones, las preguntas, la piedad, la ira.&lt;br /&gt;Pero acaso la cualidad más encantadora de su estilo sea esa extraña mezcla de lo apasionado y lo realista, esa lealtad al detalle y a la vida con que de pronto concentra el impulso de su entusiasmo. Hombres y cosas aparecen así vistos en su rasgo esencial, y a menudo nos han recordado esos nombres suyos seguidos de dos adjetivos definidores aquellos héroes de Homero o del Cid a los que siempre llaman recordando seguidamente sus virtudes o hazañas más notorias, que acaso no es más que el reflejo en las palabras de ese ir derechamente a «lo útil», lo definidor, el fermento heroico. Este ver a los hombres en esa «última instancia» esencialmente afirmadora, no porque ella misma sea una virtud sino por ser el centro vivo y eternamente moldeable del alma de donde parte toda acción, es lo que hace que sus estudios de figuras, sus semblanzas cubanas o norteamericanas, tengan algo de juicio post-mortem, algo de involuntario epitafio, como si él viera aquello que va a quedar después de muerto en cada vivo. Son frecuentes en él esas frases lapidarias, generalmente de tres palabras, con que cierra un período tumultuoso y en las que uno ve de repente a un hombre, o esas numeraciones de figuras de las que ofrece sólo un breve juicio o un rápido retrato en el que destaca siempre el fragmento que tiene el don de evocar el todo, sin reconstrucciones fatigosas. Así cuando nos pinta la atmósfera del Sur esclavista antes de las guerras de secesión, en la frivolidad recogida de sus salones, y nos dice de pronto que allí «todo es minué y bujías», vemos casi materialmente los gestos, las luces, los trajes. Si en el mismo discurso nombra así a Lincoln «el leñador de ojos piadosos» tenemos entero el doble trazo del desgarbado cuerpo que ha trabajado y el noble rostro melancólico. Y para sólo ceñirnos a uno de sus artículos críticos sobre pintura, recordemos aquél en que dice de Velázquez esta frase lapidaria, en que sentimos toda la humanidad española de los rostros, en contraposición a su tratamiento convencional en otros pintores: «Creó los hombres olvidados.»&lt;br /&gt;Señalemos también en este mismo artículo dos aciertos más: el juicio sobre Goya y sobre los impresionistas. «Goya, que dibujaba cuando niño con toda la dulcedumbre de Rafael, bajó envuelto en una capa oscura a las entrañas del ser humano y con los colores de ellas, contó el viaje a su vuelta.» Fijémonos en cada una de las insustituibles palabras: «Vio la corte, la guerra, y el amor, y pintó naturalmente la muerte.» Es curioso que si cualquiera podía haber dicho que Goya bajó «a las entrañas del ser humano» sólo él podía haber escrito «envuelto en una capa oscura», en que se diría que el símbolo cobra ya otra precisión, y que el rojo, como en el propio Goya, se tiñe un poco de negro. Por último, en el juicio sobre los impresionistas, la fuerza del último verbo: «Quieren pintar como la luz pinta, y caen.» Nótese el espacio que abre esa coma y lo sintético del juicio. Podría centuplicar los ejemplos.&lt;br /&gt;Quisiéramos poder detenernos en la peculiar adjetivación martiana, rápida como un instinto. Cuando nos dice, en frase incidental, refiriéndose a Mark Twain, «entiende el poder de los adjetivos, los adjetivos que ahorran frases...», nos pone en guardia del error de ver en el adjetivo la parte floja de la frase, aquélla que por ser adherente y no sustancial, no nos obliga a precisiones. El adjetivo, nos dice, tiene un poder. Veamos. El adjetivo llena al parecer una doble función, puede expresar las cualidades que una cosa tiene como parte inseparable de ella misma o aquellas que le atribuimos como parte de nuestra percepción o reacción ante ellas. Si de un lado puede confundirse con los contornos mismos del nombre, del otro puede confundirse con su horizonte más lejano, si de un lado puede caer en el peligro de lo obvio que no añade nada que no esté ya en el nombre, del otro está el peligro de lo arbitrario o gratuito, de lo que prolifera sobre él añadiéndole demasiado. Adjetivación clásica la primera (la nieve fría, la noche oscura), romántica la segunda (el ángulo oscuro, la luz tibia y serena). Podríamos decir que en Martí el adjetivo ocupa una posición intermedia. Ni se superpone al nombre, ni se aleja gratuitamente de él. Visualmente nos impresiona como un ejército que retrocede al punto de partida, como una cualidad que avanza sobre el nombre para desentrañarle su secreto, es decir, como algo que sin ser adherente al nombre tampoco le es intrínseco, como si esa acometida exterior le entregara de pronto una vibración propia que le era desconocida.&lt;br /&gt;Y nos preguntamos ¿no es éste además del modo de conocer o penetrar las cosas en Martí, el modo que tuvo de conocer y penetrar los hombres? ¿No es uno y el mismo el procedimiento que lo lleva a rendir la sustancia del nombre por la acometida del adjetivo y la que lo lleva a actualizar lo mejor de cada hombre por la acometida del amor y la esperanza?&lt;br /&gt;Este que nos dice que anda «como enamorado de los hombres» dista mucho de ser un optimista justamente porque es un creyente. La diferencia esencial estriba en que el optimismo es un punto de vista que se tiene sobre la realidad, no aspira a una visión que se entrevé como dolorosa y confusa, sino a un acomodo momentáneo con vistas más a la vida que al conocimiento. Por eso el optimismo siempre ha sido más propio de los pueblos utilitaristas al estilo de los Estados Unidos, que de los desinteresados y tristes de la América nuestra. Martí cree en los hombres no por lo que ve en ellos —hay relámpagos de amargura en su obra en que le vemos la herida—, sino por todo lo contrario, porque el hombre «es lo que no se ve» nos dice. De modo que esta fe, sin ser justificada, dista mucho de ser gratuita. ¿Cómo actuará entonces la alabanza —y sobre esto se extendió mucho en ocasión en que se le reprochaba de excesivo—, como un embellecimiento galante y momentáneo de las cosas o como un provocador de ser, como la íntima creencia en este ser mismo como secreto de belleza que conjura la confianza? Y como la alabanza en la vida, actúa el adjetivo sobre el nombre, con el adjetivo que es un poder, como él dice, y no un ciego dispensador de dones. Fluctúa el adjetivo en la zona de lo posible, en la zona del deseo y del amor, y no es sustancia fría ni alabanza ardiente actuando aisladas, sino un penetrar la sustancia por la alabanza que fue en Martí el doble secreto de vida y obra fascinadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Los Tres Diarios&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Léanse los tres Diarios de Martí, compárense. El primero lo ha escrito muy joven. Son apuntes de un viaje por Centroamérica (1877). Ya se asombra uno de la música de su prosa y de su don de observación. Pero la fiesta la dan aquí los colores, el cuadro de la pequeña Curaçao, colonia holandesa. Nos describe sus extrañas casas, sus negras, y estos encantadores burrillos:&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;blockquote&gt;como el lugar, amarillosos, ora llevados a la mano por ancianos negros, de negro chaleco, holgado pantalón y saco blanco, cubierto el lomo, como si lo hubiera aderezado para montarlo un campesino guatemalteco, de apiñado vellón; ora trotando traviesamente, huyendo el anca esquiva del negrillo gentil que lo fustea, y haciendo danzar, saltar, caracolear, el carro que conduce; ora esperando con cómica mansedumbre, sacudiendo de vez en cuando el sillón de montar que lo enjaeza, a la dama feliz que ha de pavonearse en tan airosa y enérgica cabalgadura. ¡Coyuctudos burrillos!&lt;br /&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;El dibujo es fino y tierno. Estos pequeños croquis de burrillos tienen no sé qué agilidad de línea negra de grabado colonial. Prosigue describiendo los curiosos habitantes de la isla: &lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;«niños petimetres de tez tostada y rizado cabello, fumadorcillos precoces, de ojos ardientes y levita larga, en cuya aceitunada faz y estrecho cuerpo se lee como los desvíos prematuros del deseo comen en esta tierra las fuerzas malogradas corporales», doncellas de la villa «de menguado color y estrambótico y aéreo vestido», «ventrudas y descalzas negras, con la maciza crespa cabellera oculta por el pañuelo amarillo, azul, morado, rojo...» «Y pasa como rarísima especie, un gendarme holandés de ojo avaricioso, mostacho empomado, pelo laso y agudo.»&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Yo me detengo siempre en estas rápidas descripciones de figuras que hace Martí. Son siempre inmejorables. Pero hay sobre todo un entierro estupendo donde aparece&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;un carro negro, traído a rastras de mal agrado por un mísero y mal caballejo, y coronado en el pescante por un cochero sentado a la par de un chicuelo haraposo y alegre, que viene del pueblo silencioso como gozosa gira—, si tras el menguadísimo atalaje, arreo indigno de cosa tan grandiosa como un muerto, asoma un caballero escueto como si se hubiera tallado en una lanza un hombre, y coronado con empinada chimenea, y puéstole en las manos bastón negro, que mueve gravemente a manera de pavo—, si tras él, a distancia larga, asoman dos ancianos de faz para el severo trance pergeñada, enlevitados como cuáqueros, graves como dómines, luengos como flechas, negros como hierro damasquino en los talleres de Eibar, y asoman luego, como colosales gotas de tinta, grupos de dolientes, dibujándose el negrísimo conjunto sobre el suelo amarillo, liso, claro...&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;El cuadro está compuesto totalmente, con un humor casi dickensiano y una retórica anticuada un poco burlona. Recordaba aquí lo que el poeta Lezama me decía un día sobre lo que él llamaba «la imaginación alegre de Martí». En efecto, en él si el sentimiento es siempre grave, la imaginación es alegre. Recordemos si no sus estampas americanas, los relatos de La Edad de Oro, la poderosa evocación de las dos Américas del discurso famoso. En este discurso sus preferencias conscientes parecen estar al lado de los colonizadores ingleses, pero en el vuelo mismo del párrafo se cree percibir una fiesta de los sentidos que está más cerca de la concepción católica —por algo es, quiéralo o no, hijo de la pompa litúrgica de España—, que del rigor puritano. Más cerca decimos de la concepción católica, porque ella no niega como la protestante los sentidos, sino que los afirma y trasciende.&lt;br /&gt;Este primer diario, todavía un tanto pintoresco y lírico, de párrafo largo y henchido, tiene un tono de desenfado, de alegre desafío, que no veremos reaparecer después en lo que escribió. Leyendo la crónica de esta Curaçao que describe a veces con un solo color («Amarilla es la calle, amarillas las casas, amarillo con la puesta de sol el vasto horizonte, amarillas, escuálidas las gentes»), recordábamos casi sin querer, la pincelada gruesa y fanática, los colores obsesivos de Van Gogh. Que Martí haya captado tan bien, y en un diario de inspiración tan distinta, esos sabores tan específicamente holandeses no deja de ser un acierto sorprendente. Pero en general, la atmósfera de estas crónicas es otra. El aire es tan transparente que vemos las cosas con una encantadora precisión, con todos sus límpidos, ingenuos, radiantes colores coloniales. No quiero abandonar el diario sin citar este último párrafo, bañado de claridad y gracia criollas:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Un sol suave y alegre bañaba la ciudad, y del silencio de las seis, que era como una flor de oro, iba saliendo el peón pobre y descalzo, con el chiste seco y la castiza conversación que va alternando con los porteros que abren; el señor domingón todo él negro y gris, con bombín filipino, y el bastón de caña y hueso, el oficial de bocamangas sangrientas, pulcro y pechudo; la paseadora de mañana con su traje de seda, el despacioso botín, por los hombros el pañolón amarillo y azul, con los flecos que barren, y en la cabellera suelta y ondeada un lazo de cinta; y la indiecita ostentosa que va comiéndose la tierra, oronda en su saya blanca y su rebozo de fresa escarchada, y detrás de ella, y como ella descalza, las tres o cuatro chacalinas como mujeres en miniatura. Y el sol pica y chispea: la música viene ya de calle arriba: la campana revoloteadora llama a misa de ocho: plaza y calle están llenas de los mozos de chaqueta negra y blanco panamá, con la faja de color por el cinto, y el calzón de dril, y el pie recio y descalzo: un jinete caracoleando, echa de un lado y otro el grupo: van y vienen entre las chaquetas negras, los pañolones amarillos y azules, los rebozos negros con flores de realce, los rebozos de fresa escarchada: sable al pecho y con las gorras de honor, pasa el cuartel del día en un vuelo de música: como pintada en el cielo, al viento liso, luce sobre la azotea del palacio, roja, blanca y azul, la bandera nacional.&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Observemos cómo al final del párrafo —como en tantas otras páginas de Martí—, hay un modo de resolver la luz y el color que casi llamaríamos impresionista. Lo que primero nos describe «saliendo del silencio», paseantes orondos y tranquilos, envueltos a pesar de todo en una suerte de inmovilidad, lo describe después desordenado por un caballo que cruza caracoleando, espantando los grupos, y ya para darnos idea de movimiento acude al entrecruzamiento de telas, de colores, más que a la minuciosidad de la figura completa, pero el impresionismo es aquí un recurso tan solo, pues a la larga lo que nos quedan son los contornos netos del cuadro, que percibimos recortados y nítidos. Al terminar nos describe como presidiendo y aquietando la doble escena con sus tres franjas de colores, la bandera nacional. Es muy frecuente en Martí escoger para cerrar un artículo la descripción desnuda de un hecho que llamaríamos maliciosamente simbólico, pues parece al lado de los anteriores como un dato más, pero en el fondo les confiere a los otros una especie de inmovilidad. El movimiento anterior queda detenido en él, y aunque no trata nunca expresamente de proponer un sentido último a la escena, roza siempre, en una forma tácita en extremo sutil este sentido, valiéndose todavía de las imágenes. Esto lo observé por primera vez leyendo las «Escenas Norteamericanas», donde es tan frecuente, y luego en los Versos sencillos, donde ya todas las imágenes tienen en torno como una especie de vacío que nos deja a solas con su oculto sentido.&lt;br /&gt;De este primer diario al segundo, ya va mucho. Aquí los colores apenas tienen lugar, se siente en cambio más la línea. Es el año de su madurez y de su muerte (1895). Nada aquí de esa imaginación, más al servicio de la experiencia que de la fantasía, ni de esa profusión alegre de colores y formas. Logra las calidades antillanas más puras: desnudez, silueta, finura. Su estilo, siempre tan bellamente directo, se hace más simple, y como atenuado a veces por la ternura. Así también es el paisaje antillano, sin accidente vistoso o proporción excesiva, tan distinto al suramericano por su monótona simplicidad y severo dibujo. ¿Cómo olvidar a Don Jacinto, «de perfil rapaz»; a Jesús Domínguez con sus dos hijas, a Toño, «de ojos grises, amenazantes y misteriosos, de sonrisa insegura y ansiosa, de paso velado y cabellos lacios y revueltos», al pobre negro haitiano, al viejo que habla «y puntúa el discurso con los bastonazos que da sobre las piedras»? «Ya la escuchan —nos dice—, un tambor, dos muchachos que ríen, un mocete de corbata rosada, pantalón de perla y bastón de puño de marfil. Por la ventana le veo al viejo el traje pardo, aflautado y untoso.» Observemos lo desusado y audaz de estas enumeraciones. ¿Quién escribía así en su tiempo? Pero sobre todo léase el pasaje del canto del mar, o ese conmovedor David, de las Islas Turcas que «se les apegó», dice Martí, desde la arrancada de Montecristi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;«A medias palabras nos dijo que nos entendía, y sin espera de paga mayor ni tratos de ella, ni mimos nuestros, él iba creciéndosenos con la fuga de los demás; y era la goleta él solo, con sus calzones en tiras, los pies roídos, el levitón que le colgaba por sobre las carnes, el yarey con las alas al cielo». «Él nos tendía de almohada —dice más adelante—, en la miseria de la cubierta, su levitón, su chaquetón, el saco que le era almohada y colcha a él: él, ágil y enjuto, ya estaba al alba bruñendo los calderos. Jamás pidió, y se daba todo. El cuello fino y airoso le sujetaba la cabeza seca: le reían los ojos sinceros y grandes: se le abrían los pómulos decidores y fuertes: por los cabos de la boca desdentada y leve, le crecían dos rizos de bigote: en la nariz franca y chata le jugaba la luz. Al decirnos adiós se le hundió el rostro, y el pecho, y se echó de bruces llorando, contra la vela atada a la botavara. David, de las Islas Turcas.»&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Es uno de los pocos pasajes en que Martí usa el pasado para evocar una escena. Se diría que el presente es el tiempo de su prosa. Casi siempre narra las cosas más lejanas como si estuvieran pasando en ese momento y al indefinido «un» prefiere el definido «el». Así no nos dirá «pasó un guadalupeño» sino «pasa el guadalupeño de terso color de chocolate», etc. Pero en este pasaje la ternura y la tristeza priman sobre la visión: «el cuello fino y airoso le sujetaba la cabeza seca».&lt;br /&gt;Con frecuencia cierra un párrafo extenso con un giro que recuerda aquél con que lo comenzó, y así la descripción que parecía extenderse horizontalmente no queda como un agua que se pierde sino que regresa como un círculo de cadenciosa música, nos deja de nuevo en el umbral, obligándonos a detenernos en él un momento, antes de que se pierda para siempre:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;De Ceferina Chávez habla todo el mundo en la comarca: suya es la casa graciosa, de batey ancho y jardín, y caserón a la trasera, donde en fina sillería recibe a los viajeros de alcurnia, y le da a beber por mano de su hija el vino dulce: ella compra a buen precio lo que la comarca da, y vende con ventaja, y tiene a las hijas en colegios finos, a que vengan luego a vivir con ella, en la salud del campo, en la casa que señorea con sus lujos y hospitalidad la pálida región: de Ceferina, por todo el contorno, es la fama y el poder.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Escojo solamente los ejemplos del Diario, aunque recuerdo otros similares en toda su obra, para no perderme en su vasta extensión y porque en cualquier página suya hay ejemplos de ciertas constantes de su estilo que nos pueden dar idea aproximada de sus sabores esenciales. Así, sin salir del Diario, este otro pasaje: (El subrayado es mío.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Y eso fue cuanto entonces ví de Ouanaminthe: el cuarto de guardia, ahumado y fangoso, con teas por luz, metidas en las grietas de la pared, un fusil viejo cruzado a la puerta, hombres mugrientos y descalzos que entraban y salían, dando fumadas en el tabaco único del centinela, y la silla rota que por especial favor me dieron, cercada de oyentes. Hablaban el criollo del campo que no es el de la ciudad, más fácil y francés, sino crudo, y con los nombres indios o africanos. Les dije de guerra y de nuestra guerra, e iba cayendo la desconfianza y encendiéndose el cariño. Y al fin exclamó uno esta frase tristísima: «¡Oh gardez ça: blanc, soldat aussi!» El cuarto de guardia ví, y al Comandante luego...&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Notemos —aunque luego tendremos que volver a este asunto—, el sentido absolutamente moderno que tiene ya Martí de lo poético. ¿Qué poeta de su tiempo a la hora de hacer un Diario, y entre tantas dificultades para hacerlo, se hubiera detenido en describirnos esta escena, en subrayar con su insistencia una realidad tan modesta, tan carente de significación o belleza como un cuarto de guardia a la oscuridad del anochecer? ¿No se nota cómo sutilmente lo poético va pasando del tema que es lo común en su época, a la mirada, que es ya lo propio de la nuestra? Pensemos en los Versos sencillos. ¿Qué es allí lo poético sino la realidad misma, desnuda de adornos, a solas con la memoria y la mirada, qué es lo bello sino lo que se detiene, como entregando una significación que no revela? Pero acaso me estoy adelantando un poco. Sólo quiero subrayar cómo con ellos se adelanta no al modernismo histórico de Rubén Darío, sino al sentido posterior de lo moderno y su intuición esencial de lo poético.&lt;br /&gt;Recojamos esta idea al entrar en el tercer y último Diario. (De Cabo Haitiano a Dos Ríos.) ¿A qué poeta de su tiempo no se le hubiera ocurrido escoger temas «poéticos», con esa «delimitación » tan frecuente en un Heredia por ejemplo, o aprovechar la importancia del momento que le toca presenciar para no recoger lo de mayor significación histórica? ¿Cuál de ellos se hubiera quitado horas de sueño, y sin papel apenas donde escribir, rodeado de peligro de muerte, entre chubasco y guerrilla, se hubiera detenido a apuntar el machetazo que degüella una jutía, esos diálogos triviales —tan bellos a fuerza de tan fugaces—, que oye aquí o allá; cuál no hubiera expresado la emoción de desembarcar en tierra cubana con una frase emotiva, y no con esas rápidas anotaciones de amante, de un rumor, una cama de hojas, el asado de unos boniatos? ¿Quién es este extraño combatiente que siente «como una piedad en sus manos » cuando cura los heridos, a quien «la noche bella no deja dormir» y la naturaleza se le entrega en sus rumores más secretos y delicados, quién es éste que sabe que tiene de almohada la muerte y escribe: «El río nos canta. Aguardamos a los cansados. Ya están a nuestro alrededor los yareyes en sombra. Tal la última agua, y al otro lado el sueño»? Qué ensanchamiento del mundo de lo poetizado se siente. El diario nos dice cómo todo es poesía —todos los gestos, todas las conversaciones, una comida, el diálogo de dos viejos mambises—, a través del sentimiento de la independencia del tema frente al misterio de la mirada. No me canso de subrayar la absoluta originalidad, la profunda anticipación —no sabemos si consciente— que esto significa. Sin «escoger», sin preferir, entre las mayores responsabilidades que abrumaron nunca a un hombre, en el centro mismo de la muerte, anota sin cesar, como quien asiste a un espectáculo espléndido de una importancia perdida: «El pájaro, bizambo y desorejado, juega al machete; pie formidable; le luce el ojo como marfil donde da el sol en la mancha de ébano.»&lt;br /&gt;A este Diario habrá siempre que ir para estudiar la inimitable sintaxis de Martí. Acaso la rapidez con que se vio obligado a escribirlo —hay momentos en que apunta tres escenas de una sola vez, en tres palabras— hace que aparezca en él más desnuda que en otros escritos de más importancia, la estructura de su idioma. De Isidro Méndez es esta observación preciosa, que no se aplica tan sólo a su poesía. El guión en el verso de Martí, nos dice, indica casi siempre un cambio de registros, de un tono más leve hacia otro más profundo, como el de las llaves de un órgano. Quisiera poder ejemplificar esto en su prosa, poder citar largamente la profundidad que presta a ciertos pasajes el uso tan personal que hace de estos signos de puntuación, que son, como las inflexiones de voz de un orador, un elemento infinitamente móvil y plástico, que registra el menor de sus estados de alma. Pero ello extendería demasiado este trabajo. Invito al lector a que siga muchos de estos pasajes a través del ritmo de sus comas, que a manera de los silencios de una música, aceleran o retardan los períodos desu frase.&lt;br /&gt;Hay una curiosa nota en sus «Cuadernos de trabajo» en que Martí nos dice cómo harían falta más signos: un acento de lectura o sentido (para distinguirlo del de palabra), guión menor y coma menor, para indicar una pausa más larga que la de la coma común. A mí me dio una especial alegría encontrarme con esta nota porque mucho antes de leerla me había sorprendido el distinto grado de separación, de silencio, que él lograba a veces con una misma puntuación. Recuerdo haber hecho esta observación mientras leía en la preciosa Edad de Oro el párrafo que dedica a los sufrimientos de los indios. «Caían, como las plumas y las hojas.» Recuerdo que al leerlo me detenía sin querer un poco en esa primera coma, como si fuera distinta de las anteriores, con un poder mayor de detener la primera palabra y de agrupar las otras al otro lado, como una pequeña hoz tirada junto a un melancólico campo segado. Pero a veces dudaba sobre si esos efectos no lo serían tan sólo para mí, y al encontrar esa nota sobre la necesidad de indicar a veces pausas más largas comprendí lo poco improvisado que fue el estilo de este improvisador, así como la conciencia tan exquisita que tenía de la música de la composición como algo ligado siempre a la voz.&lt;br /&gt;La gradación de las comas, que el habituado reconoce en seguida, es uno de los encantos mayores de su prosa. «Cultive las comas», recomendaba como sonriendo en carta a Gonzalo de Quesada, lo cual me recordó aquello de Gide de que el verdadero escritor siempre puntúa bien.&lt;br /&gt;La «y» en su prosa da la impresión de ser como el sustituto de la separación entre dos versos en la poesía, pues a veces —sobre todo en los relatos largos donde usa de ella en una forma casi infantil, con una especie de deliberada monotonía—, más bien que enlazar dos pequeñas frases parece separarlas, proponiendo como una nueva unidad de mirada. Recordemos, aunque nos alejemos por unos momentos del Diario, la muerte del Emperador en su cuento «Los dos ruiseñores»:&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Y la muerte, seguía mirando al Emperador con sus ojos huecos y fríos, y en el cuarto había una calma espantosa, cuando de pronto entró por la ventana el son de una dulce música. Afuera en la rama de un árbol, estaba cantando el ruiseñor vivo. Le habían dicho que estaba muy enfermo el Emperador, y venía a cantarle de fe y esperanza. Y según iba cantando eran menos negras las sombras, y corría la sangre más caliente en las venas del Emperador, y revivían sus carnes moribundas. La Muerte misma escuchaba, y le dijo «¡sigue ruiseñor, sigue!» Y por un canto le dio la muerte la corona de oro; y por otro la espada de mando; y por otro canto más, le dio la hermosa bandera. Y cuando ya la Muerte no tenía ni la bandera, ni la espada, ni la corona del Emperador, cantó el pájaro de la hermosura del camposanto, donde la rosa blanca crece, y da el laurel sus aromas a la brisa, y dan brillo y salud a la yerba las lágrimas de los dolientes. Y tan hermoso vio la Muerte en el canto a su jardín, que lo quiso ir a ver, y se levantó del pecho del Emperador, y desapareció como un vapor por la ventana.&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;En el Diario, las echamos un poco de menos, pues las escenas aparecen ya no en sus conexiones constantes con un relato de dibujo conocido —como en éste, que recuerda tanto la atmósfera del Wilde de «El ruiseñor y la rosa»—, sino a una especie de intemperie que las convierte en fragmentos de un cuerpo aún desconocido. Es siempre el mismo modo inconfundible, pero con una sobriedad mayor, que a veces cobra una sencillez sobrecogedora. Leamos el párrafo que dedica a José Maceo siguiendo el ritmo de su entrecortada puntuación, y veremos al final esta misma especie de «ruptura» de planos:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;…y a Flor lo mataron, y Antonio llevó a dos consigo, y José quedó al fin solo; hundido bajo la carga, moribundo de frío en los pinos húmedos, los pies gordos y rotos; y llegó, y ya vence.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y es curiosa la profusión en el párrafo a veces tan breve, de los dos puntos que van como persiguiendo la frase, obligándola a una precisión mayor en el detalle, o irrumpiendo otras como un punto de vista más general que hace las veces de perspectiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Para mí es el almuerzo oloroso, que el mocetín muy encorvado, se sienta a gustar conmigo; y Nephtalí y la hija me sirven: el almuerzo es buen queso, y pan suave, del horno de la casa, y empanadillas de honor, de la harina más leve con gran huevo: el café es oro, y la mejor leche.&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Es casi imposible glosar la variedad de sabores, que cobran estos signos, cómo a través de ellos le oímos tan bien la voz, los momentos en que el entusiasmo lo hace extenderse en vastos cuadros, en que las comas se suceden impulsando las frases siempre de un modo distinto, o cuando la voz se le vela, y se ve que ya no puede seguir, y los puntos parecen adioses.&lt;br /&gt;Pero si queremos conocer el poder expresivo que a veces logra su puntuación personalísima, hay que ir al último diario, llegar al pasaje de la súbita evocación de Flor Crombet, cuando de pronto recuerda que ha muerto:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Me dijo Luis el modo de que las velas de cera no se apagasen en el camino, y es empapar bien un lienzo, y envolverlo alrededor, y con eso la vela va encendida y se consume menos cera. El médico preso, en la traición de Maceo, ¿no será el pobre Frank? ¡Ah,—Flor!&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Son sólo dos palabras, pero entre ellas parece que se abriera una suerte de suspensión. Cuando uno las ve en la página se da cuenta que la coma usada sin el guión hubiera dado un silencio más corto, menos expresivo, aunque naturalmente entre ellas se establece esa leve distancia nostálgica que separa el dolor por el amigo muerto de la evocación del amigo vivo, en que el nombre hace las veces de elogio póstumo, con ese volumen, a la vez ligero y desgarrado, como de lágrima.&lt;br /&gt;Gusta Martí de cerrar una fluencia lírica con la desnuda aparición de un hecho, una orden, una pobre comida mambisa. Todo el diario está lleno de ellas. Las vemos vivas, junto al improvisado campamento o en la intemperie hojosa de las mañanas mambisas, en que sentimos esas calidades cubanas cuyo secreto apenas acertaríamos a explicar, pero que al instante reconocemos como a los propios recuerdos, mientras cruzan las sombras familiares de Luis, de Victoriano Garzón, de Rosalío y Modesta, de Antonio y José Maceo, de Moncada y de Flor, «el gallardo Flor». Recordemos, para terminar, el pasaje bellísimo:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Silba el grillo; el lagartijo quiquiquea, y su coro le responde; aun se ve, entre la sombra, que el monte es de cupey y de paguá, la palma corta y espinada; vuelan despacio en torno las animitas; entre los nidos estridentes oigo la música de la selva, compuesta y suave, como de finísimos violines; la música ondea, se enlaza y desata, abre el ala y se posa, titila y se eleva, siempre sutil y almas de hojas? Se me olvidó la comida; comimos salchichón y chocolate y una lonja de chopo asado. La ropa se secó a la fogata.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Samuel Feijóo —conocedor tan amoroso de nuestra poesía—, anotaba cómo ella siente la naturaleza a través del oído, del rumor, mucho más que de la vista. Aunque a Martí no sea el que mejor lo ejemplifique, no hay duda que este pasaje, para el perseguidor de ciertas constantes en nuestro estilo, tiene todo el valor de un clímax poético, recoge y afina un sabor anterior muy nuestro, en una trama nerviosa y fina de complejísimo sonido. Y el final es especialmente característico de Martí. Un escritor más superficial, después del acierto indudable, no nos hubiera hablado del salchichón ni del chocolate. Se nos dirá: se trata de una página de diario, no de una página para La Nación. Pero estos contrastes los podemos hallar en cualquier página suya, no están dictados por la prisa, sino por un ver toda la realidad en un mismo orden de importancia poética, que hace que su arranque lírico cobre la poética realidad de un dato, y el dato la misteriosa esencia de la poesía. Por muy alto que sea en él el vuelo lírico creo que lo que constituye su peculiar hallazgo es un género de belleza distinto: no el de la efusión lírica, en cuanto ésta se aísla o sobrepone a lo real, sino el de la realidad misma, el del hecho desnudo y virgen. Así cuando nos describe en el segundo Diario la escuadra de flamencos, el saludo del haitiano que pasa a vender su café, el cuarto de guardia de Ouanaminthe, no añade ni pone nada, se ve que se trata de hechos que le bastan absolutamente y esto sí es lo que creo que es una profunda novedad con respecto a lo que se entendía por poesía en su época, lo que por encima de la moda efímera, le presta aún una frescura y una actualidad perenne.&lt;br /&gt;He escogido solamente estos tres diarios de Martí porque ellos recogen muy bien ese proceso de su espíritu imaginativo hacia un realismo mayor, proceso que acaso se ve reflejado en estas palabras suyas: «Con el amor se ve. Por el amor se ve. Es el amor quien ve.» De modo que la relación entre el mínima —es la miríada del son fluido: ¿qué alas rozan las hojas? ¿Qué violín diminuto, y oleadas de violines diminutos, sacan son, y alma, a las hojas? ¿Qué danza de orden espiritual y el sensible se le fue transformando, del sentimiento de una simple unión (Con el amor se ve), o de una relación de causa a efecto (Por el amor se ve), al de una especie de despersonalización, en que la persona no aparece negada, pero sí, como quería San Juan de la Cruz, con potencias y sentidos traspasados. La presunción del «yo» como última fuente de conocimiento en los idealistas y de inspiración en los románticos, aparece aquí postergada: «Es el amor quien ve.» El amor, esto es, la salida de sí mismo. A mí esta breve frase me explica a la vez que el estilo de Martí en su última época, la entrega voluntaria de su vida.&lt;br /&gt;Muchas veces he pensado que fue esta extensión de la experiencia hacia su fuente —que no estaba tan en oposición como parece al enteco positivismo de la época, sino que sólo lo llevaba mucho más lejos—, lo que desconcertó y deslumbró a Varona. Uno imagina el encuentro entre el escéptico positivista —cuya sensibilidad era sin embargo tan fina—, y aquél que más que un creyente en el espíritu era una experiencia del espíritu. Él nos cuenta la última vez que vio a Martí en la esquina del Trinity Church. Mientras las gentes pasaban en torno, «sólo oía su voz conmovida que me conmovía». Acaso por primera vez perdía el dominio de sí mismo sobre lo observado. Fue conmovido. La prueba no la olvidaría jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El hecho&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;No sólo en los Diarios sino en cualquier otro de sus trabajos podemos encontrar lo que llamamos su sentido poético del hecho. Así en las «Escenas Norteamericanas», tan repletas de realidad, donde otro caería del lado del reportaje, él cae siempre del lado de la poesía, de modo que lo que nos cuenta se nos queda envuelto en esa suerte de «detención» que acompaña siempre a la belleza. Pues por mucho que trate de relatarnos un funeral chino, la inauguración de un nuevo presidente en los Estados Unidos, un terremoto o un discurso, como en ese extraordinario retrato arquetípico del político que se llama «Noche de Blaine», nunca el acontecimiento principal ocupa un lugar más preeminente que aquellos detalles que lo acompañaron —traje de un niño que pasa, grupo de ciudadanos que conversa, cinta de un sombrero de mujer— sino que es a través de ellos que nos cuenta lo que ha visto. Todos esos detalles no nos los da como periodista, en función del hecho central, sino que los narra por ellos mismos, con finura y primor, de modo que pasada la actualidad histórica, se nos devuelven casi como objetos poéticos puros.&lt;br /&gt;Y es que Martí piensa como pintor, en imágenes. Es a golpes de pequeñas imágenes como resuelve los conjuntos más vastos. Así, si nos va a hablar de «El presidio político en Cuba» no nos da una razón sino que nos cuenta un caso. Siempre hallaremos en él este descenso al mundo de lo particular, esta unión de todos los elementos de la realidad en un mismo plano de importancia, que hace que el monóculo del orador aparezca en su descripción pintado con el mismo interés que el discurso mismo. Notemos que esto es lo que da el sabor peculiar a estos artículos, lo que lo distingue decididamente de los prosistas que le fueron contemporáneos. Tomemos el libro de Piñeyro Cómo acabó la dominación española en Cuba o cualquiera de sus trabajos sobre Zenea, la Avellaneda o Heredia. En primer lugar notaremos que la reconstrucción de los hechos no es como en Martí visual sino mental. Veremos también que nunca pierde de vista el tema principal —defensa de Zenea, descripción del carácter de Cánovas—, sin que podamos enterarnos por él de nada no relacionado directamente con el asunto. Es posible que nos hable del discurso de Cánovas, pero no del color de su bigote o de su traje, la atmósfera del salón a través de los gestos fugaces de los oyentes, cosas todas que sin duda nos hubiera dicho Martí a más de darnos el discurso mismo. Esa simultaneidad de imágenes, esa vivacidad de los conjuntos, ese modo pintoresco de descomponer la realidad como abstracción en realidad como imagen es lo propio de Martí.&lt;br /&gt;Notamos así cómo el párrafo largo, que se presta tanto para lo discursivo por su estructura racional, aparece en Martí repleto de imágenes, de chispas cambiantes, de miradas súbitas&lt;br /&gt;e indelebles, de modo que si todavía resulta ochocentista por su forma es totalmente original por su tratamiento. Esto se ve mejor cuando leemos sus discursos más significativos y se los compara con los de cualquier otro orador de su época, pues en Martí la profusión verbal no está dada como en un Castelar, por el río de una idea que se va agrandando, ramificando, hasta dar en el mar de su sentido, sino por la percepción casi física de los hechos, por un martilleo de imágenes que no se desarrollan majestuosamente, ni se enlazan como una ola en otra ola, sino que se van simultaneando, apoyando un sentido no expreso sino tácito, imágenes que más que ayudar o adornar un razonamiento diríamos que hacen las veces de él, de modo que después los recordamos como reconstrucciones visuales más que como construcciones retóricas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Los Versos sencillos&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es este sentido poético del hecho lo que presta a su vez su peculiar encanto a los Versos sencillos. Es en ellos donde hay que buscar la verdadera modernidad de Martí y no en los Libres. Al cabo, lo que hace en los Versos libres está más dentro de la atmósfera romántica de la época. La desnudez de los Versos sencillos, su encantadora simplicidad, apuntaba en cambio mucho más lejos. Fue después de la reacción al modernismo —que de ninguna manera identifico con Darío, que fue mucho más—, cuando la poesía española llegó a esto. En medio de un siglo como el suyo, en que importaba más el oleaje de la razón o del sentimiento, es él el único que se atiene a la austeridad de los sentidos, a sus escenas directas y puras. En una época en que la poesía se había alejado tanto de lo popular, es él quien recoge ese «Yo soy…», «Yo vengo…» campesinos, que es acaso tan conmovedor, porque no es nunca un primer plano de expresión, sino un regreso.&lt;br /&gt;Nunca he visto muy claro el papel que se le asigna a Martí como precursor del Modernismo de Darío, pues si éste le llamó «Maestro», si fue también un liberador del verso y la prosa española de su tiempo, y en muchos aspectos entronca por su riqueza y libertad, con el movimiento posterior, no me parece que se señalen bastante los puntos en que se diferencia de él, cómo la vehemencia interior no nos deja oírle el endecasílabo, de modo que lo que nos queda siempre entre las manos, a diferencia de Darío, es el ímpetu y no la forma; cómo su poesía —por su interioridad mayor—, hace voto de pobreza y ya en los Versos sencillos, al exotismo y brillantez del modernismo posterior, opone la desnudez de los sentidos y el alma, de la tierra y la muerte.&lt;br /&gt;Nunca fue nuestra poesía más familiar y mágica a la vez. Ni en el poema de inspiración más romántica —la Niña de Guatemala—, podremos encontrar la insistencia en la expresión del dolor mismo, el lamento romántico de la «Fidelia» o la «Teresa» de Zenea o de Espronceda. Toda la gama del sentimiento que va de la melancolía ante el entierro candoroso («Eran de lirio los ramos…»), al dolor más hondo y más tierno («Besé su mano afilada —besé sus zapatos blancos») que va desenvolviéndose en una especie de monótono crescendo, se muestra siempre y tan solo a través del relato de las escenas mismas. El único verso que con ligeras variantes a lo largo del poema resulta una excepción («Yo sé que murió de amor») es también el único que repite, perdiendo así el acento sobre lo personal al tomar la forma de estribillo, de canción. Esta delicada contención, este sentido alusivo del hecho, la poesía española lo había olvidado desde la hermosa tradición de las canciones y romances populares.&lt;br /&gt;Como los octosílabos de los Versos sencillos no insisten en una misma rima, las estrofas se cierran, van formando grupos apartes, en que la narración no tiende a seguir como en el romance, sino que se inmoviliza, queda como estampa. Su modo de contarnos las cosas sin añadirle comentarios, hace que cada hecho quede como librado a sus propias resonancias, y si muchas veces observamos entre los dos primeros versos de cada estrofilla y los dos segundos un paralelismo de imágenes cuya conexión es evidente, el poeta no insiste en esa relación, las dos imágenes quedan sueltas, proponiendo no una comparación —pues la comparación no supone una jerarquía sino una semejanza— sino la iluminación de dos «momentos» que se corresponden en la naturaleza y en el alma —o en lo artificioso y lo natural—, como si uno expresara rudimentariamente lo que el otro expresa a la luz de la conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Yo sé de un gamo aterrado&lt;br /&gt;que vuelve al redil, y expira&lt;br /&gt;y de un corazón cansado&lt;br /&gt;que muere oscuro y sin ira.&lt;br /&gt;* * *&lt;br /&gt;Denle al vano el oro tierno&lt;br /&gt;que arde y brilla en el crisol:&lt;br /&gt;a mi denme el bosque eterno&lt;br /&gt;cuando rompe en él el sol.&lt;br /&gt;* * *&lt;br /&gt;Con los pobres de la tierra&lt;br /&gt;quiero yo mi suerte echar:&lt;br /&gt;el arroyo de la sierra&lt;br /&gt;me complace más que el mar.&lt;br /&gt;* * *&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/em&gt;&lt;em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Se diría que las dos escenas quedan separadas, sin que acentúen como en la simple comparación, el enlace de sus miembros, como si su semejanza estuviera determinada, más que por la relación que ellas guardan entre sí, por su común pertenencia a una unidad natural. No se trata de una cosa que «recuerda» otra, sino de un pensamiento o sentimiento que se ve como prefigurado en lo natural. Por eso cuando Martí busca estas semejanzas como simple recurso metafórico, el efecto por más deliberado, es menos bello, como en la serie queempieza:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="center"&gt;&lt;em&gt;El viento fiero quebraba&lt;br /&gt;los almácigos copudos…, etc&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="center"&gt;.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Pero hay aún una tercera zona de los Versos sencillos que llamaríamos mágica, a la que corresponden poemas como los que empiezan «Yo tengo un paje muy fiel» y «Yo tengo un amigo muerto» y a la que pertenece también un pequeño poema que amo entre todos. Lo forman tres simples estrofillas y su tema es un baile al parecer de máscaras en que no sabemos cómo se encontró Martí. En la primera el visitante nos dice su extrañeza de estar allí («Estoy en el baile extraño…!»), pero todavía explica sencillamente de qué se trata. Es la fiesta que dan «los cazadores del año». En la segunda el baile aparece en pleno movimiento. Sin salir de su carácter descriptivo, hay ya de pronto una atmósfera levemente alucinante, como si la escena apareciera desgajada de su explicación anterior, en todo su esplendor absurdo. A primera vista el tema parece muy propio de la época. Recordemos las fiestas galantes de Verlaine, los vizcondes y princesas de Darío. ¡En qué forma sin embargo tan distinta ve esto Martí! No hay allí delectación alguna, lo atmosférico se pierde, queda, en toda su sequedad, la visión desnuda. Es una pequeña danza de la muerte:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;em&gt;Una duquesa violeta&lt;br /&gt;va con un frac colorado.&lt;br /&gt;Marca el vizconde pintado&lt;br /&gt;el tiempo en la pandereta. &lt;/em&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Estos versos, en extremo sintéticos y sencillos, son terribles. ¿Es acaso la visión esperpéntica de un baile, la luz que toda fiesta mundana había de tener para este concentrado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;em&gt;Y pasan las chupas rojas,&lt;br /&gt;pasan los tules de fuego,&lt;br /&gt;como delante de un ciego&lt;br /&gt;pasan, volando, las hojas. &lt;/em&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Veamos cómo sólo utiliza una gama de color que se va acentuando del violeta sutil al colorado grotesco, del rojo viviente al fuego móvil, infernal, concebidos al final —en esos dos últimos versos, tan bellos—, como hueco, como ausencia. ¿Es un baile de disfraz o es la muerte, es lo exterior, el mundo, o es el tiempo? No importa que Martí no se haya propuesto ningún símbolo, digo más, es precisamente porque no se los propone por lo que los logra. Un poeta amigo me decía que mi entusiasmo por un verso como «Marca el vizconde pintado / el tiempo en la pandereta» no tenía razón alguna, pues ese «tiempo » que tanto me fascinaba seguramente no era más que el tiempo de un vals cualquiera en una fiesta de liceo. No comprendía acaso cómo el único símbolo que puede ser poético es aquél que no es una enunciación abstracta que el poeta propone y conoce, sino aquél que es tan solo, el dato más íntimo de lo real, y que, acaso, sólo «el tiempo de un vals cualquiera en una fiesta de liceo» puede ser poéticamente, el Tiempo absoluto. Todo el secreto de Martí como poeta, todo el encanto de los Versos sencillos, hay que buscarlo en estos círculos cada vez más amplios de sentido que tienen las palabras sin acaso proponérselo, cuando a través de ese sencillo aislamiento que las rodea, creemos percibir lo que son realmente —que es siempre lo que son más allá de ellas mismas—, esto es, creemos percibir un símbolo. Y así cuando nos dice «y pasan las chupas rojas / pasan los tules de fuego» comprendemos de pronto la relación que hay entre eso, que es tan sólo la descripción del efecto giratorio de la danza, y la caducidad de toda danza, de toda vida, de todo pasar. Y no porque él haya subrayado ese símbolo, sino precisamente porque nos ha dejado a solas con su ser real y no simbólico. Pero el centro de toda realidad está en el acto de su creación divina, es por tanto un misterio de caridad, su centro es trascendente, y por eso las cosas mientras más reales son más simbólicas, porque toda cosa es, en sí misma, un símbolo. Pero al decir esta palabra no queremos darle el sentido de que cada cosa signifique concretamente esto o aquello, sino que ellas, al romper su hermetismo por la poesía, rebosan de sí mismas, «aluden» a otro orden superior, cobran ese grado de «apertura » que nos basta para saber que no terminan allí, llenándonos de una inexplicable alegría.&lt;br /&gt;No puedo detenerme más en los Versos sencillos. Sólo he querido subrayar cómo en ellos a la vez que la palabra se le hace más directa cobra un grado mayor de evasión y misterio, y cómo al decir misterio no queremos evocar de ningún modo imágenes de oscuridad o de enrarecimiento. Muchas veces leyéndolos sentía que me entregaban esta breve poética: Misterio, no enigma. Misteriosa es la sonrisa de la virgen, enigmáticoslos labios sellados de la esfinge. El enigma tiene al fondo una vasta noche prehistórica, un infinito de oscuridad cuya esencia parece ser una ocultación cautelosa e incesante. El misterio en cambio, es siempre una revelación, una Aparición por tanto, está ligado a su apariencia, es el comienzo mismo de toda historia. El misterio no lo es porque oculte algo detrás sino por todo lo contrario, porque ha aparecido absolutamente en la luz, que es más misteriosa que las tinieblas, como el rostro lo es más que la entraña. Por eso para el poeta, ligado a las apariencias, el mundo es misterioso, para el filósofo, ligado a las esencias, el mundo es enigmático. El filósofo se pregunta por el ser de las cosas porque para él cada cosa es una máscara, una emboscada, en tanto que para el poeta el ser está en su revelación en cada cosa de un modo entero. «Todo el otoño —dice Juan Ramón Jiménez— es esa sola hoja tuya que cae.» Por eso mientras las cosas se le aparecen con más claridad se les aparecen también con más misterio, porque no tiene encima entonces el pequeño enigma nuestro sino el gran misterio de Dios.&lt;br /&gt;Sí, cuando se llega a la pobreza de esta visión desnuda y exterior de las cosas, ellas se nos revelan como simbólicas, no porque sepamos exactamente de qué son símbolos, sino porque el ser se siente siempre como una hartura y como un hambre, como un todo cerrado y un todo que se comunica. La realidad a fuerza de no ser sino ella misma, acaba por ser otra, porque su centro es trascendente, es siempre una suficiencia y una insuficiencia, un objeto real y sobrenatural, y es a esto a lo que llamo misterio.&lt;br /&gt;Muchas veces he sentido leyendo estos Versos sencillos de metro «corto y sincero», popular y humilde, esa atmósfera de claro misterio, más ligada al nombre que a la imagen o la metáfora, que en vano buscaríamos en las presuntuosas Odas de su tiempo. Sin que aparezcan en estos versos los indios o las piraguas de Fornaris o Luaces, la «tímida guajira» o «los plátanos sonantes» de tanto romance importado o endecasílabo tipicista, ellos son cubanos, mucho más que por el tema, por el candor criollo y triste del dibujo simplísimo, por el peso ligero de los versos, y su sutil atmósfera mágica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La salida de lo particular&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habíamos visto, al estudiar los tres Diarios, cómo en ellos hay un proceso hacia una mayor objetividad, sencillez y pureza. El mismo proceso aparece dibujado en la poesía. Los Versos sencillos, no obstante su insistencia en la primera persona, son mucho menos confesionales que los Libres, pues sus confesiones están rodeadas de un hálito de impersonalidad y lejanía de que carecen los desgarrados Versos libres. Además su tono popular los hace menos íntimos, con algo de copla cantada. Habíamos visto también ese certero instinto que tiene sobre sus contemporáneos, que le hace preferir siempre lo particular —eterna fuente de poesía—. Pues la ciencia se ocupa de lo general, de las leyes. ¿Pero qué sino la poesía recogerá lo particular, la libertad? Y aquí topamos con un problema que se plantea a través de toda la obra de Martí: el problema de la forma, por su relación estrecha con el mundo de lo particular.&lt;br /&gt;Diríamos que hay en Martí una especie de repudio de toda forma que no nazca de las necesidades propias de cada cosa. No quiere que lo particular, lo vivo, sea ahogado por lo general, lo abstracto. Esto lo defenderá en la educación, en la política, en todos los órdenes. «El que es capaz de crear —dice a propósito de la forma poética de Víctor Hugo—, no está obligado a obedecer.» Aquí, como siempre, va a lo particular, a lo personal, y lo personal se llama en poesía la inspiración libre, en política la independencia total, en religión la conciencia frente al dogma. Todo esto representa para él, además, lo americano frente a lo europeo, y lo americano es el corazón (el fondo) frente a la cultura (la forma). ¿No distingue acaso cristianismo de catolicismo? Es en el fondo el mismo problema: aceptación de la libertad frente a la autoridad, de lo personal frente a lo objetivo, repulsa de todo lo que signifique obediencia (pues «el que es capaz de crear no está obligado a obedecer») frente a la libertad individual.&lt;br /&gt;Es curioso que Martí coincide a veces en una forma sorprendente con puntos de la ortodoxia católica, pero llega a ellos por una vivencia personal. De ningún modo los puede aceptar como puntos exteriores de fe. Así el sentido de su vida como algo que hay que «justificar» (que excede en tanto al motivo trivial de la carta a Rosario), la idea tan profunda que tiene del sufrimiento (que una luz puramente laica no podrá nunca explicar), la convicción de que hay una vida más allá de esta mortal, son motivos constantes en su obra. Y nosotros nos preguntamos ¿cuál fue el fundamento real de la fe de Martí? Ya hemos visto que se trata de un pensador que se apoya en la experiencia, que repudia la obediencia a dogmas que excedan la capacidad natural del hombre, ejercida a través de su razón y su conciencia. Entonces ¿por dónde encontraremos la salida para este inmenso mundo de lo particular? ¿Por qué caminos —cerradas las vías de la fe al uso—, encuentra su absoluta convicción de la existencia de otra vida? Porque él prefiere «vivir después que vivir ahora», y nos dice que «la vida humana sería una invención repugnante y bárbara si estuviera limitada a la vida en la tierra». Pues bien, Martí no ha necesitado ir muy lejos para encontrar esta fe: ahondando en sí mismo es que la ha encontrado. El fondo de uno mismo no es un pozo cerrado sino una fuente de aguas vivas, es una sobreabundancia y una entrega. Él descubre —sin salir de su experiencia, de su vivencia íntima—, que la vida es incapaz de contener la vida, y en esto ve una prueba de la absoluta necesidad de otro sitio donde ella pueda realizarse a plenitud. Ya antes había expresado esta singular observación: «La imperfección de la lengua humana para expresar cabalmente los juicios, afectos y designios del hombre es una prueba perfecta y absoluta de la necesidad de una existencia venidera.» Detengámonos un poco en esta desconcertante aseveración. Hay en ella una imposibilidad de aceptar que lo imperfecto pueda ser una linde, ese «hueco» no puede verlo como un vacío sino como una ausencia. Esta necesidad, en todos los órdenes, de consumación es cristiana —recordemos el «Está consumado» de Cristo—, supone que la realización es necesaria, quizás la única cosa necesaria. Es porque Martí la poseyó en tan alto grado —su vida y su muerte lo prueban—, por lo que afirma con tanta ingenuidad que la imposibilidad de expresar cabalmente es prueba perfecta y absoluta de la necesidad de una existencia venidera. Pero la prueba irrefutable la encuentra todavía más cerca: en sí mismo. Veamos este pasaje en que sentimos los primeros movimientos intelectuales de su fe, el alborear de esa certidumbre que pregunta para contestar. Recuerda un poco el monólogo de Segismundo de La vida es sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Nace el árbol en la tierra, y halla atmósfera en qué extender sus ramas; y el agua en la honda madre, y tiene cauce en donde echar sus fuentes; y nacerán las ideas de justicia en la mente, las jubilosas ansias de no cumplidos sacrificios, el acabado programa de hazañas espirituales, los deleites que acompañan a la imaginación de una vida pura y honesta, imposible de logro en la tierra, —¿y no tendrá espacio en qué tender al aire su ramaje esta arboleda de oro? ¿Qué es más el hombre al morir por mucho que haya trabajado en vida, que gigante que ha vivido condenado a tejer cestos de monje y nidillos de jilgueros? ¿Qué ha de ser del espíritu tierno y rebosante que, falto de empleo fructífero, se refugia en sí mismo, y sale íntegro y no empleado de la tierra?&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Hay una gran analogía entre esta hermosísima idea de Martí y la que expresa Goethe a Eckermann en las Conversaciones. Se trata de un caso de coincidencia singular que creo no se ha señalado. Sin embargo es la misma idea de Goethe la que Martí expresa. En sus «Cuadernos de trabajo» aparece aún con más claridad:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;Allá en otros mundos, en tierras anteriores, en que firmemente creo, como creo en las tierras venideras, —porque de aquéllas tenemos la intuición pasmosa que puesto que es conocimiento previo de vida revela la vida previa—, y a ésta hemos de llevar este exceso de ardor de pensamiento, inempleada fuerza, incumplidas ansias y desconsoladoras energías con que salimos de esta vida; —allá en tierras anteriores, he debido cometer para la que fue entonces mi patria alguna falta grave, por cuanto está siendo desde que vivo mi castigo, vivir perpetuamente desterrado de mi natural país, que no sé dónde está —del muy bello en que nací donde no hay más que flores venenosas—, de ti y de él.&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y prosigue más adelante, envuelto en una extrañeza cuya raíz religiosa nos asombra que no descubriese:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;¿Qué existencia es ésta, donde singulares dotes para hacer el bien, y decidida voluntad de hacerlo, no bastan a hacerlo?&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y luego:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;¿Dónde la ausencia de todos los vicios, y el amor ferviente y práctica de todas las virtudes, no bastan a lograr la paz del alma, ni a dejar tras de sí, —por el placer inmenso de hacer bien, no por la pueril vanidad de alcanzar fama—, una huella visible y duradera? &lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Nos habla de estas cuestiones eternas del hombre con el asombro de quien las piensa por primera vez, por su propia cuenta. Lo habíamos visto respetar —sobre todo esquema racional o dogma religioso—, el impulso de la vida, pero de pronto, es esta misma vida la que se le hace cuestión, la ve insuficiente, se le escapa entre las manos, y es entonces que a través de esa misma experiencia vital nos da su fe de trasvida, su necesidad de trascendencia, su vuelta, más allá del mundo de lo individual, a la forma. Siendo capaz de crear, acaba por obedecer. La libertad más amplia lo ha llevado al rigor más extremo. Por el exceso generoso y la sobreabundancia de vida llega al conocimiento de su insatisfacción esencial. De la mano de la libertad es llevado, en poesía, a la forma, en vida, a la obediencia final del sacrificio y la muerte. Pero así como su poesía, al pasar de la libertad a la forma en los Versos sencillos, llega a la linde misma del misterio y el símbolo, la lucidez última de su vida lo lleva, al pasar de la sed de libertad a la sed de sacrificio, al umbral mismo de su trascendencia:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;blockquote&gt;&lt;p align="justify"&gt;A servir modestamente a los hombres me preparo; a andar con el libro al hombro, por los caminos de la vida nueva; a auxiliar como soldado humilde, todo brioso y honrado propósito; y a morir de la mano de la libertad, pobre y fieramente. &lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ah, cómo nos queman estas palabras humildes, el recio candor de éste que se nos murió al fin, «pobre y fieramente»! Mirad el prodigioso retrato que le hicieron en Kingston; éste ha velado. Miradle el traje conmovedor, los ojos delicados y solemnes. En un recodo perdido, entre yerbajos y confusas hojas, se aísla intensa la figura fina que de pronto nos luce pequeña, y que una vez escribiera: «Va con la eternidad el que va solo, y todos oyen cuando nadie escucha.» Miradlo, porque su vida le dio un beso «a una gigante y bondadosa mano» sin saber que era la mano de Dios, y se fue de nuestra tierra para siempre sintiendo algo «como de la paz de un niño». Sí, ante el espectáculo posterior de la República, volvámonos a estos pobres héroes, estos fundadores silenciosos. Volvámonos a aquel que le escribió un día a su pequeña María Mantilla, con aquel acento casi escolar de ternura que nunca nadie ha tenido después: «Tú, cada vez que veas la noche oscura, o el sol nublado, piensa en mí.»&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-7993703122863638591?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/7993703122863638591/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=7993703122863638591&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/7993703122863638591'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/7993703122863638591'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/09/jose-marti.html' title='José Martí'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-1103926596295773201</id><published>2009-08-31T14:33:00.004+02:00</published><updated>2009-08-31T14:46:51.392+02:00</updated><title type='text'>La exhibición de flores</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Crónica publicada en el diario&lt;/em&gt; La Nación&lt;em&gt;,&lt;/em&gt; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Buenos Aires, 11 de enero de 1891&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;&lt;/em&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;Orquídeas y crisantemos. -Las palmas.- Las plantas humildes. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;-Una casa de bodas.-El Día de Gracias.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;br /&gt;Nueva York, 28 de noviembre de 1890&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Señor Director de La Nación:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni en el misterio de las últimas elecciones pensaban ayer los neoyorquinos, ocupados en celebrar al sol el Día de Gracias; ni en las quiebras, que han sido muchas porque los negocios artificiales, como la política de intriga, son palacios de barajas, que con una que caiga, como decían que iba a caer Baring, se vienen al suelo las demás; -ni piensan en la guerra temida de los indios sioux, que están bailando sin cesar la danzas de guerra, con alaridos y éxtasis de fanático pavor, cuando creen ver que baja del cielo en el lomo de un águila, armado con la flecha invencible, al Mesías, que como un soplo que corte como la hoz, ha de echar de sus valles, de sus florestas, de sus colinas, al blanco que les compró la tierra de sus abuelos por pan y por ropa, y ahora los echa de su último rincón, y les pone a los pechos la artillería negra, cuando los indios, hambrientos, y desnudos, van, con la ley de la venta en la mano, a pedir pan y ropa. Ni en la parada del Día de Evacuación se piensa, la partida en memoria del día en que salieron los ingleses de Nueva York, que es cosa de viejos, que halan la pierna de palo, calle sobre calle, con el fieltro a los ojos, detrás de la bandera que ondea en silencio entre la multitud indiferente y despedazada. Es el día de “mostrar agradecimiento al Ser Supremo”, según dicen las proclamas del Presidente de la nación y los gobernadores de los Estados, “por los beneficios de que disfruta por su merced el pueblo más próspero y libre de la tierra, y por el crecimiento y las grandezas futuras que en sus designios misteriosos le tiene el Ser Supremo a este gran pueblo reservados”. ¿Y va el país a las iglesias, a “dar gracias a Dios”, por lo que fue y por lo que dicen que va a ser, con la cabeza mansa del que oye en las alturas el trueno prepotente, y en la mano el devocionario o el salterio? ¡Oh no! El día está hermoso, y la iglesia es el mundo. El cazador sale de mañanita con su perro, a ejercitarse en matar que es sin duda oficio de hombres. Con el blanco al frente, que es amarillo y rojo, van a los suburbios, donde no dañen las balas perdidas, los clubs de tiradores, unos de blusa y casquete, y calzones a la rodilla, otros de máscara, vestidos de irlandés, en chaleco y sombrero de pelo, con la pipa caída por la barbaza roja, o de chinos y mexicanos, con trajes de seda y alamares de oro, o de sacerdote negro, de espejuelos y levitón, montado en un burro, y otro burro a la cola, con el barril de cerveza. Los pilluelos peroran en las esquinas, con los diarios bajo el brazo, la colilla pegada al rincón de la boca, y la nariz al viento, mientras abra las puertas algún caserón hospitalario, donde habrá pavo y pastel hasta morir, y “!quién sabe, Jim, si nos dan para este frío terrible algún chaquetón viejo?” “! Brrr, Jim, que se me hiela este pie descalzo!” Y niñas y damiselas pasean la ciudad, con los colores del bando de pelota que van a favorecer en el juego famoso de la tarde, colores que lucen en cinta alegre al brazo de la damisela y en un moño galán al cuello del perro que lleva de la mano. Allá van, y allá iremos por la tarde, a ver cómo juegan la pelota de pie, a rodillazos y cabezadas, ante un circo de veinte mil vociferadores, los once estudiantes de Princeton, amarillos y negros, contra los estudiantes de Yale, los once azules. Allá va todo Nueva York, en coche de campo, con trompetas y mujerío en la imperial;&lt;br /&gt;-en los vapores de música y bandera; -en los trenes, que bufan por el aire, ahítos y rezagados. Ahora, entre lo más fino de la ciudad, vamos a Madison Square, con sus torrecillas que parecen banderolas, y la torre mayor que como un asta echa el edificio enorme al cielo, vamos en la mañanita fría a ver la piña triste y la palma a medio helar, y las orquídeas venezolanas y la sensitiva, que dicen que es lo que ha de verse en la exhibición de flores. Y la dionea, la ostra de las plantas, que se abre traidora, enseñando a la mosca incauta el seno de carmín, y sobre la mosca presa cierra los dos pétalos verdes, con pestañas que se montan y aprietan como los dedos de las manos. La “trampa de Venus” llama la gente a la dionea, que es friolenta y menuda, y crece una con otra como chismeando y en rebaño. Al fondo, caídas por el tronco las hojas peludas, como cabezas de toro, colgadas de trofeo alrededor del mástil, domina el jardín, cercado el pie de dátiles enanos y livistonas hojirredondas, la palma del desierto, de abanicos erguidos y vigilantes; la Seaforthia elegans. De un tallo quebrado pende un abanico, seco.&lt;br /&gt;Rosas, apenas hay, sino las que componen en ramos, con sus manos ágiles, las doce floristas judías del mostrador redondo, sentadas, con sus ojos negros, y con un clavel rojo en el delantal, entre florones de crisantemos blancos. Y estas ramilleteras de dedos vivaces, con uñas pulidas de corte de almendra, no ganarían los diez privilegios que otorga sabio sumo en el arte fino de las hojas y las flores, a quien las pone de manera, en el vaso de bronce o de bambú, que por el ramo se sepa si el huésped agasajado es hombre o mujer, o si la casa de la boda es del novio, lo cual se dice con las flores rojas, o de la novia, que se dice con blancas. Ni el derecho de tutearse con la majestad, ni la soltura en casa de los príncipes, ni el consuelo de distraer las horas solas, ni el gusto de conversar en familia con la naturaleza, ni la salud de la carne y de la mente, ni el poder de olvidarse de los pesares, ni la bendición del carácter amable y cortés, ni la abnegación y señorío de sí propio, ni el espíritu religioso y respeto de la humanidad, merecen, -a los ojos del vizconde de Tokío que del brazo de su novia cuáquera visita la exhibición,-estas floristas culpables que ponen hojas de otoño con flores de mayo, o sofocan un lirio que ha de esplender solo, entre claveles o violetas, o ponen sin respeto, las flores amarillas, que son damas, con las rosadas o púrpuras, que son flores viriles, o ponen a un lado y otro del ramo la misma flor, sin esparcir el color de una parte, con matices afines, de modo que se esquive la monotonía, o ciñen el ramillete con un redondel de hojas, como la corona de un calvo. La flor es alma, según el vizconde japonés, y ha de hablar a ella. ¿Quién habla en voz alta, en las casas del Japón, cuando están juntando flores? De estos cuidados finos tienen los japoneses el corazón cortés y las manos pequeñas. Y sin ese mimo de siglos, y ese esmero y orgullo de todos, ¿habrían llegado los crisantemos de aquellas mesas, los hijos mayores de la humilde margarita, al esplendor amarillo del kioto, que es una majestad, altiva y crespa, o al candor de la shasta erizada, o al rosa blando de la siringa melenuda, o a ese plumón de nieve, el fúlgido hardy, o al sol rojo de los rayos blancos, el crisantemo de la maravilla? -Mil quinientos pesos vale un hardy, en los invernaderos de Short Hill. El vizconde japonés, arrebatado, pide allí mismo, en una hoja de su cartera, una maceta de hardy, para la casa nueva de la cuáquera.&lt;br /&gt;Lejos, detrás de las orquídeas colgantes, o prendidas en las ramas de naranjos y de jazmines, brillan en masas, en tres canteros enormes, los crisantemos rojos, los amarillos y los blancos.&lt;br /&gt;El jardín de las orquídeas, por marco arrogante, tiene a ambos lados, con su florón cardenal de erecta y larga espiga, al más bello de los anturios, el Andreanum colombiano: como un asta de lanza sale de la gran flor, redondo y unipétalo, el pistilo de gratos verdes, recio y apiñado como una mazorca. En terrones fibrosos, o en cáscaras blandas, crecen, erguidas o pendentes, las parásitas encantadoras: cuelga el racimo de flor alba de un odontogloso: el oncidio está allí, el de las dos alas, y el que da en otoño su cáliz de más aroma, el cigopétalo, lanza al aire, como de una aljaba, sus flechas florecidas, habanas y violetas: el epidendro naranjado, de tallo esbelto, no desluce el dendrobio tricolor, ni la catleyea rosa y lila, con el labio de oro puro: ni puede ninguna de las lelias, frondosas y leves, vencer en finura, ni en el vago rosado, a la armoldiana lloronojo de flores refulgentes, como mariposas heladas, la vanda cerúlea. A sus pies, en su tiesto de hilaza natural, se yergue, con las fauces abiertas, el odontogloso tigrado, con la cabeza de unicornio.&lt;br /&gt;Pero los cipripedios, grandes y generosos, son los que se llevan todas las miradas. Los niños no quieren creer que sean flores de veras, sino pantuflas, pantuflas que han echado tres alas por el talón. Hay pie de mujer que cabe, por supuesto, en el labio colgante con que el cipripedio lustroso ampara de los insectos ladrones su columna hermafrodita, con las antenas machos, como dos orejas, pegadas a la lengua blanda del estigma, que echa tubos abajo, hasta que se juntan con el huevo, los granos de polen que le trae en el lomo la abeja buscamieles, enamorada de la fragancia y el color. ¡Qué insectos, en aquella soledad divina, para estas flores enormes! ¡Qué ir y venir, de la vida del mundo, por el aire tórrido, entre las alas vibrantes, de la abeja fecundadora!&lt;br /&gt;¡Y el pensamiento del cipripedio de poca miel, que echa listas de carmín a lo largo de sus tres pétalos blancos, y bruñe hasta que da luz su zapatilla redonda, para que la visite por la hermosura la abeja que lo desdeñaría, por su exterioridad! ¡Y la estrategia de esas otras flores, que crían crines por el borde interior de su zapatín, para que se le traben las patas al mosco hambrón que viene a beberse la miel sin tamaño, para llevarse con el roce el polen de la antena, o a roer, sin dar nada en pago, la piña dulce del polen! ¡Y el tallo peludo, y el barniz de la flor, para que no se le suba la hormiga de veneno, la hormiga colorada! La flor, ¿es alma en cierne, que sabe menos que el hombre, o es alma en pena, ya a punto de vuelo, que purga en la pelea, -hermoseando, como todo lo que padece,- sus últimas culpas? ¡Si está como que vuela preso por la cintura en su talle alto, el cipripedio lenchordum, con las alas colgantes y picudas, lo mismo que las de una golondrina! Unos llaman pantuflas de señora al cipripedio, de labio afilado como la proa de un bongo, y otros le llaman mocasín, porque en algunas flores es como el zapato indio, redondo por la punta con manchas como cuentas. El cipripedio barbado da flor blanca y carmín; la superciliar es la de la bota roja, con los tres pétalos listados, al modo del jacinto; la cardenal tiene el botín de sangre, y agudas las tres alas de leche; la expansum es de púrpura, con fajas de cebra; la grande es de brazos alunarados, color de rosa y carne; la insigne, que dura tres meses en el tallo, es de un blando amarillo.&lt;br /&gt;Apenas visitan los curiosos el cantero de las hojas, donde las begonias no son tantas, y triunfa, en su menudez, la más bella de las campylobrotis, la campylobrotis refulgente, de anverso negruzco y ondeado, es como de terciopelo a la luz de la luna aquel extraño esplendor.&lt;br /&gt;Las mejores marantas, con sus hojazas blancas y verdes, bordan el cantero, y sobre ellas impera, entre los crotones lanceolados, de pintas rojas y amarillas, y la Dieffenbachia de hoja colosal, entre dracenas matizadas y pandanus estrechos, malangas y vriesias, como lenguas retorcidas de cuchillo, entre la hoja de corazón de la alocasia cebrina y la bicornuda y hocicosa del philodendron de los paseos, la hoja triunfal, veteada de blanco, del anturio de cristal, que es la felpa más suave, de área gigantesca, y de un brillo fantástico.&lt;br /&gt;Por la calle de los helechos, donde campea en su tronco velludo la cyathea, alta y finísima, y la alsophila de Australia, empina sus abanicos en el tallo de ojos donde rodean el gran asplenio de los nidos, con sus hojas en círculo como una corona de plumas, los adiantos espesos y rampantes, donde, como un vapor se mece, entre pteris y aspidios, el espárrago aéreo; por la avenida que bordan, macilentas, la piña enjuta y amarilla, el cactus senil, envuelto en canas despeinadas, y el plátano canijo, con la hoja en guiñapos y el racimo limosnero, se va al oasis de las palmeras, cercado de arena, donde crece, oprimida, la caryota frondosa y el coco de la mar pliega sobre el tronco los abanicos mustios, y la erica de anillos verdes puja la hoja difícil, y no circunda al dátil, como aroma cuajado, el globo de polen de bermellón radiante. En las esquinas, como erizos, abren las púas de su tallo rechoncho tres encefalartos de Lehmann.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¡Cómo que no tiene qué decir la gente a las palmas tristes y magníficas!&lt;br /&gt;De la caryota hablan más, por su hoja espesa de helecho; de la cucúrligo, de hoja oblonga y de pliegues; de la de Panamá, la palma de los sombreros, que es fina como la seda, de hoja larga y venosa. Las damas de moda, con el traje a rastras, y el talle dorado entreabierto bajo la pelliza de armiño, no tienen ojos más que para los crisantemos y las orquídeas, las flores extrañas y caras. Los pocos hombres andan como perdidos, paseando por donde venden las judías. Los niños van, como sin querer, allá con la flor campestre, a un cantero lejano. Las señoras de edad, los maestros de espejuelos, y algún extranjero, desolado como las palmas, rodean la mesa de las plantas curiosas, donde por sobre el místico papiro, de pie luengo y gentil, sobre la noble ravenala, que da el agua de su tronco al viajero sediento, sobre la sensitiva mimosa, que se cierra al ver venir la mano del hombre, sobre la sarracenia verde, erecta como un cetro, con el remate de casco africano, sobre el arbusto del pino colosal, de la araucaria excelsa, brilla en lo alto el follaje del café como un cesto en una lanza.&lt;br /&gt;¿Qué hay allá, en lo que es de lejos como tienda de campaña, que no parece que la gente pueda entrar, de tanta que quiere ver a un tiempo? A los niños no se les puede arrancar de las flores caseras. ¿Qué tienen los tiempos, que en la exhibición de flores de hoy se ve el empeño del jardín en mejorar la flor humilde, la flor del campo y de la huerta, como ayer, en la exhibición de caballos, enseñaban con orgullo los criadores las muestras de los caballos de fatiga? ¿O qué religión viene, que crece la democracia del mundo, y el hombre que se levanta, acrisolado por la pesadumbre, llama a su seno la bestia y la flor? De dalias hay un mundo, y de claveles, y de anémonas. Sin la abeja visitadora están las flores pálidas con las hojas a medio abrir, y manchas por donde rebosa la miel inútil.&lt;br /&gt;La madreselva caída no da su aroma tentador, que es para la noche, al aire abierto, cuando viene el insecto a la golosina del perfume. Allí está la ipomea, con la campanilla a tierra porque no quiere la enredadera sabichosa que le arrasen el almíbar de su cáliz frágil la lluvia y el rocío. Un niño encuclillado abre sobre su rodilla una violeta, para que vea el concurso de colegiales aquel arreglo de espuelas y compuertas con que la flor divina cierra y defiende el polen seco, hasta que la abeja, guiada en el viaje entre los pétalos por las venas que llevan a la miel, empuja sedienta la vara de las semillas, que sacude y entreabre las antenas celosas, por donde cae al lomo del visitante el polen. O viene corriendo de donde las judías vendedoras un colegial vano, que no quiere que el de la violeta le gane a saber, y explica afanoso su geranio azul, y las listas rojas que guían a la abeja a donde está la miel. La flor de salvia es el asombro de un grupo de niñas, porque tiene una abeja de cera que parece de verdad para que los niños vean cómo se mete la abeja con las alas polvoreadas de amarillo, por entre el estrado que le pone la flor para que no se canse la visita al posarse, y la caperuza que guarda del viento las varas, cargadas de la semilla.&lt;br /&gt;¿Por qué es pegajoso el tallo de esas flores, sino para que no se la coman las hormigas? ¡Y esas flores de noche, que no tienen colores! ¡Qué tristeza, ver tanto y saber tan poco! Menuda, como riéndose, está en su arbusto retorcido de granos colorados, pimienta cayena.&lt;br /&gt;Y ya se ve, por sobre las cabezas del gentío, el cartelón de la que parece tienda de campaña. Las que entran, están allí largo tiempo. Las que salen, como sin voluntad, salen cuchicheando. Es una sala enflorada como para bodas: “¡Boda en la casa!” dice el cartel y está el salón con todo el lujo del país, y los adornos florales como el florista quiere que estén, no con su gracia natural, de modo que cada flor tenga sentido y cuente el cuento, y con su misterio y delicadeza realce la santa función, con uno que otro penetrante clavel, que haga en la fiesta el oficio del bufón catedrático en las bodas chinas, sino en masa ostentosa, a ver quién gasta más, sin cuidar de que los colores sean reservados y elocuentes, y de que la flor toda de la casa dé la idea de un beso en la mano. Se echa la muchedumbre, de seda y terciopelo, sobre la cinta blanca que hace de barrera. De tapicería pintada a mano son los muebles, de espalda cuadrada y pies retorcidos, con el maderamen de oro. La alfombra no es de una pieza, sino de muchas alfombrillas, del color rico del bosque en otoño, y por entre ellas se ve el barniz del pavimento. A un lado, ahogada entre palmas y helechos, está la chimenea grande y de caoba rica; la chimenea del frente es toda de palmas, en el hueco de los leños, y la repisa es monte de espárragos, y adiantos; con un golpe de rosas blancas a occidente, cuando a oriente es donde está la flor en los matrimonios, y sobre el conjunto, las centifolias fofas, rosadas y blancas.&lt;br /&gt;Los espejos son bellos, con la luna redonda ceñida de la obra fina de oro que remata en el candelabro de dos bujías, y a un lado, al descuido, las rosas de té, o blancas con una que otra rosada. En las esquinas, al entrar, hay dos palmas suntuosas, en tibores azules; y al fondo una esquina tiene un gran vaso mandarín, azul también, con la guirnalda alrededor, lleno de blancos crisantemos; y en la otra, sobre un juguetero de cristal y oro, una urna de ónix. ¿Y por qué habla bajo, cabeza contra cabeza, como si se dijesen un secreto, la muchedumbre de terciopelo y seda? Allá, frente a la ventana velada del fondo, que imita el altar, está el reclinatorio, con la guirnalda de colorín, que le arrastra a un lado; y en la ventana, como de un dosel, cuelgan, sobre donde hubieran de estar los novios al cambiar de anillos, hilos de rosas blancas, rosadas y amarillas. En un rincón, porque está de moda en Inglaterra, una flor amarilla menuda en tiboretes azules. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-1103926596295773201?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/1103926596295773201/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=1103926596295773201&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/1103926596295773201'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/1103926596295773201'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/08/la-exhibicion-de-flores.html' title='La exhibición de flores'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-818604924176668397</id><published>2009-08-24T01:00:00.000+02:00</published><updated>2009-08-24T02:20:04.085+02:00</updated><title type='text'>La Corrida de Toros.*</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Crónica publicada en el diario The Sun.&lt;br /&gt;Nueva York, 31 de julio de 1880&lt;br /&gt;(Obras Completas T. 15 -Europa-, p. 169-179)&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Los que viven hoy en Nueva York tienen la oportunidad de presenciar una corrida de toros. Chulillos en espléndidos trajes, adornados de encaje y oro, lanzaran al aire los pliegues graciosos de sus pequeñas capas rojas. Llevaran zapatos bajos y lucirán sus pantorrillas musculosas en medias de seda. Los saltos y el bramido de los toros asombrados podrán despertar en los espectadores maravillados sentimientos alternos de regocijo y de temor. Los animales embestirán a los astutos chulillos o intentarán escapar. Se les enloquecerá con retadoras capas carmesíes o con gritos torturantes. Los matadores podrán hacer brillante y atractivo uso de sus capas sin peligro. La corrida, sin embargo, sólo puede ser un pálido reflejo de una genuina corrida de toros española, porque Mr. Bergh no desea que los animales sufran. El extraño placer que produce una corrida de toros tiene su origen en los padecimientos del toro, en su terrible furia ciega, en el peligro de los hombres y el espectáculo de caballos ensangrentados que se arrastran por la arena. Es la emoción que nace de las agonías de la muerte, del olor a sangre y del aplauso febril que saluda al toro que hiere o mata a sus perseguidores, y agujerea con sus cuernos ensangrentados los cuerpos de los caballos muertos. Es el gran tumulto, esta feroz originalidad, lo que crea este placer salvaje.&lt;br /&gt;Los neoyorquinos no irán a la plaza, medio locos de excitación, comiendo naranjas y bebiendo buen vino de bota. No llegarán al anfiteatro gritando y cantando desde los techos de los ómnibus. Los ricos no viajarán en ese vehículo encantador, la calesa, cuya estructura polvorienta es halada por seis mulas briosas, cubiertas de cintas y de campanitas tintineantes, y conducida por un andaluz patilludo en un traje de lentejuelas y un pañuelo violeta, anudado a la cabeza. Hoy los palcos no estarán llenos de damas en mantillas negras, cada una con una rosa roja en los cabellos y con una rosa prendida en el lado izquierda del pecho. Los hombres prontos a morir no responderán a los gritos alentadores de aquellos que están acostumbrados a este derramamiento de sangre. Los infelices no entrarán en la arena, alegremente vestidos, con caras risueñas y corazones desfallecidos, después de rezarle a la Virgen, ni agitarán las manos a sus amantes esposas, a sus madres temblorosas y a sus pobres padres viejos.&lt;br /&gt;El público sin piedad, que nunca piensa que el torero se expone bastante o que el toro mata a un número satisfactorio de caballos, o que la espada del matador se clava con demasiada hondura en el corazón del animal, estará ausente. No escucharemos de labios de los espectadores roncos y excitados las terribles palabras: “¡cobarde!”, “¡bribón!”, “¡bruto!”, lanzados a algún desgraciado picador, acaso montado sobre un caballo medio famélico y herido, enfrentándose, pica en ristre, con un toro de ojos rojizos y cuernos agachados.&lt;br /&gt;Faltarán en esta exhibición los nuevos y siempre cambiantes peligros que mantienen en tensión a los nervios.&lt;br /&gt;El señor Fernández intentará ofrecernos una corrida de toros, pero sabe que en atención a los sentimientos del público tiene que despojarla de sus características salvajes y genuinas.&lt;br /&gt;¡Cuán espléndida y terrible es una corrida de toros en Madrid! El anfiteatro se llena por completo tres horas antes de la corrida. Se pagan los más altos precios por los asientos. Personas carentes de dinero lo buscan prestado para ir a la corrida. Todo el mundo bebe, come y grita. Chistes picantes cosquillean los oídos de las jóvenes más distinguidas. El sol brilla y quema. Hay un tumulto de pandemonio. Los espectadores silban, aplauden, se abofetean, y los cuchillos brillan en el aire. Al fin, el presidente de la fiesta entra en su palco. Frecuentemente asiste el rey. Está acompañado por la reina. Agita su pañuelo. Hay un tremendo estallido de aplausos. Suena la trompeta. Un oficial en traje de Felipe IV, sobre un corcel cabriolador, llega hasta el palco del presidente, que deja caer en su sombrero de plumas la llave del toril, o corral donde están encerrados los toros. Se va galopando y tira la llave al jefe de la cuadrilla de toreros.&lt;br /&gt;Terminada esta ceremonia, se presenta un panorama deslumbrante, romántico y animado. Se llama el “despejo”. Todos los toreros, burladores de la muerte, saludan al presidente. El jefe se llama “el espada”. Cada espada cuenta con su cuadrilla. Se mueven lenta y graciosamente, brillando sus trajes a la luz del sol. Los chulillos, cuya misión es distraer y cansar al toro por el movimiento incesante de sus pequeñas capas, y los banderilleros, que clavan las banderillas en su piel, siguen a Frascuelo, Lagartijo, Machío, Arjona y el viejo Sanz, los grandes matadores que son halagados por las mujeres y saludados por los hombres. Los picadores, con anchos pantalones de cuero amarillo, con sombreros de felpa gris de ribetes tiesos, y con las piernas enfundadas en hierro, siguen a los que van a pie. Invariablemente pesan demasiado para sus caballos huesudos de $10.00. El cachetero, cuyo pequeño cuchillo afilado da al toro herido el golpe de gracia, les sigue. Cierran la procesión las mulillas, o mulas cubiertas de frazadas multicolores, y cargadas con bulliciosas campanillas. Son las que arrastran a los toros y caballos muertos fuera de la arena.&lt;br /&gt;Se saluda al rey. Las mulillas salen de la arena. Los picadores se despliegan junto al toril, con las picas en descanso. Los chulillos arrojan a la barrera exterior sus capas de seda y toman sus capas de combate, todas rotas y en harapos. La trompeta suena otra vez. Redobla el aplauso. Una puerta maciza, al final de un corredor estrecho y oscuro, se abre y sale el toro. Para enfurecerlo, se le ha mantenido en una oscura prisión, sin alimento ni agua, y ha sido torturado por golpes de pica. Cegado por el torrente de luz, aterrado por los gritos que lo reciben, indeciso en cuanto a su primer ataque, se detiene, escarba con cólera la arena, baja la cabeza y mira ferozmente a sus enemigos.&lt;br /&gt;Puede que se arroje como relámpago contra un picador. El caballo recibe el tremendo choque y, herido o muerto, es lanzado contra la barrera. El picador generalmente queda sepultado debajo de su pobre bestia. Puede también suceder que el toro escoja un chulillo para su primer ataque. El diestro arrastra su capa tras sí o la echa a un lado para distraer la atención del toro enfurecido, y al llegar a la barrera, la salta como un rayo, como un pájaro sin alas.&lt;br /&gt;Ahora lo que era juego se vuelve serio. El gentío se entusiasma, enloquece al toro, insulta a los toreros, y reclama la muerte de más caballos infelices.&lt;br /&gt;Cuando cae el picador, los chulillos provocan al toro para evitar que magulle al hombre. Rodean al animal con sus capas y, finalmente, al sonido de la trompeta, el trabajo de los caballos ha terminado y comienza el de los banderilleros.&lt;br /&gt;Los chulillos, alentados por los gritos de la multitud, avanzan sobre el toro. Sacuden ante él varillas en que están pegados papeles de vivos colores. Su revoloteo asemeja el crujido de la seda. Dardos en la punta de las varillas se clavan en el cuello del toro. A veces el banderillero se coloca casi entre los cuernos de la bestia enfurecida, con la nariz del animal a sus pies, y lanza los dardos sobre su carne temblorosa. El toro ruge y brama. Embiste, retrocede, se detiene, carga y vuelve a cargar, y finalmente se mueve alrededor de la arena, su gran lomo cubierto con los penachos de los dardos clavados en su cuello. Hay que matar más caballos. Aunque las patas débiles del toro apenas puedan sostenerlo, aunque los chorros de sangre corran de su cuerpo, y aunque llene la plaza con sus bramidos de dolor, una banderilla de fuego es arrojada contra su cuello. Al penetrar el dardo en la carne se enciende la “baqueta”. El olor de carne quemada llena el aire y un humo negro sube en espirales del cuello ensangrentado. El bramido del infeliz animal se vuelve horrible. Algunas veces el toro se echa en la arena y se niega a seguir luchando. Entonces se acerca un hombre con una afilada hoz, atada a un palo, y en medio del aplauso del gentío le corta las rodillas y las piernas al animal. Saltan lágrimas de los ojos enrojecidos. El toro caído trata de levantarse. Se arrastra por el suelo. Quiere vivir aún. Pero lo rematan con cuchillos.&lt;br /&gt;El matador generalmente sigue a los banderilleros. Esconde su espada en una “muleta” roja. En su mano derecha lleva la “montera”, una hermosa gorra redonda, y se dirige graciosamente hacia el palco presidencial, ante el cual ofrece su víctima. “¡Al Rey!” “¡A la reina” “¡A las hembras andaluzas!” En este brindis se dicen cosas más originales y extravagantes. La multitud da rienda suelta a un sordo murmullo. El matador le señala a su cuadrilla el lugar donde desea matar al toro. Los chulillos agitan sus capas ante el hocico del cansado animal y lo llevan hacia el lugar escogido por el matador, que da un paso hacia delante.&lt;br /&gt;El animal ha sido aguijoneado por los picadores, debilitado por los dardos de los banderilleros, y atontado por los gritos de la multitud y la caza de los chulillos. El espada lo deslumbra con los rápidos movimientos de una capa carmesí; el toro engañado se abalanza hacia el paño, y el espada le da una estocada en el corazón. A veces el espada falla su golpe, hiere al toro en el cuello. La sangre salta de la boca del animal. Ninguna lengua puede pronunciar palabras más feroces que los epítetos lanzados al matador por la multitud defraudada que esperaba una diestra estocada.&lt;br /&gt;Se pensaría que iban a matar al matador. Le silban, y arrancan pedazos de lana de los asientos para arrojárselos. Pero si el pase tiene éxito, tabacos, sombreros, capas, y hasta los abanicos de las damas oscurecen el aire. La cantidad de obsequios que caen en la arena a veces evita que el matador pueda seguir haciendo nuevas reverencias a los que ocupan el palco presidencial. Entonces hay música y más gritería, mientras que las mulillas sonando sus campanillas, arrastran a los caballos muertos y al toro todavía caliente. Dejan tras sí un gran rastro de sangre.&lt;br /&gt;Suena la trompeta por tercera vez. Se abre de nuevo el toril, y aparece otro toro. Lo aguijonean, lo queman y finalmente lo matan, a veces con diez, a veces con veinte estocadas. En cada corrida se mata ocho toros. Si un toro magulla a un hombre y queda sobre el suelo, dado por muerto, a nadie le importa. Se continúa la función igual y a veces se aplaude al toro. Si da una cornada a un ayudante antes de que sus compañeros puedan venir en su auxilio, no sale un solo grito de temor o un murmullo de piedad de la multitud. El hombre es conducido al hospital, herido o muerto. El incidente, naturalmente, produce alguna agitación, pero el deporte sigue y las mujeres nunca abandonan sus puestos.&lt;br /&gt;Cuando un toro hiere a dos o tres matadores y mata dieciséis o diecisiete caballos, su fotografía está en gran demanda. Todo el mundo la compra. Su cabeza es vendida a gran precio, y acaba por adornar la residencia de algún amante del deporte. Tal es una corrida de toros española en toda su desnudez. Afortunadamente, Mr. Bergh nos salvará de semejante exhibición en Nueva York.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;* &lt;em&gt;THE BULL FIGHT (original publicado en inglés)&lt;/em&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-818604924176668397?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/818604924176668397/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=818604924176668397&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/818604924176668397'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/818604924176668397'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/08/la-corrida-de-toros.html' title='La Corrida de Toros.*'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-6954439638877799484</id><published>2009-08-17T16:14:00.000+02:00</published><updated>2009-08-17T16:27:34.960+02:00</updated><title type='text'>La magia de Martí</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;por Gabriela Mistral&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="left"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;Discurso pronunciado en el Capitolio Nacional de Cuba&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;por el centenario del nacimiento de J. Martí, 28 de enero de 1953*&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Es cosa un poco familiar para mí escribir sobre el Maestro cu&amp;shy;bano, y esto no deriva solamente de una lectura insistente de sus libros; eso viene de aquello que se halla más allá de la mera admi&amp;shy;ración de un clásico, viene de que José Martí poseyó y sigue pose&amp;shy;yendo una cierta condición mágica por la cual gana y hasta aca&amp;shy;para a las almas que se le dieron una vez. Él nos tuvo y nos tiene.&lt;br /&gt;Hace cien años de su nacimiento: este es un plazo que desgasta bastante a los maestros hispanoamericanos a causa de la volubili&amp;shy;dad que es nuestra condición de pueblos nuevos y de criollos atarantados por todas las novedades literarias que nos llegan en cada barco europeo. La prueba fuerte de una reputación literaria es, entre nosotros, la de que un autor llegue íntegro al siglo y siga obrando sobre cada década del siguiente. El caso de Martí es el haber llega&amp;shy;do hasta nuestra generación no solo entero, sino de más en más amado y operante, echando además luces nuevas sobre nuestro futuro. El siglo ha abrillantado a Martí según ocurre con los metales que no crían moho y a los cuales su propio uso los vuelve más y más bellos. La aventura del cubano fundamental es la contraria de nues&amp;shy;tros clásicos de línea fría, porque él pertenece al orden de los gran&amp;shy;des caldeadores vitales cuyo bien no se hiela ni ralea.&lt;br /&gt;Sucede con los héroes americanos que algunos van apagándo&amp;shy;se no por merma de su valor, sino porque la época saca a luz valores más anchos o los inventa; el tiempo, enemigo potente y burlador, da un giro y los deja caer suavemente con polvo de más sobre sus vidas y sus infundios. Algunos restan a veces entre noso&amp;shy;tros, pero quedan honorablemente guardados en un viejo cofre que solo miramos y rara vez abrimos. Ocurre más: los mismos profesores que los nombramos con el tono grave aplicado a lo sacro, después de cumplirlos con esta reverencia formal, saltamos sin más a lo único que nos importa que es el asunto mundial, o el libro del día, o la mera lectura del periódico. La veleidad nos manda como un venticello burlón, y después del bachillerato, ya no concedemos a esos abuelos otra cosa que una venia formal parecida a la que hacen los más devotos al pasar delante de unos santos a los cuales ya no invocan porque ahora reinan otros de última data.&lt;br /&gt;Con el milagro Martí no cuenta este triste proceso de los hijos emancipados e ingratos. Ocurre, sí, que este “gran señor” sirve para cualquier época. El continúa vigente para el gobierno de nosotros mismos y para el de nuestras patrias, y a veces para el de una raza entera. Pasa que abrimos sus libros en cualquier página y que allí está siempre la fibra tensa de un principio o un pensamiento incitante para la acción. Así es como por la gracia de tales textos somos confortados y hasta acariciados. Martí no se nos gasta como se nos han gastado tantos, y este fenómeno se produce como una operación de la gracia a lo divino.&lt;br /&gt;El caso de la palabra martiana se parece al de la piedra-imán y también al calentador brasero criollo: ella atrae porque convida a la vez al mozo, al viejo y al niño, y la causa mayor de este fenómeno no es una riqueza de vocabulario, aunque esto salta a ojos vistas desde sus textos; tampoco se trata aquí del mero prestigio de los clásicos, pues los más de estos viven entre nosotros en un gran silencio. La verdad es que a Martí siguen naciéndole hijos a causa de que su musa fue el amor, y el amor en todo su haz de formas y modos. El lector mozo y el niño dialogan o juegan con este encan&amp;shy;tador porque él adivina al mozo y logró abajarse hasta la jugarreta infantil. Este gran señor se le resuelve al joven primero en el héroe; después en un amigo digno de su confianza. Y cuando ya se vuelve capaz de dialogar con los clásicos, encuentra en José Martí un clásico sin sombra de vejez. En cada uno de sus oficios vivió rodea&amp;shy;do del hechizo que llamamos “la simpatía”. El héroe militar suele asustar a los niños con el ceño ácido o con la arenga, a la vez retumbante y árida; pero él, desde la perorata bélica hasta la es&amp;shy;quela rápida, fue todo llaneza, jugo en la expresión, alta tempera&amp;shy;tura y real amigo de los hombres. Podemos contarlo entre los ima&amp;shy;nes adamitas más cargados como que hasta el día de hoy él manda sobre miles de almas. Dicen que ni sus adversarios pudieron odiar&amp;shy;lo realmente a lo largo de la guerra civil, que es una súper guerra.&lt;br /&gt;Curioso hecho el del hombre que estamos celebrando, criatura partida en dos lonjas: la de la paz y la de la guerra, partido entre su vocación de amor y la acometida bélica, y hombre que, dividido entre dos misiones, resulta ser, sin embargo, unidad pura. ¡Cuán&amp;shy;tos dones traía él en las llamadas potencias del alma, y qué dife&amp;shy;rentes eran estas potencias! Las gentes de su generación supieron y contaron de él que hasta fue un enamorado frenético de las mu&amp;shy;jeres y afortunadísimo con ellas. Alguno lo tiene esto como una dispersión de su corta existencia. Riamos con el chismecillo, que parece de comadres, y ríamos entendiendo que también este capí&amp;shy;tulo forma parte de la magia martiana.&lt;br /&gt;La naturaleza dobló en nuestro hombre la ración de fuego que arde en todos nosotros. Algunos desearíamos que su prole hubiese sido tan abundante como la de los patriarcas, ya que él fue hecho y dado como pieza de lujo a la casta hispanoamericana, raza tan nueva y por lo mismo anímicamente pobre.&lt;br /&gt;De libro a libro, de la prosa al verso, de lo patriótico grande a lo cotidiano o a la mera carta familiar, la palabra martiana corre viva y cálida buscando a su corresponsal, o a su amigo o a su mero prójimo. Esto es también ser padre de prole tan ancha como eter&amp;shy;na; y consolémonos de que un solo hijo suyo haya caminado por la bendita tierra cubana, porque sus discípulos ya hacen legión. Tantos hijos tuvo, tiene y retiene como nunca pudo soñarlo él mis&amp;shy;mo. Adorado por su generación, las que le siguieron probarían el mismo embrujo, y por el hecho de su amplio magisterio que dura hasta nuestros días, esta sala resulta hoy un verdadero muestrario de varias latitudes continentales.&lt;br /&gt;El hombre de amor, amador hasta de España, su adversario, dejó en su escritura un instrumento espiritual tan ancho y una ope&amp;shy;ración racial tan honda, que no es cosa de mirarlo en hombre sin herederos. Magnífica fue y sigue siendo su paternidad, y aquí esta&amp;shy;mos para declararla y a la vez para incitar a las juventudes venide&amp;shy;ras para que lo amen y lo sirvan.&lt;br /&gt;El verbo martiano es asunto muy ancho de considerar para sus comentadores, y cuantos se ocupen de él hoy y mañana coincidi&amp;shy;rán en atribuirle la “palabra viva” que dicen hallar solamente en Sarmiento y en él. Los dos verbos los convencen con igual fuerza y los arrastran por su vitalidad.&lt;br /&gt;Vital es aquel que hablando, caminando y hasta dormido, crea con su vigilia, con su sueño o con su delirio, y es él quien sigue engendrando hijos espirituales que vigilen sobre nuestras patrias tan niñas aún y por ello veleidosas en su credo republicano, o mal avenidas, o atarantadas, o meramente inexpertas.&lt;br /&gt;Pero volvamos a Martí. He visto muy pocas veces el caso de que un poeta sea recitado a la vez por el viejo erudito que hace antolo&amp;shy;gías y la lavandera que canta sus versos al son del agua y por el niño de la calle que lo tararea. Pero cada vez que llego al Mar Caribe me conforta aprender que hay zonas de nuestro continente donde la poesía realmente corre por las plazas y los suburbios, de día y de noche.&lt;br /&gt;El pueblo cubano sigue cantando y recitando a su Martí, y esto ocurre lo mismo con la negra que con el mulato y el blanco. Con Martí enamoran y con él se plañen, usándolo tanto para la decla&amp;shy;ración a la “prenda” como para ajustado al aire musical que está en boga. Todo este bien, toda esta fidelidad, manan de esa gracia que mentamos “palabra viva” y que es la única que arrebata y se nos hinca en la memoria y en el vivir cotidiano. Los Versos sencillos siguen siendo tan válidos para el cortador de caña como para la ateneísta. La buena fortuna de los Versos sencillos se allega en Cuba a la del Romance español.&lt;br /&gt;Respecto de la prosa martiana: ella sigue leyéndose a pesar de su densidad, que pone miedo en los ejercicios del llamado análisis lógico.&lt;br /&gt;Nuestro tiempo, por avanzado o por regalón, se ha desacos&amp;shy;tumbrado del período, lo rechaza a veces o lo rehuye como a un vejestorio duro de cargar. No sé si en ello anda algo de nuestra comodonería criolla, o si se trata de que la lectura del periódico nos ha enviciado en la llamada oración simple y nos hace sentir en el período una especie de elefante. El hecho es que los prosistas jóvenes están casándose con la frase corta del francés. Tienen cier&amp;shy;ta razón, a lo menos aquellos que están forzados a leer en voz alta. ¡Qué penitencia resultan ya ciertas parrafadas cervantinas sobre todo a los oradores! Pero confesemos realmente que se trata de una entre tantas comodonerías nuestras.&lt;br /&gt;Así y todo, yo me permito recomendar a los jóvenes la lectura de las piezas de Martí más cargadas de períodos, porque tal ejercicio será para ellos una prueba saludable y un puente hacia los clási&amp;shy;cos, bastantes abandonados ya por pereza.&lt;br /&gt;Cóndores y palomas andan curiosamente casados en la escri&amp;shy;tura martiana. Martí pudo ser uno de los tantos solemnes de su generación clásica. Pero él ni quiere ni puede andar con el “ceño fruncido”. El quiere regalarse al pueblo como un alimento común y cotidiano, quiere ser lo que llamamos en Chile un “pellizco de pan” que coman riendo el hombre de la calle y la mujer casera que lee a lo más el suelto del periódico.&lt;br /&gt;Dejemos el asunto gramatical y denso al que nos hemos asoma&amp;shy;do, y hablemos del projimismo de Martí. Me perdonen ustedes el vocablo. Suelo dividir a la gente escritora entre los meros yoístas y los projimistas. Parece que un poeta no puede ser sino esto: el que todo lo escarba y lo coge de su corazón hasta el punto de que sus penas lo llenan y rebalsan, y ese rebalsamiento se vuelve su obra.&lt;br /&gt;Algunos contemporáneos suyos nos cuentan a Martí como hom&amp;shy;bre feliz en cuanto a criatura bien avenida con su isla, querido de los más y adorado por viejos y niños. Otros, la minoría, no creen en esta égloga. Dudo siempre de las acuarelas optimistas, pero cuando repaso a mi padre cubano yo siento siempre que su verbo está lleno de la salud del alma y exento de lo ácido y de lo amargo. Tal salud moral suele venir lisa y llanamente de un cuerpo sin taras y de un medio físico placenteros.&lt;br /&gt;Los viajeros que viven por tiempo largo en Cuba cuentan esta isla como una especie de cura para acedos y melancólicos. Yo mis&amp;shy;ma me conozco la brujería solar, marítima y humana que crea en torno mío “Cubita la bella”, la isla ayuna de ciertas hieles y ciertos ácidos criollos.&lt;br /&gt;En el caso de Martí parece que su gente, más la naturaleza tropical, lograron en él un optimista y más, un hombre feliz. El creía y él amaba: basta eso para que una criatura viva bien avenida con su parcela y con la red de hombres que lo rodean. Pero ¡ay! qué pena el que una criatura así de labrada para la dicha, no haya podido sazonar por muchos años a su patria recién nacida.&lt;br /&gt;Yo estoy con los que gritaron en ese día fatal y mil veces des&amp;shy;pués, aquello de “Martí no debió morir”... Sí, él debió ser sacado en vilo de aquella primera fila de la batalla. Nada había en su naturaleza del héroe suicida, del desesperado; había, por el contra&amp;shy;rio, una criatura la más dotada que pueda darse para el disfrute y el paladeo de una patria hermosa y del ancho amor de los suyos.&lt;br /&gt;“Había que haber ahorrado esa vida”, fue el decir de toda Cuba al día siguiente de la tragedia. ¡Cuánto le quedaba por decir, por hacer y dar a este hombre, y hasta dónde habría llegado su verbo benefactor de una raza entera! Perdóneme Cuba esta disidencia, que es de amor por Martí y por su patria. Mujer soy y como tal sujeta a error. Pero Martí no debió morir.&lt;br /&gt;Agradecemos a Cuba en este aniversario que es fiesta conti&amp;shy;nental, lo que ella nos dio en el llamado “Arcángel Caribe”. Hemos venido hasta aquí como los montañeses de Chile que bajan al valle a causa de que una hoguera arde allí soltando unas señales. Lla&amp;shy;mamiento de fuego son estos días martianos para todos nosotros, y como los pastores venimos a recalentar el alma, a recobrar nues&amp;shy;tra temperatura anímica y a deletrear palabras sumergidas u olvi&amp;shy;dadas: la fe en nosotros mismos.&lt;br /&gt;Venimos a oír pasar por las calles a los mozos que se saben la “saga” martiana y me la recuentan con brío, y venimos a reavivar nuestra fe en esta América mestiza que lleva sobre el rostro la huella del indio, la del español y la del africano, o sea, tres fuertes levaduras con las cuales ella habla y canta, siembra la caña y el café. No hemos llegado aquí por un mero apetito de mudar nuestras vistas, aunque sea esta isla criatura tan bella y dulce de repasar.&lt;br /&gt;Gracias, señor presidente, por vuestro llamado a una martiana fiel, que errante y todo, ha acudido como acuden los hijos al hogar.&lt;br /&gt;Estas fiestas martianas contienen como la fruta un deleite más, un nutriente moral. Que ellas nos renueven la esperanza flaca, que ellas nos aviven la brasa medio encenizada del fervor hispánico, que ellas cumplan sobre cada uno de nosotros una secreta operación de renacimiento racial. Somos veintiún pueblos coincidentes por la san&amp;shy;gre, por el credo cristiano y por la vocación republicana. ¿Por qué la cadena rota, la familia que a la vez se declara y se niega como tal? ¿Por qué tenemos a nuestros hermanos aguardando en los espa&amp;shy;cios la Natividad de los Estados Unidos del sur? ¿Por qué nos resulta tan fácil nuestra amistad y tan rechazada nuestra fusión?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;_______________________&lt;br /&gt;&lt;em&gt;*Discurso central del Congreso por el centenario del nacimiento de José Martí el 28 de enero de 1953 en el Capitolio Nacional de La Habana. Tomado de Diario de la Marina, La Habana, jueves 29 de enero de 1953, pp. 23 y 24.&lt;br /&gt;Tomado de Gabriela Mistral La palabra viva de José Martí. Selección, prólogo y notas de Carmen Suárez León, Pablo de la Torriente Brau, Editorial, La Habana, 2007.&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-6954439638877799484?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/6954439638877799484/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=6954439638877799484&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/6954439638877799484'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/6954439638877799484'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/08/la-magia-de-marti.html' title='La magia de Martí'/><author><name>Hombre del Campo</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00562106506541535257</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-8560036652505370223</id><published>2009-08-15T18:00:00.000+02:00</published><updated>2009-08-17T20:01:52.224+02:00</updated><title type='text'>Jesse James</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Crónica publicada en &lt;/em&gt;La Opinión Nacional, &lt;em&gt;Caracas, 1882&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Estos días que para Nueva York fueron de fiesta, han sido de agitación grande en Missouri, donde había un bandido de frente alta, hermoso rostro y mano hecha a matar, que no robaba bolsas sino bancos; ni casas sino pueblos; ni asaltaba balcones sino trenes. Era héroe de la selva. Su bravura era tan grande, que las gentes de su tierra se la estimaban por sobre sus crímenes. Y no nació de padre ruin, sino de clérigo, ni parecía villano, sino caballero, ni casó con mala mujer, sino con maestra de escuela. Y hay quien dice que fue cacique político, en una de sus estaciones de reposo, o que vivía amparado de nombre falso, y vino como cacique a elegir Presidente a la última convención de los demócratas. Están las tierras de Missouri y las de Kansas llenas de recio monte y de cerradas arboledas. Jesse James y los suyos conocían los recodos de la selva, los escondrijos de los caminos, los vados de los pantanos, los árboles huecos. Su casa era armería, y su cinto otra, porque llevaba a la cintura dos grandes fajas, cargadas de revólveres. Empezó a vivir cuando había guerra, y arrancó la vida a mucho hombre barbado, cuando él aún no tenía barba. En tiempo de Alba hubiera sido capitán de tercio en Flandes. En tiempos de Pízarro, buen teniente suyo. En estos tiempos, fue soldado, y luego fue bandido. No fue de aquellos soldados magníficos de Sheridan, que lucharon por que fuera toda esta tierra una, y el esclavo libre, y alzaron el pabellón del Norte en las tenaces fortalezas confederadas. Ni de aquellos otros soldados pacientes, de Grant silencioso, que acorraló a los rebeldes aterrados, como sereno cazador a jabalí hambriento. Fue de los guerrilleros del Sur, para quienes era la bandera de la guerra escudo de rapiña. Su mano fue instrumento de matar. Dejaba en tierra al muerto, y cargado de botín, iba a hacer reparto generoso con sus compañeros de proezas, que eran tigres menores que lamían la mano de aquel magno tigre.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Y acabó la guerra, y empezó un formidable duelo. De un lado eran los jóvenes bandidos, que se entraban a caballo en las ciudades, llamaban a las puertas de los bancos, sacaban de ellos en pleno día todos los dineros, y ebrios de peligro que como el vino embriaga, huían lanzando vítores entre las poblaciones consternadas, que se apercibían del crimen cuando ya estaba rematado, y perseguían a los criminales flojamente, y volvían a las puertas del banco vacío, donde parecían aún verse, como figuras de oro que vuelan, las de los bravos jinetes, a los ojos fantásticos del vulgo, embellecidos con la hermosura del atrevimiento. Y de otro lado eran los jueces inhábiles, en aquellas comarcas de ciudades pequeñas y de bosques grandes; los soldados de la comarca, que volvían siempre heridos, o quedaban muertos; los pueblos inquietos, que, ciegos a veces por ese resplandor que tras de sí deja la bravura, veían en el ladrón osado a un caballero del robo, y dejaban latir los corazones conmovidos, cual se conmueven siempre, cuando la buena doctrina del alma no los purifica, ante todo acto extraordinario, aunque sea vil. ¡Así, ante los toros que mueren a mano de los hombres en el circo enrojecido, suelen las damas de España lanzar al aire los grandes abanicos, y descalzarse del pie breve, para arrojarlo al matador, el chapín de seda, y enviarle la rosa roja que prende su mantilla, y batir palmas! Una vez estaba Missouri en feria, y no menos de treinta millares de hombres en la inmensa villa, todos de apuesta y de almuerzo, todos de juegos y de carreras de caballos. Y de súbito, corre miedo pánico. Era que Jesse James había sabido de la fiesta, y cuando tenían las gentes puestos los ojos en las cañas ligeras de los caballos corredores, cayó con los suyos sobre la casilla de la feria, dio en tierra con los guardianes, y huyó con los copiosos dineros de la entrada. Lo que pareció a los de Missouri crimen que debía ser perdonado por lo hazañoso y gigantesco. Y otras veces esos malvados hundían los codos en sangre. Alzaban en una curva del camino, los hierros de la vía. Ocultábanse, montados en sus veloces caballos, en el soto. Y el tren venía y caía. Y allí era matar a cuantos hiciesen frente al robo inicuo. Allí el llevarse a raudales los dineros. Allí el cargar a sus caballos de grandes barras de oro. Allí el clavar en tierra a cuantos podían mover el tren. Si había taberna rica, y bravo del lugar, a la taberna del lugar iban, a armar guerra los bandidos, porque no se dijese que fatigaba caballo ni manejaba armas, hombre más bravo que los de James. Si se danzaba en las villas texanas con las hermosas del partido, con el cabo de sus pistolas llamaba Jesse James a la casa de la fiesta, y como de él era la mayor bravura, de él había se ser la más hermosa. Enviaron a cazarle espía famoso, y con un cartel sobre el pecho, atravesado de balazos, hallaron al espía; el cual cartel decía que así habían de morir los que enviaran a la caza. ¡Es aquella de las apartadas comarcas de esta tierra, vida singularísima que desenvuelve en los hombres, en la selva libre, todos los apetitos, todas las suntuosidades, todos los impulsos y todas las elegancias de la fiera! Bien es que el cazador de búfalos, hecho a retar al animal pujante, y a sentarse, como en su propio asiento, en los ijares de la gran res vencida, deje crecer y colgar por los hombros su cabello largo, y tenga el pie robusto hecho a hollar troncos, y la mano a doblarlos, y el corazón a la tempestad, y los ojos empapados de esa mirada solemne y triste de quien mira mucho a la naturaleza y a lo desconocido.&lt;br /&gt;Mas, ¿dónde hallan, como quieren hallar diarios y cronistas, hazañas de caballero manchego en ese ensangrentador de los caminos? Bien es que le mató un amigo suyo por la espalda, y por dineros que le ofreció para que le matase, el Gobernador. Bien es que merezca ser echado de la casa de Gobierno, quien para gobernar haya de menester, en vez de vara de justicia, de puñal de asesino. Bien es que da miedo y vergüenza que allá en la casa de la ley, cerca de puerta excusada y en noche oscura, ajustaran el jefe del Estado y un salteador mozo el precio de la vida de un bandido. ¿Pues, qué respeto merece el juez, si comete el mismo crimen que el criminal? Sombra era la del soto en que aguardaban a los trenes que habían de robar los de la banda de James, y sombra la del gabinete de gobierno, en que el guardador de la ley ajustó el precio del caudillo de la banda. Y los corregidores que le persiguieron en vida, le sepultaron en féretro suntuosísimo, que de su bolsa pagarán, o de la del Estado; el cadáver fue a ser puesto en tierra de la heredad materna, en tren especial, y no en tren diario: llevaban los cordones del féretro del bandolero los corregidores del lugar y millares de personas, con los ojos húmedos de llanto, acudieron a ver caer en la fosa a aquel que rompió tantas veces con la bala de su pistola el cráneo de los hombres, con la misma quietud serena con que una ardilla quiebra una avellana. Y los empleados de la policía del lugar quedaron arrebatándose la yegua veloz en que montó el bandido. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/3691309262103218651-8560036652505370223?l=josemartiyperez.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/feeds/8560036652505370223/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=3691309262103218651&amp;postID=8560036652505370223&amp;isPopup=true' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/8560036652505370223'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/3691309262103218651/posts/default/8560036652505370223'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://josemartiyperez.blogspot.com/2009/07/jesse-james.html' title='Jesse James'/><author><name>Pelusa</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13557762847392419161</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://3.bp.blogspot.com/-yUmX0le8Vzg/TVhAZUWb-bI/AAAAAAAAFr4/osot8euYFTo/s220/Elena%2B2.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-3691309262103218651.post-1815700772007394509</id><published>2009-08-15T17:00:00.000+02:00</published><updated>2009-08-17T20:01:52.224+02:00</updated><title type='text'>Emerson</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#3366ff;"&gt;&lt;em&gt;Crónica publicada en&lt;/em&gt; La Opinión Nacional&lt;em&gt;. Caracas, 19 de mayo de 1882.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Tiembla a veces la pluma, como sacerdote capaz de pecado que se cree indigno de cumplir su ministerio. El espíritu agitado vuela a lo alto. Alas quiere que lo encumbren, no pluma que lo taje y moldee como cincel. Escribir es un dolor, es un rebajamiento; es como uncir cóndor a un carro. Y es que cuando un hombre grandioso desaparece de la tierra deja tras de sí claridad pura, y apetito de paz, y odio de ruidos. Templo semeja el Universo. Profanación el comercio de la ciudad, el tumulto de la vida, el bullicio de los hombres. Se siente como perder de pies y nacer de alas. Se vive como a la luz de una estrella, y como sentado en llano de flores blancas. Una lumbre pálida y fresca llena la silenciosa inmensa atmósfera. Todo es cúspide, y nosotros sobre ella. Está la tierra a nuestros pies, como mundo lejano y ya vivido, envuelto en sombras. Y esos carros que ruedan, y esos mercaderes que vocean, y esas altas chimeneas que echan al aire silbos poderosos, y ese cruzar, caracolear, disputar, vivir de hombres, nos parecen en nuestro casto refugio regalado, los ruidos de un ejército bárbaro que invade nuestras cumbres, y pone el pie en sus faldas, y rasga airado la gran sombra, tras la que surge, como un campo de batalla colosal, donde guerreros de piedra llevan coraza y casco de oro y lanzas rojas, la ciudad tumultuosa, magna y resplandeciente. Emerson ha muerto; y se llenan de dulces lágrimas los ojos. No da dolor sino celos. No llena el pecho de angustia, sino de ternura. La muerte es una victoria, y cuando se ha vivido bien el féretro es un carro de triunfo. El llanto es de placer, y no de duelo, porque ya cubren hojas de rosas las heridas que en las manos y en los pies hizo la vida al muerto. La muerte de un justo es una fiesta, en que la tierra toda se sienta a ver cómo se abre el cielo. Y brillan de esperanza los rostros de los hombres, y cargan en sus brazos haces de palmas, con que alfombran la tierra, y con las espadas de combate hacen en lo alto bóveda para que pase bajo ellas, cubierto de ramas de roble y viejo heno, el cuerpo del guerrero victorioso. Va a reposar, el que lo dio todo de sí, e hizo bien a los otros. Va a trabajar de nuevo el que hizo mal su trabajo en esta vida. ¡Y los guerreros jóvenes, luego de ver pasar con ojos celosos, al vencedor magno, cuyo cadáver tibio brilla con toda la grandeza del reposo, vuelven a la faena de los vivos, a merecer que para ellos tiendan palmas y hagan bóvedas! &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;¿Que quién fue ese que ha muerto? Pues lo sabe toda la tierra. Fue un hombre que se halló vivo, se sacudió de los hombros todos esos mantos y de los ojos todas esas vendas, que los tiempos pasados echan sobre los hombres, y vivió faz a faz con la naturaleza, como si toda la tierra fuese su hogar; y el sol su propio sol, y él patriarca. Fue uno de aquellos a quienes la naturaleza se revela, y se abre, y extiende los múltiples brazos, como para cubrir con ellos el cuerpo todo de su hijo. Fue de aquellos a quienes es dada la ciencia suma, la calma suma, el goce sumo. Toda la naturaleza palpitaba ante él, como una desposada. Vivió feliz porque puso sus amores fuera de la tierra. Fue su vida entera el amanecer de una noche de bodas. ¡Qué deliquios, los de su alma! ¡Qué visiones, las de sus ojos! ¡Qué tablas de leyes, sus libros! Sus versos, ¡qué vuelos de ángeles! Era de niño, tímido y delgado, y parecía a los que le miraban, águila joven, pino joven. Y luego fue sereno, amable y radiante, y los niños y los hombres se detenían a verle pasar. Era su paso firme, de aquel que sabe adonde ha de ir; su cuerpo alto y endeble, como esos árboles cuya copa mecen aires puros. El rostro era enjuto, cual de hombre hecho a abstraerse y a ansiar salir de sí. Ladera&lt;br /&gt;de montaña parecía su frente. Su nariz era como la de las aves que vuelan por cumbres. Y sus ojos, cautivadores, como de aquel que está lleno de amor, y tranquilos, como de aquel que ha visto lo que no se ve. No era posible verle sin desear besar su frente. Para Carlyle, el gran filósofo inglés, que se revolvió contra la tierra con brillo y fuerza de Satán, fue la visita de Emerson «una visión celeste». Para Whitman, que ha hallado en la naturaleza una nueva poesía, mirarle era «pasar hora bendita». Para Estedman, crítico bueno, «había en el pueblo del sabio una luz blanca». A Alcott, noble anciano juvenil, que piensa y canta, parece «un infortunio no haberle conocido». Se venía de verle como de ver un monumento vivo o un ser sumo. Hay de esos hombres montañosos, que dejan ante sí y detrás de sí, llana la tierra. Él no era familiar, pero era tierno, porque era la suya imperial familia cuyos miembros habían de ser todos emperadores. Amaba a sus amigoscomo a amadas: para él la amistad tenía algo de la solemnidad del crepúsculo en el bosque. El amor es superior a la amistad en que crea hijos. La amistad es superior al amor en que no crea deseos, ni la fatiga de haberlos satisfecho, ni el dolor de abandonar el templo de los deseos saciados por el de los deseos nuevos. Cerca de él, había encanto. Se oía su voz, como la de un mensajero de lo futuro, que hablase de entre nube luminosa. Parecía que un impalpable lazo, hecho de luz de luna, ataba a los hombres que acudían en junto a oírle. Iban a verle los sabios, y salían de verle como regocijados, y como reconvenidos. Los jóvenes andaban luengas leguas a pie por verle, y él recibía sonriendo a los trémulos peregrinos, y les hacía sentar en torno a su recia mesa de caoba, llena de grandes libros, y les servía de pie como un siervo, buen jerez viejo. ¡Y le acusan, de entre los que lo leen y no lo entienden, de poco tierno, porque hecho al permanente comercio con lo grandioso, veía pequeño lo suyo personal, y cosa de accidente, y ni de esencia, que no merece ser narrada! ¡Frinés de la pena son esos poetillos jeremíacos! ¡Al hombre ha de decirse lo que es digno del hombre, y capaz de exaltarlo! ¡Es tarea de hormigas andar contando en rimas desmayadas dolorcillos propios! El dolor ha de ser pudoroso.&lt;br /&gt;Su mente era sacerdotal; su ternura, angélica; su cólera, sagrada. Cuando vio hombres esclavos, y pensó en ellos, habló de modo que pareció que sobre las faldas de un nuevo monte bíblico se rompían de nuevo en pedazos las Tablas de la Ley. Era moisíaco su enojo. Y se sacudía así las pequeñeces de la mente vulgar, como se sacude un león, tábanos. Discutir para él era robar tiempo al descubrimiento de la verdad. Como decía lo que veía, le irritaba que pusiesen en duda lo que decía. No era cólera de vanidad, sino de sinceridad. ¿Cómo había de ser culpa suya que los demás no poseyesen aquella luz esclarecedora de sus ojos? ¿No ha de negar la oruga que el águila vuela? Desdeñaba la argucia, y como para él lo extraordinario era lo común, se asombraba de la necesidad de demostrar a los hombres lo extraordinario. Si no le entendían, se encogía de hombros: la naturaleza se lo había dicho: él era un sacerdote de la naturaleza. Él no fingía revelaciones; él no construía mundos mentales; él no ponía voluntad ni esfuerzo de su mente en lo que en prosa o en verso escribía. Toda su prosa es verso. Y su verso y su prosa, son como ecos. Él veía detrás de sí al Espíritu creador que a través de él hablaba a la naturaleza. Él se veía como pupila transparente que lo veía todo, lo reflejaba todo, y sólo era pupila. Parece lo que escribe trozos de luz quebrada que daban en él, y bañaban su alma, y la embriagaban de la embriaguez que da la luz, y salían de él. ¿Qué habían de parecerle esas mentecillas vanidosas que andan montadas sobre convenciones, como sobre zancos? ¿Ni esos hombres indignos, que tienen ojos y no quieren ver? ¿Ni esos perezosos u hombres de rebaño, que no usan de sus ojos, y ven por los de otro? ¿Ni esos seres de barro, que andan por la tierra amoldados por sastres, y zapateros, y sombrereros, y esmaltados por joyeros, y dotados de sentidos y de habla, y de no más que esto? ¿Ni esos pomposos fraseadores, que no saben que cada pensamiento es un dolor de la mente, y lumbre que se enciende con olio de la propia vida, y cúspide de monte?&lt;br /&gt;Jamás se vio hombre alguno más libre de la presión de los hombres, y de la de su época. Ni el porvenir le hizo temblar, ni le cegó al pasarlo. La luz que trajo en sí le sacó en salvo de este viaje por las ruinas, que es la vida. Él no conoció límites ni trabas. Ni fue hombre de su pueblo, porque lo fue del pueblo humano. Vio la tierra, la halló inconforme a sí, sintió el dolor de responder las preguntas que los hombres no hacen, y se plegó en sí. Fue tierno para los hombres, y fiel a sí propio. Le educaron para que enseñara un credo, y entregó a los crédulos su levita de pastor, porque sintió que llevaba sobre los hombros el manto augusto de la naturaleza. No obedeció a ningún sistema, lo que le parecía acto de ciego y de siervo; ni creó ninguno, lo que le parecía acto de mente flaca, baja y envidiosa. Se sumergió en la naturaleza, y surgió de ella radiante. Se sintió hombre, y Dios, por serlo. Dijo lo que vio, y donde no pudo ver, no dijo. Reveló lo que percibió, y&lt;br /&gt;veneró lo que no podía percibir. Miró con ojos propios en el Universo, y habló un lenguaje propio. Fue creador, por no querer serlo. Sintió gozos divinos, y vivió en comercios deleitosos y celestiales. Conoció la dulzura inefable del éxtasis. Ni alquiló su mente, ni su lengua, ni su conciencia. De él, como de un astro, surgía luz. En él fue enteramente digno el ser humano.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Así vivió: viendo lo invisible y revelándolo. Vivía en ciudad sagrada, porque allí, cansados los hombres de ser esclavos, se decidieron a ser libres, y puesta la rodilla en tierra de Concord, que fue el pueblo del sabio, dispararon la bala primera, de cuyo hierro se ha hecho este pueblo, a los ingleses de casaca roja. En Concord vivía, que es como Túsculo, donde viven pensadores, eremitas y poetas. Era su casa, como él, amplia y solemne, cercada de altos pinos como en símbolo del dueño, y de umbrosos castaños. En el cuarto del sabio, los libros no parecían libros, sino huéspedes: todos llevaban ropas de familia, hojas descoloridas, lomos usados. Él lo leía todo, como águila que salta. Era el techo de la casa alto en el centro, cual morada de aquel que vivía en permanente vuelo a lo alto. Y salían de la empinada techumbre penachos de humo, como ese vapor de ideas que se ve a veces surgir de una gran frente pensativa. Allí leía a Montaigne, que vio por sí, y dijo cosas ciertas; a Swedenborg el místico, que tuvo mente oceánica; a Plotino, que buscó a Dios y estuvo cerca de hallarlo; a los hindús, que asisten trémulos y sumisos a la evaporación de su propia alma, y a Platón, que vio sin miedo, y con fruto no igualado, en la mente divina. O cerraba sus libros, y los ojos del cuerpo, para darse el supremo regalo de ver con el alma. O se paseaba agitado e inquieto, y como quien va movido de voluntad que no es la suya, y llameante, cuando, ganosa de expresión precisa, azotaba sus labios, como presa entre breñas que pugna por abrirse paso al aire, una idea. O se sentaba fatigado, y sonreía dulcemente, como quien ve cosa solemne, y acaricia agradecido su propio espíritu que la halla. ¡Oh, qué fruición, pensar bien! ¡Y qué gozo, entender los objetos de la vida! -¡gozo de monarca!-. Se sonríe a la aparición de una verdad, como a la de una hermosísima doncella. Y se tiembla, como en un misterioso desposorio. La vida que suele ser terrible, suele ser inefable. Los goces comunes son dotes de bellacos. La vida tiene goces suavísimos, que vienen de amar y de pensar. Pues ¿qué nubes hay más bellas en el cielo que las que se agrupan, ondean y ascienden en el alma de un padre que mira a su hijo? Pues ¿qué ha de envidiar un hombre a la santa mujer, no porque sufre, ni porque alumbre, puesto que un pensamiento, por lo que tortura antes de nacer, y regocija después de haber nacido, es un hijo? La hora del conocimiento de la verdad es embriagadora y augusta. No se siente que se sube, sino que se reposa. Se siente ternura filial y confusión en el padre. Pone el gozo en los ojos brillo extremo; en el alma, calma; en la mente, alas blandas que acarician. ¡Es como sentirse el cráneo poblado de estrellas: bóveda interior,
